El búho con la capa de aurora boreal · Hoy no abrimos #2
—¡Fue increíble! Encontré un mercado en la luna, ¡con conejos lunares! Tenemos que ir juntos la próxima vez. ¡Venden muchas cosas que te encantarían! —respondió Yaya emocionado, sin rastro de cansancio después de tan largo vuelo.
—Claro, hagámoslo —dijo Oslo siguiéndole el juego, aunque por dentro estaba confundido. «¿Dónde existía un mercado así?». No se atrevió a chafar las ilusiones del búho, al que veía por primera vez tan entusiasmado.
Al cabo de un mes, mientras hacía el inventario, Oslo pensó que ya era hora de comprar más materiales en su lugar de confianza del centro de la ciudad.
Yaya se dio cuenta y le pidió que simplemente hiciera una lista de lo necesario y esperase a que fuese luna llena.
Estaba seguro de que, cuando apareciera una luna grande y brillante, podría viajar hacia ella una vez más, atraído por su fuerte y misteriosa energía.
Unos días más tarde, la tan esperada luna llena se elevó en lo alto del cielo.
Yaya estaba más que listo. Cuando la luz de la luna tocó la tierra, Yaya tuvo la certeza de que, en algún lugar, se había abierto el portal de la aurora boreal.
Cuando fue a por Oslo para decirle que ya era hora de salir, lo encontró profundamente dormido.
«Ay, Dios mío. Sabía que iba a pasar esto».
Impaciente, Yaya clavó sus garras en el pijama a cuadros de Oslo. Al sentirlo, este abrió los ojos.
—Ejem, entonces ¿nos vamos ya? —dijo Oslo, esforzándose por aparentar que no tenía sueño. Yaya no pudo evitar esbozar una sonrisa.
El búho había estado entrenando para aquel momento.
Sujetó a Oslo por el pijama con sus garras y emprendió el vuelo.
Aunque había sido el propio Yaya quien lo había invitado a ir al mercado lunar, le preocupaba no poder soportar su peso.
Por esta razón, le asombró descubrir que, cuanto más se acercaban a la luna, más fuerte se sentía y más ligero le parecía el cuerpo de Oslo.
Incluso llevándolo con sus garras, esta vez llegó al portal mucho más rápido que en su primer vuelo.
Aunque el mercado parecía más pequeño que la vez anterior, seguía estando repleto de cosas por ver. Oslo a punto estuvo de desmayarse al ver a los animales haciendo compras (por no hablar de los conejos lunares), pero se armó de valor pensando que sería mejor no mostrar su sorpresa.
—Tenías razón, Yaya. ¡Hay tantas cosas misteriosas que jamás podría encontrar en las tiendas de la ciudad!
Quiero comprar esto y esto también… —dijo Oslo, quien ya había olvidado su sobresalto inicial y se apresuraba a buscar todo lo que necesitaba.
Tras echarle una mirada a Yaya, exclamó admirado—: ¡Caramba! ¿En qué momento creciste tanto?
En la tierra, Yaya no era más grande que cuatro manzanas apiladas una encima de la otra, pero ahora era incluso más alto que Oslo. Al búho parecía agradarle esta nueva apariencia y se examinó desde varios ángulos en un espejo del mercado. Oslo soltó una risita al verlo.
○ ○ ○
«Es cierto eso que dicen de que la gente nunca cambia.
¡Oslo sigue igual de dormilón!», refunfuñó Yaya para sí mismo al recordar aquella ocasión en que fueron al mercado lunar por primera vez.
Envuelto en su capa, tomó a Oslo de la ropa con sus fuertes garras.
Amedida que se acercaba a la luna, se hacía más grande y fuerte, y cargar con él no le causaba ninguna molestia. Llegarían al mercado en un santiamén.
«Con suerte, debería despertar antes de llegar», pensó.
Al ver que Oslo, a quien nunca podría detestar a pesar de que a veces lo exasperaba, seguía profundamente dormido, Yaya chasqueó el pico.
Mientras continuaba aproximándose a la luna, que se alzaba brillante en el cielo irradiando su luz por doquier, sus alas se extendían con más elegancia.
Tal como esperaba, la luna brillaba con intensidad y el hermoso halo de luz a su alrededor era claramente visible.
Cuanto más se acercaban a la Vía Láctea creada por la luz de la luna y las estrellas, más crecía Yaya, y a sus espaldas la capa ondeaba majestuosamente.
Satisfecho con su aspecto, echó una ojeada a su compañero para ver si ya se había despertado y, en efecto, en ese momento Oslo, que había estado cabeceando, abrió los ojos de golpe.
Afortunadamente seguía aferrando la lista de la compra.
Ser cargado por Yaya ya era algo usual para Oslo, así que se dedicó a observar el cielo nocturno en lo que quedaba de camino.
Poco después, atravesaron el portal de la aurora boreal hacia el mercado lunar.
El portal estaba ubicado en el halo de la luna, de modo que podía considerarse parte de ella, y solo quienes conocían su existencia podían atravesarlo.
El aspecto y tamaño del mercado lunar cambiaban según el tamaño de la luna y las condiciones meteorológicas, y ese mes estaba repleto de objetos e ingredientes extraordinarios.
Los conejos lunares habían instalado sus puestos a lo largo del camino que lo atravesaba, que resplandecía con un suave fulgor plateado.
Cada vez que alguien compraba un producto, ellos lo guardaban en una bolsa de papel decorada con una luna creciente.
Antes de su visita, Oslo había planeado fabricar varios objetos para atraer dulces sueños, así que necesitaba examinar con cuidado qué materiales requerían.
Para amasar con las manos cuando la inquietud no permita conciliar el sueño
Slime lunar, brillante y amarillo como la luz de la luna
Para mirar en las noches de insomnio
Tarjeta que brille en la oscuridad, con letras relucientes como constelaciones
Para aquellas personas cuyas vidas se sienten tan vacías que buscan refugio en rincones oscuros
Mascarillas capaces de impedir que el alma se escape por la boca
Para quienes no pueden dormir por culpa de pensamientos aterradores
Persianas que resguarden su corazón de toda oscuridad
«Por el momento podré fabricar muchos objetos sin tener que preocuparme por los materiales», pensó Oslo, encantado.
—Por cierto, se nos ha acabado la miel —le recordó Yaya.
Ya que el mercado lunar solo abría los días de luna llena, una vez que terminasen las compras y regresaran al taller tendrían que esperar mucho tiempo para volver.
Por eso debía asegurarse de no olvidar nada.
El té con miel era el producto más distintivo del taller de los dulces sueños, así que, al escuchar las palabras de Yaya, Oslo se apresuró a comprar una buena cantidad.
No pudo evitar ponerse a tararear ante la idea de estar en condiciones de fabricar mejores objetos para sus clientes.
Una vez que las luces que iluminaban el mercado se extinguieron, los conejos empezaron a recoger sus puestos.
Parecía que había llegado el momento de que la luna desapareciese con la niebla del amanecer.
—¿Nos vamos ya? —preguntó Yaya, extendiendo su capa.
—He comprado todo lo que necesitaba, así que podemos volver.
Con las manos llenas de bolsas, Oslo se dejó cargar por el enorme Yaya.
El búho sobrevoló el mercado y luego voló hacia el portal de la aurora, que comenzaba a desvanecerse poco a poco.
Bajo el cielo nocturno los pueblos se veían pequeños y apacibles, y Oslo deseó que todos sus habitantes estuviesen teniendo dulces sueños.
Mientras se acercaban al taller, Yaya empezó a recuperar su tamaño original. Cuando ya estaban cerca del suelo, Oslo dio un salto para desprenderse de las garras del búho. Aunque este estaba acostumbrado a cargarlo cada vez que iban al mercado, a Oslo le preocupaba que pudiese resultarle agotador.
El taller de los dulces sueños ahora estaba repleto con todo lo que habían comprado en el mercado lunar.
Con eso, Oslo podría ponerse manos a la obra y fabricar objetos útiles y misteriosos.
Tanto Yaya como Oslo resplandecían con la luz de luna que los había acompañado durante el camino de regreso, y un aroma agradable que provenía de algún lugar cercano flotaba en el aire.
Al fin era momento de dar por terminada la jornada. Oslo estaba más que listo para recibir a los clientes que los visitarían a partir del día siguiente.