El taller de los dulces sueños El secreto de su guardarropa a cuadros · Oslo y Jeong Ian #2
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El secreto de su guardarropa a cuadros · Oslo y Jeong Ian #2

Oslo tenía su propio ritual para terminar el día: abría el armario, hecho de madera de caoba oscura, y echaba un vistazo dentro.

El suyo era un armario bastante singular, pues era tan alto como él y estaba lleno de punta a punta de cómodas prendas a cuadros.

Cualquier otra persona habría pensado que eran todo pijamas, pero Oslo sabía distinguir claramente entre su ropa de dormir y la de diario.

Ni siquiera Yaya, que llevaba años viviendo con él, reconocía la diferencia.

En realidad, Oslo tenía un sistema: en el lado izquierdo colocaba los pijamas y en el derecho su ropa para el día.

Todas las prendas estaban confeccionadas del mismo suave tejido a cuadros y Yaya se preguntaba cómo era posible que Oslo hubiera llegado a coleccionar solo ropa con este estampado.

Pero, cuando le preguntaba, él simplemente sonreía.

—¿Por qué rayos toda tu ropa lleva el mismo diseño? Ya es hora de que me lo expliques, ¿no? —preguntó el búho acercándose a Oslo, mientras este escogía un pijama.

—Sí. Supongo que ya es hora de que lo sepas.

○ ○ ○

Cuatro años atrás, Oslo estaba atravesando un periodo de muchas preocupaciones.

Un día, mientras deambulaba por el barrio preguntándose qué podía hacer para llevar una vida feliz y tranquila, se topó con una cafetería con un jardín muy bien cuidado.

El lugar no era muy grande, pero resultaba acogedor y cálido.

Allí Oslo conoció a alguien con una sonrisa deslumbrante.

En el momento en el que la mujer le tomó el pedido, sintió como si su corazón hubiese sido arrasado por una poderosa ola.

—¿Qué desea tomar?

—Ah, hola. Querría un té de yuzu caliente, por favor —respondió él, nervioso por aquella emoción desconocida.

La mujer sonrió levemente y dijo que llevaría la bebida a su mesa.

Oslo se sentó y sacó la libreta que llevaba consigo.

Cuando hacía buen tiempo, le gustaba entrar en alguna cafetería y dibujar o anotar sus pensamientos, pues eso le ayudaba a organizar su mente.

Normalmente también habría reflexionado sobre qué podría hacer con su vida, pero aquel día su corazón latía con fuerza y sus manos temblaban, impidiéndole mover el bolígrafo como deseaba.

Antes de entrar en la cafetería lo había invadido una dulce sensación de somnolencia, pero en el momento en que entró y vio a esa mujer, su mente se despertó de golpe y el sueño que sentía desapareció por completo.

«Así que puedo mantenerme despierto en momentos como este… », pensó.

—Aquí tiene. Que lo disfrute —dijo la chica, entregándole la bebida.

Oslo quería hablar con ella. Sabía que se arrepentiría si se marchaba de la cafetería sin haberle dirigido la palabra.

—Yo… vivo por aquí cerca —le soltó. Yluego pensó: «¡Idiota! ¡Le has dicho dónde vives incluso antes de darle tu nombre!». Estaba furioso consigo mismo.

—Ya veo. Espero que le guste su infusión —respondió ella con una sonrisa que no dejaba entrever si era consciente de los sentimientos que había despertado en Oslo.

Él no sabía explicar por qué, pero tenía la sensación de que aquel momento era el más importante de su vida. No podía dejarlo escapar. Bebió lentamente, intentando calmar su desenfrenado corazón.

—Muchas gracias, está deliciosa. Creo que antes no me presenté como es debido. Lo que quería decir es que me llamo Oslo y vivo por el barrio —dijo con voz temblorosa, reuniendo todo el valor que tenía. Mientras hablaba sintió que el rostro se le enrojecía.

Al oírle, la chica puso cara de sorpresa, pero enseguida esbozó una sonrisa. Era evidente que la honestidad de Oslo había sido bien recibida.

—Mucho gusto, yo me llamo Jeong Ian. Le queda muy bien esa camisa de cuadros.

Y así fue como comenzó su historia con Ian.

Oslo dejó de dormir tanto y comenzó a visitar la cafetería con más frecuencia.

Las flores del jardín florecían cada vez más abundantes, la decoración de la cafetería cambiaba con cada visita y había pequeños detalles que solo se podían apreciar desde cerca.

Todo esto le demostraba a Oslo cuán diligente era Ian y cuánto disfrutaba de su trabajo.

Aunque otros quizá no lo notaran, Oslo, con su creatividad y su naturaleza meticulosa, lo veía todo.

Sus sentimientos por ella se hacían más profundos cada día que pasaba.

Algunos días se decidía por una limonada, otros por una infusión de yuzu. De cualquier manera, el comportamiento siempre sincero y tranquilo de Oslo hizo que la chica le abriese poco a poco su corazón.

—¿Hoy también vas a querer una infusión? Hace un poco de frío, así que la prepararé bien caliente.

Cuando lo veía entrar, Ian iba a por el bote de mermelada de yuzu con la que preparaba la bebida que a él tanto le gustaba.

A partir de algún momento, las visitas de Oslo se volvieron cada vez menos frecuentes hasta que dejó de ir durante un tiempo. Jeong Ian pensaba mucho en él. Echaba de menos a aquel chico tímido y sincero que se había esforzado tanto por acercarse a ella.

En esa época, Oslo se estaba preparando para abrir el taller de los dulces sueños.

Quería poner lo mejor de sí, pues sabía que era bueno para aquel trabajo, pero también requería mucha preparación.

El pobre trabajó sin descanso: tuvo varios empleos para poder ahorrar y también fabricó varios objetos para vender en el taller.

Aunque estaba cansado y no podía dormir mucho, el tener un objetivo que alcanzar le daba fuerzas.

Cuanto más difícil se ponía la situación, más se esforzaba por imaginar el taller terminado y más se enfocaba en su trabajo.

Por supuesto que extrañaba a Ian, pero no disponía de tiempo.

Además, quería acabar pronto y enseñarle el maravilloso taller terminado.

De lunes a viernes trabajaba sin cesar y los fines de semana caía en un sueño tan profundo que ni siquiera se movía.

Pero, un día, Oslo al fin se tomó un descanso y decidió ir a la cafetería.

«Tendré que explicarle por qué no he podido visitarla todo este tiempo… ¿Habrá pensado siquiera en mí?», se preguntó, preocupado. Decidió dejar a un lado esos pensamientos y se puso la camisa a cuadros que Ian había elogiado.

—Hacía mucho que no venías —exclamó ella, radiante, en el momento en que vio a Oslo entrar.

—He estado un poco ocupado últimamente —respondió él.

Tomaron un té juntos por primera vez en mucho tiempo y hablaron de todo lo que había pasado mientras no se habían visto.

El corazón de Oslo se llenó de una felicidad incomparable.

Deseaba seguir charlando así para siempre, pero era incapaz de confesarle todos sus sentimientos, por lo que se limitó a sonreír.

—Me preguntaba si estarías bien, como no has venido en todo este tiempo…

Cuando Oslo dejó de visitarla a diario, Ian comenzó a esperarlo. Y,justo cuando lamentaba que tal vez no volvería a verlo nuevamente, este entró en la cafetería como si lo hubiese invocado por arte de magia. Al verlo, la chica se sintió invadida por una extraña mezcla de alegría y reproche.

—En realidad me estoy preparando para abrir un negocio. He estado trabajando sin descanso y no me di cuenta de que había pasado tanto tiempo.

—¿Qué tipo de negocio?

—Un taller que ayude a las personas a tener un sueño reparador.

Afortunadamente desde pequeño he sido muy dormilón.

Incluso se podría decir que es lo que más me gusta hacer y lo que mejor se me da.

Pero, al descubrir que mucha gente tiene a menudo dificultades para conciliar el sueño, me dio mucha pena por ellos.

Verás, yo también he experimentado noches de insomnio, así que sé muy bien lo terrible que es sufrirlo.

Por eso decidí hacer algo para reconfortar a aquellos que no pueden dormir.

Ahora mismo estoy trabajando arduamente para la apertura del taller.

Eso me tiene tan ocupado que ni siquiera he podido pasar a por una taza de té —reveló Oslo, contándole su historia y todas las preocupaciones que le rondaban por la cabeza.

No solo le resultaba difícil encontrar tiempo libre, sino que también estaba preocupado por cómo gestionar el taller. Deseaba crear un espacio donde sus clientes pudiesen descansar, pero su pasión por sí sola no era suficiente.

—¿Un taller que ayude a las personas a tener un sueño reparador? ¡Qué maravilloso! Soy muy buena decorando y también me interesa la administración de negocios… Si te parece bien, me encantaría ayudar —se ofreció Ian.

—Por muy cansado o estresado que esté, cada vez que vengo a esta cafetería mi mente se siente en paz. Creo que voy a necesitar mucha ayuda. ¿Te viene bien este fin de semana? Podríamos cenar juntos y conversar un poco más —respondió Oslo, armándose de valor.

—Los fines de semana salgo antes, así que me parece bien, hagámoslo —dijo Ian con una sonrisa más radiante de lo habitual, como si percibiese los nervios de Oslo.

Oslo durmió sin interrupciones desde que salió de trabajar el viernes por la tarde hasta la hora de la comida del sábado.

Temía sentirse somnoliento durante su tan esperada cita con Ian, así que decidió descansar más de la cuenta y además puso diez alarmas, cada una con un minuto de diferencia.

Sin embargo, su ansiedad resultó infundada, pues abrió los ojos de golpe antes de que sonase la primera.

Estaba tan emocionado que había renunciado con gusto al sueño.

A la hora de prepararse para salir, Oslo se paró frente a su armario, que ahora estaba repleto de prendas a cuadros. Había comenzado a coleccionarlas después de que Ian elogiara lo bien que le quedaban. Como estaba haciendo un poco de frío, escogió un abrigo grueso de cuadros negros y grises.

—He llegado con algo de retraso, ¿no? Hoy la cafetería ha estado más llena de lo normal, así que he tenido que cerrar un poco más tarde —se excusó Jeong Ian, quien apareció ante Oslo con el pelo ligeramente revuelto, como si hubiera hecho el camino corriendo.