CAPÍTULO 12 #2
Dentro, el refugio lo recibió con la familiaridad de un santuario.
El olor a madera.
La penumbra ordenada.
El silencio absoluto.
Pietro dejó el abrigo en el suelo, se pasó una mano por el rostro y cerró los ojos unos segundos. No era cansancio. Era otra cosa. Una especie de vibración interna, como si su mente siguiera avanzando incluso cuando su cuerpo se detenía.
Lo de esta noche había sido un paso más en una secuencia que él mismo había diseñado.
Y mientras se dejaba caer en el fino colchón del suelo, sintió algo parecido a la serenidad, una calma tensa, expectante, la sensación de que todo estaba encajando.
La montaña lo envolvía, la noche lo encubría y él, en silencio, se abandonaba a los sueños.
Cayó la media noche sobre Girona cuando Joaquim Rovira, un señor de ochenta años bien llevados y una paciencia curtida por décadas de rutina, salió de casa con su pastor alemán, Jack. A esa hora, las calles alrededor de la muralla estaban desiertas, envueltas en un frío que calaba hasta los huesos.
Aquel paseo era siempre el mismo: bordeaba la muralla hasta bajar por un sendero, que conducía a una fuente de piedra y regresaba por el camino de tierra por una parte de bosque, describiendo así una ruta circular hasta su casa. Pero esa noche algo se torció desde el primer minuto.
Jack estaba inquieto.
Tiraba de la correa con una fuerza inusual, olfateando el aire como si hubiera captado un rastro que el anciano no podía percibir. Joaquim, que ya no tenía el equilibrio de antes, tropezó con una raíz sobresaliente y estuvo a punto de caer.
—Quieto, chico… ¿Qué te pasa hoy? —murmuró, recuperando el aliento.
Como no había nadie a esas horas, decidió soltarlo. Prefería eso a arriesgarse a una caída.
En cuanto liberó el mosquetón, Jack salió disparado sendero a bajo.
—¡Jack! —llamó Joaquim, pero el perro no volvió.
Durante unos segundos, solo escuchó el silencio, hasta que un ladrido reveló su posición, a continuación, le siguieron una sucesión de ladridos que no cesaban, parecían provenir de un mismo punto, lo que significaba que Jack no se estaba ni alejando ni acercando, parecía que estuviera llamando la atención por algún motivo, que Joaquim desconocía.
El anciano apretó el paso, apoyándose en su bastón, siguiendo el sonido. Cuando por fin lo alcanzó, encontró al perro plantado frente a un claro estrecho entre los árboles, al lado de la fuente, el cuerpo tenso, el rabo erguido, las orejas en punta, el perro estaba en alerta, sin duda.
—Eh, tranquilo, tranquilo… —susurró el anciano, agachándose con esfuerzo para acariciarle el lomo.
Cuando por fin pareció calmarse, Joaquim volvió a engancharle la correa y tiró suavemente para emprender el camino de regreso.
Pero el perro no se movió.
Ni un paso.
Joaquim tiró un poco más fuerte. Nada.
Entonces Jack giró la cabeza hacia él, ladró una sola vez —un ladrido grave, seco y fuerte— luego miró hacia la fuente, moviendo el cuerpo entero en esa dirección.
El anciano sintió un escalofrío.
—Vale, vale… vamos a ver qué demonios has encontrado.
Dejó que el perro lo guiara.
Apenas avanzaron unos metros cuando Joaquim se detuvo en seco.
Allí, entre dos árboles, iluminada por la tenue luz de la luna que se filtraba por las ramas, había una figura humana.
Una joven.
Parecía estar erguida sobre sí misma, pero en realidad estaba siendo sostenida por unas cuerdas que tenía atadas a los brazos, como si alguien la hubiera colocado así para mantenerla derecha.
—¿Señorita? —preguntó, con la voz temblorosa—. ¿Se encuentra bien?
No obtuvo respuesta.
Dio un paso más, y preguntó de nuevo, señorita ¿se encuentra bien? ¿Necesita ayuda?
Luego dio otro paso hacia la joven.
El perro gruñó muy bajo.
Cuando estuvo lo bastante cerca, Joaquim vio el charco oscuro bajo los pies de la joven, extendiéndose sobre la tierra húmeda. Y vio también el cabello manchado, pegado en mechones rígidos por la sangre seca.
El anciano sintió cómo el mundo se le encogía alrededor. El aire le faltó. Las piernas le temblaron. La chica estaba muerta.
—Madre de Dios… —susurró, llevándose una mano al pecho.
Durante un instante, se quedó allí, de pie, paralizado, mirando aquella escena aterradora, incapaz de comprender cómo alguien podía haber hecho algo tan horrible.
Joaquim retrocedió un paso, luego otro, hasta que su espalda chocó con un árbol, rompiendo la parálisis momentánea que lo había dejado sin aliento.
Jack ladró de nuevo, esta vez más fuerte, como si quisiera romper el silencio que se había vuelto insoportable.
Acto seguido Joaquim cogió su teléfono móvil y llamó a la policía.
Joaquim marcó el teléfono de la policía con las manos temblorosas.
El teléfono sonó dos veces antes de que una voz joven respondiera.
—Comisaría de policía, dígame.
—Sí… soy Joaquim Rovira… me encuentro detrás de la muralla, por la zona de la facultad de letras, junto a la fuente de piedra con forma de león —la voz se le quebró—. He encontrado… a una chica. Una chica joven. Está… está muerta.
Hubo un breve silencio al otro lado, seguido de un cambio inmediato en el tono del agente.
—Señor, necesito que mantenga la calma. ¿Puede confirmar que la persona efectivamente está muerta?
—Sí… no responde. Hay mucha sangre. Está… colgada. Atada por los brazos. Por favor, envíen a alguien.
—Enviamos a una patrulla de inmediato, señor Rovira. No se mueva del lugar. ¿Está acompañado?
—No, bueno… solo mi perro.
—Permanezca donde está. La patrulla llegará en pocos minutos.
El agente colgó, tragó saliva y se giró hacia la sala, buscando a Sandra y a Martí, una vez los vio se dirigió corriendo hacia ellos.
—¿Qué pasa? —preguntó Sandra.
—Acaba de llamar un vecino, dice que ha encontrado un cadáver, se trata de una chica joven, dice que se encuentra colgada y atada por los brazos en la zona de la muralla, junto a la fuente con cabeza de león.
Sandra palideció. Se puso en marcha.
Mientras ella y Martí se dirigían al coche, marcó el número del comisario Martorell.
El teléfono vibró sobre la mesilla, iluminando la habitación en la oscuridad.
Martorell gruñó, medio dormido, y tanteó el móvil hasta cogerlo.
—¿Sí…? —respondió con voz ronca.
—Comisario, soy Sandra. Tenemos un problema.
A su lado, su esposa abrió los ojos, inquieta.
—¿Qué ocurre? —preguntó él, aún tumbado.
—Han encontrado un cadáver, señor. Una joven.
Por lo que ha dicho el testigo que nos ha llamado, parece que se encuentra dispuesta en una postura parecida a la de los otros crímenes.
Sostenida por cuerdas y en una posición antinatural.
Según nos acaba de informar la patrulla que acaba de llegar al lugar, la víctima está detrás de las murallas de la Catedral cerca de la facultad de letras, al final de la calle de la muralla, donde empieza la bajada por la calle de San Cristòfol que hay una fuente con cara de león.
Martorell se incorporó de golpe, como si le hubieran echado agua fría encima.
Se quedó sentado en el borde de la cama, respirando hondo.
—¿Estás segura?
—Sí, señor. La patrulla que ya está allí sostiene que se trata de otra puesta en escena.
Martorell cerró los ojos un instante.
Luego habló con voz firme.
—Voy para allá.
Colgó.
Su esposa lo miró, preocupada.
—¿Qué ha pasado?
—Otra víctima —respondió él, poniéndose los pantalones con prisa—. Debo marcharme.
Martorell intentó llamar a Clara.
Una vez.
Dos.
Tres.
Nada.
—Apagado… —murmuró, frustrado.
Sabía que estaba en el hospital con Carles, debería haber apagado el móvil para que ambos pudieran descansar, así que supo que en ese momento no podría contar con ella.
Condujo rápido por las calles vacías, siguiendo el parpadeo lejano de las sirenas.
Al llegar, las patrullas ya habían acordonado la zona.
Las luces azules y rojas se reflejaban en la muralla, creando sombras que danzaban en la fría noche.
Martorell avanzó entre los agentes hasta que vio el cuerpo.
Y supo, sin ninguna duda, que era otra figura.
Pero no tenía ni idea de cuál.
Y Clara no respondía.
Solo quedaba una persona capaz de identificar aquello.
Matteo.
Marcó su número.
Era tarde y estaría durmiendo, pero al cabo de varios tonos finalmente respondió.