Muñecas antiestrés y una receta para la preocupación · Sexta clienta
Muñecas antiestrés y una receta pa ra la preocupación
Sexta clienta
Una mañana en la que Oslo y Yaya aún dormían plácidamente, el ruidoso sonido del teléfono rompió el silencio.
—El taller de los dulces sueños. ¿En qué puedo ayudarle? —dijo Oslo, medio dormido. Al echar un vistazo al reloj, vio que apenas eran las ocho de la mañana.
—Perdón por llamar tan temprano. Me gustaría comprar varios objetos para atraer dulces sueños . ¿Es posible reservar algunos antes de que otras personas los compren? —respondió apresuradamente una mujer al otro lado del teléfono.
—Entiendo. Lo lamento, pero nuestra política es recomendarle un objeto personalizado después de haber examinado sus sueños. Por tanto, no hacemos reservas —explicó Oslo con tono resuelto.
La mujer replicó que iría dentro del horario comercial y colgó apresuradamente. Yaya, que había alcanzado a oír la conversación, se posó silenciosamente sobre el hombro de Oslo. Este le acarició suavemente el plumaje y suspiró antes de decir:
—Parece que hoy nos visitará otra clienta llena de preocupaciones.
La pareja comenzó a preparar el taller para su apertura.
Mientras Yaya barría y fregaba el exterior, Oslo se encargó del interior limpiando las cenizas acumuladas en la chimenea durante la noche, comprobando que hubiese suficiente miel y revisando uno a uno los objetos para atraer dulces sueños exhibidos en la vitrina.
Una vez terminados los preparativos, Yaya cambió el letrero de la entrada a ABIERTO y se estiró vigorosamente, preparándose para recibir a los clientes de aquel nuevo día.
En ese preciso instante alguien llegó al taller. Al oír la campanilla de la entrada, Oslo, de pie junto a la vitrina, levantó la mirada.
—Esto… Soy quien llamó esta mañana —dijo una mujer con una bebé en un cochecito, acompañada de un hombre que parecía ser su marido.
Algunos clientes anteriores habían sido padres o madres que venían con sus hijos, pero era la primera vez que los visitaba una familia con un bebé tan pequeño. Oslo estaba dichoso y Yaya se acercó al cochecito para saludar. «Mira esos piececitos tan pequeños. ¡Qué mona!», pensó.
El búho estaba embelesado observando los diminutos pies, los cachetes y las orejas de la niña.
Esta también parecía encantada, pues tocaba las plumas de Yaya y se echaba a reír.
Su carita regordeta no mostraba signos de preocupación ni de insomnio, así que Yaya miró a la pareja.
Era evidente que llevaban varios días sin dormir bien, por lo que supo que debía preparar rápidamente un té caliente con miel y escuchar qué era lo que los agobiaba.
—Les ofreceremos un delicioso té con miel y una pizca de magia. Pónganse cómodos —dijo Oslo con un gesto, después de coger una mullida silla del almacén.
La mujer sacó a la bebé del cochecito y la tomó en brazos con delicadeza.
Mientras tanto, Yaya preparó la infusión y la colocó frente a la pareja en una mesita baja.
Ellos observaron maravillados cómo el búho tomaba la tetera con sus garras y les servía dos tazas.
Yaya se sintió orgulloso de sí mismo, pero intentó ocultar su expresión de satisfacción.
Mientras tanto, Oslo echó unos cuantos leños más a la chimenea para asegurarse de que la familia no pasara frío.
—Su bebé es adorable. ¿Cómo se llama? —preguntó Oslo.
—Esta es Yuhee. Lee Yuhee. ¿A que es monísima? Por cierto, había oído que uno de los trabajadores del taller era un búho, ¡pero verlo en persona resulta aún más increíble! —respondió la mujer mientras acariciaba a su hija con una mano.
Como si entendiese las palabras de su madre, la pequeña fijó la mirada en el búho posado sobre el hombro de Oslo.
—Este es Yaya, mi maravilloso asistente y un miembro más de mi familia. Pero parece que ya conocía nuestro taller, considerando que nos llamó esta mañana.
—Solemos buscar información sobre crianza de niños en foros de internet.
En una de estas páginas, alguien mencionó el taller de los dulces sueños.
Dijo que era el lugar perfecto para las personas que no pueden dormir por cuidar a sus hijos.
Últimamente lo estamos pasando muy mal…, así que cuando oímos que ustedes tenían algo que nos ayudaría a conciliar el sueño, pensamos que sería mejor llamar —contestó el padre.
Luego añadió que había cogido un permiso de paternidad para dedicarse por completo al cuidado de su hija.
Tal vez gracias al ambiente acogedor del taller, la bebé se había quedado dormida en brazos de su madre.
Al notar que los párpados de la pareja comenzaban a cerrarse, Oslo se levantó en silencio.
Mientras hablaban con él, el cansancio y el agobio de las noches sin pegar ojo habían aflorado en sus rostros, así que tanto Oslo como Yaya esperaban que, al menos durante ese momento, pudiesen relajarse y descansar.
Cuando la familia entera estuvo dormida, Yaya decidió entrar primero en el sueño de la madre.
Al apoyar su cabeza contra la de ella, una niebla se extendió por su mente, sus ojos se oscurecieron como el cielo nocturno y una aurora se reflejó en ellos.
Acontinuación, el alma del búho salió de su cuerpo, ataviada con la capa; Oslo se colocó el antifaz de búho y se recostó en su sillón.
Era hora de descubrir por qué la pareja no podía dormir.
El mundo de los sueños de la mujer era caótico. Apenas entró en él, Yaya pudo sentir la inestabilidad reinante. Estaba a rebosar de emociones: amor por su bebé, pero también cansancio y ansiedad. La mente de la mujer se tambaleaba de forma precaria, completamente fuera de equilibrio.
Durante el embarazo, la mujer había estado un tiempo sin trabajar.
Después de dar a luz, había experimentado una felicidad extrema que no se comparaba con nada del mundo.
Sin embargo, aquella dicha fue efímera: la vida como madre primeriza estaba llena de dificultades.
La tristeza fue invadiéndola poco a poco, acompañada de una constante opresión interior.
Aveces bebía agua con gas hasta que le producía la sensación de estar a punto de reventar, y en esos momentos en que se encontraba tan mal pensaba que tal vez era mejor morir.
En otras ocasiones deseaba poder retroceder en el tiempo y volver al pasado, aunque se animaba diciendo que debía ser fuerte por su hija, a quien amaba más que a nadie.
Sin embargo, la pequeña Yuhee dormía muy poco y se despertaba con frecuencia.
La mujer se levantaba cada vez que la bebé lloraba en plena noche, pero le resultaba imposible ignorar la ola de cansancio que la invadía.
En esos momentos, quería echarse a llorar desconsoladamente junto a su hija.
Su marido, que también se levantaba de madrugada para cuidar de la niña, comenzaba a mostrarse irritable y decía que no podría volver al trabajo si aquello continuaba.
Esas palabras la herían, e inevitablemente terminaban discutiendo.
Enfadado, el padre se iba a dormir a otra habitación y la madre acababa haciéndose cargo toda la noche.
Aunque lograba dormir un poco por la mañana, estaba siempre exhausta y anhelaba tomarse un descanso.
Yaya salió del sueño de la madre y se deslizó hacia el del padre, que le dio una impresión completamente distinta. Los recuerdos del hombre comenzaron a emerger frente a sus ojos.
—Señor Lee —dijo una voz severa—, hemos notado que últimamente descuida su trabajo y se queda dormido durante el horario laboral. Sus compañeros se están quejando. Entendemos que está atravesando una etapa complicada, pero necesitamos que sea responsable.
Noche tras noche, el llanto de Yuhee rompía el equilibrio de su vida.
Cuando su mujer se levantaba para calmarla, él la seguía en un intento de ayudar, por lo que nunca podía descansar lo suficiente.
De manera inevitable, a la mañana siguiente se sentía agotado y cometía errores en el trabajo, lo que provocaba que los reproches de su jefe fueran en aumento.
En consecuencia, cada vez estaba más irritable.
Cuando su mujer volvió a trabajar, él pidió un permiso para cuidar de Yuhee.
Estaba decidido a hacer lo mejor como padre, pero se encontraba lleno de dudas acerca del futuro, y a menudo se preguntaba si podría reincorporarse debidamente al trabajo.
Además, estaba agotado de pasar el día atendiendo las necesidades de la bebé.
Su esposa se ocupaba de ella por las noches y durante los fines de semana, pero aun así no era fácil.
De pronto apareció un nuevo recuerdo; esta vez ella le decía:
—Amor, ¿puedes cuidar de Yuhee este sábado? No he podido descansar bien últimamente.
—Ya me ocupo de ella durante la semana. Necesito descansar un poco los fines de semana —respondió él.
—Yo estoy igual, no he podido tomarme un respiro desde hace semanas.
Tanto trabajo me tiene agotada. Antes de que cogieras el permiso de paternidad, yo me encargaba de las tareas del hogar y de la bebé, y tú dormías hasta tarde los fines de semana alegando que estabas cansado.
¿De verdad es tan difícil pedirte que me ayudes solo un día?
Las discusiones entre ambos se convirtieron en algo habitual y, poco a poco, la energía que los unía como pareja comenzó a desvanecerse.
Cada vez les costaba más recordar los momentos felices que habían compartido desde que se casaron.
Para colmo no tenían quien los ayudara, puesto que los padres de ella habían fallecido hacía mucho y la madre de él vivía demasiado lejos.
Al mismo tiempo se sentían culpables por quejarse, como si hacerlo fuese una traición al profundo amor que sentían por su hija.
Amedida que Yuhee iba creciendo, ya no se despertaba con tanta frecuencia ni lloraba tanto, pero la pareja seguía sin poder dormir bien.
La idea de que eran unos malos padres los abrumaba, a pesar de que hacían todo lo que estaba en sus manos.