Te receto un corazón caliente · Cuarto (e inesperado) cliente
Te receto un corazón caliente
Cuarto (e inespe rado) cliente
Los clientes no paraban de llegar, por lo que Oslo y Yaya pasaron un día bastante ajetreado. Solo cuando el sol se ocultó, pudieron tomarse un respiro. Oslo se sentó en el sofá y de inmediato comenzó a cabecear, mientras que Yaya se acomodó sobre su cojín personal para acicalarse las plumas.
Mientras lo hacía, apareció un gato callejero, a juzgar por su apariencia, que se quedó mirando fijamente al búho.
Yaya, sorprendido, intentó recordar si había oído la campanilla de la entrada, per o, tras pensarlo bien, se dio cuenta de que no era así.
Al parecer, el gato se había colado cuando se marchaba el cliente anterior.
Nervioso, el búho desplegó sus alas, despertando a Oslo.
Al ver al gato, Oslo se sorprendió tanto como su asistente y, sin detenerse siquiera a bostezar, se apresuró a acercarse.
—¿Qué pasa, gatito?
Ante su pregunta el gato, de un pelaje naranja, cálido como la luz del sol, maulló sin parar.
Ni Oslo ni Yaya podían comprenderlo, pero ambos intuyeron que había venido buscando ayuda para su insomnio, pues tenía la misma mirada cansada que los otros clientes del taller.
Mientras Oslo acariciaba al gato, Yaya se apresuró a preparar un té con miel, poniendo especial esmero en agradar a aquel cliente tan singular.
Oslo sopló el té para enfriarlo un poco, lo sirvió en un tazón y lo colocó frente al gato.
El cliente felino dio algunos lengüetazos a la infusión antes de acomodarse, y se quedó dormido con la barbilla sobre uno de los pies de Oslo. Este continuó acariciándolo, disfrutando de sus suaves ronroneos.
—Ya voy —dijo Yaya, acurrucándose en el suelo junto al gato.
«Hace mucho tiempo que no entro en los sueños de alguien que no sea humano. ¡Qué nervios!», pensó para sí mismo mientras se sumergía en el sueño del pequeño felino.
Al llegar lo envolvió una sensación de pesadumbre y tristeza, y, cuando se adentró un poco más, una escena se elevó frente a sus ojos como la luna llena en el cielo.
El nombre del gatito era Nabi, y vivía en el sótano de un edificio junto a su madre y sus cuatro hermanos.
Aunque el frío se colaba inevitablemente en el sótano durante el invierno, Nabi era feliz por estar con su familia.
Un día, él y sus hermanos estaban acurrucados esperando a su madre.
Había pasado la hora en la que solía regresar, pero aún no había señales de ella.
Un gato negro con el que se cruzaban a menudo les trajo la noticia: su madre había sido atacada por un perro callejero mientras buscaba comida.
Auna tierna edad, los gatitos tuvieron que aprender que incluso el ser más importante de sus vidas podía desaparecer en un instante.
Ni siquiera habían aprendido a cazar y ahora tenían que valerse por sí mismos. Así que, poco a poco, los hermanos se separaron y Nabi se quedó solo en el sótano del edificio.
Cuando se acurrucaba para dormir, le venían a la mente los recuerdos felices del pasado: echaba de menos a su madre, que lo lamía con cariño, y a sus hermanitos, con los que jugaba todos los días.
Aveces le parecía oír los maullidos de sus hermanos a lo lejos, pero al abrir los ojos no había nadie.
Sobrevivía gracias a la comida que algunas personas generosas dejaban para los gatos callejeros y, de vez en cuando, se topaba con el guardia de seguridad del edificio, quien bajaba al sótano a revisar las calderas.
Fue él quien le puso el nombre de «Nabi».
El guardia de seguridad le llevaba latas de atún y pienso para gatos, pero esto no duró mucho: las quejas de los residentes del edificio provocaron que dejara de darle comida.
El gatito se encontró solo una vez más y lo sintió tanto como cuando perdió a su familia.
Con el tiempo se quedó en los huesos, por lo que se vio forzado a salir en busca de comida.
Apartir de entonces, sus días consistían en deambular por las calles, lejos del edificio.
Por supuesto, Nabi no había llegado al taller de los dulces sueños sabiendo qué tipo de lugar era.
Estaba caminando por aquel vecindario cuando lo descubrió.
En las calles había aprendido a diferenciar entre las personas que le daban de comer y las que lo echaban a patadas.
Observó a Yaya y a Oslo con cautela a través del cristal y, aunque no podía estar seguro de que lo alimentarían, supo que no lo iban a echar a patadas.
Quizá incluso le permitieran quedarse a su lado y descansar un rato.
Así que aprovechó para entrar mientras la puerta estaba entreabierta.
Yaya quiso brindar un pequeño consuelo al corazón solitario del gatito, así que esparció un poco de luz de luna de su capa antes de salir del sueño. Esperaba que, al igual que la luna ilumina la noche, los sueños del gatito se llenasen de tranquilidad y calor.
Mientras Nabi echaba una muy merecida siesta, Oslo le acariciaba suavemente la cabeza y el lomo. Al ver esto, a Yaya le vino a la memoria un viejo recuerdo.
○ ○ ○
Yaya y Oslo se habían conocido unos cuatro años antes.
El primer recuerdo del búho era el de un cálido nido y, aunque había pasado todo ese tiempo dentro de su cascarón, pensar en aquellos momentos le llenaba el corazón. Un día, mientras esperaba a salir del cascarón, un gran impacto lo sacudió.
¡Pum! El huevo había caído del nido. Aquel espacio tan acogedor donde había estado se transformó en uno gélido e inclemente.
El viento frío se coló a través de las grietas del cascarón y el cuerpo del polluelo, húmedo por el líquido del interior, comenzó a secarse y su temperatura corporal a bajar.
En algunos momentos, Yaya perdió la consciencia.
Mientras, la luna llena se alzó en el cielo.
Era un día muy nublado, por lo que no debería haber sido visible, pero parecía como si hubiese acudido en su ayuda al ver su frágil estado.
La cálida luz que se asomaba a través de las nubes envolvió su cuerpo y, a medida que se filtraba por las grietas del cascarón, le iba devolviendo la humedad.
Poco a poco su temperatura comenzó a subir.
Aunque no era tan cálido como la luz del sol, el suave resplandor de la luna ayudó a mantener al polluelo con vida.
Al poco tiempo el huevo comenzó a brillar y, como si la luna le hubiese otorgado su magia, Yaya entreabrió los párpados.
Los ojitos de la criatura brillaron como el cielo nocturno, absorbiendo su luz y la energía de las estrellas, y una aurora boreal se reflejó en ellos.
De repente las nubes se disiparon, y tanto la luna como las estrellas se unieron para apoyar a Yaya.
Finalmente, el cascarón volvió a su estado original.
En aquella noche fría y oscura, los buenos y sinceros deseos de la naturaleza terminaron salvando al pequeño búho.
Por entonces, Oslo estaba planeando abrir el taller de los dulces sueños. Un día, mientras daba un paseo y pensaba en cómo hacerlo, descubrió algo pequeño y brillante en medio del sendero del bosque. Al acercarse, vio que era un huevo que emitía una suave luz.
Pensó que un cuco había dejado uno de sus huevos en el nido de otra especie, en la copa de un árbol.
Cuando eso sucede, es probable que el polluelo de cuco nazca antes que los demás y termine empujando los otros huevos fuera del nido.
Oslo temió que ya estuviese sin vida. Sin detenerse a pensar si era lo correcto, recogió el huevo y se apresuró a volver a casa.
Una vez allí, lo puso sobre un mullido cojín y lo cubrió con una manta tejida por él.
Se quedó despierto toda la noche, vigilando que no se enfriara, e incluso colocó una botella de agua caliente junto a él.
No tenía ni idea de que el polluelo llevaba la magia de la luna dentro de él, pero sentía una fuerza misteriosa que los conectaba.
A la mañana siguiente, Oslo, que se había quedado dormido a su lado, se despertó al oír un suave golpeteo. El pajarillo estaba haciendo todo lo posible para salir del cascarón agrietado.
El rostro de Oslo fue lo primero que el pequeño Yaya vio al nacer y desde entonces lo seguía a todas partes, como si fuese su madre. También aprendió el lenguaje humano de forma natural, imitando a Oslo.
Yaya creció rápidamente y entendió que Oslo y él eran diferentes.
Con el tiempo también se dio cuenta de que las personas que llegaban al taller de los dulces sueños tenían un aspecto distinto al suyo: no tenían alas ni podían volar, sino que caminaban con dos piernas y, en lugar de un afilado pico, tenían labios suaves.
También supo que de esos labios a veces salían palabras afiladas.
Al ver que la confusión de Yaya crecía, Oslo decidió contarle cómo había nacido y por qué había llegado a aquel lugar.
Mientras lo escuchaba, el pequeño búho recordó vagamente el momento en el que había sido protegido por la luz de la luna y las estrellas.
Oslo le puso el nombre de Yaya —que viene de «Ya, ya, duérmete mi niño»— con el deseo de que su sueño resultase siempre cálido y reparador. Así fue como llegaron a ser una familia.
○ ○ ○
Yaya pensó que sería maravilloso si, al igual que él, Nabi pudiera encontrar una familia amorosa que lo acogiese. Oslo, que observaba al gatito, dirigió la mirada hacia la vitrina. Cuando fue hacia allí, Yaya revoloteó y se posó en su hombro.
—No creo que tengamos nada adecuado para un gato…, pero aun así me gustaría darle algo. ¿Qué hacemos? —preguntó Oslo, pensativo, apoyando la barbilla en una mano.
—¿Qué tal eso? —sugirió Yaya, apuntando hacia un extremo de la vitrina con su afilado pico.
—¡Perfecto, realmente eres el mejor asistente!
Yaya tosió para ocultar su timidez ante aquel cumplido. Oslo tomó el objeto que el búho le había señalado y lo colocó sobre el mostrador. En aquel momento Nabi despertó de su siesta y se estiró arqueando la espalda.
—¿Has dormido bien? He estado pensando mucho en qué objeto darte y creo que este te será muy útil.
Sostenía un plato hondo de un delicado color azul que se difuminaba como una acuarela.
—Lo hice hace unos días. Quería un plato bonito para servir mis postres. Te pondré agua fresca en él todas las mañanas y las tardes, así que puedes venir cada vez que sientas sed. También te prepararé algo de comer cuando lo desees. El taller de los dulces sueños será un segundo hogar para ti.
Oslo acarició la cabeza y el lomo de Nabi, dándole calor, y el gatito lo observó con la mirada llena de alegría, parpadeando con suavidad.
La soledad, tristeza y fatiga que habitaban en sus ojos parecían haberse disipado un poco.
Saltó al alféizar de la ventana y giró la cabeza para echar un último vistazo al taller antes de salir al exterior.
Oslo sonrió dulcemente al ver el cambio en la actitud del gato.
Al día siguiente, Oslo colocó agua fresca y un poco de pienso en el plato.
También preparó una esquina donde Nabi pudiera descansar.
Como si comprendiera la amabilidad detrás de estos gestos, el gatito iba al taller hacia el final del día, bebía y saciaba su hambre, y luego se echaba una buena siesta.
Convertido en el refugio de Nabi, el taller de los dulces sueños adquirió un ambiente aún más acogedor.