El taller de los dulces sueños La manta con estampado de escoba · Octava clienta
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La manta con estampado de escoba · Octava clienta

La manta con estampado de escoba

Octava clienta

Habían terminado la jornada y Oslo se sentó en el sofá con los ojos casi cerrados por el cansancio.

Aunque se había echado una cabezadita aquí y allá, todavía se sentía somnoliento.

Era una tarde tranquila y apacible, bañada por la cálida luz del atardecer y en la que soplaba una suave brisa.

Pero aún tenían cosas que hacer: Yaya anotaba en el registro del taller lo que había visto al entrar en los sueños de los clientes y qué objeto les habían recomendado, mientras que Oslo contaba las ganancias del día.

—Hoy hemos vendido bastante. Qué bien que pronto abrirá el mercado lunar, tengo que comprar más materiales —dijo Oslo, mientras contemplaba la vitrina bañada por la luz de luna.

Al terminar de escribir, Yaya comenzó a acicalarse: se lavó las plumas a fondo, se secó y se aplicó loción hidratante.

Aveces tardaba más de una hora en arreglarse meticulosamente cada parte de su cuerpo; iba desde las garras hasta su pico y sus cejas abultadas.

Oslo a veces lo apremiaba con impaciencia para que se fuera a dormir, pues no entendía por qué tenía que pasar tanto tiempo aseándose.

«Caray, no sabía que los búhos se preocuparan así por su aspecto», pensaba.

Últimamente, con tantos clientes acudiendo al taller de los dulces sueños, a Yaya le resultaba cada vez más difícil sacar tiempo para sí mismo.

Le deprimía no poder cuidar su apariencia, sobre todo porque quería lucirse ante los clientes.

«¡Necesito unas vacaciones y regresaré hecho un búho espléndido! », se decía.

Poco a poco fue oscureciendo hasta que el sol se ocultó por completo. Cenaron algo sencillo y después, cuando la brisa se volvió más fría y el aroma de la noche comenzó a llenar el aire, salieron a dar un paseo.

—Yaya, ¿sabías que el sol que sale y se pone cada día es en realidad diferente? Por eso los colores del atardecer nunca son los mismos —dijo Oslo mientras caminaban lentamente.

—Eh, ¿seguro que no? —respondió Yaya, perplejo.

—Algunos días el sol poniente cambia de color porque queda oculto po r densas nubes y, en los días en los que llueve por la tarde, el aire cargado de humedad se tiñe de rojo, haciendo que el cielo refleje un tono carmesí —explicó Oslo—.

Las personas son similares al clima. Incluso aquellos que parecen no haber cambiado con respecto al día anterior, en verdad albergan sentimientos y preocupaciones diferentes cada día.

Por eso, los clientes que nos visitan son tan diversos.

Yes posible que, una vez que nuestros objetos los ayuden a dormir mejor, sus colores cambien.

Espero poder continuar ayudando a más personas a tener dulces sueños y que así sus colores se reflejen aún más brillantes.

Yaya dio una vuelta rápida por el barrio y regresó a donde estaba Oslo, posándose en su hombro. Al acercarse al taller, vieron a alguien frente a la entrada que daba golpecitos impacientes en el suelo con el pie.

—Creo que hay alguien esperándonos —exclamó Yaya.

—Eso parece. ¿Quién podrá ser?… ¡Hola! —saludó Oslo alegremente.

—Hola. Vine hace unos días y compré una manta con el dibujo de una escoba. Usted me dijo que me ayudaría a borrar los recuerdos de mis errores. Yestaba funcionando, pero…

La clienta no terminó la frase, pero Oslo recordó sus preocupaciones y lo enredados que eran sus sueños.

Era una mujer con profundas ojeras, bien vestida y con pulcros zapatos.

Se esforzaba por sonreír, pero su mirada la delataba.

Las comisuras de sus labios ligeramente levantadas y sus ojos llenos de inquietud producían una impresión peculiar.

«Parece que fuera a echarse a llorar», fue lo único que pudo pensar Oslo.

El día que los visitó por primera vez estaba dormido, como siempre, y solo despertó cuando Yaya comenzó a aletear frenéticamente. Por fortuna, pronto recuperó la compostura y saludó a la mujer, avergonzado.

—Bienvenida. Perdone, es que ayer me fui tarde a la cama… Pero siéntese, por favor.

«¿Pero qué dice? Si ayer cayó rendido apenas terminó de trabajar… ¡Parece un oso hibernando!», pensó Yaya para sus adentros, incapaz de regañar abiertamente a su jefe. Lamentándose de su suerte, se dirigió a la cocina a preparar un té con miel.

Solo entonces la clienta se relajó y, cuando la incomodidad desapareció de su rostro, Oslo pudo ver que estaba agotada y triste. La mujer se hundió en el cómodo sillón dentro del taller, dejando que la tensión saliese de su cuerpo.

—Este es nuestro té de bienvenida, un té con miel.

Le hemos añadido un poco de magia que la ayudará a dormir tan pronto lo beba.

Mientras descansa, Yaya, nuestro búho asistente, entrará en su subconsciente para analizar sus sueños y ver qué le está causando tantas preocupaciones.

Así podremos recomendarle un producto que la ayude a dormir mejor —explicó Oslo con una sonrisa, mientras Yaya llegaba cargando la tetera con sus fuertes garras.

—Últimamente no puedo dormir, ojalá esto me ayude a resolver mis proble… —La mujer cayó en un sueño profundo antes de terminar la frase. Parecía que su ansiedad era tal que la había dejado completamente agotada.

Yaya se preparó para entrar en el mundo de sus sueños, y Oslo tomó su antifaz de búho y se recostó en su asiento. En cuestión de segundos, el alma de Yaya, ataviada con su capa de estrellas, revoloteó hacia el subconsciente de la clienta.

Sus sueños eran un caleidoscopio de colores.

Se entremezclaban muchas escenas, pero sus ocupaciones aparecían en varias de ellas.

La clienta había comenzado un nuevo trabajo hacía un par de meses.

El mes siguiente terminaría su periodo de prueba y se decidiría si entraba en la compañía como empleada fija.

Esto le causaba una enorme presión, la cual cargaba sobre sus hombros tanto física como emocionalmente.

Yaya se sorprendía con cada nueva escena, pues en todas ellas la mujer aparecía disculpándose:

«Lo siento mucho, debí haber terminado más rápido…».

«Haré el pago de inmediato, disculpe la tardanza».

«¡Ay! He adjuntado el archivo equivocado, perdón. Aquí está el correcto».

La mujer cometía pequeños errores constantemente y sus superiores no se lo tomaban muy a bien.

Era el tipo de persona cuyos nervios se reflejaban en su rostro, y resultaba lamentable verla tan agobiada e incapaz de desarrollar todo su potencial.

Al volver a casa, enumeraba en su mente los errores que había cometido en el trabajo y pasaba toda la noche culpándose a sí misma.

«¿Cómo podría dejar de cometer tantos errores? », se recriminaba.

Noche tras noche, llamaba a una de sus amigas hasta altas horas de la madrugada para hablarle de lo sucedido aquel día en la empresa, por lo que acababa durmiéndose muy tarde. Cansada, terminaba repitiendo los mismos errores al día siguiente.

Yaya creía que, si la mujer comenzaba a irse a la cama a una hora razonable, podría superar sus dificultades rápidamente, así que salió del mundo de sus sueños.

Oslo también se levantó lentamente de su asiento.

La mujer se despertó inmediatamente después de que el búho saliese de su subconsciente.

Parecía que el estrés era más fuerte que el cansancio, y esto le impedía descansar.

Después de examinar la vitrina un momento, Oslo fue al almacén y salió con una manta estampada con el dibujo de una escoba.

La manta, de un tono marrón claro, era suave y acolchada.

La escoba aparecía cuando se cepillaba su superficie hacia una dirección; en cambio, cuando se cepillaba en la otra, aparecía un montoncito de tierra brillante de color pardo.

—Le recomiendo esta manta. Cúbrase con ella para dormir, y así barrerá todos los errores de su memoria. Al día siguiente, se despertará renovada. Sin embargo, tenga en cuenta que los error es también son valiosos, así que úsela con cuidado —advirtió Oslo.

La clienta observó la manta con asombro y salió del taller con una gran sonrisa en el rostro, prometiendo usarla con prudencia.

○ ○ ○

—Si la manta está funcionando, ¿cuál es el problema? ¿Vuelve usted a tener dificultades para dormir? —preguntó Oslo, confundido.

—Es solo que… —dudó la clienta, antes de continuar cautelosamente—.

Cuando la uso, tal como usted me dijo, todos los errores que cometí durante el día se borran de mi mente.

Pero por eso he comenzado a dormir mucho más.

Llevo varios días llegando tarde al trabajo, pues caigo en un sueño tan profundo que ni siquiera oigo la alarma.

Por la noche uso de nuevo la manta para olvidar el sentimiento de vergüenza que me produce haber llegado tarde y me vuelve a pasar lo mismo al día siguiente.

Estoy muy satisfecha con la manta y la he estado usando mucho, pero he venido a preguntarle si tiene algún otro producto que me pueda recomendar para complementar su efecto.

Oslo escuchó la tímida confesión de la clienta. Se alegraba de que no hubiese ningún problema con el objeto que le había vendido, pero le preocupaba que la mujer le hiciese esa petición.

—A menos que sea un caso especial, no recomiendo usar dos productos al mismo tiempo.

No es común, pero podría provocar efectos secundarios que empeoren su sueño o podría usted volverse tan dependiente de los objetos que pierda la capacidad de dormir de manera natural —explicó.

La mujer asintió con la cabeza al escucharle.

Oslo decidió entrar en el almacén y echar un vistazo a los objetos que tenía allí:

Para aquellos tan atormentados por un amor perdido que no pueden dormir

Una lámpara con motivos de flor de cerezo, ni demasiado brillante ni demasiado tenue, para dejar encendida toda la noche

Para aquellos que tienen sueños terribles que ignoran las leyes y la ética

Una toalla con motivos de hachas para lavarse la cara al despertar

Para aquellos que se despiertan empapados en sudor frío por la culpa