El taller de los dulces sueños El búho con la capa de aurora boreal · Hoy no abrimos
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El búho con la capa de aurora boreal · Hoy no abrimos

El búho con la capa de aurora boreal

Hoy no abrimos

Hacía mucho tiempo que el taller de los dulces sueños no tenía un día libre. Por lo general, esto ocurría cada noche de luna llena. Yaya voló hacia la entrada y dio la vuelta al letrero.

—¡Definitivamente todo esfuerzo tiene su recompensa! —exclamó Oslo—. Al fin un buen descanso.

Disfrutaba mucho ayudando a los clientes a tener un sueño reparador, pero aquellos días en los que no tenía nada que hacer le traían una alegría incomparable. Yaya batió las alas con emoción y Oslo se estiró perezosamente.

Yaya, que siempre debía vigilar al somnoliento Oslo y cuidar del taller, aprovechaba los días de descanso para relajarse; mientras que Oslo los utilizaba para ponerse al día con las tareas pendientes. Después de estirarse, comenzó con la limpieza.

Primero desempolvó a fondo cada rincó n.

Los objetos que usaba para atraer dulces sueños los fabricaba dentro del mismo taller, y estos soltaban virutas de madera, fragmentos de vidrio y otros materiales que terminaban esparcidos por todas partes.

Por mucho que limpiara a diario, era inevitable.

Quitó el polvo con más meticulosidad que de costumbre, y le pareció que la luz de la luna que se reflejaba en la vitrina brillaba con mayor claridad.

—Esto sigue sucio… —murmuró.

Hacía poco, uno de los clientes se había quedado dormido mientras bebía el té con miel, derramando lo que quedaba.

Oslo había decidido limpiar el suelo, que aún seguía pegajoso, durante su día de descanso, así que lo fregó con energía.

Sus pijamas también se habían acumulado, por lo que los echó a lavar con un poco del suavizante que había comprado en el mercado lunar.

De la lavadora emanaba un olor a noche, tranquilo y silencioso.

Después de terminar sus quehaceres, Oslo contempló el taller ordenado y se preguntó qué ingredientes sería bueno comprar en el mercado lunar que iba a abrirse esa noche. Ya tenía claro qué quería fabricar.

—Esta vez necesito varias cosas… —se dijo a sí mismo, mientras anotaba todo lo que iba a adquirir en una lista.

Su deseo de ofrecer dulces sueños a los clientes del taller era cada vez mayor y se sentía entusiasmado ante la idea de comprar buenos materiales para fabricar toda clase de objetos.

El mercado lunar abría durante las noches de luna llena y, cuando esta, grande y redonda, cubría el mundo entero con su luz, se podían encontrar artículos aún más misteriosos.

Aunque también se podían conseguir objetos terminados, Oslo prefería comprar ingredientes y materiales para fabricarlos él mismo.

Un par de días antes de la luna llena hizo una lista con todo lo que necesitaba.

Esta vez llevaría una lista larga, y tanto Yaya como Oslo sentían una gran emoción.

El mes anterior el mercado había sido decepcionante por el cielo nublado que no dejaba apreciar la luna y la escasa selección de materiales, pero, tras varios días soleados y sin una nube a la vista, los dos tenían grandes expectativas.

Después de haber trabajado duro toda la mañana, Oslo se preparó para pasar una tarde y noche tranquilas.

Ya había desempolvado, fregado y organizado el taller, y todo había quedado reluciente.

La luz de luna, que normalmente iluminaba solo la vitrina y el almacén, ahora llenaba todo el lugar, dándole un aire acogedor y tranquilo.

Oslo se sentó en su sillón y comenzó a leer uno de sus libros favoritos.

Yaya, que ya había descansado lo suficiente, se levantó y parpadeó somnoliento.

—Bueno, con el estómago vacío no se piensa bien. ¿Qué te parece un trozo de tarta para almorzar?

—¿Preparamos una de miel para celebrar nuestro día libre?

Oslo se alegró ante la sugerencia de Yaya.

Desde pequeño le encantaba la repostería.

Todos los fines de semana solía hornear deliciosos panes con sus padres y, quizá gracias a eso, la repostería también formaba parte de sus pasatiempos y de las cosas que se le daban bien.

Tartas de miel, bizcochos, panes esponjosos, medialunas crujientes y panecillos rellenos…

Oslo preparaba todo tipo de productos de panadería en el gran horno que había instalado tras abrir el taller.

Yaya siempre batía las alas feliz al probar alguno de sus dulces recién salido del horno.

Unas pocas veces Oslo se había quedado dormido y había olvidado apagarlo, y el pan había terminado quemándose.

Esos días, era imposible escapar de las miradas de recriminación de Yaya.

Aquella tarde, ambos esperaban tranquilamente a que cayera la noche, mientras disfrutaban de una tarta hecha con grandes cantidades de miel del mercado lunar.

—Estos días son los mejores, ¿a que sí? —murmuró Yaya mientras se acicalaba el plumaje. Al terminar, extendió su capa.

Estaba realmente emocionado por ir al mercado.

Aunque faltaba un buen rato para que oscureciera, ya estaba ocupado arreglando su capa.

Aquella prenda, que Oslo le había regalado poco después de que comenzara a trabajar como asistente del taller, era un objeto muy especial que le permitía entrar en los sueños de los clientes.

Además contaba con otro poder: en las noches de luna llena hacía más grande a su portador.

Gracias a eso, a medida que se acercaba el plenilunio Yaya se veía más fuerte e imponente.

«Debería pedirle a Oslo que me haga una capa nueva si encontramos alguna tela decente en el mercado», pensó Yaya, observando la desgastada prenda. Últimamente la clientela había aumentado, por lo que tenía que usarla más a menudo.

Poco a poco la apacible tarde dio paso a una noche brillante de luna llena.

—¿Nos vamos ya? —propuso el búho una vez estuvo listo, pero al girar la cabeza vio que Oslo se había quedado profundamente dormido.

Estaba hundido en el sofá con la lista de la compra en la mano y una sonrisa en la cara, como si estuviese teniendo un buen sueño.

Al verlo, Yaya no pudo evitar fruncir el ceño.

Le apetecía despertarlo de un picotazo, como de costumbre, pero Oslo ofrecía una imagen adorable. Mientras lo observaba, los recuerdos de su primera visita al mercado lunar volvieron a su mente.

○ ○ ○

El taller de los dulces sueños había abierto sus puertas cuando Yaya aún era un polluelo que crecía al lado de Oslo.

Este quería reconfortar los corazones de sus clientes, conversando con ellos acerca de sus problemas y entregándoles objetos que él mismo fabricaba, pero en aquella época aún no tenía la habilidad de impregnarlos del poder de la luna y Yaya tampoco podía viajar a los sueños de los clientes.

Una noche en la que la luna llena brillaba, grande y redonda, Oslo se encontraba cabeceando en el sofá después de una buena comida.

Yaya se posó sobre su hombro y comenzó a peinarlo con sus garras.

En aquel momento, los rayos de luna que se filtraban por la ventana lo cubrieron con su luz, y Yaya pudo sentir con fuerza la llamada de la energía que le había sido otorgada cuando estaba en el cascarón.

Hipnotizado, se acercó a la ventana, la abrió con el pico y se dejó bañar por completo por el resplandor de la luna.

La fría brisa nocturna había entrado en el taller y había despertado a Oslo, quien se acercó a su lado.

—Es extraño, siento como si la luna me estuviera llamando. No puedo explicar por qué, pero siento que, si vuelo hacia ella, encontraré un mundo maravilloso —dijo el búho.

—Si quieres ir, puedes hacerlo, Yaya.

Oslo estaba preocupado, pero recordó que Yaya tenía su propia vida que vivir e hizo de tripas corazón para decirle aquello.

—Volveré pronto, no te preocupes —respondió Yaya decidido, extendiendo sus alas sin vacilar.

El camino hacia la luna era interminablemente largo. Aunque Yaya había crecido y tenía ya un aspecto majestuoso, viajar a la luna seguía siendo demasiado agotador para un búho.

En el camino se encontró con una bandada de pájaros que volaban medio dormidos y con nubes que se desplazaban lentamente, cambiando de forma.

Sus ojos brillantes se maravillaron ante la infinidad de estrellas que resplandecían más intensamente a medida que se acercaba a la luna.

Justo cuando empezaba a pensar que llevaba mucho tiempo volando y que lo mejor iba a ser regresar, una luz brillante como la aurora boreal iluminó el cielo.

Yaya había comenzado a sentir frío a medida que volaba más alto, pero el portal de la aurora emitía un suave calor, así que se deslizó dentro sin dudarlo un instante.

Fue entonces cuando el mercado lunar se desplegó ante sus ojos.

Descubrió conejos que corrían apresurados de aquí para allá, mientras vendían comida que ellos mismos preparaban, además de toda clase de productos e ingredientes.

Más tarde se enteró de que, cuanto más grande y redonda estuviese la luna llena, mayor era la variedad de artículos que podían vender en el mercado.

Por casualidad, aquel día la luna estaba excepcionalmente grande y brillante, por lo que el ambiente del lugar era festivo.

Además de los conejos lunares, también vio lechuzas muy parecidas a él, un osezno que exploraba el mercado a pasos torpes y una mariposa que consideraba si comprar miel o no.

Deseaba quedarse un poco más, pero recordó que Oslo lo estaba esperando, así que regresó al portal.

Atravesó el frío cielo nocturno y volvió al taller de los dulces sueños donde, a pesar de lo avanzado de la noche, Oslo lo esperaba bien despierto. Antes de que Yaya se posara en el alféizar, ya se había levantado del sofá y corría a abrazarlo.

—Bienvenido, Yaya. ¿Qué tal estuvo tu paseo por el cielo nocturno? —preguntó Oslo, mientras acariciaba las alas del búho.