El susurro del mármol CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

La oscuridad había caído sobre Montjuïc cuando Pietro, con el pulso acelerado y la respiración irregular, rebuscó en los bolsillos de Carles hasta encontrar la llave del coche patrulla.

El agente parecía recobrar la consciencia por momentos, pero seguía tendido en el suelo, débil.

Clara, inmóvil, yacía a pocos metros, ajena a todo.

Pietro la cargó sobre los hombros con un esfuerzo casi reverente, como si llevara un trofeo o un recuerdo que había perseguido durante años.

La noche lo envolvía camuflando todos sus movimientos bajo un silencio expectante.

La introdujo en el maletero, cerró con un golpe seco y arrancó el coche.

Mientras descendía por la carretera serpenteante, fuertes sentimientos lo recorrían por dentro: nostalgia, nervios, una paz enfermiza que le subía desde el estómago como un veneno dulce.

En la comisaría, Martí acababa su turno.

Se despidió con un gesto cansado y cruzó la puerta principal, pero al llegar al aparcamiento se detuvo en seco.

El coche de Carles no estaba. Un escalofrío le recorrió la espalda.

Sacó el móvil y llamó al inspector. El teléfono no daba tono; saltó directamente al buzón de voz.

«Hola, soy Carles Pons, en este momento no estoy disponible…

». Martí frunció el ceño. Quizá sin cobertura.

Probó con Clara. Tras el primer tono oyó un «Hola» que lo hizo responder de inmediato, «Clara, estaba preocupado…

», pero la voz lo interrumpió: «Soy Clara, deja tu mensaje y ya te llamaré…

o no, depende». El contestador. Martí sintió un vértigo súbito, como si el suelo se desvaneciera bajo sus pies.

Algo no iba bien. Volvió sobre sus pasos y entró de nuevo en la comisaría.

Encontró a Martorell y le explicó la situación con la voz tensa.

El comisario no dudó ni un segundo: «Martí, vuelve con Sandra a Montjuïc. Ahora».

Los dos agentes salieron disparados, subieron al coche y encendieron las sirenas.

La ciudad se convirtió en un desfile de reflejos azules y rojos que se deslizaban por los escaparates como destellos viajando a gran velocidad.

No hablaron. La tensión era tan densa que parecía llenar el habitáculo del coche.

Al llegar al lugar donde habían dejado los vehículos, vieron que el coche patrulla de Carles y Clara había desaparecido.

Sandra murmuró: «¿Se habrán ido ya?». Martí negó con la cabeza.

«No responden al teléfono. Esto no es normal».

Cogió la radio del coche y trató de comunicarse directamente con el vehículo desaparecido. Silencio. Ni un chasquido. Nada.

Mientras tanto, Pietro conducía por el casco antiguo, apagando la emisora del coche sin apartar la vista de la carretera.

Nada lo distraería. Nada lo apartaría de su destino.

Aparcó en la parte alta del casco antiguo en la Plaza de Sant Domènec, donde las piedras serían cómplices de sus secretos.

La noche era espesa, húmeda, cargada de electricidad, bajo la amenaza de una tormenta de proporciones bíblicas.

Se aseguró de que no hubiera nadie cerca, abrió el maletero y miró a Clara, aún inconsciente.

Un relámpago desgarró el cielo, iluminando su rostro desencajado.

Una gota fría le cayó en la frente y descendió hasta la punta de su nariz. La tormenta estaba a punto de estallar.

Martí y Sandra, linternas en mano, avanzaban por la zona norte de Montjuïc.

A lo lejos, entre los árboles, distinguieron la silueta de una cabaña.

Aceleraron el paso. La puerta estaba abierta, moviéndose ligeramente con el viento.

Entraron y el haz de luz de sus linternas recorrió las paredes desnudas, la mesa, las botellas de agua, la ropa tirada.

Y entonces lo vieron. Un cuerpo en el suelo.

Martí se arrodilló de inmediato. «Carles…

». Lo intentó incorporar, sin éxito. Lo zarandeó con suavidad.

Carles emitió un gemido, abrió los ojos con dificultad.

«¿Dónde… dónde está Clara?». Martí lo sostuvo por los hombros.

«No lo sabemos. Acabamos de llegar. Tu coche no está».

Martorell, al otro lado del teléfono, ordenó localizar el móvil de Clara.

Aunque estuviera apagado, podrían rastrear el último repetidor al que se había conectado.

Carles, aún tambaleante, salió de la cabaña con los agentes.

Bajaron la carretera de Montjuïc a toda velocidad.

La lluvia empezó a caer con fuerza, golpeando el parabrisas como si el cielo quisiera advertirles de algo.

Carles, con la voz quebrada, dijo lo que todos temían: «Pietro va a matarla.

Va a ser su última figura, como no nos dimos cuenta antes».

Decidieron dirigirse al casco antiguo. Todos los asesinatos habían ocurrido en sus inmediaciones, por lo que no era descabellado pensar que se repetiría el mismo patrón.

Mientras los técnicos intentaban localizar el teléfono, ellos buscarían a pie.

En la Plaza de Sant Domènec, Pietro cargó a Clara sobre sus hombros y avanzó hacia las escaleras del convento de Sant Martí Sacosta.

El lugar era hermoso incluso bajo la tormenta: la escalinata barroca descendía en un abanico de piedra, terminando en el arco medieval que parecía flotar sobre la calle.

Las farolas proyectaban un brillo dorado sobre la lluvia, y el eco del agua resonaba entre las paredes antiguas.

Era uno de los rincones más románticos de Europa, un escenario perfecto para una despedida que solo él entendía.

Una última cita. Un final esculpido en la noche, hoy se despediría de Clara para siempre, su amor y su tormento terminarían allí mismo.

Martorell llamó a Carles y le confirmó la última ubicación del móvil de Clara, la señal provenía de un repetidor cercano a la zona de Montjuïc, al instante Carles comprendió que el móvil seguía en la cabaña.

Comisario… rastreen la ubicación del coche patrulla, Pietro ha huido en él.

¡Rápido!. Minutos después, la ubicación llegó, estaba en el casco antiguo, en la Plaza de Sant Domènec, eso lo situaba muy cerca de la ubicación donde ellos se encontraban.

Carles y los agentes corrieron bajo la lluvia, empapados, con el corazón golpeándoles el pecho.

Llegaron al coche. El maletero estaba abierto.

Vacío. La plaza desierta. Carles repartió walkie-talkies.

«Nos dividiremos para cubrir más terreno, dejemos los canales de comunicación abiertos, y a la mínima sospecha damos la alerta. ¡Vamos!».

Clara despertó lentamente, como quien emerge de un sueño profundo.

La lluvia le caía en el rostro, fría, insistente, devolviéndola al mundo real.

Estaba atada, colocada en una postura rígida, escultórica, como si alguien hubiera moldeado su cuerpo para encajar en un significado que ella no comprendía.

Frente a ella, Pietro la observaba con una mezcla de devoción, nostalgia y locura, los ojos brillando con un fervor que la hizo estremecer incluso antes de entender dónde estaba.

La postura era inconfundible: La Verdad descubierta por el Tiempo .

Una figura femenina desnuda y expuesta, revelada con violencia, como si un torbellino invisible hubiera arrancado de golpe el velo que la cubría.

Pietro había adaptado la escena a su manera, obligando a Clara a adoptar la inclinación exacta del torso, el arqueo del pecho hacia adelante, la cabeza elevada en un gesto que mezclaba vulnerabilidad y desafío.

Sus brazos estaban tensos, extendidos hacia adelante como si sostuvieran un disco radiante, el pequeño sol que en la escultura simbolizaba la luz que revela lo oculto, la claridad que disipa la mentira, la metáfora perfecta del plan de Pietro revelado y a punto de materializarse.

Pero aquí no había mármol, ni belleza, ni la serenidad de un taller artístico.

Solo la lluvia golpeando la piedra antigua, el eco de la tormenta entre los muros de piedra y la sombra de un hombre roto que intentaba convertir a Clara en su obra final.

La Verdad, desnudada no por el Tiempo, sino por la obsesión de un artista perdido en su propia oscuridad.

—Clara… —susurró Pietro, acercándose—. Siempre supe que acabarías siendo mía, de una forma u otra.

Clara lo miró con los ojos muy abiertos, la respiración temblorosa.

—Pietro… no tienes por qué hacer esto.

Él sonrió, una sonrisa triste, casi tierna.

—Claro que sí. Es la única forma de terminar la obra. La única forma de que entiendas lo que significas para mí. Lo que siempre has significado y el dolor que me has causado.

—No eres un artista —dijo ella, con un hilo de voz. Solo eres un hombre perdido.

Pietro inclinó la cabeza, como si esas palabras lo atravesaran.

—Quizá. Pero incluso los hombres perdidos pueden crear belleza.

Carles llegó a las puertas del convento y se detuvo un instante, empapado, jadeante.

La lluvia caía con tanta fuerza que parecía borrar el mundo.

Entonces oyó algo. Voces. Se acercó al borde de la escalinata y miró hacia abajo.

Dos figuras. Una de pie, gesticulando. Otra inmóvil.

El corazón le dio un vuelco. «Martí, Sandra…

los tengo, están en la parte baja de las escaleras del convento de Sant Martí Sacosta, delante del arco.

Yo me acercaré por arriba, vosotros id por abajo».