El susurro del mármol Capítulo 10
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Capítulo 10

La tarde se había desvanecido por completo cuando la ambulancia arrancó con Carles en su interior.

El inspector estaba sedado, pero la sangre seguía manando con violencia, y la bala incrustada en su cuerpo exigía una operación inmediata.

El vehículo avanzaba a toda velocidad, adelantando coches que se apartaban al escuchar las sirenas, mientras el cielo se oscurecía como un manto que amenazaba tormenta.

Las primeras gotas se precipitaron en tromba, golpeando el parabrisas con tal fuerza que los limpiaparabrisas apenas podían evacuar el agua.

El asfalto mojado reflejaba las luces titilantes de la ambulancia, creando destellos rojos que se multiplicaban en cada charco. Por momentos, la lluvia parecía querer perforar el techo del vehículo, como si la naturaleza misma se sumara a la violencia del día.

Al entrar por la rampa de urgencias, todo cambió. El estruendo de los coches, las sirenas y la lluvia del exterior se apagó de golpe, dando paso a un silencio absoluto que duró apenas unos segundos. La ambulancia se detuvo, las puertas se abrieron y un equipo médico esperaba ya preparado.

Descargaron la camilla con rapidez y la empujaron por los pasillos del hospital, dirección al quirófano.

Carles, medio sedado, mantenía los ojos entreabiertos; veía borroso, pero alcanzaba a distinguir el desfile rítmico de fluorescentes en el techo, que se sucedían uno tras otro como testigos mudos de su avance.

El ritmo de las luces era hipnótico, un compás frío que lo acompañaba hasta que, finalmente, todo se volvió negro.

La consciencia lo abandonó sin saber si regresaría o se perdería para siempre.

Clara llegó poco después, conduciendo el coche patrulla a toda velocidad. A su lado, en el asiento del copiloto, Martorell permanecía con la mirada fija en un punto invisible, perdido en sus pensamientos. Aparcaron frente al hospital y entraron sin demora.

En el mostrador de urgencias preguntaron por Carles; acababa de entrar en el quirófano respondió el chico que los atendió, ahora no pueden hacer más, deben esperar en la sala de espera.

Se sentaron en la sala contigua, inmóviles, como dos esculturas de mármol cinceladas con un realismo doloroso. No pestañeaban, no hablaban, apenas respiraban.

El tiempo se escurría como las gotas que resbalaban por el cristal del ventanal de la sala de espera, cada minuto más pesado que el anterior.

Clara, atrapada en ese letargo, sintió de pronto un rugido en su estómago.

Fue un recordatorio físico de que no había comido nada desde el mediodía, y ya era la hora de cenar.

Su cuerpo reclamaba algo sólido para seguir adelante.

Se levantó despacio y miró a Martorell.

—¿Quieres que te traiga algo? —preguntó.

El comisario reaccionó con un leve movimiento de cabeza, como si volviera de un sueño.

—Un café con leche… y mucho azúcar, por favor.

Clara asintió y se dirigió a las máquinas dispensadoras. Compró un sándwich de pavo, lechuga y tomate, y luego se plantó frente a la máquina de café. Sacó uno para Martorell y otro para ella. La noche sería larga, y necesitaban fuerzas y cafeína para resistirla.

Llevaban ya cuatro interminables horas en la sala de espera. La tensión era insoportable, cada minuto que pasaba parecía una eternidad. Finalmente, la puerta se abrió y apareció el doctor. Su rostro serio se suavizó al verlos.

—La operación ha ido bien —dijo con voz firme—.

Hemos podido extraer la bala y limpiar los huesos astillados.

La trayectoria estuvo a punto de ser mortal: por unos milímetros no rozó el corazón y el pulmón.

Se ha librado por poco. Tiene dos costillas rotas, varias fisuras en el esternón y desgarros musculares.

Está fuera de peligro, pero necesita reposo absoluto.

Clara sintió cómo el aire volvía a sus pulmones.

—¿Podemos verlo? —preguntó, con la voz temblorosa.

El doctor negó con suavidad.

—No pueden molestarlo ahora. Pero sí pueden verlo des de fuera de la sala de observación.

Los acompañó por el pasillo hasta la sala.

Allí, tras el cristal, Carles descansaba.

Magullado, vendado, pero vivo y fuera de peligro.

Clara lo miró en silencio, con el corazón encogido.

Espero que te recuperes pronto , pensó. Se moría de ganas de abrazarlo, de besarlo, de cogerle la mano y decirle que estaba allí, que no lo dejaría solo y que todo saldría bien.

Martorell permanecía a su lado, serio, con los brazos cruzados. Ambos se quedaron de pie, contemplando al inspector, mientras la madrugada caía sobre ellos, haciendo mella en sus rostros exhaustos.

Clara, con el rostro marcado por el cansancio y la angustia, se acercó al médico y le preguntó si podía pasar la noche en el hospital.

No quería separarse de Carles, no en ese momento, no después de haberlo visto debatirse entre la vida y la muerte.

El médico la observó unos segundos, percibiendo en sus ojos la súplica silenciosa y en su expresión el desgaste de un día interminable.

Para sorpresa de ella, el médico accedió: uno de los dos podía quedarse en la habitación, junto a Carles.

Martorell, que había escuchado la conversación, giró la cabeza hacia ella. Su mirada era clara, casi paternal, y sin necesidad de palabras le dio a entender que debía ser ella quien se quedara. Con un tono grave, pero cargado de ternura, añadió:

—Yo aquí no puedo hacer nada más. Y si Carles despierta, seguro que preferirá ver tu rostro antes que el de un viejo gruñón como el mío.

Clara sonrió apenas, agradecida. Martorell se despidió, comunicándole que se llevaría el coche patrulla en el que habían llegado, pero que, si en algún momento necesitaba marcharse del hospital para recoger ropa o cualquier cosa, bastaba con avisarle: mandaría a alguien por ella.

Clara asintió con un gesto cansado y vio cómo el comisario desaparecía por la esquina del pasillo, rumbo a los ascensores.

Martorell condujo hacia su casa con el cuerpo en piloto automático. Su mente, sin embargo, estaba agitada, repasando una y otra vez lo sucedido, se imaginaba el tiroteo, la caída de Carles, la sangre, y su cuerpo se estremeció.

Cuando quiso darse cuenta, estaba ya frente al semáforo de su calle, sin recordar nada del trayecto. Giró a la derecha y entró en la rampa de acceso de su edificio, situado en la esquina entre la carretera de Barcelona y la calle Emili Grahit. Aparcó y subió en el ascensor hasta la séptima planta.

Vivía en un ático luminoso y amplio, junto a su mujer, que dormía profundamente.

Eran ya la una de la madrugada. Se quitó la ropa en silencio en el comedor y entró en la habitación procurando no hacer ruido.

Se acostó a su lado y, al verla allí, a salvo, sintió un alivio inmenso.

Esa sensación lo envolvió y lo arrastró hacia un sueño profundo.

En el hospital, Clara se acomodó en el sofá cama de la habitación de Carles.

Había pedido unas mantas y una almohada, y ahora se disponía a dejar atrás aquel terrible día.

Antes de cerrar los ojos, se levantó y se acercó a la cama.

Miró a Carles una última vez, revisó los monitores, se aseguró de que respiraba con normalidad y le dio un beso en la frente. Solo entonces se permitió tumbarse.

La oscuridad la envolvió, pero el descanso no fue plácido.

El sueño la atrapó con pesadillas que se entremezclaban con la realidad.

Pietro aparecía en ellas, su rostro deformado por la violencia.

Su mente reproducía una y otra vez el ataque a Carles, pero en sus sueños él no sobrevivía.

Clara se agitaba bajo las mantas, atrapada en un mundo de sombras donde la muerte parecía inevitable.

La madrugada avanzó, y aunque el hospital estaba en calma, dentro de ella la tormenta seguía rugiendo.

Los primeros rayos de sol se filtraban tímidamente por las cortinas de la habitación del hospital, dibujando líneas doradas sobre el rostro de Clara.

Se despertó lentamente, con la sensación de haber pasado una noche interminable.

No había descansado como hubiera querido, pero al abrir los ojos y comprobar que Carles seguía estable, respiró con alivio.

Miró el reloj: eran las 7:30. Se permitió recostarse de nuevo, cerrando los párpados por instantes, cayendo en pequeños sueños de apenas unos minutos, como si su cuerpo reclamara fragmentos de descanso que la noche le había negado.

A las ocho en punto, el sonido de pasos suaves anunció la llegada de dos enfermeros.

Entraron con profesionalidad y calma, revisaron el suero, ajustaron los equipos, verificaron los parámetros que parpadeaban en las pantallas.

Con delicadeza, invitaron a Clara a salir de la habitación para poder trabajar con tranquilidad.

Ella aprovechó ese momento para ir al baño, lavarse las manos y la cara.

Frente al espejo, se quedó unos segundos observándose: las ojeras le llegaban hasta el suelo, la piel pálida, el cabello alborotado.

Apenas se reconocía. Era como si el cansancio hubiera cincelado un rostro distinto, más duro, más frágil en el que no s3e reconocía.

Cuando regresó, los enfermeros ya habían terminado.

Clara les preguntó con voz baja si todo estaba correcto.

Ellos asintieron con la cabeza, transmitiendo calma.

Entonces, casi como si pidiera permiso, les dijo que necesitaba ir a su casa: ducharse, cambiarse de ropa, recuperar fuerzas, tampoco podía quedarse allí de brazos cruzados mientras Pietro seguía libre.

Los enfermeros le respondieron que se marchara tranquila, que ellos cuidarían de Carles, y que en cualquier caso allí no podía hacer mucho más.

Le tomaron el número de teléfono en la recepción de la planta, asegurándole que la avisarían de inmediato si había algún cambio en el estado del inspector.