El taller de los dulces sueños Tapones para percibir susurros · Séptimo cliente #2
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Tapones para percibir susurros · Séptimo cliente #2

Tras varios meses sin recibir ningún cliente, el hombre se puso nervioso y al fin se decidió a inspeccionar el barrio.

Primero comprobó si había más clínicas similares, pero no encontró muchas.

De repente, le vino a la mente el recuerdo de una llamada que había oído hacer a uno de sus clientes hacía un tiempo después de una limpieza dental:

—Agh, ¿por qué hoy no habrá abierto la clínica Serena? Como andaba con prisas, terminé viniendo a una nueva clínica llamada Park, pero no me ha gustado. La próxima vez volveré a mi dentista de confianza.

Al recordar esto, el hombre decidió hacerse pasar por un paciente y visitar el sitio que había mencionado aquel cliente.

La clínica Serena era una consulta de barrio pequeña y desorganizada, por lo que no pudo evitar quedarse boquiabierto al ver la enorme fila de pacientes que esperaban su turno.

«Pero si la mía está más limpia y es más bonita…

», pensó mientras se sentaba en la sala de espera, poniendo atención a las conversaciones entre el personal y los pacientes.

—Abuela, la vez pasada le dolía un diente en el lado derecho de la boca, ¿ya se siente mejor?

—Ay, ni me lo recuerdes. Ahora me duele en el lado izquierdo, pero no tanto como la última vez.

El hombre se sintió extrañado ante la amabilidad del personal. Cuando fue guiado hacia la consulta, el dentista también lo recibió con una sonrisa.

—Buenos días. Tengo entendido que viene para una limpieza dental. Pero me parece que ya cuida muy bien sus dientes, están sanos y limpios.

El hombre se sintió incómodo ante la familiaridad con la que el dentista se dirigía a sus pacientes. No quería aprender de él para mejorar, simplemente estaba lleno de celos.

«Si todos estos pacientes viniesen a mi clínica, se convertirían en clientes fieles de inmediato. Nuestro equipo y nuestras instalaciones son muchísimo mejores, ¡además somos mucho más profesionales!», se dijo a sí mismo, y salió de aquella pequeña clínica con una envidia que rayaba en la ira.

Yaya sospechaba que el problema no estaba en el equipo ni en las instalaciones, así que continuó observando la situación en silencio.

El hombre no era de los que hablaban con amabilidad a sus pacientes.

Al contrario, siempre se daba aires de grandeza frente a los pocos que llegaban a su negocio, alardeando de lo excelente que era su equipo y menospreciando sutilmente el barrio.

También en su anterior trabajo había actuado con la convicción de que no formaba parte de sus funciones ser amable y, al parecer, esa actitud se había vuelto costumbre.

AYaya le parecía lamentable que, a pesar de que reconocía las fortalezas de sus competidores, no le interesase aprender de ellos y siguiese siendo igual de arrogante.

Una nueva escena apareció frente a sus ojos. Esta vez el hombre estaba en su casa, escribiendo en el foro online del barrio:

Vecinos, he ido a la clínica dental Serena, y me ha parecido que era pequeña y estaba en muy mal estado. No es para nada buena. La clínica Park está mucho más limpia y el trato es muy profesional. Os recomiendo que mejor vayáis allí .

Al ver lo que había escrito, Yaya chasqueó la lengua. El hombre dudó un poco antes de subir la publicación, pero luego se mostró encantado. En cuestión de horas, varias personas habían dejado comentarios y él pinchó en ellos rápidamente, ilusionado por leer las respuestas.

┗ El director de la clínica Park es bastante antipático. No volveré.

┗ Es cierto, a mí también me pareció muy frío.

┗ La clínica Park está muy mal ubicada, es difícil de encontrar.

┗ Yo suelo ir a la clínica Serena, el personal es superamable.

┗ ¿No será que esta publicación la hizo alguien de la clínica Park? Suena sospechosa, jaja.

┗ Si es así, jamás voy a poner un pie en ese lugar.

┗ Yo creo que la publicaron ellos…

┗ Vaya, no tienen vergüenza. En tiempos difíciles como estos, deberían pensar en tener una buena relación con sus compañeros de profesión. Qué decepción, jamás visitaré esa clínica.

La reacción fue totalmente diferente a la que él había previsto. Quizá porque la clínica Serena era un establecimiento querido en la zona desde hacía tiempo, la opinión de la gente sobre su clínica empeoró. Preocupado por la posibilidad de perder aún más clientes, el hombre respondió rápidamente:

¿Cómo se os ocurre? No trabajo en la clínica Park, no difundáis información falsa. Simplemente soy un paciente y me pareció tan extraordinaria que decidí recomendarla.

┗ Admítelo ya.

┗ Seguro que pronto lo borra porque es el director de la clínica.

┗ Sería muy gracioso si averiguamos quién está subiendo estos comentarios y resulta ser el dueño.

┗ Y,aunque no lo fuera, ¿no os parece demasiado? La clínica Serena tiene fama de ofrecer un tratamiento y un trato excelentes. También tengo entendido que hacen voluntariado con frecuencia y que cuidan muy bien a sus pacientes mayores. ¿Qué pasa si esto perjudica su negocio?

El hombre comenzó a sudar frío al ver cómo los comentarios se alejaban cada vez más de su intención original.

No podía hacer nada, pues temía que, si lo borraba, los vecinos lo tomasen como una confesión de que sí era el dueño de la clínica rival.

Aquella publicación, que había escrito en un arrebato de celos y envidia, se convirtió rápidamente en el hazmerreír de toda la comunidad.

Continuaban molestándolo con comentarios como: «Mirad la promoción que se hizo a sí mismo el director de la clínica dental Park».

Ahora sí temía perder por completo a su clientela.

Yaya chasqueó el pico aún más fuerte; creía que él mismo se había metido en aquel embrollo y estaba recibiendo una dosis de su propia medicina.

Si tan solo se esforzase por reconocer sus errores y mejorar…

, pero lo único que hacía era sentir envidia y menospreciar a los demás, lo cual le parecía una gran equivocación.

Al final, el hombre decidió borrar la publicación y la comunidad pronto se calmó.

Afortunadamente, los comentarios y burlas hacia él no continuaron extendiéndose, pero el número de clientes tampoco aumentó, lo cual le preocupaba.

Tras observar aquella escena con atención, Yaya se llevó un ala a la cabeza y salió del mundo de los sueños.

Oslo ya se había quitado el antifaz de búho y se encontraba de pie frente a la vitrina, suavemente iluminada por la luz de la luna.

—Creo que necesitaremos ser muy cuidadosos al escoger un objeto para este cliente. Tiene que ser algo que lo ayude a replantearse sus acciones —manifestó, y Yaya voló hasta su lado para ayudarlo a pensar.

Oslo entró en el almacén junto a la vitrina con cara decidida y salió con algo en las manos. Poco después, el hombre se despertó y exclamó:

—Estaba a punto de irme, pero parece que me he quedado dormido.

—Yo me dormí primero, lo siento mucho. La luz del sol era tan cálida que simplemente… Sea como sea, me alegro de que haya dormido bien. Mientras descansaba, mi asistente visitó su subconsciente. Debí haberle informado de esto de antemano, le pido disculpas —dijo Oslo de buen humor.

Aquello pareció desconcertar al cliente, pues respondió con cierta vergüenza:

—A cualquiera puede pasarle. Pero ¿sabía usted que beber un té de yuzu o cualquier bebida azucarada antes de ir a la cama no es bueno para los dientes? Es mejor acostumbrarse a hacer gárgaras o cepillarse después. Creo que debería advertir a sus clientes al respecto.

—Antes mencionó que debía volver a la clínica. ¿No es un poco tarde ya?

—No pasa nada. De todos modos, casi no tengo pacientes.

—Entonces le recomendaré algo que le ayude a atraer dulces sueños. Acérquese, por favor.

Al llegar junto a Oslo, el hombre se maravilló al ver la vitrina bañada por la luz de la luna.

Oslo le entregó unos tapones para los oídos.

Parecían comunes y corrientes, pero eran negros como el cielo nocturno y de vez en cuando se veía un destello brillante, como si los atravesara una estrella fugaz.

—Estos son unos tapones para oír susurros.

Úselos antes de dormir y así podrá visitar un mundo tranquilo y hermoso en donde encontrará descanso.

Al despertar, podrá oír con claridad incluso las voces más débiles.

Puede que eso reavive su angustia pero, si guarda en su corazón el arrepentimiento por los errores del pasado, estoy seguro de que le serán de ayuda —explicó Oslo.

—Dice que usarlos me ayudará a descansar y tranquilizarme, pero francamente me cuesta creerlo.

¿Qué es exactamente lo que oiré? ¿Y acaso eso me ayudará?

Creo que ya me esfuerzo demasiado en poner atención en lo que dicen los demás —comentó el hombre tras una pausa, visiblemente insatisfecho con la sugerencia de Oslo.

—Ahora mismo puede que no crea que le sirvan para tranquilizarse, o para oír las voces de los demás.

Pero si los usa aunque sea una vez, verá que lo que le digo es verdad.

Si todavía no me cree, puede llevárselos sin ningún compromiso y, después de probarlos y ver que funcionan, puede regresar a pagarlos —dijo Oslo con su característica sonrisa, aunque sus palabras tenían bastante peso.

Realmente creía en la eficacia de los objetos que vendía en el taller.

—¿Dice que se esfuerza en poner atención en los demás? ¡Ay, qué descaro! Espero que esto realmente funcione con él —susurró Yaya en el oído de Oslo, reprimiendo el impulso de ser grosero con el cliente. Oslo cerró los ojos y asintió con la cabeza.

—Sinceramente, me parece que este producto es un poco caro para comprarlo ahora mismo. Si no le molesta, me lo llevaré a casa y lo probaré primero, tal como sugiere —respondió el hombre y salió del taller con la expresión de insatisfacción aún grabada en su rostro.

Unos días después, Oslo estaba fabricando nuevos objetos para el taller cuando oyó la campanilla de la entrada.

—¡Bienvenido al taller de los dulces sueños! —dijo, levantándose de un salto.