Muñecas antiestrés y una receta para la preocupación · Sexta clienta #2
—Siento mucho haber actuado así el fin de semana pasado. Debí haber sido más considerado… Salgamos este fin de semana; podemos comprar algo para Yuhee y aprovechar para descansar un poco —dijo el hombre con una sonrisa avergonzada, rompiendo la tensión.
—No, yo también lo siento. Prometimos ser buenos padres para nuestra querida hija, ¿no es así? Realmente quiero ser una buena madre —respondió su esposa, arrepentida, mientras lo tomaba de la mano.
Al verlos esforzarse tanto, Yaya sintió una punzada de emoción. «Así que esto es ser padres», pensó. Al salir del sueño, Yaya echó una mirada a la bebé y a sus padres, temeroso de haberlos despertado. Oslo ya estaba de pie y también los observaba con ternura.
—¿Ya has decidido qué vas a darles? —preguntó Yaya.
—Estoy pensándolo —respondió Oslo, acercándose a la vitrina, impregnada por la luz de la luna.
La vitrina estaba más vacía de lo habitual, pero Oslo no dudaba de que podría encontrar el objeto perfecto para la familia.
Los tres llevaban ya un buen rato profundamente dormidos.
Era una tarde que invitaba al sueño y Oslo comenzó a cabecear mientras esperaba a que se despertasen.
El único que permanecía con los ojos bien abiertos era Yaya, que vigilaba a Yuhee.
La bebé parecía estar teniendo un buen sueño, pues sonreía y emitía pequeños gorgoteos. Su aspecto era adorable.
La madre comenzó a moverse y Yuhee se despertó, llorando de inmediato. El padre se levantó de un salto y la tomó en brazos para calmarla. Lo hizo con gran habilidad, no quedaba rastro alguno del padre primerizo de sus recuerdos.
Yaya dio unos golpecitos con el pico a Oslo para que se despertara. Este se puso en pie rápidamente y se acercó a los clientes.
—Lo siento, también me he quedado dormido —se justificó Oslo con una risita, avergonzado por haber sido sorprendido.
—No pasa nada, nosotros nos hemos quedado fritos. Es la primera vez en mucho tiempo que podemos descansar sin preocuparnos por nada —dijo el hombre, mientras mecía a la bebé en brazos.
Yaya recalentó el té con miel que había sobrado y lo volvió a colocar en la mesita delante de la pareja.
—Al principio pensé en recomendarles un objeto a cada uno, pero creo que tengo algo mejor —reveló Oslo.
De la vitrina sacó una caja qu e contenía tres pequeñas muñecas de tela, cada una con un pequeño papel que era como una receta médica para la preocupación.
En él podían anotar sus datos personales y aquello que los aquejaba.
También podían escribir el nombre que le querían dar a su muñeca, su cumpleaños y cualquier otra cosa que desearan contarle.
Una de ellas era amarilla, con forma de estrella; otra, de color rosa y con forma de corazón; la última, de un azul profundo, parecía una gota de agua.
Unos días antes, Oslo las había hecho a mano con trozos de fieltro comprados en el mercado lunar.
—Estas son unas muñecas antiestrés que vienen con una receta para la preocupación.
Primero tienen que rellenarla: escriban cómo se sienten, aquello que les causa culpa y lo que está desbaratando su vida.
Expliquen también con todo detalle lo que más aprecian.
Cuanto más honestos sean, mejor funcionarán.
Por último, antes de dormir, cuéntenles sus preocupaciones y también lo que más atesoran.
Háganlo justo antes de cerrar los ojos —explicó Oslo con una sonrisa.
Estaba seguro de que confiar sus preocupaciones a las muñecas ayudaría a los padres a dormir mejor.
Además, aunque no lo había mencionado, el papelito de la receta médica serviría como una cápsula de la memoria para que, cuando Yuhee creciese, pudiese echarle un vistazo y comprender el amor con el que la habían criado.
Sin embargo, la pareja parecía no darse cuenta de que el gran amor que sentían por su hija la protegía y servía de pilar para su futuro. Oslo prosiguió:
—No traten a su bebé con culpa o preocupación, sino con el mero deseo de ser buenos padres.
Esa ternura será suficiente. Las muñecas le transmitirán esos buenos deseos a Yuhee.
Por el contrario, si se preocupan demasiado, esos sentimientos negativos carcomerán sus corazones, y eso no será bueno para su hija.
—Creo que estaba muy alterada cuando llamé esta mañana.
Realmente no sabía cómo íbamos a seguir soportando esta situación y pensé que sería suficiente con que los tres pudiéramos dormir tranquilos.
La verdad es que creo que estábamos ansiosos porque es algo a lo que nunca nos habíamos enfrentado antes.
«¿Y si todo sale mal? ¡Pero si apenas estamos empezando!
», pensábamos. Aún nos falta mucho por recorrer, pero, tal como sugiere, intentaremos confiar nuestras preocupaciones a las muñecas antiestrés y reflexionar sobre lo que de verdad importa —dijo la mujer con los ojos llenos de lágrimas.
—Muchísimas gracias. Logramos descansar por el solo hecho de venir y ahora nos vamos mucho más tranquilos —añadió el hombre.
Posado en el hombro de Oslo, Yaya extendió sus alas con alegría.
—Somos nosotros quienes debemos darles las gracias. Ha sido un placer tenerles en nuestro taller. La calle está algo resbaladiza, así que presten atención al salir.
Cuando Oslo terminó de despedirse, Yuhee esbozó una gran sonrisa, como si comprendiese sus palabras. La sonrisa de la bebé iluminó el lugar aún más que la luna llena.