Capítulo 10 #3
En un último intento por hacerlo recapacitar, Matteo le dejó sobre la mesa una pequeña escultura de un ángel, tallada en mármol de Carrara, de unos veinte centímetros de altura que había guardado largo tiempo.
Pietro se quedó confundido, como si la figura despertara recuerdos enterrados.
Matteo le dijo que era lo último que él, Pietro, había esculpido en la Academia, que debía reconocer la delicadeza y la belleza de aquella obra, porque eso era lo que él era capaz de hacer, ese era su don.
Pero Pietro enrojeció de furia. Recordó la Academia, recordó a Clara, recordó todo lo que había marcado su vida desde entonces, y estrelló la figura contra el suelo, ante la mirada incrédula y asustada de los otros clientes del bar.
Matteo, entre asustado y decepcionado, se levantó y dijo:
—Adiós, Pietro. No puedo hacer más por ti.
Giró sobre sí mismo y salió al sol abrasador del mediodía, dejando atrás a un hombre que ya no reconocía.
Pietro se quedó sentado, inmóvil, con la mirada fija en la figura esparcida por el suelo, recogió los pedazos y se marchó.
De vuelta al presente, Matteo explicó que cuando se enteró de un asesinato en Girona con tintes artísticos, algo en su interior se agitó.
Recordó aquella conversación y decidió investigar.
Y entonces lo vio: un trozo de mármol apareció como pista en el primer crimen.
Reconoció al instante la cabeza del ángel, la misma figura que Pietro había destrozado en Sevilla.
Recordó también que, en Roma, un par de meses atrás había encontrado un fragmento de mármol en su piso, al que no dio importancia, pero que lo inquietó, incluso llegó a avisar a la policía ya que alguien había allanado su casa, pero no había nada revuelto, no faltaba nada, solo la pieza de mármol inerte sobre la mesa.
Pero al ver la cabeza del ángel en el lugar del crimen, comprendió que aquel trozo de mármol que halló en su piso era parte de aquel ángel convertido en pedazos. Pietro lo había dejado allí, como una señal, como un aviso de que su proyecto macabro había comenzado.
Matteo se quedó helado. Ya ha empezado… pensó. El plan de Pietro se está materializando.
—Por eso decidí venir a Girona —concluyó, con la voz quebrada—. Para buscarlo.
Clara y Martorell se miraron en silencio. La tensión era palpable. ¿Podían confiar en Matteo? ¿Era realmente un aliado, o solo otro peón en el juego retorcido de Pietro?
El silencio en el despacho era denso, casi irrespirable. Clara y Martorell se miraron un instante, y fue el comisario quien rompió la quietud con voz grave:
—¿Por qué lo dices ahora, Matteo? ¿Por qué no lo contaste desde el principio, cuando te tuvimos aquí?
Clara reforzó la pregunta con una mirada penetrante, como si quisiera arrancar la verdad directamente de sus ojos.
Matteo bajó la cabeza, sus manos aferradas al maletín como si fuera un salvavidas.
—Pensé en acudir a la policía, claro que lo pensé…
—dijo con voz temblorosa—. Pero entonces caí en la cuenta de que Pietro había estado en mi casa.
Ese trozo de mármol que dejó… ¿y si era una amenaza?
¿Y si era su forma de decirme que yo podía ser una de sus víctimas?
Una especie de aviso de «cortesía» macabro de lo que me esperaba.
Clara frunció el ceño, inquieta. Martorell se inclinó hacia adelante, sin apartar la mirada de Matteo.
—Y después empezaron a perseguirme —continuó Matteo—.
Ahora sé que erais vosotros, tú, Clara y el inspector, pero en aquel momento no lo sabía.
Temía por mi vida. Por eso fingí estar en Cataluña buscando una sustituta para mi puesto en la Academia.
Necesitaba una coartada, algo verosímil que pudiera contarle a Pietro si me capturaba.
No podía aparecer como alguien que lo estaba siguiendo, que lo pudiera delatar o intentar detener, debía parecer un profesor ocupado en sus asuntos, nada más.
Se hizo un silencio pesado. Clara lo observaba con mezcla de incredulidad y compasión. Martorell, más frío, tamborileaba los dedos sobre la mesa, evaluando cada palabra.
—Así que todo este tiempo… —dijo Clara, con voz baja pero firme—. Todo este tiempo sabías que Pietro había empezado su plan, y aun así decidiste callar.
Matteo levantó la mirada, con los ojos vidriosos.
—Sí, callé por miedo. Miedo a que, si hablaba demasiado pronto, Pietro me encontrara antes de que pudiera encontrarlo yo.
Martorell se recostó en la silla, cruzó los brazos.
—El problema, Matteo, es que ahora necesitamos decidir si tus palabras nos son de ayuda o una distracción.
El aire en el despacho se tensó aún más. Clara sentía que cada frase de Matteo podía ser la clave para entender a Pietro, pero también podía ser otra trampa o artimaña en este juego.
Martorell lo observó con una mirada dura, como si quisiera atravesar sus palabras y llegar hasta el fondo de su conciencia.
—Bien, Matteo —dijo con voz grave—. Ya nos has contado tu historia, pero si de verdad esperas que confiemos en ti, necesito algo más que recuerdos y sospechas. ¿Sabes cómo podemos detenerlo? ¿Tienes alguna idea de dónde podría estar escondido ahora?
El silencio volvió a llenar el despacho tras las preguntas de Martorell. Clara aguardaba con el ceño fruncido, expectante, mientras el comisario mantenía la mirada fija en Matteo, como si quisiera arrancarle la respuesta de los labios.
Matteo respiró hondo, y finalmente habló:
—No… no sé cómo detenerlo. Tampoco sé con certeza dónde puede esconderse.
Las palabras cayeron pesadas, como un jarro de agua fría. Clara apretó los labios, decepcionada, y Martorell se recostó en la silla de nuevo con gesto severo. Pero antes de que el silencio se volviera definitivo, Matteo continuó:
—Lo que sí puedo hacer es ayudar. Mientras el inspector se recupera, puedo estar al lado de Clara. Formar un equipo de investigación, aportar lo que sé de Pietro, de su mente, de su manera de pensar. No quiero quedarme al margen. También tengo una responsabilidad que asumir en toda esta historia.
Clara lo miró con desconfianza, pero también con una chispa de reconocimiento: sabía que, por retorcida que fuera su relación con Pietro, Matteo lo conocía mejor que nadie.
Martorell, aún serio, no respondió de inmediato.
Se limitó a observarlos a ambos, consciente de que aquella alianza podía ser tan peligrosa como necesaria.
El despacho quedó en silencio. Afuera, la comisaría seguía vibrando con actividad, cada agente enfocado en la caza de Pietro. Dentro, en ese pequeño espacio, se había sellado una decisión que marcaría el rumbo de la investigación: Clara y Matteo, unidos por necesidad, se convertirían en un equipo.