Tapones para percibir susurros · Séptimo cliente #3
La persona que había entrado no era ni más ni menos que el dentista, quien parecía más delgado que la primera vez que los visitó.
—Estuve aquí hace poco. ¿Me recuerda?
—Por supuesto. ¿Acaba de salir del trabajo?
Yaya, que había estado descansando, voló hasta el hombro de Oslo y le susurró:
—Por favor, dile que le prepararé una bebida caliente de pomelo especial. ¡Tenemos una mermelada de pomelo que nos regalaron de la cafetería de al lado!
Oslo acarició las plumas del búho y asintió. Yaya fue hasta la cocina y entonces Oslo aprovechó para examinar el aspecto del cliente. Su rostro parecía más delgado, pero su mirada era más brillante y decidida.
—¿Ya ha probado los tapones para los oídos?
—De hecho quería hablarle de eso —respondió el hombre, sacando su billetera—. Vengo a pagarlos. Muchas gracias por fabricar un producto tan bueno.
○ ○ ○
La misma noche que recibió los tapones se los puso para dormir, con una mezcla de escepticismo y esperanza. Últimamente era incapaz de pegar ojo hasta que rompía el alba, pero aquella noche su mente se calmó y no tardó en amodorrarse.
Tal como había dicho Oslo, sus sueños se llenaron de una paz absoluta.
Se despertó renovado, como si la gran luna llena que le gustaba ver cuando era pequeño lo hubiese iluminado toda la noche.
Recordó aquello de que podría oír con claridad lo que otros decían, pero no le dio mucha importancia y se fue a trabajar.
—¿Por qué es tan antipático el dentista?
—Te dije que no viniésemos aquí. Con razón todos prefieren la otra clínica…
Algo extraño estaba sucediendo: ahora podía oír hasta los más bajos susurros.
Miró frenéticamente a su alrededor e incluso salió de la consulta, pero en el pasillo solo estaban los empleados y un cliente.
Siguió hasta la sala de espera, y allí encontró al paciente que acababa de ser atendido hablando en voz baja con su acompañante, aunque los escuchaba tan claramente como si estuviesen dirigiéndose a él.
Entonces se acordó de lo que Oslo le había dicho cuando le dio los tapones para los oídos: «Al despertar, podrá oír con claridad incluso las voces más débiles».
Para comprobarlo, decidió continuar escuchando lo que decían el paciente y su acompañante mientras salían de la clínica.
—Las instalaciones son nuevas y todo está muy limpio, pero casi no tienen clientes. Además, el director es demasiado seco.
—La gente no habla muy bien de este lugar. La próxima vez vamos mejor a la clínica Serena. Puede que tengamos que esperar un poco, pero por algo todos prefieren ir allí.
—Pues sí. La madre de mi amiga mencionó que está pensando en ponerse ortodoncia. Le diré que no venga aquí.
El hombre estaba impactado. Decían cosas parecidas a los comentarios de su publicación, pero oírlo directamente le dolió aún más. Aquellas palabras le escocían, pero no podía seguir ignorándolas.
Llegó la hora de cerrar, por lo que dio la orden al personal de que se fuesen a casa, y pudo oír lo que decían mientras bajaban en el ascensor.
—Hay tan pocos pacientes que creo que no tardaremos en echar el cierre. Será mejor que vayamos buscando un nuevo trabajo. Yo ya he empezado.
—La verdad es que yo también he pensado en renunciar. El sueldo tampoco es muy bueno y la ubicación ni te cuento. Es imposible llegar hasta aquí sin coche.
—Además, el director es demasiado estricto, ¿no te parece? Quizá sea porque no tenemos clientes, pero últimamente está más irascible.
El hombre se sorprendió una vez más por la conversación de sus empleados. Imaginar el qué dirán era muy diferente a escucharlo directamente. Después de todo, los tapones para oír susurros funcionaban tal y como le habían descrito.
Aquella noche dio vueltas en la cama, incapaz de dormir.
Miles de pensamientos rondaban su cabeza: «Pero si yo soy genial.
¿Qué tiene de especial ser amable? Lo importante es ser capaz.
Bah, ¿qué importa? Simplemente cerraré la clínica, me mudaré a otro lugar y empezaré desde cero.
Pediré un préstamo más grande y abriré un pequeño consultorio en la ciudad.
Esta gente no tiene ni idea. Aunque, a decir verdad, cuando visité la clínica Serena, todos fueron muy amables.
En comparación, mi clínica es bastante seria…
y los empleados también deben de sentirse incómodos.
Como dijeron, seguro que tendremos que cerrar pronto.
Es cierto que no soy atento ni amable, y que tengo muchos defectos.
Tampoco debí haber subido esa publicación hablando mal de gente que trabaja tan duro. Me pasé de la raya».
Estuvo la noche entera reflexionando. Gracias a los tapones para los oídos, había sido capaz de saber lo que opinaban los demás y ahora podía verse a sí mismo de manera más objetiva.
Después del shock del primer día, se acostumbró rápidamente a dormir con los tapones puestos y a oír cada vez más conversaciones.
Conocer las quejas de los clientes le permitió ver con claridad aquello que necesitaba mejorar. Aunque le resultaba desconocido y algo incómodo, se esforzó por corregir su actitud desagradable y por ser más atento durante las consultas. Después de una semana, regresó al taller de los dulces sueños.
—Soy una persona con muchas cosas que mejorar.
Incluso el día que vine aquí por primera vez, no creo que lo hiciera porque quisiese cambiar.
Solo deseaba poder dormir bien, ya que me atormentaba que alguien pudiese descubrir que fui yo quien subió esas publicaciones sobre la clínica Serena y terminase perdiendo más clientes.
Me avergonzaba la idea de ver fracasar mi negocio después de haber presumido tanto ante todos.
No sabía que tenía que empezar por cambiar yo para que mi situación también lo hiciera.
Estos tapones para los oídos me han ayudado muchísimo.
Debo admitir que me entristeció bastante e hirió mi orgullo el escuchar tantas quejas, pero, por otro lado, pude ver en qué me había equivocado.
Me di cuenta de lo increíblemente inflexible y arrogante que había sido hasta entonces.
Muchas gracias por recomendármelos. La próxima vez que visite mi clínica, le haré una revisión gratuita.
Oslo y Yaya, que habían estado escuchando atentamente las palabras del cliente, esbozaron una amplia sonrisa.
—Soy yo quien debería darle las gracias. Si alguna vez necesito ir al dentista, iré a su clínica —exclamó Oslo.
El hombre se terminó su bebida y se sacudió el abrigo al levantarse. Luego dijo:
—No puedo quedarme mucho tiempo. Debo volver a casa y preparar material promocional para la clínica. Gracias a los tapones para los oídos, ayer me enteré de que muchas personas no saben dónde queda.
Mientras salía apresuradamente por la puerta, el brillo del atardecer, tan hermoso y amarillo como un pomelo, se reflejó en sus hombros. Entonces Yaya extendió sus alas para despedirse del dentista. Al cerrarse la puerta, el tintineo de la campanilla resonó alegre y nítido.