CAPÍTULO 11 #3
Pietro permaneció en la esquina, oculto entre la sombra de un portal y la luz menguante del mediodía que empezaba a rendirse ante la breve tarde de diciembre.
Observó cómo la puerta se cerraba tras la joven.
Todo encajaba: una turista sola, que seguramente descansaría unas horas antes de salir por la noche a cenar, a tomar algo o simplemente a pasear y conocer la ciudad de noche.
Un plan empezaba a tomar forma en su mente, nítido como una escultura recién esbozada.
Clara se despidió de Matteo en el aparcamiento de la comisaría.
Estaba agotada, pero había algo más fuerte que el cansancio: la necesidad de ver a Carles.
Desde que la llamaron el día anterior para avisarle de que el inspector se estaba recuperando mejor de lo esperado, no había tenido un minuto para acercarse al hospital.
Los sucesos en el caso se habían precipitado y la habían absorbido por completo.
Pero ahora, al caer la noche, ya no podía posponerlo más.
Condujo hasta el hospital con el corazón acelerado. Aparcó en el sótano, subió por el ascensor hasta la planta de curas intensivas y se dirigió al control de enfermería. Allí, una enfermera joven la reconoció.
—¿Buscas al inspector Carles Pons? —preguntó con una sonrisa amable—. Ya no está aquí. Lo han llevado a planta. Habitación 303.
Clara sintió un alivio cálido recorrerle el pecho.
—Gracias —murmuró.
Se dirigió al ascensor, pero el aparato parecía detenerse en cada planta, avanzando con una lentitud desesperante. Clara miró el panel luminoso, vio cómo el número cambiaba con una parsimonia irritante… y perdió la paciencia.
Empujó la puerta de las escaleras y subió a pie.
Al llegar a la tercera planta, abrió la puerta con un leve temblor en las manos. El pasillo era largo, silencioso, iluminado por luces blancas que proyectaban sombras suaves en el suelo. Clara avanzó despacio, mirando los números de las habitaciones de reojo.
310.
309.
308.
Su respiración se aceleraba. Tenía la tentación de correr, pero se contuvo.
307.
306.
305.
304… Ya casi estaba
303.
La puerta estaba cerrada. Clara se detuvo un instante, respiró hondo y llamó suavemente.
—Adelante —respondió una voz conocida, algo ronca.
Clara abrió la puerta.
Carles estaba tumbado en la cama, medio incorporado con el respaldo reclinable, Clara se fijó en el vendaje visible bajo la bata del hospital. Tenía mejor aspecto del que ella había imaginado. Más color en la piel y una sonrisa en el rostro.
Clara dio dos pasos rápidos y se lanzó a abrazarlo. Carles soltó un gruñido de dolor, pero sonrió al mismo tiempo.
—Tranquila, que aún estoy entero, duele un poco, pero solo cuando una artista se me lanza encima sin piedad —bromeó.
Clara soltó una risa ahogada, y una lágrima le cayó por la mejilla.
Carles la secó con el pulgar, despacio, como si temiera romperla.
—Clara… —susurró—
—Creí que te perdía —confesó ella, bajando la mirada—. Creí que… —pero la voz se le quebró.
Carles le tomó la mano, firme pero suave.
—Eh… mírame —dijo.
Ella levantó los ojos, húmedos, brillantes.
—Sigo aquí. No me voy a ninguna parte. No te será tan fácil librarte de mí.
Clara sonrió, esa sonrisa pequeña y dulce que solo él conseguía arrancarle, des de que eran unos críos.
Pero entonces vio cómo la expresión de Carles cambiaba.
Se volvió seria.
Profunda.
Casi vulnerable.
—Clara… —empezó, tragando saliva—. Cuando me dispararon… pensé que era el final. Y en ese instante… lo único que lamenté fue no haberte dicho algo que llevo demasiado tiempo callando.
Clara sintió que el corazón se le aceleraba.
—Carles… —susurró—. ¿Qué quieres decir?
Él respiró hondo, como si se preparara para saltar al vacío.
—Te quiero, Clara.
Hizo una pausa, apretó su mano.
—Te quiero, desde hace tiempo, pero no me atrevía a decirlo, temía que al decirlo pudiera perderte, pero la vida me ha dado una segunda oportunidad y la voy a aprovechar, no debería haber lugar para los miedos, ni los quizás.
Clara se quedó inmóvil, como si el mundo se hubiera detenido alrededor de la cama.
Carles continuó, con la voz rota por la sinceridad:
—Cuando estaba en el suelo… sangrando… pensé que no iba a poder decírtelo nunca. Pensé que me iría sin que lo supieras. Y eso… eso me dolió más que el disparo.
A Clara se le escapó una risa entre lágrimas, una mezcla perfecta de alivio y emoción.
—Ya era hora… —dijo, intentando imitar el tono irónico, que tan a menudo usaba Carles con ella—. Sí que has tardado.
Carles soltó una carcajada suave, que terminó en un gesto de dolor, pero no le importó.
Clara lo abrazó con cuidado, apoyando la frente en su mejilla.
—Yo también te quiero —susurró, tan cerca que él pudo sentir el calor de sus palabras.
Carles cerró los ojos, como si esas cuatro palabras fueran un bálsamo.
Se besaron y acariciaron despacio, sin prisa, como si el tiempo les perteneciera.
Después, Clara se acomodó a su lado en la cama, y él la rodeó con el brazo bueno, acercándola más.
Y así, abrazados, con los corazones latiendo al mismo ritmo, se quedaron dormidos sin darse cuenta.
Por primera vez en días, ambos se sintieron seguros.
En paz.
Y profundamente felices.