CAPÍTULO 11
El sol despuntaba tímidamente por detrás de las montañas, derramando un resplandor dorado sobre las copas de los árboles.
La luz avanzaba como un ejército silencioso, conquistando poco a poco la espesura del bosque hasta alcanzar la cabaña donde Pietro llevaba horas despierto.
No había logrado dormir: la noche había sido un desfile interminable de pensamientos afilados, de planes que se entrelazaban como sombras inquietas.
Los primeros rayos penetraron por las rendijas de la madera, iluminando su guarida con una calidez que él no sentía.
Permanecía sentado, inmóvil, con la mirada fija en un punto imaginario, como si en aquel rincón de penumbra pudiera descifrar el destino de su obra.
Sabía que ya no podía permitirse improvisar.
La policía lo buscaba, conocían su rostro, su nombre, su historia.
Cada paso debía ser calculado, cada movimiento medido con la precisión de un escultor que trabaja sobre un material frágil.
Y entonces, como si la luz del amanecer hubiera activado un resorte oculto en su mente, lo vio con absoluta claridad:
el escenario del próximo crimen .
Las murallas que serpenteaban detrás de la Catedral de Girona, un lugar antiguo, silencioso, apartado del bullicio nocturno.
Un enclave donde la piedra parecía guardar secretos centenarios y donde nadie interrumpiría su labor.
Allí, en ese rincón suspendido entre la historia y la sombra, podría dar forma a su siguiente «escultura».
La idea lo electrificó. Ya no podía permanecer más tiempo en la cabaña.
Era imprudente, sí, apenas habían pasado dos días desde el tiroteo con el inspector, pero su obra reclamaba continuidad.
Sentía que el final se acercaba, que el epílogo estaba a punto de escribirse, y debía concluirlo antes de desaparecer para siempre.
Se acabaron los disfraces, los sombreros, las pistas teatrales. A partir de ahora sería un hombre corriente, invisible, uno más entre la multitud. La normalidad sería su máscara más perfecta.
Preparó un café y lo bebió en silencio, mientras el vapor ascendía en espirales que parecían danzar con la luz del amanecer.
Luego salió al exterior. El aire frío le golpeó la piel pálida, cerró los ojos y respiró hondo, como si quisiera absorber la energía del bosque.
Cuando los abrió, su decisión estaba tomada.
Era hora de volver a la ciudad.
La cafetería empezaba a cobrar vida a esa hora.
La luz de la mañana entraba por los ventanales, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire como pequeños espectros.
Clara y Matteo se habían sentado en una mesa apartada, donde el murmullo lejano de la máquina de café apenas perturbaba el silencio que se había instalado entre ellos.
Clara sostenía su taza con ambas manos, buscando en el calor un ancla para ordenar sus pensamientos. Matteo, frente a ella, parecía más cansado que el día anterior; sus ojos tenían un brillo inquieto, como si hubiera pasado la noche en vela.
—Tenemos que empezar por lo básico —dijo Clara finalmente, con voz baja—. Si Pietro está escondido… ¿dónde podría haber ido? ¿En qué lugares podría sentirse seguro?
Matteo dejó la cucharilla sobre el plato con un leve tintineo.
—La montaña —respondió sin dudar—. Siempre que podía, escapaba a ella. Era su refugio. Decía que allí podía pensar, respirar… que la piedra y los árboles le hablaban más que las personas. Allí encontraba calma, inspiración… y silencio.
Clara asintió lentamente.
—Lo sorprendimos en su casa y a buen seguro se asustó y debió sentirse vulnerable. Lo lógico es que buscara un lugar donde refugiarse y sentirse a salvo. Un sitio donde nadie pudiera encontrarlo.
Matteo entrelazó las manos sobre la mesa, pensativo.
—Sí. Habría huido hacia la montaña. Siempre lo hacía cuando algo lo superaba. Allí se sentía invencible, como si el mundo no pudiera alcanzarlo. Y cuando regresaba… lo hacía con más fuerza y más determinación.
Clara lo observó unos segundos, calibrando cada palabra.
—¿Crees que podría haberse ido? —preguntó al fin—. ¿Que haya abandonado Girona?
Matteo levantó la mirada. En sus ojos había una certeza inquietante.
—No. Pietro no se irá. No ahora.
—¿Por qué estás tan seguro?
Matteo respiró hondo, como si las palabras le pesaran.
—Porque su obra no está concluida. Y Pietro jamás deja nada a medias. Ni, aunque le cueste la libertad… ni aunque le cueste la vida. Él necesita un final. Necesita cerrar el círculo. Hasta que no lo haga, no se marchará de aquí.
Un escalofrío recorrió la espalda de Clara.
—Entonces crees que seguirá matando si no lo detenemos… ¿Cómo puedes estar tan seguro de que no se haya ido?
—En su libro de bocetos quedan dos esculturas —confirmó Matteo—. Y él nunca deja un proyecto incompleto. Cuanto más cerca siente el final, más peligroso se vuelve. Más rápido. Más impredecible. No creo que permanezca mucho tiempo en su refugio. No tardará en dejarse ver de nuevo.
Clara apretó la taza entre las manos, como si temiera que el frío del mundo pudiera colarse entre sus dedos.
—Tenemos que encontrarlo antes de que actúe otra vez.
Matteo asintió, con una gravedad que parecía hundirlo en la silla.
—Y lo haremos. Pero para atraparlo… primero debemos entender cómo piensa. Eso es lo único que puedo ofrecerte, Clara. Conozco sus miedos, los posibles lugares donde puede sentirse a salvo, sus obsesiones. Si seguimos ese rastro… lo encontraremos.
Clara lo miró fijamente, sin parpadear.
—Entonces empecemos por las montañas próximas a la casa que tenía alquilada. Escudriñemos la zona. Hablemos con los vecinos de las masías. Alguien debe haber visto algo estos últimos días.
Ambos se levantaron. Matteo se adelantó y pagó la cuenta. Clara lo observó y le dio las gracias con la mirada. En el fondo, se sentía aliviada de tener a su antiguo profesor a su lado en ese momento. No estaba sola. No ahora que Carles luchaba por recuperarse.
Clara y Matteo subieron al coche y emprendieron el camino hacia la casa que Pietro había tenido alquilada.
La carretera serpenteaba entre árboles desnudos, y el aire frío de la mañana parecía espesarse a medida que avanzaban.
Cuando llegaron, el silencio del lugar resultaba casi inquietante, como si la casa misma contuviera la respiración.
Aparcaron en el patio y bajaron del coche. Clara avanzó unos pasos hasta el porche, donde se detuvo. Necesitaba reconstruir en su mente cada instante de aquella tarde. Cada sonido. Cada sombra. Cada gesto.
Se quedó inmóvil, con la mirada fija en un punto indefinido del horizonte.
Matteo dio un paso hacia ella, dispuesto a hablar, pero Clara levantó una mano sin apartar la vista del vacío.
No quería interrupciones. Estaba sumergiéndose en su memoria, intentando revivirlo todo con la precisión de un relojero.
Las imágenes regresaron con una nitidez dolorosa: el disparo, la sangre, la carrera desesperada, el rostro de Pietro deformado por la furia.
Todo se desplegaba ante ella como una escena proyectada en la oscuridad de su mente.
Pero por más que rebuscaba entre los recuerdos, no encontraba nada nuevo.
Nada que se le hubiera escapado. La única pista seguía siendo la misma: la dirección en la que Pietro había huido.
Finalmente, parpadeó y volvió al presente. Miró a Matteo.
—Vamos a entrar —dijo con voz firme—. Revisaremos la casa otra vez. Esta vez lo haremos nosotros. La policía forense habrá hecho su trabajo, pero… nosotros conocemos a Pietro. Sabemos cómo piensa. Cómo se mueve. Quizá encontremos algo que ellos pasaran por alto.
Matteo asintió sin decir palabra. Había en su mirada una mezcla de respeto y preocupación.
Clara avanzó hacia la entrada. La cinta policial seguía ondeando débilmente con la brisa, como un recordatorio de lo que había ocurrido allí. La levantó con cuidado y ambos cruzaron el umbral.
El interior de la vivienda los recibió con un silencio denso, casi opresivo. El aire olía a madera vieja, a polvo removido, a algo que se había detenido en el tiempo. Clara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Busquemos —murmuró.
La casa aún conservaba el eco del miedo que había albergado a penas unos días atrás.
Clara avanzó por el pasillo con paso lento, observando cada rincón con una atención meticulosa.
Matteo la seguía en silencio, dejándole espacio, consciente de que su mente estaba reconstruyendo cada detalle de aquella tarde.
Llegaron al pequeño cobertizo adosado a la vivienda.
La puerta estaba entreabierta, Clara la empujó con suavidad y al entrar, un olor tenue a metal oxidado, humedad y tierra mojada los recibió.
Dentro, entre herramientas viejas y cajas apiladas, descansaba una bicicleta de montaña al fondo del cobertizo.
—Estoy segura de que la policía la vio —murmuró Clara—. Pero no deberían haber encontrado nada relevante. Al menos no aparecía en el informe… por lo que no debieron darle importancia.
Matteo se acercó despacio, como si temiera perturbar algo invisible. Se agachó junto a la bicicleta y pasó los dedos por el cuadro. Al retirarlos, observó la yema de sus dedos con el ceño fruncido.
—Mira esto —susurró.
Clara se inclinó a su lado. Sobre la pintura negra había pequeños puntos brillantes, casi imperceptibles, como diminutas gotas solidificadas.
—¿Qué es? —preguntó.
Matteo acercó la nariz y aspiró con cuidado.
—Resina —respondió—. Resina de pino.
Clara frunció el ceño.
—Pero aquí no hay pinos.
Matteo asintió lentamente, como si la pieza del rompecabezas acabara de encajar en su mente.
—Exacto. Y no es poca cantidad. Mira… —señaló el cuadro—. Hay demasiada para que sea casual. Esto no es de pasar puntualmente por un sendero. Esto es de haber estado horas bajo un pinar. Quizá días.
Un leve estremecimiento recorrió a Clara.
—¿Entonces podría ser que Pietro tenga su escondite en un bosque de pinos cercano?
—Sí —respondió Matteo—. Como te dije, Pietro siempre busca refugio en la montaña. Esta vez no habrá sido distinto.