El susurro del mármol CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

Clara lo miró fijamente.

—Entonces… tenemos por dónde empezar.

Matteo asintió.

Clara sintió cómo la adrenalina le recorría el cuerpo. Por primera vez desde el tiroteo, tenían algo. Una dirección en la que seguir. Un nuevo punto de partida.

—Tenemos que avisar a Martorell —dijo con voz firme—. Necesitamos ayuda. Los alrededores de Girona están llenos de pinares. Este hallazgo nos acota la zona, pero aun así sigue siendo demasiado grande para nosotros solos.

Matteo dejó la bicicleta en su sitio, se incorporó y asintió.

Clara salió del cobertizo con el móvil ya en la mano.

El sol de la mañana le golpeó el rostro mientras marcaba el número del comisario. Matteo la observaba en silencio, esperando.

—¿Sí? —respondió Martorell al segundo tono, con su voz grave y directa.

—Comisario, soy Clara. Hemos encontrado algo en la casa de Pietro —dijo ella sin rodeos—. Una bicicleta cubierta de una cantidad inusual de resina de pino. Más de la que se obtendría normalmente pasando por los senderos, Matteo cree que esta bicicleta ha pasado horas o quizá días, bajo un pinar.

Hubo un breve silencio al otro lado, como si Martorell procesara la información a toda velocidad.

—¿Estáis seguros?

—No hay pinos cerca de la casa. Esto significa que Pietro ha estado moviéndose por alguna zona de pinares, donde probablemente tenga un refugio o un escondrijo.

Martorell soltó un gruñido que Clara interpretó como aprobación.

—Bien. Esto es más de lo que teníamos hace una hora. Seguid investigando e informadme si tenéis más novedades. Yo me encargo de movilizar a toda la comisaría, vamos a peinar todos los pinares hasta dar con él.

—Gracias —respondió Clara.

Colgó. Matteo la miró, expectante.

—¿Qué ha dicho?

—Que nos pongamos en marcha —respondió ella. Y que va a mover cielo y tierra para encontrarlo.

Martorell dejó el teléfono sobre la mesa con un golpe seco.

Se levantó de su silla, abrió la puerta de su despacho y salió a la sala de operaciones con paso decidido.

Los agentes que trabajaban en sus escritorios levantaron la vista al verlo aparecer con ese gesto que todos conocían: algo importante había ocurrido.

—¡Atención! —tronó su voz, resonando por toda la sala.

El murmullo se apagó de inmediato.

—Tenemos novedades del caso —continuó, avanzando hacia el centro de la sala—. Creemos que Pietro Fiore puede hallarse escondido en una zona rodeada de pinares. Sé que no es mucho, pero es más de lo que teníamos. Y vamos a tirar de este hilo hasta el final.

Los agentes intercambiaron miradas tensas, expectantes.

—Movilizaos —ordenó Martorell—. Empezad por las zonas de pinar menos transitadas. Hablad con los payeses de la zona. Preguntad a cualquier persona que encontréis en el bosque si ha visto a Pietro. Llevad fotos suyas, para que puedan identificarlo al instante si es preciso.

Un par de agentes ya estaban levantándose, en busca de sus chaquetas.

—Reuníos con los guardas forestales. Pedidles ayuda y opinión para decidir qué zonas debemos cubrir primero. Quiero saber dónde hay refugios, cabañas libres, cualquier estructura donde pueda esconderse. No dejéis ni un rincón sin revisar.

La comisaría se alborotó de golpe. Sillas moviéndose, teléfonos sonando, botas golpeando el suelo. Todos se pusieron en marcha, encabezados por un Martorell que parecía dispuesto a recorrer él mismo cada metro de bosque si hacía falta.

De vuelta en el coche, Clara marcó el número de Joan mientras Matteo se abrochaba el cinturón. Joan respondió rápido, con su tono habitual, cálido y algo sorprendido.

—Clara, ¿todo bien?

—Dentro de lo que cabe, sí —respondió ella—. Necesito pedirte un favor. Es importante.

Joan guardó silencio unos segundos, atento.

—Dime.

—Creemos que Pietro podría estar escondido en alguna zona boscosa rodeada de pinares. No sabemos cuál, pero la bicicleta que tenía en la casa estaba cubierta de mucha resina.

—Ya… —murmuró Joan, procesando la información—. Y quieres saber por dónde empezar a buscar.

—Exacto. Tú conoces mejor que nadie los bosques de la zona. Corres por ellos cada semana. Quizá puedas orientarnos… o avisar a tu gente del club. Si salen a correr o en bici, que estén atentos a movimientos extraños. A alguien que no encaje. A cualquier cosa fuera de lugar.

Joan suspiró, pero no por cansancio: por preocupación.

—Claro que sí, Clara. Déjame pensar… —hubo un breve silencio—.

Hay zonas de pinar muy densas en la parte alta de Sant Miquel.

También en el camino viejo hacia la Mare de Déu del Mont.

Y más arriba, cerca de la torre de vigilancia.

Son sitios donde uno puede desaparecer, aunque son zonas que pueden estar concurridas, por lo que no creo que ande por allí, pero pensaré en ello e intentaré darte algunas ubicaciones.

—¿Puedes avisar a tus compañeros?

—Ahora mismo —respondió Joan—. Les mandaré fotos de Pietro y les diré que estén atentos. Si alguien lo ve o tiene una tímida sospecha, por pequeña que sea, te llamo al instante.

Clara sintió un alivio tenue, pero real.

—Gracias, Joan.

—Gracias a ti Clara, de verdad, debemos encontrar a ese asesino, por Alba y por todas las víctimas y personas a las que ha hecho sufrir —respondió él—. Y Clara… tened cuidado ahí fuera.

—Vosotros también, ella colgó, respiró hondo y miró a Matteo.

—Tenemos más refuerzos —dijo.

Matteo asintió.

Cuando Pietro llegó al corazón de Girona.

El sol caía perpendicular sobre las piedras antiguas, arrancando destellos dorados de las fachadas y llenando las calles estrechas de un brillo casi irreal.

A simple vista, parecía un turista más: caminaba despacio, con las manos en los bolsillos, deteniéndose de vez en cuando para observar un edificio, una escultura, un arco medieval.

Se diluía entre la gente con una naturalidad inquietante.

Pero bajo esa apariencia tranquila, su mente era un torbellino silencioso. Sus ojos, atentos, recorrían cada rostro, cada gesto, cada sombra. No paseaba: cazaba.

Tras un rato deambulando por el casco antiguo, le entró el apetito y decidió entrar en una taberna, era una taberna rústica de esas que parecen detenidas en el tiempo.

El interior olía a madera vieja y a brasas recientes.

En las paredes colgaban utensilios de campo, botellas de ratafía y licores locales llenaban las estanterías, y una gran pizarra negra mostraba los platos del día escritos con tiza.

Las vinotecas iluminadas proyectaban un resplandor cálido sobre las mesas altas y los taburetes de madera.

Pietro eligió una mesa al fondo, desde donde podía ver toda la sala sin ser visto. No quería distracciones. Necesitaba estar alerta.

Pidió agua y un menú sencillo: huevos revueltos con jamón, una butifarra a la brasa con monchetas y, de postre, un xuixo. Comía despacio, como si cada bocado fuera parte de un ritual que lo mantenía en equilibrio.

Fue entonces cuando la vio.

Una joven entró sola en la taberna. Alta, rubia, con un aire extranjero que la hacía destacar entre los comensales locales.

Se sentó, aparentemente sin esperar a nadie, hecho que quedó confirmado una vez pidió comida solo para una persona.

Pietro la observó con la calma de quien analiza un bloque de mármol antes de empezar a trabajarlo.

Una pieza aislada. Un fragmento perfecto.

Y Pietro, que ya no tenía tiempo para patrones ni simbolismos, supo que quizá el destino acababa de poner ante él a su próxima víctima.

Continuó comiendo con parsimonia, alargando el tiempo para sincronizarse con ella. Cuando vio que la joven estaba terminando su plato, levantó la mano y pidió la cuenta para adelantarse. Pagó en efectivo, sin dejar rastro.

Cinco minutos después, una vez la chica hubo pagado la cuenta, Pietro salió tras ella, manteniendo siempre una distancia prudente.

La siguió por las callejuelas del casco antiguo. La joven se detenía en algunos escaparates, observaba artesanías, postales, pequeñas joyas hechas a mano. Pietro la estudiaba en silencio, atento a cada movimiento. Ella no parecía advertir su presencia.

Finalmente, la joven se detuvo frente a un edificio estrecho, con un cartel discreto, donde ponía «Hostal » . Sacó una llave, abrió la puerta y entró sin mirar atrás.