CAPÍTULO 14 #2
Pietro levantó un fragmento de mármol tallado, frío y pesado.
Era la espada del ángel que él había esculpido años atrás en la academia, la misma figura que había roto y desmembrado en Sevilla el día que se reunió con Matteo, y ahora asesinato tras asesinato, había ido dejando sus partes como pistas retorcidas en cada escena, como si repartiera migas de pan de una obra que solo él conocía.
Ahora sostenía la última pieza entre los dedos, el filo pétreo que había reservado para el final.
Lo acercó despacio al cuello de Clara, con una devoción enfermiza, como si aquel gesto cerrara por fin el círculo de su creación—Lo que empezó con mármol… terminará con mármol.
Pero antes de que pudiera hacer la incisión, una voz resonó por encima del estruendo de la tormenta.
—¡Pietro! ¡Detente ahora mismo!
Pietro se giró. Carles estaba en lo alto de la escalinata, acercándose mientras lo apuntaba con el arma y la lluvia le resbalaba por el rostro.
—Tendría que haberte matado en la cabaña —escupió Pietro.
—Estoy de acuerdo contigo —respondió Carles, con la voz firme—. Porque ahora seré yo quien te detenga para siempre.
Pietro se colocó detrás de Clara, usándola como escudo, presionando la espada de mármol contra su cuello.
—No te acerques —advirtió—.
Carles vio los ojos de Clara, llenos de terror, y sintió que algo dentro de él se rompía.
—Esto ha acabado, Pietro. Aléjate de ella, ponte de rodillas con las manos a la espalda.
Pietro sonrió, una sonrisa torcida, casi luminosa.
—Ni lo sueñes.
En ese instante, Martí y Sandra aparecieron al pie de la escalinata, apuntando hacia arriba.
Pietro desvió la mirada hacia ellos, solo un segundo, pero suficiente.
Clara, en un acto desesperado, impulsada por el instinto más primario, echó la cabeza hacia atrás con todas sus fuerzas.
El golpe en el rostro fue seco. Pietro se tambaleó, perdió el equilibrio y dio un paso hacia atrás.
Carles no dudó.
El disparo retumbó entre las paredes de piedra, mezclándose con el trueno que estalló en el cielo.
Pietro cayó al suelo como una marioneta sin hilos, su cuerpo inmóvil aún con la pequeña espada de mármol en la mano.
Carles siguió apuntando unos segundos más, el arma humeante, el pecho agitado, mientras el agua caía sobre él como un diluvio.
Y en ese instante, en medio de la tormenta, supo que todo había terminado.
Corrió hacia ella, resbalando en la piedra mojada, y se arrodilló a su lado.
Sus manos temblaban mientras deshacía los nudos que la mantenían inmóvil.
Clara, aún en shock, apenas podía moverse.
Cuando por fin quedó libre, se lanzó hacia él con un sollozo ahogado, abrazándolo con una fuerza desesperada.
Carles la rodeó con los brazos, hundiendo el rostro en su cuello, y aunque la lluvia le corría por las mejillas, no pudo evitar que algunas lágrimas se mezclaran con ella.
Había estado a un suspiro de perderla. Y en ese abrazo, en ese temblor compartido, comprendió lo mucho que la quería, lo mucho que la había querido desde hacía tanto tiempo sin atreverse a admitirlo.
A unos metros, Martí y Sandra observaban en silencio, sin atreverse a interrumpirlos.
Cuando Clara y Carles se separaron un poco, respirando al unísono, los dos agentes se acercaron despacio.
Clara se incorporó y ellos la abrazaron también, con un cariño sincero, como quien recupera a alguien que creía perdido.
El silencio de la noche se rompió de golpe con el estruendo de sirenas acercándose.
Las luces azules, rojas y amarillas se reflejaron en las fachadas antiguas, tiñendo la escalinata y el convento de un resplandor casi irreal.
La policía acordonó la zona, los forenses se acercaron al cuerpo de Pietro, y la escena se llenó de voces, pasos, órdenes y el murmullo constante de la lluvia.
A Clara la condujeron a una ambulancia. Los sanitarios la examinaron con rapidez: tenía golpes, magulladuras y un fuerte impacto en la cabeza, pero su vida no corría peligro.
Aun así, una contusión podía traer complicaciones posteriores, así que decidieron trasladarla al hospital.
Carles subió con ella, sentándose a su lado mientras la camilla se deslizaba hacia el interior.
Clara, tumbada, lo miraba con los ojos aún húmedos, y él le tomó la mano con suavidad, pero con firmeza como si temiera perderla.
El silencio dentro de la ambulancia era cálido, íntimo, solo roto por el ronroneo del motor y el golpeteo de la lluvia sobre el techo.
La noche se desvaneció lentamente, y cuando amaneció, el cielo estaba limpio, de un azul casi insolente.
Era 20 de diciembre, y la ciudad parecía despertar con una calma nueva, como si la tormenta se hubiera llevado consigo la sombra de Pietro.
En la habitación del hospital, Carles abrió los ojos con dificultad.
Le dolía todo el cuerpo, especialmente la cabeza, donde cinco puntos cerraban la herida que Pietro le había provocado con la piedra.
Se incorporó despacio en el sofá donde había dormido, rígido y estrecho, pero aun así sonrió.
Clara estaba viva. Él estaba vivo. Y el mundo, por primera vez en días, parecía en orden.
Unos minutos después, la puerta se abrió y Matteo apareció en el umbral. Se quedó allí, observando a Clara, justo cuando ella giraba la cabeza hacia él y le dedicaba una sonrisa cansada pero luminosa.
—Matteo… —susurró ella.
Él se acercó con pasos suaves.
—¿Cómo te encuentras?
—He tenido días mejores —respondió Clara con un hilo de humor—, pero después de todo lo que ha pasado… no me puedo quejar. Por fin todo ha terminado.
Matteo asintió, con una ternura que pocas veces dejaba ver.
—Me alegro de verte bien. Eres fuerte, Clara. Siempre lo has sido y estoy muy orgulloso de ti.
Los ojos de Clara se llenaron de lágrimas, no de dolor, sino de emoción. Nunca había oído esas palabras de él, y sintió que algo dentro de ella se acomodaba en su sitio.
Matteo se volvió hacia Carles.
—¿Y tú? ¿Cómo estás?
—Bien —respondió Carles, llevándose una mano a la cabeza—. Esta vez solo ha sido un golpe con una piedra… no un disparo.
Matteo sonrió.
—Así me gusta. Vamos mejorando, le dijo guiñándole un ojo.
—Os dejo solos. Me alegro de que estáis bien... Os deseo una pronta recuperación.
—¿Y tú qué harás ahora? —preguntó Clara antes de que se marchara.
—Quedarme un par de días más, para ver Girona con calma y sin que nadie me persiga, ambos soltaron una carcajada.
—Luego volveré a Roma.
—No te vayas sin despedirte —dijo ella.
—Dalo por hecho —respondió él—. Te llamaré.
La puerta se cerró tras él, y la habitación quedó envuelta en una quietud suave.
Horas después, ya por la tarde, Carles y Clara regresaron a casa de ella.
Les habían dado el alta, y por primera vez en mucho tiempo podían simplemente…
descansar. Encendieron el fuego, abrieron una botella de vino tinto —una de las buenas— y se sirvieron una copa en la cocina antes de sentarse en el sofá.
Brindaron en voz baja, casi en un susurro.
—Por nosotros —dijo Clara.
—Por seguir vivos —añadió Carles.
—Y por un futuro juntos —concluyó ella.
Dejaron las copas sobre la mesita entre el sofá y la chimenea.
El fuego crepitaba con un ritmo lento, hipnótico, llenando la estancia de un calor que parecía abrazarlos.
Se miraron durante unos segundos que se hicieron eternos, como si el mundo se hubiera detenido para ellos.
Carles se inclinó hacia ella, despacio, con una delicadeza que parecía temer romper el aire.
Clara respondió al gesto, y sus labios se encontraron en un beso suave, casi tímido, cargado de ternura y de deseo.
Se besaron como si fueran de cristal, como si cada caricia fuera un descubrimiento, un alivio, una promesa.
Las manos de Clara recorrieron el rostro de Carles con una ternura infinita, y él la sostuvo como si temiera que pudiera desvanecerse entre sus brazos.
La chimenea seguía ardiendo, acompasando sus movimientos, iluminando sus cuerpos con destellos cálidos.
Hicieron el amor en el sofá, sin prisa, sin urgencia, como dos almas que por fin se encuentran después de haber estado demasiado cerca del abismo.
Y cuando el cansancio los venció, se quedaron dormidos allí mismo, envueltos en una manta, con el fuego apagándose lentamente y la noche cayendo sobre ellos como un susurro de paz.
El amanecer del día siguiente llegó sin prisas, como si el mundo quisiera regalarles unas horas más de descanso.
La luz entraba por las rendijas de las cortinas con un tono dorado, tibio, que acariciaba las paredes, la calefacción del apartamento se había encendido anunciando que ese 21 de diciembre iba a ser frío.
Clara abrió los ojos primero, pero no se movió.
Sentía el cuerpo pesado, pero por primera vez en mucho tiempo, su mente se sentía ligera.
Carles dormía a su lado, respirando con calma, y ella se permitió observarlo unos segundos, como si necesitara asegurarse de que seguía allí, de que todo lo vivido la noche anterior no había sido un sueño extraño.
Se levantaron hacia las nueve, más tarde de lo habitual, pero sin remordimientos.
Se lo habían ganado. Caminaban por la casa en pijama y bata, arrastrando los pies con esa pereza dulce que solo aparece cuando uno se siente a salvo.
El sol entraba por la ventana de la cocina, pero el frío del invierno seguía pegado a los cristales.
Clara preparó unas tostadas mientras el olor del pan dorándose llenaba el aire, mezclándose con el aroma del café recién hecho.
Era un olor a hogar, a calma, a vida que vuelve a su sitio.