El pasaporte al país de las nubes · Tercera clienta
El pasaporte al país de las nubes
Tercera clienta
Era una tarde lluviosa. Hacía bastante frío y estaba nublado así que, aunque solo eran las dos de la tar de, no había ni un alma en el taller. Normalmente abrían hasta la noche, pero, ya que no tenían clientes, Oslo estaba pensando en cerrar pronto.
—Qué dices, ¿cerramos hoy un poco antes?
Las gotas de lluvia producían un sonido agradable al golpear la ventana entreabierta, a través de la cual se colaba el olor fresco y cristalino de la lluvia.
Oslo se alejó de la ventana y observó el interior del taller.
La fina cortina de seda con un delicado diseño de olas ondulaba con suavidad.
Al ritmo de la lluvia y del crepitar del fuego en la chimenea, el taller de los dulces sueños parecía más acogedor que nunca.
Sintió cómo una calidez lo envolvía y lo iba adormilando lentamente.
—¡Justo en momentos como estos tenemos que esforzarnos aún más, esmerándonos en disciplinar tanto el cuerpo como la mente!
Algunos de nuestros clientes trabajan hasta tarde y otros vienen después de cenar con sus familias.
Esperemos un poco más —respondió Yaya, exasperado al ver que los párpados de Oslo ya se estaban cerrando.
El búho no quería decepcionar a ningún cliente que los visitase.
Deseaba que Oslo se quedara despierto al menos hasta que un cliente se asomara por el umbral de la entrada, pero aparentemente su deseo no se iba a cumplir: en cuestión de segundos, Oslo cayó profundamente dormido en el sofá, como un helado que se derrite al sol.
Afuera seguía lloviendo a mares. El tiempo continuaba imparable su curso, y, a medida que el entorno se oscurecía, la luna revelaba su silueta.
Apesar de la lluvia, su luz brillaba intensamente.
Oslo, que había despertado después de una corta siesta, miró a Yaya, pensando que realmente era hora de cerrar el taller.
El búho, que tanto había insistido en que mantuviesen el taller abierto, se encontraba roncando apaciblemente.
Oslo soltó una carcajada. «¡Qué cosita tan mona!
», pensó. Resistiendo la tentación de pellizcarle una mejilla, se limitó a tocar suavemente el pico de su ayudante alado.
Justo cuando estaba a punto de colocar otro cojín mullido para que pudiera dormir mejor, la puerta se abrió acompañada del tintineo de la campanilla, y Yaya se despertó sobresaltado, batiendo sus alas.
Oslo le acarició la cabeza para que se tranquilizara y saludó a la recién llegada.
—Bienvenida al taller de los dulces sueños.
«Ay, Dios mío», pensó Yaya avergonzado. Se enorgullecía de ser el asistente más responsable del mundo, pero ahora lo habían pillado durmiendo.
La clienta cerró su paraguas y entornó la puerta.
Era una mujer de mediana edad de constitución delgada.
Tenía el pelo corto y gafas redondas, y en las manos llevaba un bolso tejido en varios colores.
Mostraba un aire prudente. Incluso al reparar en Yaya no lo examinó con curiosidad, como hacían la mayoría de los clientes, sino que le dirigió una mirada amable.
—Seguro que ha tenido un trayecto engorroso, con toda esta lluvia.
Yaya fue rápidamente a preparar un té con miel mientras Oslo continuaba la conversación con la clienta. Después de dejar su paraguas naranja junto a la entrada, la mujer se sacudió el agua de la ropa y se sentó en el sofá. En aquel momento, el búho regresó con una taza de té.
—Mis hijas me han recomendado este lugar y, al enterarme de la manera tan original con la que curan el insomnio, me dije que debía venir.
Aunque he llegado algo tarde, ¿no? Es que terminé de cenar y recogí todo antes de salir.
Vine corriendo porque temía que ya estuviera cerrado, pero por suerte vi que las luces aún estaban encendidas —explicó la mujer con una leve sonrisa, y dio un sorbo al té.
—¡Así que sus hijas conocen nuestro taller!
—Sí. También me contaron que había un pequeño búho muy bonito, y debo decir que es tan adorable como lo describieron. Yeste té con miel está delicioso. Tenía algo de frío por la lluvia, así que me sentará muy bien.
Mientras hablaba de sus hijas, el rostro de la mujer se suavizó, y Oslo no pudo evitar sonreír al notarlo.
Yaya era el único que no parecía contento.
Chasqueó su pico mientras refunfuñaba para sus adentros: «Qué soberana tontería.
¿Bonito? ¿Adorable? Eso es porque ya van varios días desde que no arreglo mi imponente plumaje, lo más importante de un búho.
Debería hacerlo en mi próximo día libre».
Luego examinó su reflejo en la ventana desde varios ángulos. Al verlo, Oslo dijo:
—Más que adorable, diría que Yaya es majestuoso.
Comprendía mejor que nadie lo importante que era para el búho mantener una apariencia digna.
—¿Siente que recientemente ha habido algún cambio en su cuerpo o en su mente?
—Mi cuerpo sigue igual, es mi mente la que me ha estado dando problemas. No dejo de darle vueltas a lo que ha sido mi vida hasta ahora y siento un inexplicable desasosiego, como si hubiese dejado de existir. Es algo difícil de describir…
—Debe de ser imposible poner algo así en palabras.
Oslo añadió un poco más de leña en la chimenea para asegurarse de que la mujer no pasara frío.
Mientras continuaban su conversación, Yaya retiró la taza de té vacía y, al llevarla a la cocina, aprovechó para comprobar cuánta miel les quedaba.
«No hay mucha. Últimamente hemos tenido bastantes clientes».
Pensaba que habían comprado suficiente durante su visita al mercado lunar el mes anterior, pero ya se estaba terminando.
Tras esto, voló hacia la clienta y la observó.
La mujer se había quedado dormida sin darse cuenta y respiraba suavemente.
La preocupación que ocultaba tras sus gafas redondas ahora asomaba en su rostro.
Debía de estar cansada porque roncaba plácidamente.
Yaya se acurrucó con delicadeza junto a su cabeza y, enseguida, sus ojos se oscurecieron como el cielo nocturno, y una aurora se posó sobre ellos.
Oslo removió la leña para asegurarse de que ardiera bien y procedió a sentarse en su sillón con el antifaz de búho sobre los ojos.
Yaya voló con todas sus fuerzas hasta llegar a lo más profundo del sueño de la clienta.
Aprimera vista, parecía ser un lugar tranquilo y pacífico.
La mujer era un ama de casa de unos cincuenta y tantos años.
Después de terminar la secundaria no pudo entrar en la universidad debido a su difícil situación familiar, por lo que comenzó a trabajar de inmediato.
Lamentaba no haber podido seguir estudiando, pero se sentía tranquila por su futuro.
En el trabajo la elogiaban por ser honesta y cumplidora y, después de varios años de duro esfuerzo, conoció a su actual marido.
Fue una compañera de trabajo quien se lo presentó. Tuvieron un noviazgo normal y se casaron, como muchas otras parejas. Él era una persona tranquila y despreocupada, y rara vez se enfadaba o desanimaba.
Después de tres años de casados, nació su primera hija.
En aquella época no era fácil obtener un permiso de baja por maternidad, por lo que la mujer acabó renunciando a su trabajo.
Unos años después, nació su segunda hija, y el tiempo pasó mientras criaba a ambas pequeñas.
Al mirar en retrospectiva, hubo bastantes momentos difíciles, pero la vida avanzaba sin descanso, como un tren sin frenos, y todo aquello quedó atrás.
Ya llevaba treinta años de una vida matrimonial armoniosa.
Sus hijas, que habían crecido inteligentes e íntegras, eran su mayor orgullo.
Sin embargo, una oleada de emociones brotaba en su interior al ver lo que estaba haciendo con su propia vida.
Un remolino de sentimientos ocupaba sus sueños, y Yaya no podía comprenderlo del todo: no sabía si era ansiedad, si la mujer se había amoldado a una vida estable, o si su corazón se había quedado vacío.
Lo cierto es que no era feliz, y en aquel momento ni siquiera podía distinguir entre lo bueno y lo malo.
La suya era una vida monótona que se repetía día tras día.
La relación con su marido no era diferente.
Él no tenía aficiones en particular: iba a trabajar por las mañanas, volvía a casa y cenaba.
Aveces viajaban a algún lugar los fines de semana, pero no tenían intereses en común ni había nada que los uniera.
Era natural que el silencio se instalara entre ellos.
La mujer suponía que la mayoría de la gente vivía así, por lo que no se preocupaba mucho.
De vez en cuando salían todos en familia a un buen restaurante y, durante las vacaciones, se iban a la montaña o al mar.
Sin embargo, aquellos días fueron disminuyendo a medida que sus hijas crecían y comenzaban a pasar más tiempo con sus amigos o parejas.
La mujer sentía que ya no quedaba nadie a su lado.
Deseaba cambiar esa vida solitaria y tediosa que parecía destinada a perpetuarse indefinidamente en el futuro.
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Mientras buscaba todo esto en internet, de repente se preguntó si no estaba a punto de abandonar su estabilidad impulsada por un sentimiento pasajero. Le atormentaba enormemente la incertidumbre sobre el futuro, y cada vez le resultaba más difícil soportar el peso en su corazón.
Pero sus sentimientos no eran todos impulsivos, y Yaya también lo sentía.
Era una clara manifestación de su deseo de vivir una vida en la que ella fuese la protagonista, lo cual era natural.
El búho pensó que tal vez, libre de la responsabilidad de criar a sus hijas, la mujer estaba feliz de ser independiente y al mismo tiempo se sentía confundida.