Tapones para percibir susurros · Séptimo cliente
Tapones para percibir susurros
Séptimo cliente
—Aún estoy pensando en el bagel de luz de luna que comimos ayer. El queso crema estaba delicioso.
—La leche también sabía más dulce. ¡A partir de ahora compraré todas las botellas que tengan en el mercado lunar! El único problema es que se agotan demasiado rápido.
El día anterior habían pasado bastante tiempo en el mercado, pues, gracias a la superluna, fue inusualmente grande y daba la impresión de ser aún más extraordinario.
Los conejos lunares habían preparado platos especiales.
Emocionados, Oslo y Yaya disfrutaron de la comida a sus anchas y compraron varios materiales.
Amedida que el taller se llenaba con ellos, se iluminaba aún más con el brillo de la luz de luna.
—¿Tu cuello está mejor? —preguntó Oslo, preocupado.
La noche anterior había caído una enorme lluvia de estrellas fugaces.
La luz había sido tan intensa que el portal de la aurora apenas se veía.
Mientras Yaya volaba en círculos buscándolo, una estrella fugaz pasó por su lado.
Yaya la esquivó apresuradamente, pero se lesionó el cuello.
Estando en el mercado no se había dado cuenta del malestar, pero una vez regresó a la tierra y recuperó su tamaño n ormal, comenzó a dolerle bastante.
—Está un poco mejor que ayer —respondió Yaya con un suspiro. Pero su orgullo estaba herido.
«Incluso los profesionales cometen errores, pero ¿por qué tenía que hacerme daño justo en una noche de superluna?», pensaba.
—No te esfuerces demasiado hoy. ¡Yo me encargaré de todos los clientes de por la mañana!
—No tengo problemas para trabajar. Al fin y al cabo, no hay manera de tratar a fondo el insomnio de los clientes sin entrar en sus sueños, ¿no? —respondió Yaya con frialdad, mirando de reojo a Oslo para ver si se había ofendido.
Oslo no se sintió afectado en absoluto. Solo quería que Yaya descansara un poco.
Últimamente tenían muchos clientes y el búho había estado yendo y viniendo entre el mundo de los sueños y la realidad sin parar.
Entre cliente y cliente, Oslo se recostaba en el sofá y dormía un poco, pero Yaya nunca descansaba durante el horario laboral.
Los búhos son animales nocturnos, por lo que duermen de día y cazan por la noche, pero Yaya se había convertido en un búho activo durante el día.
Esto se debía a su sentido de la responsabilidad, que le impedía dormir mientras estaba trabajando.
Oslo lo admiraba y le estaba profundamente agradecido.
—No te preocupes. Además, tu pico y tus plumas parecen algo desgastados después del viaje al mercado lunar. Será mejor que te pongas loción y descanses un poco.
—Si insistes. Pero solo durante la mañana, ¡volveré a trabajar esta tarde!
Después de observar a Yaya entrar en la habitación, Oslo salió del taller y escribió lo siguiente en el cartel de la entrada:
Justo cuando pensaba que la mañana iba a ser tranquila, sonó la campanilla de la entrada.
—Bienvenido al taller de los dulces sueños —saludó Oslo con energía.
El cliente era un hombre de unos treinta años, alto y bien peinado, que vestía un jersey de punto de color marrón y aspecto suave, y un elegante abrigo negro. El hombre respondió al saludo de Oslo con un ligero movimiento de cabeza.
—Buenos días. Yaya, el búho asistente, está tomándose un descanso esta mañana, así que lo único que puedo ofrecerle es un té de yuzu y una consulta. Le pido disculpas por las molestias.
—Si su asistente está enfermo, ¿no debería tomarse unos días libres? Pero, por otra parte, ¿puede trabajar con normalidad sin el búho? —comentó el cliente. Al parecer, conocía de antemano cómo funcionaba el taller.
Oslo se quedó un poco desconcertado por el tono del cliente, pero respondió con amabilidad mientras preparaba la bebida de bienvenida.
—Simplemente surgió algo urgente. Me esforzaré en escoger un buen objeto para usted. Pero si se siente incómodo…
—No pasa nada. De todas formas debo regresar pronto a la clínica. Tomaré la infusión. ¿Dónde me siento? —preguntó el hombre abiertamente, con la seguridad de alguien que dice todo lo que piensa.
Oslo señaló el asiento para los clientes sin perder la sonrisa y luego añadió:
—Gracias por su comprensión. Es una bebida especial, caliente y deliciosa. ¿Va a la clínica por trabajo?
El hombre, que hasta entonces había parecido tenso, dio un sorbo a la bebida de yuzu, atraído por su aroma, y afirmó:
—Soy médico. Pasaba por aquí y el taller me llamó la atención, así que decidí entrar.
—¿Está experimentando alguna preocupación que le impida dormir?
—preguntó Oslo. La cálida luz que entraba por la ventana comenzó a adormecerlo, incluso estando con un cliente.
Sin que el hombre se diera cuenta, Oslo comenzó a dar golpecitos con los dedos índice y pulgar para mantenerse despierto, pero no sirvió de nada.
—Últimamente… —comenzó el hombre, pero se detuvo, sorprendido, al darse cuenta de que Oslo se había quedado dormido.
«Cómo es posible que logre conciliar el sueño con un cliente delante… ¿Es aceptable llevar un negocio así y hacer esperar a una persona ocupada?».
El hombre estaba furioso, pero el té era tan dulce que decidió terminarlo antes de marcharse. Mientras bebía observó a Oslo, que no daba señales de despertarse. Amedida que su cuerpo se calentaba, el cliente también comenzó a adormilarse hasta que, por fin, cayó en un sueño tranquilo.
«¿Pero qué es esto?», se escandalizó Yaya, quien, incómodo por tomarse un descanso durante el horario de trabajo, había regresado al taller para comprobar si Oslo estaba bien y se encontró tanto al cliente como al propietario del establecimiento descansando plácidamente.
—¡Ay, Dios mío! ¡Esto es demasiado!
Yaya estaba fuera de sí por la frustración que le causaba Oslo, quien actuaba cada vez más despreocupado y somnoliento frente a los clientes. Se acercó sigilosamente hacia su amigo y le dio unos picotazos para despertarlo.
—¡Auch! ¿Me he quedado dormido? —dijo Oslo, sonriendo tímidamente.
—Aprovecharé para entrar en los sueños del cliente —se resignó Yaya, acercándose al hombre, que daba fuertes ronquidos, y apoyando su cabeza contra la de él.
Sus sueños estaban teñidos de gris. La mayoría de los clientes tenían sueños de colores apagados y aquel hombre no era una excepción.
«Vamos a ver qué está pasando…».
Yaya, envuelto en su capa, se escondió en una esquina y observó a su alrededor en silencio.
El hombre era dentista y había trabajado en una gran clínica dental durante bastante tiempo.
El sueldo no estaba mal, pero no quería que ese fuese su único incentivo para continuar allí.
Su sueño era abrir una clínica privada a su nombre y presumir de ella ante todos.
Parecía valorar mucho la imagen que proyectaba ante los demás.
Algunos de sus compañeros de la facultad de odontología ya habían abierto sus propias clínicas y otros trabajaban en prestigiosos hospitales y recibían salarios altísimos, así que su orgullo estaba herido.
«¿Acaso he fallado en algo? Si incluso me saqué el título antes que ellos», se lamentaba.
Compararse todo el rato con los demás le carcomía el corazón. Deseaba presumir frente a sus amigos, que alardeaban de sus consultas privadas o usaban cualquier excusa para mencionar lo que ganaban. Un recuerdo se presentó frente a los ojos de Yaya.
—Estoy pensando en montar una clínica dental, ¡y quiero que sea grande! —le dijo el hombre a un agente inmobiliario en la ciudad.
Sin embargo, el agente negó con la cabeza, explicándole que no era posible montar una clínica con el dinero que tenía.
Le sugirió que buscase en otro sitio y le recomendó un barrio a las afueras de la ciudad.
Sin dudarlo un instante, el hombre se dirigió a una inmobiliaria en ese lugar.
En realidad no conocía la zona y tampoco sabía cómo llevar una clínica dental, pero el local era bueno, sobre todo considerando sus fondos, así que firmó el contrato de manera impulsiva.
Así nació su propio consultorio, al cual llamó clínica dental Park.
«¡Madre mía! Pagó una suma tan grande sin investigar nada», pensó Yaya. Aun sabiendo que aquello era solo un sueño, tuvo que taparse la boca para reprimir los reproches que amenazaban con salir. Afin de cuentas, no debía influir en el mundo onírico del cliente.
Cuando se hubo tranquilizado, Yaya se ajustó bien la capa y se enfocó en una nueva escena.
Después de la apertura de la clínica dental, los amigos y colegas del hombre le habían enviado hermosos ramos de flores para felicitarlo, y su familia lo celebró junto a él.
La ilusión que inundaba su corazón era palpable, y Yaya se emocionó también.
Sin embargo, la escena pronto se volvió oscura y sombría.
Frente a sus ojos apareció la imagen de la clínica, pero esta estaba completamente vacía y silenciosa.
No se escuchaba el ruido de pacientes entrando y saliendo ni el zumbido de los instrumentos.
El hombre se quedaba en su despacho el día entero, mirando fijamente su teléfono móvil.
Era común que le dijera a los empleados que se fuesen temprano a casa.
Aquello le dejaba un sabor amargo, pero no podía mantenerlos en la clínica cuando no había pacientes.
Apartir de un punto, no tuvo más remedio que despedir a algunos.
Todo esto transcurrió en unos pocos meses y cada día su rostro estaba más demacrado.
Además, sobre él se cernían el alquiler mensual, los gastos de mantenimiento, los sueldos del personal, los costes de los materiales y el equipo y el préstamo que había pedido para abrir la clínica.
Yaya observó los alrededores de la clínica y llegó a la conclusión de que había razones válidas para que estuviese tan vacía: su ubicación era muy poco práctica, pues era difícil llegar en transporte público y estaba alejada de la estación.