El susurro del mármol CAPÍTULO 13
88%

CAPÍTULO 13

Carles firmó la alta voluntaria con un gesto seco, casi desafiante, como si la tinta que dejaba en el papel fuera un recordatorio de que aún tenía asuntos pendientes con el mundo.

La enfermera le dedicó una mirada de advertencia, pero él ya estaba de pie, poniéndose la chaqueta con una determinación que no admitía réplica.

Clara lo acompañó en silencio, ambos avanzaron por el pasillo largo y desierto, donde las luces frías del hospital parecían flotar en el aire como luciérnagas. Sus pasos resonaban con un eco suave, casi tímido, como si el edificio entero contuviera la respiración.

Al llegar a los ascensores, Carles pulsó el botón, el círculo luminoso se encendió y esperaron.

Ninguno de los dos hablaba.

Se limitaban a observar los números rojos que descendían lentamente de las plantas superiores, uno tras otro, como si el tiempo se hubiera vuelto espeso, viscoso, empeñado en retrasarles.

Clara tenía la sensación de que cada número era como una cuenta atrás hacia su destino.

El ascensor llegó con un susurro metálico.

Salieron al exterior, la mañana era gris, como si Girona despertara a regañadientes de un sueño inquieto. Frente a la puerta del hospital, la fila de taxis aguardaba en silencio, envuelta en un vaho tenue que ascendía desde los motores encendidos.

Carles levantó la mano y un taxista les hizo ademán para que se acercaran.

Durante el trayecto, Clara observó por la ventanilla cómo la ciudad pasaba a su lado: calles húmedas, tráfico ajetreado, árboles desnudos que se mecían con el viento.

Carles, a su lado, mantenía la mirada fija en un punto indefinido, como si intentara reconstruir mentalmente un mapa invisible del caso, ensamblando las piezas de los últimos acontecimientos.

Ninguno de los dos necesitaba hablar, el silencio era un puente entre ellos, un pacto tácito.

Al llegar, bajaron del taxi y cruzaron la puerta de la comisaría con paso firme.

El interior olía a café y un cansancio acumulado flotaba en el ambiente.

Los fluorescentes emitían un zumbido casi imperceptible, pero constante, que iluminaban con esa luz mortecina que parecía propia de todos los edificios donde se lucha contra la oscuridad del mundo.

A medida que avanzaban por el pasillo, los compañeros de Carles levantaban la vista.

Algunos sonreían apenas, con un gesto leve de reconocimiento.

Otros inclinaban la cabeza en un saludo silencioso, como si temieran romper algo frágil.

Carles respondía igual: una mirada, un gesto mínimo, una media sonrisa.

No hacía falta más.

Clara caminaba a su lado, sintiendo cómo la atmósfera cambiaba a su paso.

Había algo en el aire, una tensión sutil, como si todos supieran que el caso había entrado en una fase distinta, más oscura, más urgente.

Sin detenerse, llegaron a la puerta del despacho de Martorell.

Carles llamó con los nudillos.

Y entonces, desde dentro, la voz grave del comisario respondió:

—Pasad.

El comisario los observó entrar con una mezcla de alivio y preocupación.

La luz que se filtraba por la ventana del despacho dibujaba sombras alargadas en las paredes, como si la propia luz estuviera expectante ante todos los acontecimientos que se avecinaban.

—Carles me alegro de que estés de nuevo con nosotros, por los pelos no te perdemos, gracias por venir tan rápido y a ti Clara por ayudarnos y por cuidar de él—dijo Martorell, señalando las sillas frente a su mesa.

Carles se sentó sin quitarse la chaqueta, Clara tomó asiento a su lado, sintiendo que el aire del despacho pesaba más de lo habitual.

Martorell entrelazó las manos sobre la mesa.

—No voy a endulzaros nada. Tenemos que acabar con todo esto, no podemos permitirnos más víctimas.

El silencio que siguió parecía tener vida propia.

Carles fue el primero en romperlo.

—¿Qué habéis averiguado?

Martorell giró la pantalla del ordenador hacia ellos.

En ella, una imagen granulada mostraba una calle oscura, un taxi detenido, y una figura que subía al asiento trasero.

—Revisamos las cámaras de tráfico —explicó—. Aquí tenéis a Pietro. Lo captaron subiendo a un taxi a pocos minutos del lugar del asesinato.

Clara sintió un nudo en el estómago.

—¿Habéis podido seguirlo?

—Hasta cierto punto —respondió el comisario—. El taxi lo llevó hasta Montjuïc. A la zona alta. Donde los edificios se mezclan con los árboles y las calles se vuelven senderos. Allí el rastro se pierde.

Carles apretó los dientes.

—¿Y qué estáis haciendo ahora?

Martorell se inclinó hacia adelante, con la mirada encendida por una determinación feroz.

—He enviado patrullas a peinar los bosques. Agentes, voluntarios de la zona, gente que conoce cada piedra y cada recodo. El cerco se está estrechando. Pietro está ahí fuera, escondido en algún punto de Montjuïc. Y no pienso dejar que salga de allí.

Clara sintió un escalofrío recorrerle la espalda, nunca hubiera pensado que el compañero de clase de pelo dorado y sonrisa embaucadora pudiera llegar a convertirse en un monstruo tan horrible.

Montjuïc era un laberinto natural, un lugar donde la luz parecía perderse entre los árboles, donde cabañas antiguas, refugios abandonados y cobertizos que nadie usaba desde hacía décadas eran ahora testigos mudos de una persecución.

Carles se levantó de la silla, incapaz de seguir quieto.

—Entonces vamos para allá. No pienso quedarme sentado mientras ese sujeto sigue suelto.

Martorell lo miró con una mezcla de respeto y advertencia.

—Id. Pero con cuidado. No sabemos cómo reaccionará cuando se vea acorralado. Y recordad algo…

Hizo una pausa.

Su voz se volvió más baja, casi un susurro.

—Un hombre desesperado es capaz de cualquier cosa.

Clara y Carles intercambiaron una mirada silenciosa, una complicidad, una preocupación mutua del uno hacia el otro.

Aun así, se levantaron y se dirigieron a la puerta, era su deber terminar con todo aquello.

—Manteneos en contacto —añadió Martorell—. Y si encontráis algo… no actuéis solos.

Clara asintió.

Carles no dijo nada, pero su mirada lo dejó claro: no pensaba dejar que nadie más muriera.

Salieron del despacho.

El pasillo los recibió con su luz fría, y la comisaría entera pareció contener la respiración mientras salían por la puerta.

El coche avanzó por la carretera serpenteante de Montjuïc, hasta llegar a la zona acordonada, Clara y Carles vieron varios coches patrulla aparcados en fila, sus luces apagadas para no crear alarma.

Carles aparcó junto a ellos.

El silencio del bosque era tan profundo que parecía observarlos.

Ambos bajaron del coche.

El aire olía a tierra húmeda, a resina y a algo más… algo que no sabían nombrar.

Carles sacó el móvil y llamó a Martí.

—Martí, ya estamos en Montjuïc. ¿Por dónde estáis?

La voz del agente llegó entrecortada por interferencias y viento.

—Nos dirigimos hacia el este, por un sendero que sube a lo que parece una antigua torre. Hay varias construcciones abandonadas por aquí. Vamos a revisarlas una a una.

Carles miró a Clara.

Ella asintió sin necesidad de palabras.

—Perfecto —respondió Carles—. Nosotros iremos hacia el norte. Cubriremos más terreno. Y escucha… si alguno de nosotros encuentra algo, por mínimo que sea, lo notificamos de inmediato.

—Entendido —dijo Martí antes de cortar.

Clara guardó su móvil.

—Vamos —dijo Carles.

Y se adentraron entre los árboles.

El sendero en pocos metros se estrechó hasta convertirse en una vereda apenas visible, las ramas crujían bajo sus botas, y el viento arremetía contra los árboles que parecían susurrar advertencias.

Tras unos pocos minutos de caminata, Clara se detuvo.

—Carles… mira.

En el barro húmedo, claramente marcadas, había huellas frescas.

Carles se agachó, tocó la tierra con los dedos.

Siguieron el rastro en silencio, avanzando entre los pinos hasta que, entre las sombras, emergió una estructura de madera.

Una cabaña, pequeña, vieja, con el tejado hundido en un lateral y tablones que parecían sostenerse por pura obstinación.

Clara sintió un escalofrío.

—Carles… podría ser el lugar.

Carles asintió, llevándose la mano instintivamente a su arma.

—Vamos con cuidado.

En el interior de la cabaña, Pietro estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared, había pasado la noche allí, envuelto en una manta sucia, con la mente ardiendo en pensamientos que se enroscaban como serpientes.

De pronto, oyó un crujido, una rama quebrándose bajo un pie.

El corazón de Pietro dio un vuelco y un escalofrío le recorrió la columna.

Se incorporó a medias, en cuclillas, y se acercó a una rendija entre los tablones, para mirar hacia fuera, en ese momento divisó dos figuras que avanzaban entre los árboles en dirección a la cabaña.

Primero creyó que era algún excursionista, pero cuando afinó la vista, el mundo se le detuvo, era Clara y venía acompañada de Carles

Un destello de furia y sorpresa le atravesó el pecho.

Pensaba que había terminado contigo , murmuró para sí, mirando a Carles.

Quizá el destino os ha traído hasta mí para que pueda acabar con vosotros.

Su respiración se aceleró.

Cogió una piedra que había junto a la puerta, que solía usar para poder mantenerla abierta y que no se cerrara con la corriente.

La empuñó con fuerza, y se escondió detrás de la entrada.

Clara y Carles se acercaron a la cabaña, para mirar por la ventana, vieron botellas de agua, ropa tirada y una manta.

—Puede que no sea nada —susurró Clara.

—O puede que sea justo lo que buscamos —respondió Carles.

Empujó la puerta, cedió con un chirrido lento y oxidado, mientras cruzaba el umbral.

Pietro, oculto, contuvo la respiración, Carles entró primero, Clara lo seguía, a unos 4 metros de distancia.

Carles se movió hacia la izquierda para inspeccionar un rincón, y en ese instante, justo cuando salió del campo de visión de Clara, Pietro salió de su escondite y descargó un golpe seco con la piedra en su cabeza.

El inspector cayó al suelo como un muñeco roto.

Clara oyó un golpe y aceleró el paso, entrando en la cabaña a toda prisa, pero al entrar se detuvo en seco, Pietro estaba frente a ella, con el arma de Carles en la mano, apuntándole a la cabeza.

—Entra —ordenó él, con una voz que había perdido toda su humanidad.