El susurro del mármol CAPÍTULO 14 #3
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CAPÍTULO 14 #3

Clara se sirvió una taza de café humeante y se fue al sofá, donde aún quedaba el calor remanente de las ascuas de la noche anterior.

Se acurrucó allí unos segundos, respirando hondo, dejando que la taza le calentara las manos.

Carles, en cambio, decidió que hoy no quería café.

Le apetecía un vaso de leche con cacao, como cuando era pequeño.

Calentó la leche en un cazo pequeño, luego la vertió en una taza, añadió una cucharada generosa de cacao y removió con paciencia hasta que no quedó ni un solo grumo.

Se sentó en la mesa de la cocina y dio un sorbo largo, cerrando los ojos como si aquel sabor lo transportara a un lugar seguro de su infancia.

—¿No vienes a comerte la tostada? —preguntó, mirándola desde la mesa.

Clara levantó la vista, con expresión distraída.

—Sí, ahora voy… —respondió en voz baja—. Estaba pensando en Alba. La echo tanto de menos…

Se levantó despacio y caminó hacia la mesa.

Antes de sentarse, se inclinó para darle un beso suave en los labios, un gesto pequeño pero lleno de cariño.

Luego se acomodó frente a él. Desayunaron en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos, pero era un silencio bueno, un silencio que hablaba de paz, de futuro, de un hogar que empezaba a construirse entre ellos.

Después de vestirse, salieron hacia la comisaría.

Querían ver a sus compañeros, y agradecerles a todos el esfuerzo.

Al entrar por la puerta principal, la comisaría quedó en silencio.

Clara y Carles avanzaron unos pasos, hasta que un aplauso solitario rompió el aire.

Luego otro. Y otro. En cuestión de segundos, toda la comisaría estaba aplaudiendo, un estruendo cálido que les erizó la piel.

Carles se giró hacia ellos, conmovido, y levantó las manos para pedir calma.

—Este aplauso es para todos vosotros —dijo, con una sonrisa que les iluminó el rostro—. Todos habéis contribuido a cerrar el caso, a acabar con el asesino, y nos habéis salvado la vida, a Clara y a mí, así que gracias.

Los agentes sonrieron, algunos con los ojos brillantes. En ese momento, vieron a Martorell en el umbral de su despacho, también había estado aplaudiéndoles, con una expresión de orgullo y alivio.

Se saludaron, se dieron la mano, y el comisario les preguntó cómo se encontraban. Ambos respondieron al unísono que bien. Carles añadió que pensaba cogerse unos días de vacaciones. Martorell asintió sin dudar.

Clara también se tomaría unos días. Necesitaban desconectar, alejarse de todo lo que oliera a mármol, a arte, a sombras del pasado y a crimen. Necesitaban respirar y mirar al futuro.

Al salir de la comisaría, Carles recibió una llamada.

Era su hermana Anna. Le dijo que esa misma tarde llegaba a Girona, que había seguido todo el caso desde la distancia y que no había podido venir antes por estar fuera del país por trabajo, pero que ahora ya había regresado y necesitaba verlo, abrazarlo, asegurarse de que su «hermanito» seguía entero después de todo lo sucedido.

Le propuso quedar a las seis de la tarde para pasear y cenar algo.

Carles aceptó encantado, y mirando a Clara de reojo, añadió con tono travieso:

—Siempre que Clara no se ponga celosa…

Clara puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar sonreír. Allí estaba de nuevo el Carles de siempre, con su humor ligero, devolviéndole a la normalidad.

Mientras paseaban por el casco antiguo, Clara recibió una llamada de Matteo. Le explicó que esa noche cogía el vuelo de regreso a Roma, le preguntó si podían verse por la tarde, para tomar algo y despedirse. Clara aceptó encantada y propuso un bar del casco antiguo. Acordaron la cita y colgaron.

Clara miró a Carles con una sonrisa traviesa.

—Parece que no serás el único con una cita hoy —dijo, guiñándole un ojo.

Carles soltó una carcajada, y ambos siguieron caminando, ligeros, como si por fin el mundo les perteneciera de nuevo.

Carles caminaba junto a Anna por las calles del Casco antiguo, con las manos hundidas en los bolsillos y el abrigo bien cerrado.

El aire frío de diciembre les enrojecía las mejillas, pero la conversación fluía, como si ambos necesitaran ese respiro después de tantos días de tensión y angustia.

Anna le hablaba de Eduard, de lo rápido que crecía, de las travesuras que había hecho últimamente, de cómo preguntaba por el «tiet» con una sonrisa capaz de desarmar a cualquiera.

Carles la escuchaba con una mezcla de ternura y alivio, agradecido por esa normalidad que volvía a su vida como un regalo.

También hablaron de cosas sin importancia, de esas que llenan los silencios con una comodidad familiar: del frío que calaba hasta los huesos, de la humedad de Girona que volvía indomable el pelo de Anna, de lo bonitas que eran las luces de Navidad que colgaban sobre las calles estrechas, tiñéndolo todo de destellos de todos los colores y vida.

Entre comentario y comentario, Anna mencionó que hacía demasiado tiempo que no compartían una cena de Nochebuena o una comida de Navidad, ni siquiera un chocolate caliente el día de Reyes.

Carles sonrió, sorprendido por lo mucho que le apetecía esa idea; hacía años que no se reunían en esas fechas, siempre por trabajo, por horarios imposibles, por la vida que se interponía sin pedir permiso.

Hablaron de preparar algo sencillo, de juntarse, de recuperar una tradición que habían dejado marchitarse sin darse cuenta. Era una conversación que para Carles cada palabra era un bálsamo, un recordatorio de que la vida seguía ahí, esperándolo al otro lado de la oscuridad.

Mientras tanto, en otro punto del casco antiguo, Clara llegaba al bar donde había quedado con Matteo.

El local era pequeño, acogedor, con luces cálidas y una música suave que llenaba el ambiente.

Matteo ya estaba allí, esperándola en la puerta, con su inseparable maletín de cuero colgándole como una extensión más de su cuerpo.

Al verla, la recibió con una sonrisa amable.

Entraron y se dirigieron a una de las mesas.

—Clara —dijo con esa voz suya, siempre tan serena—. ¿Qué te apetece tomar?

—Una cerveza, por favor —respondió ella, dejándose caer en la silla.

—Perfecto. Yo tomaré mi té de siempre.

Matteo se dirigió a la barra. El camarero sirvió primero la cerveza y la dejó sobre la barra.

Matteo esperó unos instantes el té, pero al ver que aún tardaría un par de minutos, tomó la cerveza y la llevó a la mesa, dejándola frente a Clara.

Luego volvió a esperar por su té, negándose a que el camarero se lo llevara.

—No es molestia —dijo Matteo con cortesía—.

Cuando el té estuvo listo, regresó a la mesa con la taza humeante entre las manos. Se sentó, levantó su taza y propuso un brindis.

—Por los nuevos comienzos —dijo.

Clara alzó su cerveza. Las copas chocaron con un sonido suave. Ambos bebieron un sorbo y Matteo sonrió, pero había algo extraño en esa sonrisa, algo que Clara no supo descifrar.

Dejaron las bebidas sobre la mesa. Matteo se disculpó.

—Voy un momento al baño. No tardo.

Clara asintió, pero en cuanto él desapareció por el pasillo, algo dentro de ella —una intuición, un impulso, un presentimiento— la empujó a mirar el maletín. No quería hacerlo. Sabía que no debía. Pero sus manos se movieron solas. Abrió la cremallera con cuidado.

Dentro solo había un cuaderno de piel, el cuaderno de Matteo, el mismo que había generado confusión al inicio de la investigación.

Lo abrió.

Al principio no vio nada extraño. Bocetos, anotaciones, estudios anatómicos.

Pero entonces, las luces de ambiente del bar se tornaron azules, parecidas a la luz ultravioleta que se usa para detectar la sangre en los crímenes.

Y algo emergió en el cuaderno, como tinta invisible revelada por arte de magia.

Clara sintió que el corazón se le detenía.

Allí estaban las posturas, idénticas a las del cuaderno de Pietro, no una simple coincidencia, eran exactas, calcadas.

Y junto a ellas aparecían anotaciones minuciosas: instrucciones sobre cómo inmovilizar, cómo sedar, cómo disponer cada cuerpo, cómo exponerlo…

cada gesto, cada paso, cada crimen descrito al milímetro.

En ese instante Clara comprendió la verdad: el cuaderno auténtico no era el de Pietro, sino aquel que tenía entre las manos, el de Matteo, cuidadosamente oculto bajo capas de tinta invisible, esperando a ser revelado.

El mundo pareció inclinarse bajo sus pies.

Intentó cerrar el cuaderno, meterlo de nuevo en el maletín, dejarlo todo como estaba.

Sus manos temblaban. La cremallera se atascó.

No podía cerrarla. En ese instante vio a Matteo aparecer al fondo del pasillo y retiró las manos, esperando que no se diera cuenta.

Él caminaba hacia ella con paso tranquilo.

Se sentó, la miró. Clara tenía los ojos muy abiertos, la piel pálida como el mármol. Luego el profesor miró el maletín. La cremallera estaba abierta.

—Así que lo has visto —dijo en voz baja, percatándose de que la luz azul del bar habría revelado la verdad oculta en el cuaderno.

Clara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Matteo suspiró, como quien se quita un peso de encima.

—Sí, Clara. Yo he sido el artífice de todo. Pietro solo era… la mano ejecutora. Un instrumento en mis manos.

Clara abrió la boca, pero no salió ningún sonido.

—Cuando ocurrió lo vuestro en la academia —continuó Matteo—, me culparon a mí por encubrirlo.

Me expulsaron. Tú nunca lo supiste. Y mientras tú seguías con tu vida, yo…

yo concebí algo más grande. Una obra que trascendiera.

Una obra que hablara de la verdad que se oculta, del paso del tiempo, del dolor y la venganza.

Pietro solo siguió mis instrucciones. Y tú eres la pieza final.

Clara sintió un mareo repentino. No podía hablar. La sala empezaba a darle vueltas. Matteo la observó con una calma escalofriante.