El taller de los dulces sueños La manta con estampado de escoba · Octava clienta #2
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La manta con estampado de escoba · Octava clienta #2

Una relajante infusión de hierbas para beber al despertar

Para aquellos que desean terminar de ver un sueño inconcluso

Un gorro de lana teñida de luz de luna

—Creo haber encontrado un objeto que combina perfectamente con la manta.

Si los usa al mismo tiempo, podrá dormir tranquila y despertarse a una buena hora —dijo Oslo, entregándole una almohada decorada con la imagen de un recogedor en pálidos colores pastel.

Luego añadió—: El recogedor de esta almohada guardará parte de los errores barridos por la manta.

Al despertarse, los recuerdos de estos errores seguirán ahí, además de otros sentimientos como la culpa y el autorreproche, por lo cual es posible que sienta un poco más de ansiedad que cuando utilizaba solo la manta.

Pero debo pedirle que no ignore los recuerdos que quedan en el recogedor.

Vuelva a revisarlos, así podrá ir reduciendo la cantidad de errores que comete, y al final los recuerdos de aquellos errores se desvanecerán de forma natural.

Si utiliza la almohada sin prestar atención a lo que queda en el recogedor, este se llenará pronto.

Entonces la oportunidad de aprender de sus errores desaparecerá y volverá a verse en un lío.

Oslo realmente esperaba que los objetos pudiesen ayudar a la mujer a adaptarse a su trabajo. Esta recibió la almohada y la pagó con expresión alegre. Preocupado por que pudiese tomarse a la ligera ambos objetos, Oslo le repitió la advertencia.

—No se preocupe. Esta vez tendré mucho cuidado. Bueno, que pase buena noche —se despidió la mujer.

Oslo se quedó sumido en sus pensamientos durante varios minutos y Yaya adivinó el porqué: su propósito no era ganar mucho dinero, sino averiguar las preocupaciones de las personas para así ayudarlas a tener dulces sueños y ser felices, pero a veces llegaban clientes que se empeñaban en cumplir sus deseos egoístas.

Uno de esos casos había ocurrido hacía varios años cuando el taller de los dulces sueños acababa de abrir sus puertas.

○ ○ ○

Aquel día, llegó un hombre de expresión ansiosa y aire irritado. Como era costumbre, Yaya preparó un delicioso té con miel y se lo ofreció al cliente.

—¿Té de bienvenida? No voy a beber nada. ¡Quién sabe lo que harán después de drogarme para que me duerma! —gritó el hombre, enfadado.

—Lo siento mucho, pero este es un paso importante. Si confía en nosotros y se relaja, Yaya entrará en sus sueños para averiguar por qué no puede dormir —explicó Oslo con calma, a pesar de haberse asustado por el tono del hombre.

—¿Entrar en mis sueños? ¡Menuda tontería! ¡Eso es imposible! —vociferó aún más el hombre, dándole una patada al asiento.

Oslo intentó ofrecerle más explicaciones, pero, lejos de calmarse, el cliente se enfadó aún más. Finalmente, Oslo no pudo contenerse:

—Si no le gusta cómo funciona nuestro taller, no hay nada que podamos hacer por usted. Lo siento.

La tranquila respuesta de Oslo hizo creer al hombre que lo estaban menospreciando, lo que avivó más su ira.

—¿Acaso me está diciendo que no me va a vender ningún producto? ¡Increíble! Si es así, ¡cierren su negocio! —se quejó el hombre, y continuó exigiendo algo que lo ayudara a dormir.

Oslo y Yaya se mantuvieron amables con él hasta el final. Incapaz de obtener lo que quería, el hombre dio otra patada al asiento, golpeó la pared con un puño y salió del taller dando un portazo.

Yaya luchó por calmar su corazón sobresaltado y se preocupó por Oslo, pensando que estaría más sorprendido y dolido que él. Sin embargo, Oslo parecía tranquilo y recibió al siguiente cliente con su habitual calma.

Al caer la noche, ambos salieron a dar su paseo de siempre.

En el camino de regreso, iban comentando lo afortunados que habían sido de que el día hubiese transcurrido sin más incidentes cuando de repente vieron a alguien salir apresuradamente del taller.

Sin dudarlo ni un segundo, Yaya extendió sus a las y voló hacia la silueta, con Oslo corriendo detrás de él.

Parecía ser el hombre que los había visitado esa mañana.

Había robado varios objetos y había huido, dejando todo en un caos total.

La vitrina y el almacén, que normalmente reflejaban una luz misteriosa, habían perdido su brillo; la luz de las estrellas, esparcida por todo el suelo, ahora parecía simple polvo; y los sofás y asientos habían sido rasgados con algo afilado.

Yaya estaba enfadado y quería salir volando tras el culpable, pero la preocupación que sentía por Oslo era mayor. El pobre se había quedado como atontado, así que lo guio hasta el sofá y le preparó un té con miel. Oslo se quedó dormido allí mismo y no abrió los ojos durante varias horas.

Mientras Oslo descansaba, Yaya comenzó a ordenar la vitrina. Los objetos misteriosos que Oslo había fabricado y envuelto con tanto esmero y que habían brillado con la luz de la luna ahora estaban desparramados por el suelo. Una ola de tristeza lo invadió al verlo.

Oslo durmió toda la noche sin despertarse ni una sola vez, quizá para ahogar la impresión sufrida, pero a la mañana siguiente se estiró y se levantó para organizar el taller.

Hizo una lista de los materiales que necesitaba para fabricar más objetos y comprobó lo que les habían robado.

También concedió un descanso a Yaya, que había trabajado duro toda la noche.

Después, ambos decidieron cerrar el taller durante una semana para volver a dejarlo todo en orden e instalaron una cerradura más resistente.

Un incidente así no debía volver a ocurrir.

Siete días después, nuevos objetos para atraer dulces sueños habían surgido gracias a las hábiles manos de Oslo y el taller volvió a cobrar vida. Justo entonces, el hombre que les había robado apareció en las noticias.

Aparentemente era un estafador que un día había recibido un sobre anónimo con información detallada de las actividades delictivas que había estado llevando a cabo, junto con la amenaza de revelarlo todo.

Atormentado por la certeza de que pronto iría a la cárcel, no había podido pegar ojo y comenzó a tomar pastillas para dormir.

Al oír hablar del taller de los dulces sueños, decidió visitarlo, pero, como no pudieron ayudarlo, decidió robar varios objetos, que había estado utilizando mientras estaba borracho, sin siquiera saber cuál era su uso correcto.

Las noticias decían que el hombre estaba en coma debido a una sobredosis de alcohol y drogas, pero Oslo y Yaya sabían que había sido el uso indiscriminado de los objetos del taller lo que alteró sus sueños y provocó ese terrible desenlace.

Aquellas noticias afectaron a Oslo mucho más que el hecho de que los hubiesen robado.

Por mucho que aquel hombre fuera un ladrón y un estafador, se sintió abrumado por la culpa, así que decidió cerrar el taller una buena temporada.

Afortunadamente, poco a poco recuperó el ánimo y, después de seis meses, reabrió el taller.

Desde entonces recibía a sus clientes con una actitud más madura y firme.

○ ○ ○

Oslo continuaba perdido en sus pensamientos tras el encuentro con la mujer que había venido a pedir un segundo objeto. Yaya se acercó a él en silencio y apoyó la cabeza contra la suya. Sin duda, sus preocupaciones se calmarían con el pasar de la noche.

Antes de irse a dormir, el búho volvió a comprobar que el candado de la entrada estuviese firmemente echado. Al ver que Oslo cerraba poco a poco los ojos, también se dispuso a descansar.

Aquel largo, largo día finalmente había llegado a su fin.