El secreto de su guardarropa a cuadros · Oslo y Jeong Ian
El secreto de su guardarropa a cuadros
Oslo y Jeong Ian
Cortar las patatas en rodajas finas y sofreírlas hasta que se doren.
Saltear con abundante mantequilla, añadir nata, leche y agua, y dejar hervir.
Cortar los ramilletes de brócoli y añadirlos a la mezcla junto con un puñado de perejil.
Terminar con una pizca de espec ias del mercado lunar.
El delicioso aroma de la sopa de patatas llenó el taller de los dulces sueños.
Aquella era una noche de luna llena y el día en que se tomaban un descanso, así que decidieron preparar una buena comida mientras esperaban a que oscureciese.
Desafortunadamente, al atardecer comenzó a levantarse una espesa niebla y las nubes ennegrecieron el cielo, por lo que Yaya no estaba seguro de poder llegar hasta el mercado lunar.
Oslo, que ya había hecho la lista con los productos que pensaba comprar, dejó caer los hombros, decepcionado.
—No te preocupes, el mercado será aún más grande el mes que viene.
¿Qué tal si hoy nos quedamos aquí y hacemos todo lo que queramos?
—preguntó Yaya. Al ver que Oslo continuaba decaído, incluso después de haber tomado un buen tazón de sopa, añadió enérgicamente—: ¡La próxima vez habrá una superluna!
Dicen que ese día el mercado lunar crece como nunca.
Entonces podremos comprar un montón de materiales para fabricar nuestros objetos.
Al oír mencionar la superluna, el rostro de Oslo se iluminó y aceptó la sugerencia de Yaya de quedarse en el taller, relajándose y comiendo cosas deliciosas.
El día aún no había terminado, así que Oslo y Yaya decidieron disfrutar tranquilamente de las últimas horas de la tarde.
Oslo preparó una masa con harina, huevos y leche, la cocinó en la sartén hasta que estuvo dorada y la espolvoreó ligeramente con azúcar en polvo del mercado lunar.
Luego, la remató con una generosa cucharada de miel.
Aquellas tortitas eran su plato estrella.
—¡Están esponjosas y deliciosas! —exclamó Yaya.
—Mis tortitas nunca fallan, al igual que mis ganas de dormir —respondió Oslo.
Durante su época de estudiante, siempre había estado rodeado de buenos amigos.
Gracias a ellos, el dormilón de Oslo podía estar tranquilo, ya fuese en el autobús o en el aula de clase, pues, cada vez que cerraba los ojos, alguno de ellos se acercaba a despertarlo.
Se sentía agradecido pero también culpable, ya que a menudo también le sucedía en medio de alguna conversación con ellos.
Por eso después de clase los invitaba a su casa y preparaba platos deliciosos.
Uno de ellos eran aquellas tortitas. Oslo, cuyo pasatiempo era la repostería, se esmeraba mucho.
Cuando sus amigos le decían que eran lo más rico que habían probado nunca, se le escapaba una sonrisa.
Las tortitas de Oslo no solo eran dulces o saladas, sino que también guardaban recuerdos especiales: con cada mordisco, sus amigos podían rememorar momentos alegres y entrañables. Esos recuerdos estimulaban sus paladares y hacían que las tortitas les supiesen especialmente deliciosas.
Tras llenarse con estos esponjosos dulces, Oslo y Yaya recuperaron la energía para ponerse a limpiar con entusiasmo.
Mientras Oslo fregaba el suelo y desempolvaba cada rincón, Yaya sobrevoló el taller para examinar el edificio desde fuera y comprobar si había algún daño o zona que requiriese una nueva capa de pintura.
Luego hicieron la colada, la colgaron junto a la chimenea y avivaron el fuego para que se secara pronto.
También recogieron la cocina y lavaron los platos.
Para cuando hubieron terminado con la azotea, que solo limpiaban de tanto en tanto, la luz de la luna llenaba todo el taller.
Sin darse cuenta, había caído la noche. La luna brillaba con intensidad a través de la espesa niebla, como consolando a Oslo por no poder ir al mercado lunar.
—Buen trabajo, Yaya.
—Ahora que hemos puesto en orden el taller, ¿qué tal si nos centramos en cuidar el cuerpo también?
Oslo se quedaba dormido en cualquier momento y posición, y a menudo le dolían el cuello y la cadera, por lo que necesitaba un buen estiramiento.
De la misma manera, a Yaya se le resquebrajaba el pico y comenzaba a perder plumas cuando estaba cansado, por lo que necesitaba hidratarse y hacer un breve vuelo.
Ambos se pusieron manos a la obra. Oslo se tomó sus vitaminas y estiró el cuerpo lentamente, desde las muñecas y el cuello hasta los brazos y la cadera.
Yaya se aplicó loción hidratante por todo el cuerpo y, satisfecho, estiró las alas y salió para dar un paseo.
Tristemente, la espesa niebla y las nubes le impedían ver bien el cielo, pero se consoló pensando que así era menos agotador para sus ojos.
Decidió alargar su paseo sobrevolando el vecindario y pudo ver cómo las luces comenzaban a encenderse una a una a medida que oscurecía.
También vio grupos de personas reunidas frente a restaurantes para cenar y pasó frente a su tienda de decoración favorita, que estaba repleta de muñecas y todo tipo de materiales.
Sobrevoló una peluquería recientemente inaugurada y un complejo residencial, donde se encontró con caras conocidas.
Aquel pequeño paseo renovó su afecto por ese lugar tan bonito y apacible.
Cuando estaba a punto de regresar al taller, vio a una joven que caminaba rápidamente en su dirección. Quiso saludarla, pero recordó que las personas comunes y corrientes no podían entenderlo, así que se limitó a volar en pequeños círculos junto a ella.
—¡Pero qué sorpresa, si es Yaya! Justo ahora iba de camino al taller. Pensaba dejarles un regalo en el buzón… ¿Está bien si paso un momento a visitarlos?
Era la chica que había comprado las cortinas invernales unos meses atrás, tras pasar noches en vela por culpa de su amor no correspondido. Yaya se posó suavemente sobre su hombro como gesto de aprobación y se dirigieron juntos hasta el taller.
—Yaya, ¿estás de regreso? —dijo Oslo mientras terminaba sus ejercicios de estiramiento. Sacudió enérgicamente las manos y los pies, e hizo un gran círculo con el cuello para terminar. En aquel momento, sus ojos se posaron en la entrada y se sorprendió al ver al búho con alguien más.
—Hola, ¿qué tal está? Qué sorpresa verla llegar con Yaya.
—Sabía que descansaban los días de luna llena, así que venía a dejarles un regalo en el buzón.
Me encontré con Yaya por casualidad y, cuando se posó sobre mi hombro, lo interpreté como una señal de que estaba bien venir a visitarles —respondió la joven con aire ligeramente avergonzado, entregándole una caja de galletas.
—Por supuesto que está bien, póngase cómoda.
Oslo señaló los asientos junto a la mesa. La chica se sentó y comenzó a relatar los acontecimientos de los últimos meses. Mientras tanto, Yaya se dirigió a la cocina a preparar un té de pomelo para la clienta.
—Ese día colgué las cortinas en mi habitación tan pronto como llegué a casa, pero después de varios días los sentimientos por mi amigo continuaban igual de fuertes.
Aun así, no dejé de imaginar que afuera nevaba sin cesar, como me indicaron.
Con el paso del tiempo, mi corazón se fue calmando poco a poco y, una vez desapareció mi ansiedad, el sueño volvió de forma natural.
Durante los meses siguientes dediqué más tiempo a centrarme en mí misma.
En lugar de intentar olvidar los momentos de angustia por mi mal de amores, creo que simplemente llegué a aceptar mis sentimientos como algo natural que cualquier persona experimenta y eso me ayudó a calmarme.
—Me alegra saber que las cortinas le han sido de ayuda —respondió Oslo con una sonrisa.
—También hay algo bastante importante que debo contarles…
—dijo la joven titubeando y sonrojándose aún más que la primera vez que había visitado el taller—.
Justo cuando recuperé el sueño y comencé a sentirme más tranquila, noté que la actitud de mi amigo empezó a cambiar.
De pronto, aquella comodidad amistosa se convirtió en la tensión propia de dos enamorados…
y, cuando me quise dar cuenta, me confesó su amor.
—¡Qué maravilla! Dicen que debemos tener paz y estabilidad en nuestro interior para que el amor llame a nuestra puerta. ¡Enhorabuena! —declaró Oslo con alegría.
Desde el hombro de Oslo, Yaya batió sus alas con entusiasmo al oír las palabras de la clienta.
El agradable y electrizante olor a nieve fresca parecía flotar en el aire.
«Qué bueno es poder ser el asistente del taller de los dulces sueños.
Es un trabajo tan importante y hermoso…», se dijo el búho, conmovido.
Mientras Oslo se despedía de la joven, pensó que las personas enamoradas irradiaban felicidad incluso de espaldas. Quizá así se manifestaba la alegría de alguien que acababa de comenzar un romance. Aquel día, la luz de la luna que se filtraba por el taller parecía brillar aún más.
Era el momento de dar cierre a un día particularmente ajetreado. Yaya añadió más leña a la chimenea, lo que llenó el ambiente con un agradable olor a madera, y Oslo encendió una lámpara cuyos cristales emitían un resplandor místico y onírico, similar al de una aurora boreal.