El taller de los dulces sueños El reloj centenario · Primer cliente
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El reloj centenario · Primer cliente

El reloj centenario

Primer cliente

El ambiente en el interior del taller de los dulces sueños era cálido y acogedor.

El agradable crepitar de la chimenea en una esquina, el sillón de Osl o y el sofá para lo s clientes contribuían a crear una atmósfera relajada.

En el alféizar de la ventana, las macetas que Oslo cuidaba con esmero descansaban una al lado de la otra.

Si abrías la parte superior de la ventana, podías sentir cómo entraban la cálida luz del sol y la brisa fresca.

Una de las paredes era completamente de vidrio y constituía el elemento más cautivador del taller.

Durante el invierno, a través de ella se podía contemplar cómo la nieve se amontonaba suavemente; en primavera y verano, las flores y las plantas en todo su verdor; y, en otoño, las crujientes hojas rojizas.

Al otro lado del cristal se extendía un pequeño jardín rodeado por una valla, en cuya esquina había una mesita.

En primavera y otoño, Oslo solía salir a pasear por él o a tomar un té mientras conversaba con los clientes.

La pared de al lado del sillón de Oslo estaba casi enteramente ocupada por una gran vitrina llena de objetos.

Estos objetos, que atraían los sueños, brillaban con un cálido resplandor similar a la luz de la luna, lo que confería al taller una atmósfera misteriosa.

Los que eran demasiado grandes para la vitrina se encontraban junto a esta, ocultos tras una cortina.

Cada vez que la cortina se movía, el lugar se iluminaba con un brillo lunar.

—¡Bienvenido!

Al oír la campanilla de la entrada, Oslo se levantó de un salto del sillón donde hasta un segundo antes había estado cabeceando y saludó con aparente calma.

No había podido quitarse del todo el antifaz, así que este le descansaba torpemente a mitad de la frente.

Al verlo, Yaya se posó con delicadeza en su hombro y utilizó sus garras para acabar de ajustarlo.

Cada día que pasaba, Oslo estaba más a sus anchas en el taller, pero Yaya deseaba que no fuese tan dormilón cuando llegaba un cliente.

—¿Es este el taller de los dulces sueños?

—Así es. Adelante, por favor.

Oslo se había despertado del todo, así que guio al recién llegado hacia un mullido sofá. Después de tomarse un momento para organizar sus pensamientos, enfocó toda su atención en el primer cliente del día.

Sus ojos cansados, escondidos tras unas gafas de montura gruesa, delataban un ligero nerviosismo.

Llevaba el pelo corto cubierto por una gorra, una sudadera gris con capucha y pantalones negros.

Al parecer usaba la sudadera a menudo, pues tenía manchas en algunas partes.

El cliente recorrió con la mirada cada rincón del taller con una mezcla de curiosidad e inquietud, observando con especial interés al búho que no se separaba del dueño del lugar.

Con cierta sospecha, se sentó en el sofá que Oslo le señalaba.

—Es la primera vez que visita nuestro taller, ¿no es así?

—Sí, un amigo me dijo que aquí podría encontrar una solución para el insomnio.

—Ha venido al lugar indicado. Aquí hallará productos elaborados a mano que lo ayudarán a tener dulces sueños.

Parece un poco cansado, así que le prepararemos un delicioso té caliente con miel.

Lleva un poco de polvo mágico que le ayudará a descansar.

Bébaselo todo y, después de hablar un poco conmigo, verá cómo se sentirá relajado y somnoliento.

A Oslo no le gustaba mentir a sus clientes, pero se consolaba diciéndose a sí mismo que era tan solo un pequeño engaño para que pudieran lograr un sueño reparador. En realidad, el té con miel no poseía ningún tipo de magia, pero extrañamente la mayoría caían rendidos poco después de beberlo.

«Debe de ser el ambiente relajado del taller, sin duda tiene efecto placebo», pensó Yaya para sus adentros, mientras observaba al nervioso cliente y le entregaba el té con miel y una almohada de plumas.

Las garras de Yaya eran muy delicadas, lo que le permitía llevar bebidas sin derramar ni una sola gota, algo de lo que se enorgullecía enormemente.

—Un búho me acaba de servir el té… Qué lugar tan interesante —murmuró el cliente mientras recibía la taza. Pero, aún un poco dubitativo, en lugar de beberlo, continuó—: ¿Existe la posibilidad de que jamás despierte? Vine hasta aquí con la esperanza de curar mi insomnio, pero quizá…

Al oír estas palabras, Oslo y Yaya intercambiaron una mirada rápida. Era su código silencioso para saber que debían calmar a los clientes que entraban en pánico.

—Últimamente muchos de los que visitan nuestro taller ya conocen nuestros métodos, así que no le he explicado cómo funciona todo desde el principio.

Lo siento mucho, debí haber sido más atento.

Una vez beba nuestro té con miel y se quede dormido, mi asistente Yaya el búho entrará en sus sueños para averiguar qué es lo que impide que descanse, como preocupaciones o remordimientos.

Este es un té mágico que le ayudará a conciliar el sueño brevemente, solo para que podamos ver qué ocurre en su subconsciente —explicó Oslo.

—¡Así que el búho se llama Yaya! Yentrará conmigo en mis sueños… ¡Fascinante! Aunque me preocupa un poco lo que pueda encontrar.

Al parecer el cliente continuaba vacilante, así que Oslo lo tranquilizó:

—No tiene de que preocuparse. Yaya únicamente puede ver los problemas relacionados con su insomnio. Él viajará a su subconsciente para encontrar el origen oculto de las complicaciones que estén perturbando sus sueños, nada más. No va a hurgar en otros espacios de su mente.

Otro de sus secretos para reconfortar a sus clientes e inspirar confianza en ellos era precisamente su tono de voz, grave y profundo. Asu lado, Yaya se acicaló el pico y guiñó un ojo con expresión tímida. Oslo acarició la cabeza del búho antes de continuar:

—Y puede parecer extraño, pero mientras Yaya entra en los sueños, si utilizo este antifaz de búho, yo también puedo ver todo lo que él ve.

Así es como descubrimos el origen de su insomnio y podemos recomendarle un objeto que se ajuste con exactitud a lo que usted necesita.

Por cierto, yo elaboro a mano todos los que hay en el taller.

Oslo dio un ligero golpecito al antifaz de búho que llevaba sobre la frente y sonrió. El cliente asintió con expresión desconcertada y dio un pequeño sorbo a su té.

—¿Ha venido desde lejos?

—Sí. No podía dormir, así que he pasado despierto toda la noche y, a primera hora de la mañana, he decidido venir aquí. Supongo que es el estrés de los exámenes, pero no puedo pegar ojo —reveló el cliente con un suspiro, quitándose la gorra y revolviéndose el pelo.

Con frecuencia, las personas eran reacias a revelar mucho de sí mismas, quizá debido a que no sabían cómo convertir sus pensamientos en palabras. Oslo intuyó que ese era el caso de este cliente, y que no sería fácil hablar de lo que le angustiaba.

—Debe de estar agotado. Gracias por venir desde tan lejos.

El cliente desvió la mirada hacia la ventana, desde donde alcanzó a ver a los vecinos dando un paseo por el barrio: había estudiantes del brazo riendo a carcajadas, como si algo les divirtiese mucho, y a lo lejos alguien paseaba a su perro.

Le pareció que hacía mucho que no reparaba en el día a día, ni se sentaba en el alféizar de la ventana a tomar el sol y sentir la brisa…

De repente se dio cuenta de que había estado dejando de lado los pequeños placeres de la vida. Los recuerdos del tiempo transcurrido se desplegaron como pequeños capullos que florecían uno a uno y, sin darse cuenta, se quedó dormido.

Al ver al cliente, Oslo exhaló profundamente. Deseaba tomar sus preocupaciones y reemplazarlas con un sueño cálido y reparador.

Como era costumbre, apenas los ojos del cliente se cerraron, Yaya se preparó para el siguiente paso.

No mucho después de haber empezado a trabajar en el taller de los dulces sueños, había descubierto su habilidad especial: al acercar su cabeza a la de un cliente dormido, ¡podía entrar en sus sueños!

—Que te vaya bien, Yaya —dijo Oslo, acariciando las alas del búho.

—Así será. Regresaré antes de que el resto del té se haya enfriado —respondió Yaya, esponjando sus plumas.

Siempre había alardeado de su peculiar talento frente a los clientes, y en esta ocasión también se sentía confiado.

En realidad, las personas comunes y corrientes no podían comunicarse con Yaya.

Oslo, quien conocía al búho desde hacía mucho tiempo, era el único capaz de lograrlo.

Yaya se relajó y se acercó al cliente, que descansaba plácidamente.

Recostó su cabeza contra la de él con suavidad.

—Voy a entrar —dijo, y voló hacia el país de los sueños.

En aquel momento, los enormes ojos del búho se oscurecieron como el cielo nocturno y una misteriosa aurora se desplegó en sus pupilas.

Su alma apareció envuelta en una capa y entró en la mente del cliente.

Oslo, quien observaba el espectáculo en silencio, se sentó en su sillón y se puso el antifaz de búho para poder ver qué le aquejaba.

Al usar aquel antifaz creaba un vínculo con el alma de Yaya, y era capaz de atisbar el mundo de los sueños que el búho estaba atravesando.

Los sueños del cliente eran oscuros y ajetreados.

En ellos divisó la borrosa figura de un joven y pudo sentir las preocupaciones que hundían sus hombros.

Buscaba trabajo. No hacía más que estudiar todos los días.

Bebía más café que agua y se quedaba en vela hasta bien entrada la madrugada.

Después de un ligero descanso durante el cual se despertaba con frecuencia, se ponía a pensar en todas sus preocupaciones y le era imposible volver a dormirse hasta que salía el sol.

Pensaba en aprovechar aquel tiempo para estudiar, pero estaba tan cansado que terminaba cayendo rendido sobre los libros.

El joven compartió sus problemas con un amigo: