La bola de nieve · Quinto cliente
La bola de nieve
Quinto cliente
Un gorrión que c antaba en la rama de un árbol junto al sendero se posó en el techo del taller de los dulces sueños, desde donde emanaba un dulce olor a miel.
Oslo contempló aquella escena desde la ventana con la mirada perdida y luego se tumbó en el sofá.
Después de que el último cliente se hubiera marchado, el sueño parecía haberse apoderado de él una vez más.
Yaya se dio cuenta y subió al mostrador de un salto, enfadado.
«Este hombre duerme tanto que al final yo termino haciendo el doble de trabajo. De verdad, debería pedirle un aumento de sueldo el mes que viene», se quejó para sus adentros.
Durante un buen rato estuvo de acá para allá, organizando el lugar.
Cuando hubo terminado y comenzaba a aburrirse, entró un nuevo cliente.
Era un hombre mayor que se movía con lentitud, como si algo le doliese o le molestase.
Llevaba unas cómodas zapatillas deportivas negras, un jersey de punto de color verde oscuro y un grueso abrigo marrón.
Su escaso cabello estaba cuidadosamente peinado.
Apesar de respirar con cierta dificultad, su rostro lucía una sonrisa bonachona, lo que le daba un aire dulce y amable.
El anciano avanzó despacio hasta el mullido sillón.
—Bien…, bienvenido —balbuceó Oslo, levantándose apresuradamente del sofá.
Como aún seguía algo adormilado, fue Yaya quien se encargó de guiar al cliente hasta el sillón y, con rapidez, le sirvió un té con miel recién hecho. El anciano lo bebió a sorbos lentos, mientras observaba cada rincón del taller desde el sillón.
—Hace bastante frío hoy, ¿verdad? Parece que la primavera se lo está pensando.
Normalmente a estas alturas del año la gente suele salir ya a pasear con ropa ligera, pero veo a todo el mundo todavía con abrigos.
Parece que hace más frío que el año pasado —comentó Oslo, hablando de nimiedades para que el cliente se relajara.
—Así es. Todavía no he podido guardar mis abrigos de invierno —respondió el anciano, resoplando.
Tras un momento, tomó una bocanada de aire y enderezó la postura.
Definitivamente le costaba respirar. Luego continuó—: Es la primera vez en mi vida que pruebo un té con miel preparado por un búho.
Está delicioso. He oído que al beber esto podré descansar y entonces este búho entrará en mis sueños. ¿Es cierto?
—Veo que está bien informado. Este es mi asistente, Yaya. Hay muchas razones por las cuales nuestros clientes no pueden conciliar el sueño. Nosotros encontramos el motivo y le recomendamos un objeto que lo ayudará a dormir bien.
—De acuerdo. Pero, aunque entren en mis sueños, no estoy seguro de que puedan ayudarme. Aparte de mis dolencias físicas, me siento terriblemente culpable hacia mi familia… Mejor dicho, cargo con muchas preocupaciones.
Los párpados del anciano comenzaron a cerrarse y al instante entró en un sueño profundo. Al verlo, Yaya voló a su lado y apoyó suavemente la cabeza junto a la suya. Era hora de entrar en los sueños del cliente a través de las puertas de su alma.
Yaya había imaginado que la mente del anciano sería cálida como la puesta de sol, sin embargo era bastante oscura.
Aun así, conservaba cierto calor, por lo que no sintió miedo alguno.
Las emociones entrelazadas con sus sueños y el millar de inquietudes que causaban su insomnio se materializaron frente a los ojos del búho, alternando entre el pasado y el presente.
De repente, una visión del anciano en su juventud se hizo más fuerte.
Después de casarse y a medida que sus hijos crecían, dejó su trabajo y se lanzó al mundo de los negocios, pues quería darle una mejor vida a su familia.
Pero el recorrido no había sido nada fácil: fue estafado por alguien en quien confiaba y sus deudas no hicieron más que aumentar.
Una imagen suya, solo y llorando en silencio, apareció fugazmente.
Tras superar aquel tropiezo, el negocio había prosperado poco a poco.
Sentía orgullo al pensar que había alcanzado cierto nivel de éxito y, aunque sus obligaciones también aumentaron, su vida había mejorado de manera considerable.
Yaya soltó un suspiro de alivio. Pero inmediatamente vislumbró un recuerdo peculiar en los rincones de la mente del anciano.
En cada una de estas escenas flotaba una niebla espesa.
Yaya había pensado que era solo eso, pero pronto se dio cuenta de que en realidad era humo de cigarrillo.
Era casi imposible para el hombre dejar de fumar.
Había ido a una clínica para que le recetaran medicamentos, había utilizado parches de nicotina e incluso había probado a tomar caramelos para intentar olvidarse del tabaco.
Pero ninguno de estos métodos le había funcionado, por lo que pronto desistió.
Yaya pudo ver cómo, cada vez que se sentía preocupado, calmaba su mente fumando un cigarrillo.
Un día el hombre descubrió que su salud se había deteriorado notablemente.
Unos meses antes le había dado un ataque de tos y entonces se dio cuenta de que algo no andaba bien.
Sentía una extraña opresión en el pecho, como si tuviese algo atascado, y se quedaba sin aliento tras unos cuantos pasos.
No era una simple tos. Nervioso, se dirigió al hospital y finalmente descubrió lo que tenía.
—Debe de llevar mucho tiempo sintiéndose mal. Hemos encontrado células malignas a lo largo y a lo ancho de sus pulmones. Si hubiese venido antes…
Le diagnosticaron cáncer. Afortunadamente no era demasiado tarde, pero el médico opinaba que dejarlo sin tratar sería peligroso.
El anciano comenzó a preguntarse qué era lo que realmente quería hacer.
La respuesta estaba clara: quería pasar más tiempo con su familia antes de que el cáncer avanzara y su salud se deteriorara aún más.
Liquidó su negocio y puso en orden el dinero que había ahorrado con tanto afán.
En su juventud, su único propósito había sido ahorrar todo lo que pudiese, pero ahora aquel empeño le parecía inútil.
Nada de lo que había acumulado durante tantos años era realmente importante.
Se había partido el lomo trabajando con la excusa de que lo hacía por su familia, cuando en realidad se alejaba de ella.
No estuvo presente en las ceremonias de graduación de sus hijos ni pudo llevarlos de viaje.
Se sentía a la vez agradecido y apenado por su esposa, quien siempre había permanecido a su lado, pero no sabía cómo expresar sus sentimientos.
Por culpa del trabajo, pasaba la mayor parte del tiempo en reuniones con clientes, y los días en los que no tenía citas se encerraba en su habitación a dormir.
Así transcurrían también los fines de semana, en los que dejaba a su familia de lado con el pretexto de que estaba demasiado cansado.
El anciano no tenía una relación cercana con nadie.
Sus hijos se sentían incómodos a su lado y él, por su parte, no conocía sus pensamientos y preocupaciones.
Solo sabía lo que su esposa le contaba de ellos.
Aquello lo entristecía, aunque el dolor pasaba rápidamente, ya que tenía la certeza de que iba por el camino del éxito.
Aveces se preguntaba si no había sido el dinero sino él mismo quien le había causado tantos problemas a su familia, y lamentaba el tiempo perdido.
Para empeorar las cosas, aún no había sido capaz de contarles que tenía cáncer, y ese secreto lo carcomía por dentro.
Yaya observó todo esto en silencio. El anciano se debatía entre el amor y el dolor, y estos sentimientos le pesaban tanto que no sabía cómo expresarlos. Sumido en sus pensamientos, el búho extendió su capa y voló fuera de los sueños del hombre.
—¿Qué objeto sería bueno para él? —preguntó Yaya tan pronto regresó.
—Humm, quién sabe. Por lo pronto dejemos que descanse —respondió Oslo reflexivo, apartando a un lado su almohada cervical, de la cual nunca se separaba, y situándose junto a la vitrina.
Después de un buen rato, el hombre finalmente despertó.
—¿Ha dormido bien? —preguntó Oslo.
—Como un tronco. Hacía tiempo que no me ocurría… Últimamente, cada vez que me acuesto me entra un ataque de tos y el pecho me duele tanto que se me hace imposible descansar. ¡No sé qué miel usan, pero parece muy buena!
Al oír eso, Yaya lanzó una mirada al frasco de miel, decorado con una luna creciente, cuyo contenido brillaba gracias al resplandor lunar.
—Me alegro mucho. Le recomendaré algo que lo ayude a dormir igual de bien de ahora en adelante. Por aquí, por favor.
El anciano se puso de pie con dificultad y se dirigió con lentitud hacia la vitrina.
Como si nunca hubiese dudado, Oslo sacó una bola de nieve del segundo estante y se la extendió al cliente.
Como envuelto por una cálida luz lunar, el paisaje en su interior evocaba un hermoso sueño, o quizá el deseo de alguien que anhelaba ir muy, muy lejos.
El anciano distinguió una cabaña rodeada de árboles, en cuyo techo se apilaba la nieve.
Era un mundo diminuto, completamente cubierto por un manto blanco.
—Yo mismo la fabriqué. La verdad es que no está a la venta. Fíjese bien en donde se acumula la nieve —dijo Oslo, señalando un punto con el dedo.
La mirada del hombre siguió el gesto, y Oslo sacudió la bola.
Inmediatamente, la luz de la luna se dispersó por todo el interior y comenzaron a aflorar los recuerdos más preciados del hombre: el instante en que conoció a su esposa y el día en que le pidió matrimonio con la promesa de pasar el resto de su vida juntos.
También pudo ver las lágrimas de felicidad que derramó con los nacimientos de sus hijos y con la fiesta de cumpleaños que le preparó su familia.
Un torrente de hermosos recuerdos surgió, uno tras otro.
Absorto en la bola de nieve, el hombre sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Lo que su familia necesita en este momento no son riquezas ni posesiones, sino a usted. El mejor regalo que puede hacerles es expresarles el amor que siente por ellos —explicó Oslo.
La luz de la luna dentro de la bola se fue desvaneciendo y, junto con ella, los recuerdos del anciano. Este asintió y dijo:
—Vaya, ya había olvidado esos momentos. Muchas gracias por mostrarme recuerdos tan alegres. Ahora sé que debo hablar con mi familia antes de que sea demasiado tarde.
El cliente parecía mucho más tranquilo y aquello conmovió a Yaya. Los ojos del búho se empañaron y, al darse cuenta, Oslo le dio un suave toquecito en las alas antes de dirigirse al cliente:
—¿Le gustaría llevarse una mezcla de mi té medicinal? Caliéntelo y compártalo con su familia; los ayudará a relajarse.
Oslo fabricaba aquel té medicinal para las personas que sufrían de insomnio, atormentadas por su agobiante realidad.
Así como un té herbal antes de dormir puede aliviar un resfriado, quizá también podría ayudarlos a deshacerse de las preocupaciones que los mantenían en vela durante la noche.
La situación del hombre le había dejado un nudo en la garganta, pero se contuvo sabiendo que sería descortés mostrar tristeza delante de un cliente.
—Cuando vuelva a casa, compartiré este té con mi familia y les contaré lo que siento. Hoy me he dado cuenta de que lo más valioso que puedo dejarles es lo que guardo en mi corazón. Los recuerdos que me mostró la bola de nieve me han dado fuerza. Muchas gracias, de verdad. Muchas gracias.
Silenciosamente, Oslo y Yaya oraron por la felicidad del anciano.
El cliente salió del taller con una pequeña cajita llena de té medicinal, y su figura parecía plena y feliz. La luz del atardecer que se filtró por la puerta abierta bañó el interior del taller con su calor. Pensando en lo valioso que era su trabajo, Yaya fue hasta la puerta y giró el letrero.
Era hora de dar por terminada la jornada.