El taller de los dulces sueños Las cortinas invernales · Segunda clienta
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Las cortinas invernales · Segunda clienta

Las cortinas invernales

Segunda clienta

Era una mañana agradable, y el canto de los pájaros anunciaba la llegada de un nuevo día.

Apesar de los rayos del sol, hacía bastante frío.

Oslo, que acababa de abrir los ojos, se puso un grueso cárdigan a cuadros sobre el pijama y se dirigió a la cocina.

Unos días antes había comprado una buena cantidad de hierbas, jengibre y jojoba en el mercado lunar, y los utilizó para preparar un té medicinal para aquellos que pasan noches en vela debido a la sofocante y amarga realidad.

Esperaba que al beberlo pudieran librarse de sus preocupaciones como quien se cura de un resfriado, aunque fuese en sueños.

Después de todo, no hay nada mejor para la salud que un buen té.

Lo verti ó en pequeñas botellas d ecoradas con una luna creciente, pensando en dárselas de regalo a sus clientes, y probó un sorbo tras frotarse los ojos adormilados. Satisfecho, se estiró con energía.

—El sol debe de estar saliendo por el oeste. Si no, ¿por qué te has levantado tan temprano? —exclamó Yaya, parpadeando sorprendido, y voló para posarse junto a Oslo.

—Seguro que hoy también tendremos varios clientes. Parece que cada vez viene más gente —respondió Oslo, girando ligeramente el cuello.

A medida que pasaba el tiempo, su clientela iba aumentando. Esto le alegraba, pero a la vez se sentía inquieto, porque significaba que había más personas que experimentaban preocupaciones y ansiedad.

Aprovechando que se había despertado más temprano de lo habitual, se dirigió al taller rápidamente.

Allí comprobó que hubiese suficiente miel y desempolvó la vitrina en donde se exhibían los objetos para atraer dulces sueños.

Yaya lo entendió inmediatamente y ayudó barriendo las hojas que el viento había desprendido de los árboles en el jardín delantero durante la noche y limpiando meticulosamente las ventanas con un paño, pues se habían ensuciado con la fuerte lluvia que había caído unos días antes.

Libre de cualquier suciedad, el taller de los dulces sueños brillaba con intensidad. El fragante aroma del té medicinal llenaba el lugar, haciéndolo aún más acogedor. Una vez que la luz del sol iluminó el taller, el letrero de la entrada pasó de CERRADO a ABIERTO .

Tan pronto como Yaya volvió al taller, la puerta se abrió nuevamente con un tintineo de la campanilla y entró la primera clienta del día.

Era una joven de unos veinte años, de cabello castaño corto, que vestía un cárdigan blanco y azul debajo de un abrigo grueso y llevaba un bolso en bandolera.

Además tenía las mejillas sonrosadas, probablemente por el frío.

—Esto… Busco el taller de los dulces sueños.

Como todos los que visitaban el taller por primera vez, la chica echó un vistazo a su alrededor. Tanto de día como de noche, el lugar brillaba bañado por la delicada luz de la luna, por lo que los clientes solían quedar hipnotizados.

—Bienvenida. Pase por aquí, por favor —respondió Oslo con una sonrisa.

Afortunadamente, se había cambiado el pijama por una camisa a cuadros antes de que llegara la clienta.

La joven se dirigió hacia el sofá que le indicó, mirando a Yaya de reojo.

—Este es Yaya, nuestro asistente. En breve le traerá un té de bienvenida.

Oslo se había percatado de la expresión de curiosidad de la joven, y por eso se había apresurado a presentarle a Yaya. El búho regresó con una taza de té endulzado con miel.

—Vaya, un búho sirviendo el té. ¡Qué maravilla!

Nunca había estado en esta parte de la ciudad.

Cogí el autobús temprano esta mañana, me bajé en una parada cualquiera y caminé sin rumbo fijo hasta llegar a este lugar.

Es mi primera vez por aquí, pero ya me ha cautivado.

Es un vecindario tranquilo y a la gente que hay en las calles se la ve relajada.

La verdad es que últimamente me cuesta mucho dormir.

Un día estaba dando un paseo por la ciudad y por casualidad vi un folleto del taller de los dulces sueños.

Supe sin duda alguna que podrían ayudarme a dormir bien, ¡así que decidí venir!

Esta clienta parecía sentir más curiosidad que ansiedad. Hablaba sin parar, moviendo l as manos con movimientos amplios, como si intentara atrapar la energía del lugar, y, de vez en cuando, acariciaba las plumas de Yaya, que estaba posado en el hombro de Oslo.

—Estaremos encantados de ayudarla. Este es un té con miel mágico.

Después de beberlo, se quedará dormida. Entonces, Yaya entrará en sus sueños y me ayudará a ver lo que ocurre allí.

Pero no se preocupe, no podemos ver todo su subconsciente y tampoco hay peligro de que no despierte nunca ni nada por el estilo.

Oslo explicó todo esto con voz baja y amable, reprimiendo el deseo de revelarle que el té realmente no tenía propiedades mágicas, y añadió:

—¡También debo mencionar que solo tras haber visitado su subconsciente podremos recomendarle un objeto para atraer los sueños perfectos para usted!

Yaya le susurró algo al oído a Oslo. La clienta no podía entender el idioma del búho, por lo que Oslo se apresuró a traducir:

—Una vez que hayamos identificado la causa de su insomnio a través de sus sueños, le recomendaré algo que la ayudará a dormir. Había olvidado ese pequeño detalle y Yaya estaba recordándomelo. —Oslo rio.

—¿Quiere decir que el búho acaba de comunicarse con usted? Vaya, es un taller realmente maravilloso. Entonces disfrutaré de mi té. Huele tan bien que no puedo esperar para probarlo.

La joven estaba comentando lo cansada que se sentía por no haber pegado ojo en toda la noche cuando de repente se quedó dormida con una expresión placentera, como si, al haber entrado en el taller, todas sus preocupaciones hubiesen desaparecido por completo.

Yaya voló desde el hombro de Oslo hasta la cabeza de la clienta.

—Volveré pronto. ¡Ponte el antifaz de búho! —dijo, apoyando su cabeza contra la de ella.

Oslo acarició tiernamente las plumas de Yaya y se dirigió a su sillón.

En el preciso momento en que el búho juntó su cabeza con la de la chica, sus ojos se oscurecieron como el cielo nocturno y dentro de ellos onduló la aurora.

Oslo se acomodó y se puso el antifaz. Era hora de ver cómo el alma de Yaya, con su capa estrellada, volaba hacia la tierra de los sueños.

Si tuviéramos que describirlo con algún color, podríamos decir que el subconsciente de la joven era similar al rosa pastel. Había unas cuantas nubes grises dispersas aquí y allá, pero su sueño seguía siendo cálido y suave.

Estaba sufriendo por un amor no correspondido.

El rostro de su enamorado flotaba con un leve silbido en medio de sus sueños, y su corazón latía desenfrenado durante todo el día.

Sus sentimientos estaban a punto de desbordarse, pero las circunstancias le impedían confesar su amor precipitadamente: sentía miedo por perder a su amigo de la infancia y por el dolor de un posible rechazo y, al mismo tiempo, la creciente emoción la mantenía despierta dando vueltas en su cama noche tras noche.

Yaya se ajustó la capa y examinó detenidamente el sueño de la clienta. De repente, una escena surgió ante sus ojos.

—¿Qué harás el fin de semana? —le preguntó un joven.

El corazón de la chica dudó ante aquellas palabras.

Era una simple pregunta que antes habría respondido con naturalidad, pero que ahora le enredaba la cabeza.

«¿Por qué me lo pregunta?», «Me encantaría que pasáramos nuestro tiempo libre juntos…

¿Debería invitarlo a aquella nueva cafetería?

», «No, si de repente le pido salir, quizá se niegue… ».

Los pensamientos flotaban en forma de nubes de diálogo y Oslo, con su antifaz de búho, era capaz de leerlos. La joven estaba pasando por un momento difícil, pues no dejaba de pensar en su enamorado, también mientras trabajaba o estudiaba.

«¿Qué haces?», «¿Ya has comido?». Había muchas cosas que quería preguntarle, pero tenía miedo de dar el primer paso.

Antes solía escribirle por cualquier motivo, pero, ahora que sentía cosas por él, no podía enviarle ni siquiera un mensaje ocasional.

Pasaba todo el tiempo dudando entre llamarlo o enviarle un mensaje, con miedo de proponerle salir a algún sitio el fin de semana.

Aveces también deambulaba por el barrio con la esperanza de encontrarse con él por casualidad.

Los recuerdos surgían por doquier, y Yaya se topó con uno de ellos.

—Hola, ¡qué sorpresa encontrarte por aquí!

La chica se hallaba en la biblioteca local que él solía frecuentar. Lo sabía gracias a una de sus publicaciones en redes sociales, pero fingió que el encuentro era fruto de la casualidad.

—Sí, ¿verdad? ¡Cuánto tiempo sin verte! Los exámenes están a punto de empezar, así que me he venido a estudiar con un amigo. Pero tú ni siquiera vives por aquí, ¿cómo es que conoces esta biblioteca? —respondió él, aparentemente encantado de verla.

La joven, satisfecha con aquella reacción, pasó el día entero sonriendo para sí misma.

Yaya decidió permanecer un poco más dentro de los sueños de la chica para averiguar el origen de ese amor no correspondido.

Se conocían desde hacía mucho, se habían hecho amigos cuando eran pequeños y se habían vuelto tan cercanos que se pasaban el tiempo gastándose bromas.

Sin embargo, después de terminar el bachillerato, ella había empezado a verlo con otros ojos.

Comenzó a preocuparse por con quién se juntaba en la universidad y a sentir curiosidad por saber dónde estaba y qué hacía.

Cuando cerraba los ojos para dormir, el deseo de confesarle sus sentimientos y el miedo a salir herida luchaban dentro de ella.

Cuanto más crecían sus preocupaciones, más claro veía el rostro de su enamorado en su mente.

Atormentada por estos pensamientos, no lograba pegar ojo en toda la noche y a menudo iba a su barrio a primera hora de la mañana con la esperanza de encontrarse con él por casualidad.