El taller de los dulces sueños El reloj centenario · Primer cliente #2
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El reloj centenario · Primer cliente #2

—Últimamente no puedo dormir y eso me tiene en vilo.

Apenas me tumbo en la cama, empiezo a pensar en los exámenes.

¿Qué pasa si después de varios años continúo en la misma situación?

No estoy seguro de haber dado lo mejor de mí hasta ahora.

Además, ha sido duro mudarse a una gran ciudad y tener que pagar un alquiler mensual.

Las clases y los libros tampoco son nada baratos…

Su amigo le dio una palmadita en el hombro.

—Estás haciéndolo lo mejor que puedes. Cuando uno está angustiado, incluso las cosas en las que es bueno tienden a salir mal. Debes de estar muy estresado y por eso no duermes mucho.

Ante tales palabras el joven quiso llorar. Su amigo añadió:

—¿Has oído hablar del taller de los dulces sueños? Es un sitio muy popular entre las personas que no pueden dormir. Al parecer averiguan por qué te cuesta conciliar el sueño y te ayudan a encontrar una solución. Deberías ir alguna vez. ¡Anímate!

Él negó con la cabeza, pensando que no podía permitírselo, y se bebió su copa de un trago.

Se sentía inquieto, así que se apresuró a volver a casa para estudiar lo que no había podido terminar durante el día.

Se acostó pensando que, después de beber y estudiar hasta altas horas de la noche, por fin podría dormir.

«Estoy agotadísimo pero no puedo pegar ojo, ¿y por qué me duele tanto la cabeza?».

Después de varias horas, seguía sin conciliar el sueño. La idea de que otros compañeros aún siguieran estudiando en ese momento le martilleaba la cabeza.

«Queda poco para el examen. ¿Estaré lo suficientemente preparado?».

A medida que su ansiedad e inquietud aumentaban, las horas de insomnio se alargaban. De repente, recordó el sitio que había mencionado su amigo. No tenía nada que perder, así que decidió ir a ver de qué se trataba. Sin haber pegado ojo, se preparó y salió de casa tan pronto como amaneció.

El alma de Yaya extendió su capa y voló fuera del mundo de los sueños.

En el taller, el cielo nocturno reflejado en los ojos del búho se despejó y estos recuperaron su brillo original.

Ahora Oslo y Yaya comprendían la situación del cliente, para quien incluso sentarse en un cómodo sofá era causa de angustia y dormir acarreaba sentimientos de culpa.

Al cabo de un momento, el joven se despertó con una expresión algo más relajada.

—Siento que he descansado por primera vez en mucho tiempo. ¿Cuánto he dormido?

—No se preocupe, no ha sido mucho. ¿Se siente un poco mejor?

—Hacía tiempo que no me sentía tan revitalizado… Ese té con miel debe de ser realmente mágico.

Aunque el té no tenía ningún poder especial, Oslo esbozó una sonrisa pensando que tal vez sí que poseía algo casi mágico que se colaba con delicadeza en el corazón de las personas.

—Me alegro. Ahora déjeme recomendarle uno de nuestros objetos. ¿Le importaría acompañarme?

Oslo guio al invitado, que se estiró con una expresión visiblemente más relajada, hacia la vitrina. La luz de la luna brillaba suavemente sobre los objetos expuestos.

—Vaya, tienen cosas muy bonitas.

Al oír las palabras del cliente, Oslo sonrió con evidente orgullo.

—Le recomiendo la caja de música de la luna llena que le deleitará con su melodía del amanecer. ¿Le gustaría probarla?

El cliente recibió una caja musical con un diseño tan elaborado que costaba creer que hubiese sido hecha a mano.

Tenía forma de luna llena, y era tan detallada que incluso se lograban ver sus cráteres.

Brillaba con intensidad, como si tuviese la propia luna ante sus ojos.

En su interior saltaban pequeños conejos lunares y una suave luz, mezcla de gris y plata, formaba un halo a su alrededor.

Al abrirla, resonó una música curiosa; a la vez alegre y sombría, melancólica y animada.

Escucharla le transmitió una sensación de calma, al igual que cuando bebió el té con miel, y sus párpados comenzaron a cerrarse.

—La caja de la luna llena es perfecta para personas con grandes preocupaciones, y además debo añadir que es el objeto más hermoso de nuestro taller.

Reproduce melodías que recuerdan a la paz del amanecer para aquellas noches que no pueda conciliar el sueño por culpa de sus problemas.

Si le da cuerda antes de dormir, conejos lunares aparecerán en sus sueños para preguntarle qué tal le ha ido el día y cómo se ha sentido.

Al desahogarse con ellos, su corazón se sentirá mucho más aliviado.

Después de todo, no hay nada mejor que despertarse tras haber tenido un sueño agradable.

—Es realmente preciosa. Me encantaría comprarla, pero ¿cuánto cuesta? —preguntó el cliente tras examinar la caja de música con curiosidad, y bajó la vista al oír el elevado precio que Oslo le indicó.

Al ver su reacción, este se dio cuenta de su error: no debía recomendar algo tan caro a un estudiante que no podía permitírselo. Se apresuró a coger otro objeto de la vitrina y a colocarlo junto a la caja de música.

—Pensándolo bien, creo que un reloj de mesa le vendría mejor.

El reloj era pequeño pero pesado, y transmitía un aire enigmático.

Estaba hecho con madera y metal adquiridos en el mercado lunar, y su marco era extremadamente refinado.

Cada uno de los objetos para atraer dulces sueños era elaborado manualmente por Oslo con materiales como madera, metal, hilo y tela.

Aunque ponía mucho esmero en todos y cada uno de ellos, le había dedicado un esfuerzo especial al reloj de mesa.

Se podía oír cómo emitía un leve tictac, pero las manecillas apenas se movían.

Además no tenía números, por lo que era imposible averiguar la hora exacta.

—No sé… Creo que ya tengo demasiados aparatos para medir el tiempo: un reloj de pulsera, uno de mesa, un despertador e incluso un cronómetro.

Tenía varios relojes de diferentes tipos con los que se preparaba para sus exámenes. Era necesario aprovechar al máximo su tiempo y usarlo de manera eficiente, e incluso practicaba para responder una gran cantidad de preguntas lo más rápido posible.

—Este no es un reloj corriente: avanza muy lentamente.

De hecho, tarda cien años en dar una vuelta completa —explicó Oslo, esbozando una leve sonrisa—.

Ahora mismo, puede que se sienta atrapado en medio de un proceso muy lento y extenso, pero la vida es bastante larga.

Espero que sienta un poco de paz y tranquilidad al ver cómo el reloj avanza pausadamente.

El cliente, que contemplaba el reloj que Oslo le había entregado, sonrió como si lo hubiese comprendido y dijo:

—Con razón es imposible ver la hora. Creo que este reloj se ajusta perfectamente al ritmo de mi vida. Por cierto, ¿cómo se le ocurrió abrir el taller de los dulces sueños?

La sombra que envolvía el rostro del joven se había ido disipando lentamente para dar paso a una expresión llena de curiosidad.

—Yo también pasé por un momento difícil en el que no sabía qué ocurriría con mi futuro —explicó Oslo con ojos brillantes—.

En medio de la ansiedad intenté todo tipo de cosas y, aunque no fueron experiencias totalmente inútiles o sin sentido, se me hicieron intolerables, ya que no sabía por qué estaba luchando.

Entonces, en un momento lo dejé todo y me pregunté sinceramente qué era lo que me gustaba y qué se me daba bien.

Desde pequeño me había encantado dormir.

Jamás necesité esforzarme por conciliar el sueño, y siempre tuve sueños dulces y reparadores.

Eso me hizo comprender que era un poco diferente a los demás, pues la mayoría de las personas suelen tener dificultad para dormir cuando les asaltan sus preocupaciones, ¿no es así?

Cuando mis amigos me confiaban lo difícil que les resultaba pegar ojo, yo les daba ánimos, pero nunca llegué a comprenderlos de verdad.

Logré entenderlos, al menos un poco, cuando experimenté lo que era perder el sueño por primera vez.

Fue entonces cuando decidí abrir un taller que reconfortara los corazones de aquellos que no pueden dormir. Al fin y al cabo, ¡dormir es lo mejor!

Tras escuchar su historia, el cliente sonrió con complicidad. La luz de la luna que envolvía el lugar parecía brillar de manera aún más vívida.

—Recordaré lo que me ha dicho hoy para darme ánimos. Supongo que llegará el día en el que yo también me pueda dedicar a lo que me gusta y se me da bien.

Oslo sonrió alegremente y asintió con la cabeza. Al salir del taller después de pagar, el joven caminaba un poco más erguido que cuando había llegado. Parecía que la carga que llevaba sobre sus hombros se había aliviado.

Si un reloj tarda cien años en completar una vuelta, no hay necesidad de apresurarse. Oslo deseaba que todos alcanzaran a comprender esa sencilla verdad.