El susurro del mármol CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Pietro llevaba horas merodeando por los alrededores del hostal.

En ese momento permanecía en una esquina oscura, allí donde la calle se estrechaba y ningún farol alcanzaba a iluminarlo.

Solo se distinguía el contorno de su silueta recortada contra la pared de piedra y, de vez en cuando, el brillo tenue de un cigarrillo encendiéndose entre sus dedos cada vez que aspiraba el humo.

Eran cerca de las nueve de la noche, la ciudad respiraba ese silencio contenido de invierno, cuando el frío obliga a la gente a caminar deprisa y las sombras parecen acechar en la oscuridad.

Pietro sabía que la joven debía salir en cualquier momento, era la hora de cenar y tenía la intuición de que la chica no se quedaría en el hostal, por lo que no podía faltar mucho para verla atravesar la puerta.

Mientras esperaba se sentía impaciente, la mente inquieta, un deseo que le provenía de lo más profundo de su ser, un ansia incontrolable por seguir con su obra, este era el penúltimo «boceto» que debía tallar en carne y hueso.

Y entonces un ruido lo devolvió a la realidad, la puerta del hostal se abrió.

Era ella, la chica rubia del restaurante.

El corazón se le aceleró, sintió un escalofrío recorrerle la espalda y la adrenalina subirle como un fogonazo.

La joven bajó la pendiente adoquinada del casco antiguo con paso ligero dirección a la Rambla.

Pietro la siguió a distancia, lo suficiente para no llamar la atención.

Giraron por callejones estrechos, iluminados por faroles amarillos que parecían custodiar secretos antiguos, al llegar a la basílica de Sant Félix se detuvo, consultó el móvil, dio un par de vueltas sobre sí misma, como si intentara orientarse.

Pietro supuso que estaría usando el GPS.

Cuando retomó la marcha, él también lo hizo.

Apenas dos minutos después, la joven entraba en un pequeño local donde lo rústico y lo elegante convivían en perfecta armonía.

La puerta de madera antigua daba paso a un interior de paredes de piedra y techos de volta catalana , es un tipo de techo tradicional formado por un arco suave construido con capas finas de ladrillo, suavemente iluminados por luces cálidas que realzaban cada curva, el suelo de madera maciza crujía con un sonido íntimo bajo los pasos de los comensales, las mesas, impecablemente vestidas con manteles blancos, lucían grandes copas de vino colocadas bocabajo, y en las estanterías iluminadas se alineaban decenas de botellas, una colección infinita de referencias que convertía el lugar en un pequeño santuario enológico.

Pietro la vio acomodarse en una mesa. Seguía sola.

Él decidió no entrar, no quería acercarse tanto, prefería acechar desde la distancia.

El local tenía una terraza exterior con estufas encendidas, así que a pesar del frío de la noche se sentó en una mesa apartada.

El camarero se acercó con amabilidad.

—¿Qué desea tomar?

—Solo un té negro con miel —respondió Pietro—.

—¿Nada más?

—Nada más. Gracias.

No quería cenar, quería mantenerse ligero, ágil y atento.

Mientras esperaba, encendió otro cigarrillo y antes que pudiera terminarlo el camarero regresó con el té.

Pagó al instante, dejando el cambio. Así, si la joven salía de repente, él podría levantarse y seguirla sin perder ni un segundo.

Al cabo de un rato, la chica salió del restaurante.

Pietro giró la cabeza de inmediato, atento, aunque permaneció sentado unos segundos más, aguardando el momento oportuno para ponerse en marcha.

Los nervios los tenía a flor de piel; tomó un sorbo largo de té para serenarse, pero la adrenalina seguía ahí, vibrando bajo la piel.

La joven torció a la derecha al salir del local, encaminándose hacia el casco antiguo. Pasó frente al Monasterio de Sant Pere de Galligants, y Pietro la siguió a distancia, viendo cómo el vaho escapaba de su boca en pequeñas nubes blancas.

El contraste entre el calor que le nacía del pecho y el aire helado de la ciudad le producía una sensación de hormigueo en su interior.

Atravesaron un pequeño puente de piedra que daba acceso a una plaza completamente vacía. La joven no sospechaba nada; parecía simplemente disfrutar de un paseo nocturno, quizá dejándose llevar por la calma de la ciudad iluminada por la luna.

Como si el destino quisiera recordarle algo, pasaron frente a los Baños Árabes.

Pietro desvió la mirada un instante hacia el edificio, sintiendo cómo los recuerdos se agolpaban en su mente.

No era el lugar en sí lo que lo inquietaba, sino la intensidad de las emociones que había vivido allí en el último asesinato.

Lo que empezó como un proyecto con un objetivo final claro se había convertido en un camino lleno de sensaciones inesperadas, más profundas de lo que jamás habría imaginado.

Volvió a fijar la vista en la chica del pelo dorado. Debía mantenerse alerta. Ella se adentraba en la zona de las murallas, un lugar precioso pero solitario a esas horas. Un paso en falso, un ruido mal calculado, y podría asustarla. Pietro ajustó su distancia, moviéndose con sigilo.

De pronto, la joven se detuvo en seco. Pietro también.

Por un instante pensó que lo había descubierto, que quizá algún sonido lo había delatado.

Pero no: la chica simplemente contemplaba el entorno, maravillada.

Entre murallas antiguas, jardines silenciosos y la luz de la luna, parecía transportada a otra época.

Un sonido suave rompió el silencio: un borboteo de agua. La joven giró la cabeza hacia la fuente cercana y caminó hacia ella. Con un gesto automático, llevó la mano a la malla exterior de su maleta y sacó un bidón. Quería llenarlo.

Se acercó a la fuente, desenroscó el tapón y colocó el recipiente bajo el caño. El agua comenzó a caer con un murmullo relajante.

Una sombra se movía en la oscuridad del lugar, demasiado rápida y ágil como para ser vista.

La chica estaba de espaldas, completamente ajena a que alguien se le acercaba por la espalda.

Pietro apretó el paso, pero manteniendo el sigilo, para no alertarla y entrar en un forcejeo, quería un trabajo limpio y fácil.

Llegó hasta ella en apenas unos segundos y en ese instante Pietro descargó un empujón fatal, que la hizo chocar violentamente de cabeza contra la pared de piedra de la fuente.

Sin emitir ningún sonido, más que el golpe seco, la joven cayó al suelo muerta con la cabeza abierta sangrando abundantemente, su cabello dorado se fue tiñendo rápidamente de un rojo oscuro, casi negro, el bidón se le escurrió de las manos y solo el ruido metálico al rodar por el suelo adoquinado rompió el silencio de la noche.

No había tiempo que perder, Pietro procedió con su ritual de siempre, y colocó, ayudándose de unas cuerdas, su cuerpo de pie, ligeramente inclinado hacia atrás, como si estuviera a punto de iniciar un movimiento de huida detenido en el tiempo.

El brazo derecho quedó elevado a la altura del pecho, con la mano abierta y los dedos extendidos, como si buscara apartar algo invisible frente a ella. El izquierdo, más relajado, descendía en diagonal, rozando la línea de su costado.

La cabeza girada hacia un lado, el cuello alargado, como si buscara escapar de algo que la alcanza por detrás.

Una de sus piernas quedó adelantada, apenas flexionada, mientras la otra sostenía el peso con una tensión delicada, casi etérea, como si estuviera suspendida entre el impulso de avanzar y la necesidad de detenerse.

En conjunto, la postura transmitía la sensación de un instante capturado justo antes del movimiento, una figura detenida en un gesto de sorpresa, como si el tiempo la hubiese congelado justo en el momento de su muerte.

Pietro se alejó del lugar con pasos firmes pero silenciosos, sin mirar atrás. No era necesario. Sabía exactamente qué había dejado allí, y sabía también que el tiempo —su tiempo— seguía avanzando hacia un final que solo él podía ver con claridad y ahora estaba solo a un paso.

La noche de Girona estaba especialmente fría.

El aire cortaba la piel como una hoja fina, y cada respiración se convertía en una nube blanca que se deshacía en la oscuridad.

Las calles del casco antiguo, con sus muros de piedra y sus arcos medievales, parecían observarlo mientras se deslizaba entre ellas, casi sin tocar el suelo.

Era un espectro más en una ciudad que, a esas horas, pertenecía a las sombras.

Cogió un taxi, al que pidió que lo llevara a una dirección que se encontraba a las afueras de la ciudad, durante el trayecto su mente oscilaba entre una calma extraña y un vértigo interior difícil de describir.

Había una parte de él que se sentía ligera, casi eufórica.

Otra parte, más profunda y silenciosa, analizaba cada detalle con precisión quirúrgica: el tiempo transcurrido, los posibles testigos, los accesos, las rutas de salida.

Esa dualidad lo acompañaba siempre.

La emoción y el cálculo.

El impulso y la estrategia.

El artista y el superviviente.

Al llegar a la dirección, pagó al taxista, bajó del coche y desapareció tomando un desvío hacia un camino menos transitado.

Allí, la ciudad empezaba a difuminarse rápidamente, dejando paso a la penumbra de los árboles desnudos y al murmullo lejano del agua. El sendero ascendía poco a poco hacia las afueras, donde la luz de los faroles ya no alcanzaba y la oscuridad se volvía más densa, más íntima.

Pietro conocía ese camino de memoria.

Lo había recorrido muchas veces y podía avanzar sin necesidad de ver por completo, aunque esa noche la luz de la luna, compañera y testigo de sus secretos, era suficiente para alumbrarse en la oscuridad del bosque.

Mientras subía, el silencio se hacía más profundo. Solo se oía el crujido de las ramas y hojas secas bajo sus botas y el eco lejano de algún animal nocturno. La ciudad quedaba atrás, reducida a un parpadeo de luces amarillas que se perdían en la distancia.

Cuando llegó, se detuvo un instante en la entrada.

Respiró hondo.

El aire frío le quemó los pulmones, pero también lo despejó.