El susurro del mármol Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Clara recorrió el pasillo, el mismo por el que horas antes había despedido al comisario Martorell.

Giró a la derecha y se detuvo frente a los ascensores.

Pulsó el botón y esperó en silencio. Cuando las puertas se abrieron, entró junto a otra mujer, mayor que ella, con un aspecto igual de cansado, marcado por la fatiga y la tristeza.

Clara la miró de reojo y se preguntó qué historia habría detrás de aquel rostro abatido, qué dolor la habría llevado hasta allí.

Al salir a la calle, el aire frío la envolvió.

Inspiró profundamente, dejando que el oxígeno despejara su mente.

El sol brillaba con intensidad, bañando la ciudad en una luz clara y limpia, como si quisiera borrar la tormenta del día anterior.

El invierno seguía presente, pero el cielo prometía un día soleado.

Frente al hospital, la parada de taxis esperaba.

A esa hora aún no había mucho ajetreo y Clara pudo subirse al primero disponible sin hacer cola, agradeciendo el silencio y la discreción del conductor.

No quería molestar al comisario ni a nadie para que la vinieran a buscar.

Necesitaba un momento de soledad, un trayecto en silencio, para recomponerse antes de volver a enfrentarse al mundo.

Clara subió las escaleras con pasos pesados, cada peldaño parecía multiplicar el cansancio acumulado en su cuerpo.

Mientras ascendía, rebuscaba en el bolso las llaves de su piso, palpando con torpeza entre papeles y objetos hasta que finalmente las encontró.

El sonido metálico al girar la cerradura fue casi un alivio físico: por fin estaba en casa.

Al cerrar la puerta tras de sí, comenzó a desvestirse sin pensar, dejando la ropa caer en el suelo como si se desprendiera de todo el peso invisible que había cargado en las últimas horas. Necesitaba un baño urgente, un refugio de agua caliente, como si sintiera la necesidad de purificarse.

La bañera comenzó a llenarse, y el vapor se expandió lentamente por la estancia, cubriendo los azulejos con una neblina suave.

Clara se quedó embobada mirando cómo el nivel del agua subía, fascinada por la sencillez de aquel movimiento.

Por primera vez en mucho tiempo, su mente se apagó.

No pensaba en Carles, ni en Pietro, ni en los crímenes.

Solo en el agua que ascendía, en el sonido constante del grifo, en el calor que empezaba a envolverla.

Cuando el nivel alcanzó la altura suficiente, se metió en la bañera y se dejó llevar.

Permaneció allí largo rato, inmóvil, con la mente en blanco, como si el agua hubiera borrado cada pensamiento.

Media hora después, emergió con energía renovada.

Se enjabonó con calma y se aclaró el cuerpo, sintiendo cómo el cansancio se desprendía de su piel junto con la espuma.

Al salir, el baño estaba cubierto por una neblina espesa.

El cristal del espejo, completamente empañado, no reflejaba nada.

Clara abrió la ventana y dejó que el aire frío entrara, disipando poco a poco la humedad acumulada.

Mientras se cepillaba los dientes, el espejo comenzó a revelar de nuevo su rostro: cansado, marcado por la tensión, pero ahora con una chispa distinta en los ojos.

El descanso había quedado atrás. Su mente ya no estaba en el baño ni en el alivio momentáneo, sino en Pietro.

En capturarlo. En poner fin a la pesadilla.

Se vistió con premura, recogió lo imprescindible y salió de casa con paso decidido.

Caminaba con firmeza hacia la comisaría, con la esperanza de que allí, entre informes y llamadas, hubiera alguna novedad que los acercara al asesino.

Clara atravesó las puertas de la comisaría, aunque en su interior aún pesaba el cansancio acumulado.

Lo que la sorprendió fue el ambiente que encontró: lejos de la tristeza o el abatimiento que esperaba tras el tiroteo del día anterior y el compañero herido, los rostros de los agentes estaban llenos de vitalidad.

Cada uno parecía concentrado al máximo en su labor, enfocados en un único objetivo: atrapar a Pietro.

La tensión se había transformado en energía, en una determinación compartida que impregnaba cada rincón del edificio.

Mientras avanzaba por el pasillo en dirección al despacho de Martorell, las miradas se cruzaban con las de otros policías.

No hacían falta palabras: cada gesto, cada mirada, era un mensaje de ánimo.

Clara respondía a cada uno de ellos con un leve movimiento de cabeza, un gesto sutil que agradecía silenciosamente el apoyo.

Esa complicidad muda la reconfortaba, le recordaba que no estaba sola en la lucha.

Al llegar al despacho, Martorell la recibió con un gesto serio pero cercano.

Tras una breve charla informal, en la que Clara le explicó cómo había pasado la noche Carles y cómo seguía estable en el hospital, se pusieron de inmediato a trabajar.

El comisario desplegó sobre la mesa los informes más recientes y habló con voz firme:

—De momento no tenemos ninguna pista clara, pero Pietro no puede andar muy lejos.

Ayer apostamos controles en todas las carreteras, es imposible que haya salido de la zona.

Lo tenemos cercado, aunque no sepamos dónde se esconde.

De momento disponemos de las huellas de los neumáticos que dejó en el barro y sabemos la marca y modelo exactos.

Hemos decidido ampliar la búsqueda hacia la montaña.

Los agentes forestales nos están ayudando; nadie mejor que ellos, que conocen cada rincón de la zona, para cubrir ese terreno.

Clara asintió, sintiendo cómo la esperanza se mezclaba con la ansiedad. La idea de Pietro escondido en algún lugar cercano la mantenía alerta, como si en cualquier momento pudiera aparecer y actuar de nuevo.

Al cabo de un rato, la rutina de la comisaría se vio interrumpida.

Matteo d’Alessandro cruzó la puerta principal.

Algunos agentes lo reconocieron de inmediato: había estado detenido allí durante cuarenta y ocho horas como sospechoso de los asesinatos, y su presencia no pasaba desapercibida.

Preguntó por Clara o por el comisario Martorell, insistiendo en que necesitaba hablar con ellos.

El policía de recepción, desconcertado, le pidió que esperara, que no sabía si estaban disponibles.

Matteo, con voz apremiante, aclaró que era urgente.

El agente se dirigió al despacho y llamó a la puerta. Martorell levantó la vista, molesto por la interrupción, y lo atravesó con la mirada.

—¿Qué ocurre? —preguntó con sequedad.

—El tal Matteo d’Alessandro está en la recepción —respondió el policía—. Dice que quiere hablar con ustedes. Insiste en que es urgente.

Clara y Martorell cruzaron una mirada rápida, cargada de significado.

Sin decir nada más, ambos se levantaron y caminaron hacia la entrada.

Allí, sentado en una de las sillas, estaba Matteo.

Sujetaba con fuerza su maletín, ese objeto del que nunca se desprendía, como si fuera una extensión de sí mismo.

Su rostro mostraba tensión, y sus ojos buscaban a Clara con una urgencia que no dejaba lugar a dudas: algo importante estaba a punto de revelarse.

Matteo comenzó con voz grave, casi contenida, diciendo que había escuchado por televisión lo sucedido con Carles y que lo lamentaba profundamente.

Añadió que había venido a ayudar en lo que pudiera, y que tenía información importante que revelar.

Clara y Martorell se miraron de reojo, dudando si fiarse de él o no.

—¿Podemos hablar en un sitio más tranquilo? —pidió Matteo, con un tono que mezclaba urgencia y súplica.

Martorell lo observó unos segundos, calibrando cada gesto, y finalmente respondió con sequedad:

—Estaremos mejor en mi despacho.

Con un ademán les indicó que lo siguieran. Los tres se sentaron, y Clara y Martorell clavaron sus ojos sobre Matteo, como intentando penetrar en su mente, esperando que hablara sin necesidad de preguntas.

Matteo respiró hondo y comenzó desde el principio:

—No es casualidad que esté en Girona al mismo tiempo que Pietro.

Todo se remonta a nuestro encuentro en Sevilla.

Allí me encontré con un Pietro que no conocía.

Al principio parecía estar bromeando, pero no paraba de hablar sobre la escultura…

y sobre qué pasaría si, en vez de esculpir mármol, esculpiera sobre carne.

Decía que, en el mundo del arte, y en concreto en la escultura, ya no tenía cabida, que quería inventar una nueva disciplina en la que él fuera el precursor: el escultor de la carne humana.

Clara se tensó al escuchar esas palabras. Martorell frunció el ceño, incrédulo, pero atento. Matteo prosiguió, relatando la conversación que había tenido con Pietro en un bar de Sevilla, unos meses atrás.

Le había preguntado a qué se refería exactamente con esa idea.

Pietro, con los ojos encendidos, le confesó que había tenido un sueño, una «iluminación» que lo había obsesionado.

Durante un tiempo había luchado contra ella, pero finalmente la abrazó: convertir la escultura en carne y hueso.

¿Cómo hacerlo? Asesinando y dejando los cadáveres dispuestos emulando formas escultóricas y dejarlos expuestos en lugares públicos.

Matteo se estremeció al recordar aquel momento.

Intentó quitar hierro al asunto, diciéndole que no dijera sandeces, que el calor de Sevilla le había frito el cerebro. Le recordó que era un buen escultor, que podía renacer, que aún era joven y podía hacer crecer su arte. Pero Pietro se enfureció.

—¡Tú deberías apoyarme! —le gritó—. Fuiste mi maestro, tú me dijiste que dejara fluir mi imaginación sin barreras. Y ahora me vienes con eso de encontrar mi camino de nuevo en el mármol… ¡El camino ya lo he encontrado, viejo!