CAPÍTULO 14 #4
—La droga tarda unos veinte minutos en hacer efecto completo —dijo—. La puse en tu cerveza. No sentirás dolor. Solo sueño. Y luego… terminaré con mi obra y contigo para siempre.
Clara intentó levantarse, pero las piernas no le respondieron. Matteo se inclinó para ayudarla a ponerse en pie, pero el camarero lo miró con el ceño fruncido.
—¿Todo bien?
—Sí —respondió Matteo con una sonrisa impecable—. No se encuentra muy bien. La llevaré a casa.
Dejó a Clara sentada un segundo para coger el maletín. Ella intentó agarrarlo, detenerlo, decir algo, pero apenas pudo mover los dedos. Matteo ya estaba listo para llevársela cuando la puerta del bar se abrió.
Joan entró.
Matteo lo reconoció al instante. Era el novio de Alba. Maldijo por dentro. De todos los bares de Girona… tenía que entrar en este. Ahora no podía cargar con Clara. Debía huir.
Se colocó el sombrero, bajó la cabeza y salió apresurado. Un taxi lo esperaba en la puerta, el mismo taxi que debía llevarlo a él y a Clara al casco antiguo para terminar su obra. Subió.
—Cambio de planes —dijo—. Al aeropuerto. Rápido.
Dentro del bar, Joan se acercó a la barra. El camarero señaló con la cabeza hacia Clara.
—La chica de ahí atrás… creo que no está bien.
Joan se giró. Y se quedó helado.
—¡Clara!
Corrió hacia ella. Clara apenas podía enfocar, pero logró murmurar una palabra, apenas un hilo de voz que se escapó entre sus labios entumecidos:
—Matteo…
Joan no entendió nada, pero no había tiempo para preguntas.
Sacó el móvil con manos temblorosas y llamó a una ambulancia.
El camarero, nervioso, describió al hombre que había estado con ella.
Joan apretó los dientes. Era el hombre del sombrero con el que se había cruzado en la entrada.
Podría haberlo detenido. Podría haberlo parado.
Pero ya era tarde, de nada valía lamentarse.
La ambulancia llegó en pocos minutos. Se llevaron a Clara de urgencia. Mientras la camilla desaparecía entre las puertas del vehículo, Joan sintió que el mundo volvía a tambalearse. Ya había perdido a Alba.
Y ahora su mejor amiga estaba entre la vida y la muerte.
Los médicos no sabían con qué sustancia la habían envenenado, así que decidieron tratar los síntomas a medida que aparecían, a la espera del análisis de sangre.
Carles y Anna seguían paseando por el casco antiguo cuando sonó el teléfono. Carles respondió aún con la sonrisa que le había provocado la última anécdota de su sobrino. Pero la voz al otro lado no traía sonrisas.
Era Joan.
Y estaba gritando.
Carles se detuvo en seco. Anna vio cómo el color se le escapaba del rostro.
—¿Qué ha pasado? —preguntó ella, alarmada.
Carles no respondió. Escuchaba. Y cada palabra que llegaba desde el otro lado del teléfono era un golpe directo al estómago.
—¿Cómo era? —logró preguntar, con la voz rota.
Joan describió al hombre: abrigo largo y oscuro, sombrero, maletín de cuero, un poco más bajo que él.
Carles sintió que el mundo se detenía.
—¡Es Matteo! —susurró, como si decirlo en voz alta pudiera romper algo dentro de él—. Clara había quedado con él a esta hora.
Anna lo miró horrorizada.
—¿El profesor?
—Anna ve al hospital —le dijo gritando mientras se alejaba corriendo a gran velocidad—. Quédate con Clara. Yo tengo que detener a Matteo.
Anna asintió, temblando, y se alejó en dirección contraria.
Carles llamó a comisaría mientras corría hacia el coche patrulla. En cuestión de minutos, él y dos agentes más estaban en la carretera, dirección al aeropuerto de Girona. Matteo había mencionado que volvía a Roma esa noche. Era su única pista y última oportunidad de detenerlo.
Pero cuando llegaron, el vuelo ya había despegado.
Carles golpeó el mostrador de información con rabia. No podía creerlo. No podía aceptar que se le hubiera escapado.
Pidieron acceso inmediato a las grabaciones de seguridad. Los técnicos del aeropuerto, alertados por la policía, los llevaron a una sala pequeña donde varias pantallas mostraban imágenes de las puertas de embarque.
—Rebobinad hasta el vuelo de Roma —ordenó Carles.
Las imágenes retrocedieron.
La cámara enfocaba la cola de pasajeros pasando el control de embarque justo antes de entrar en el avión.
—Ahí —dijo uno de los agentes—. Ese es Matteo.
Carles se inclinó hacia la pantalla.
Sí. es él.
Pero entonces, algo más fue desvelado por las imágenes.
Un segundo hombre, situado justo a su lado, con el que parecía conversar con la naturalidad de quien ya se conoce desde hace tiempo.
Carles sintió un escalofrío helado recorrerle el cuerpo entero.
—No puede ser… —murmuró.
El técnico amplió la imagen.
El rostro del segundo hombre quedó algo borroso, pero reconocible.
—Pietro… —susurró uno de los agentes, incrédulo.
Carles negó con la cabeza, retrocediendo un paso.
—Pietro está muerto. No puede ser él.
Pero la pantalla no mentía.
El hombre que iba con Matteo tenía el mismo perfil, la misma mandíbula, la misma forma de caminar. El mismo pelo.
—¿Qué está pasando…? —dijo Carles con un hilo de voz.
Nadie respondió.
En la sala solo se oía el zumbido de los monitores y la respiración contenida de los agentes.
En la pantalla, Matteo y el hombre que parecía Pietro desaparecían rumbo al avión.
Carles apoyó las manos en la mesa, incapaz de apartar la vista de la imagen congelada con la cara de ese hombre en primer plano. Y mientras el avión se perdía en el cielo, comprendió que lo que creían resuelto…
…no había hecho más que comenzar.