El secreto de su guardarropa a cuadros · Oslo y Jeong Ian #3
Oslo había llegado una hora antes de lo acordado y se estaba quedando dormido, pero en cuanto la vio sintió una oleada de energía, así que respondió alegremente:
—No hay problema, yo también acabo de entrar.
—Como he llegado tarde, yo invito hoy. Puedes invitarme tú la próxima vez.
Durante la cena, Oslo se enteró de que Ian tenía pensado dejar el pequeño barrio donde vivía y mudarse a una gran ciudad. Allí quería expandir la cafetería. Al verla tan decidida a hacer crecer su negocio, Oslo sintió que se estaba enamorando de ella de nuevo.
—Es increíble. Creo que tengo mucho que aprender de ti.
—Pero el deseo de regalar dulces sueños a la gente es aún más admirable. La verdad es que yo no duermo mucho, y menos aún cuando tengo demasiado trabajo. Jamás se me hubiera ocurrido abrir un negocio así. Por eso me causa mucha curiosidad.
Los dos discutieron largo y tendido sobre cómo enfocar la gestión del taller, desde el diseño y la distribución del espacio hasta el estado mental de quienes padecían insomnio.
Oslo disfrutaba hablando con Ian. Gracias a su naturaleza refrescante y apasionada, sentía como si sus horizontes se estuviesen expandiendo.
De igual forma, a Ian le gustaba hablar con Oslo.
Su tono tranquilo y juicioso inspiraba confianza, y su carácter meticuloso y calmado era envidiable e intrigante.
Ambos comenzaron a verse con más regularidad. Entre semana solían charlar en la cafetería de Ian, y los fines de semana salían a algún restaurante especial.
—¿Acaso le lanzaste algún hechizo a la taza que me regalaste? Volví a mi casa de la cafetería y tenía pensado trabajar un poco más, pero, después de beber un té en esa taza, me quedé profundamente dormida. ¡Qué extraño!
Por lo general, Oslo les regalaba tazas decoradas con una luna creciente a sus amigos. Quizá fuese porque estaban hechas con el deseo de que durmiesen bien, pero todos le decían que podían conciliar mejor el sueño al beber de ellas. Parecía que aquel deseo había hecho su magia una vez más.
—Últimamente has estado muy ocupada, ¿no? Parece que la cafetería está cada vez más concurrida…
Oslo tenía razón, la cafetería se había vuelto bastante popular.
Al inicio solo la visitaba la gente del vecindario, pero pronto ganó la reputación de ser acogedora y servir un café delicioso, por lo que muchas personas comenzaron a acudir desde lejos.
El pudin de higos y las magdalenas se agotaban nada más salir del horno.
Oslo recordó cómo Ian le había contado, sonrojada de emoción, que deseaba mudarse a una gran ciudad y ampliar un poco el negocio.
—Así es, hemos tenido muchos más clientes. Incluso contraté a dos empleados más. Es agotador, pero también gratificante —respondió Ian alegremente, a pesar del cansancio que se dibujaba en su rostro.
Oslo estaba feliz y quería que ella cumpliese su sueño, pero sintió una punzada de dolor al pensar que se marcharía. Le preocupaba no poder verla tan a menudo como lo hacía ahora si se iba a la gran ciudad.
Oslo continuaba preparando la apertura del taller de los dulces sueños e Ian estaba ocupada con la cafetería, pero aun así sacaban tiempo para verse.
De hecho, Oslo la visitaba tanto que los trabajadores de la cafetería ya lo reconocían y lo saludaban.
De vez en cuando, Ian también le daba consejos acerca de cómo llevar un negocio.
Finalmente llegó la hora de abrir las puertas del taller. Oslo deseaba permanecer junto a Ian para siempre, y sabía que debía confesarle sus sentimientos antes de que fuese demasiado tarde. Justo entonces, ella lo llamó.
—¿Qué tal si vamos a un buen restaurante este fin de semana? Hay algo que me gustaría decirte.
—Suena maravilloso. Me has ayudado mucho con los preparativos, así que esta vez invito yo.
«¿Tanto me gusta la ropa a cuadros?», se preguntó Oslo sonriendo ligeramente al abrir su armario, que ahora estaba repleto de prendas con ese diseño.
Entonces se dio cuenta de lo mucho que una sola palabra de alguien que te gusta puede cambiar las cosas.
Escogió un cárdigan a cuadros marrón y beis, y unos pantalones azules, y se dispuso a salir a su cita con Ian.
—Tengo algo que decirte —anunció ella, después de que hubiesen acabado sus platos uno por uno y hablado de otras cosas.
Bebió un sorbo de agua con expresión tensa y sonrió antes de continuar lentamente, como si eligiese con cuidado sus palabras—.
Voy a cerrar la cafetería y a mudarme muy pronto.
Ya te lo había comentado, pero es mi sueño abrir un local en la ciudad.
Cuando te conté mis planes, pensé que tardaría mucho tiempo en hacerlos realidad, pero, gracias al repentino aumento de clientes, he conseguido tenerlo todo listo antes de lo esperado.
Recibí una propuesta para comercializar los púdines de higo que preparo.
Era bastante buena, así que la consideré durante un tiempo, pero, como son los productos estrella de nuestra cafetería, decidí desarrollarlos yo misma.
Estoy segura de que tienen suficiente potencial para que una gran empresa nos haga una oferta mejor.
Así que estoy lista para afrontar este nuevo reto en una ciudad más grande.
Una luz parecía envolver a Ian. El tipo de luz que solo irradia alguien consciente de su propia fuerza.
—Siempre me sorprendió mucho tu cafetería.
Está en un barrio pequeño y poco especial, pero muchas personas van hasta allí solo para probar los postres que preparas.
Eso solo demuestra lo hábil que eres. Sin duda te irá muy bien en la ciudad.
Te seguiré apoyando desde aquí —dijo Oslo, genuinamente feliz por ella.
Quería animarla para que cumpliese su sueño. Sin embargo, comenzó a surgir en él una añoranza que nunca antes había experimentado. Sin duda Ian iba a estar muy ocupada y, al encontrarse tan lejos, sería muy difícil verse tan a menudo como lo hacían ahora.
—Has sido una gran fuente de fortaleza para mí, Oslo.
Hoy, cuando cerraba la cafetería, eché un vistazo hacia atrás y mi mirada se dirigió al lugar donde siempre te sientas.
Entonces recordé todas nuestras conversaciones y los momentos que hemos compartido juntos y me sentí en paz.
Tiendo a cargar con muchas preocupaciones y ansiedad, pero cuando hablo contigo mi mente se calma.
Me gustaría seguir viéndote, pero creo que será difícil una vez que abra el nuevo local…
, así que he pensado que tal vez querrías venir conmigo. Quiero que vayamos juntos a la ciudad.
—Me gustas mucho, Ian. Hace tiempo que deseo que estemos juntos.
Sé que es mucho pedir, pero quisiera que formaras parte de mi futuro.
Sin embargo… —confesó Oslo, cuyos sentimientos por Ian habían ido creciendo desde el momento en que la conoció.
Ciertamente quería seguir siendo su fuente de fortaleza, pero no podía renunciar al taller de los dulces sueños ni tenía el valor de dejar el lugar donde había vivido toda su vida.
—Con saber lo que sientes es suficiente —respondió ella con una sonrisa. Se esforzaba por mantener una mirada serena, pero flaqueó ligeramente.
—Mi sueño es abrir el taller, conocer a los vecinos del lugar donde he vivido toda mi vida, escuchar sus historias y ayudarles a aliviar sus preocupaciones —continuó diciendo Oslo—.
Tú eres tan importante para mí como ese sueño, por eso se me parte el corazón.
Seguramente no vamos a poder vernos tan a menudo, pero, por favor, ven a visitar mi taller algún día.
Te prometo que tendré el regalo perfecto para ti.
Los ojos de Oslo se llenaron de lágrimas.
Tristemente, el día en que se habían confesado sus sentimientos fue también el día en que intuyeron que pronto tendrían que separarse.
Yaquella fue su última comida juntos. Poco después, Ian cerró la cafetería.
Oslo visitó el local vacío y recordó cada detalle: la posición de las macetas, el lugar donde se sentaba e incluso el estante donde Ian guardaba la mermelada de yuzu.
Al regresar a su casa, fue incapaz de dormir por culpa de aquellos recuerdos.
Yaya, que en ese momento era todavía un polluelo, chasqueó el pico, pues le dolía ver que, cada día que pasaba, su compañero humano parecía más deprimido y perdía más peso.
Para animar a Oslo, Yaya lo molestaba y le hablaba con voz tierna. Ytodas las noches permanecía a su lado. Oslo pasaba las noches en vela, así que el búho le pedía que le contase historias o presumía ante él de lo rápido que podía volar. Gracias a Yaya, Oslo recuperó poco a poco su energía.
Después de que Ian se mudara, Oslo se esforzó por mantenerse en contacto.
Sin embargo, recibía respuestas cortas y esporádicas.
Al poco tiempo, abrió las puertas del taller de los dulces sueños.
Pasaba los días fabricando objetos y recibiendo a nuevos clientes y, sin darse cuenta, transcurrieron varios meses.
Así, dejaron de hablar. Oslo intentó consolarse diciéndose a sí mismo que era algo inevitable en la vida. Aun así, su armario continuaba lleno de prendas a cuadros. No era que siguiese aferrándose a Ian, simplemente sus recuerdos se colaban sigilosamente en su día a día.
Pasaron los años y Oslo tuvo noticias de ella. Una tarde, mientras daba un paseo después del trabajo, oyó por casualidad una conversación.
—¿Te acuerdas de aquella cafetería que era famosa por su pudin de higos?
—¡Claro! Les fue tan bien que se mudaron a la ciudad.
—Parece que allí también les ha ido increíblemente bien. Sus postres se hicieron aún más populares y ahora es una cafetería enorme.
Oslo escuchó en silencio la charla de los vecinos y soltó un suspiro. Temía que fuesen malas noticias, así que sintió un gran alivio.
«Es una mujer estupenda, sabía que le iría bien», se dijo. Había estado muy preocupado por ella y la echaba de menos en igual medida, pero, después de oír a los vecinos, su corazón se sintió mucho más ligero.
Desde que se enteró de que a Ian le estaba yendo bien en la ciudad, Oslo se esforzó aún más en hacer funcionar bien el taller de los dulces sueños.
No estaba seguro de si volverían a encontrarse, pero quería convertirse en una persona tan maravillosa como ella.
Tanto si estaban destinados a volver a verse como si no, quería demostrarle lo mucho que había madurado.
○ ○ ○
Tras terminar su larga, larga historia, Oslo miró a Yaya, y el búho apoyó su cabeza contra la de Oslo. Era la única forma que tenía de ofrecerle consuelo y demostrarle su afecto.
—Gracias por contármelo —dijo Yaya.
Oslo le dio un golpecito juguetón en el pico. Aunque ese día no habían podido ir al mercado lunar, Yaya estaba feliz de haber podido escuchar aquella valiosa historia.