Capítulo 9 #4
De vuelta a la planta baja, se percataron de una puerta que aún no habían abierto.
Al hacerlo, un golpe de aire húmedo y cargado les golpeó el rostro.
Una escalera de madera descendía hacia un sótano.
Bajaron despacio, cada crujido de la madera sonaba como si la escalera fuera a ceder.
Al llegar a bajo, encendieron una luz, una bombilla amarilla colgada del techo por un simple cable negro.
El espectáculo los heló: cadenas en la pared del fondo, tierra húmeda manchada de sangre, y una chaqueta.
Clara la reconoció al instante. Era la chaqueta de Alba.
Allí la había tenido retenida. Los ojos de Clara se anegaron y una lágrima resbaló hasta la comisura de sus labios, dejando un sabor salado que la devolvió al dolor de su amiga.
Mientras tanto, Pietro abandonaba el desván y descendía con sigilo hacia la planta baja. Su plan era claro: alcanzar el coche del cobertizo sin ser visto. Avanzaba por el pasillo, pasos cortos y suaves, consciente de que la puerta del sótano estaba cerca.
En ese mismo instante, Carles, al ver que no había nadie allí, tomó a Clara del brazo. No quería que ella pasara ni un segundo más en aquel lugar. Comenzaron a subir las escaleras. El destino los empujaba hacia el encuentro.
De repente, la madera bajo el pie de Pietro crujió. El sonido fue mínimo, pero suficiente para congelar el aire. Clara y Carles se detuvieron. La tensión se volvió insoportable, como si pudiera cortarse con un cuchillo. Carles miró a Clara, sacó su pistola. Pietro, al otro lado, hizo lo mismo.
El pomo de la puerta comenzó a girar y a abrirse.
Pietro lo observó, quedando oculto tras la puerta que se abría hacia su lado.
Aprovechó la ventaja: empujó con fuerza, la puerta golpeó a Carles, que cayó escaleras abajo llevándose por delante a Clara.
Ella, sujetándose a la barandilla, logró amortiguar la caída.
Pietro salió disparado por el pasillo, atravesándolo como un espectro. Carles se levantó de inmediato y corrió tras él, pero la distancia era insalvable. Pietro alcanzó el cobertizo, arrancó el coche y salió a toda velocidad.
Carles, llegó al porche jadeante, vio pasar el coche, levantó el arma y abrió fuego.
Pietro respondió desde el vehículo. El intercambio de disparos fue breve pero brutal.
Una bala alcanzó a Carles, que cayó al suelo justo cuando Clara salía por la puerta y vio el rostro de Pietro, fugaz, tras el volante, antes de perderse en el horizonte.
Clara corrió hacia Carles, se arrodilló junto a él y presionó la herida siguiendo sus indicaciones. El tiempo se volvió hielo, cada segundo era eterno.
Cinco minutos después llegaron los refuerzos y la ambulancia. Cinco minutos que para Clara fueron una eternidad. Carles fue trasladado de urgencia al hospital Josep Trueta, mientras ella, con las manos aún manchadas de sangre, veía cómo se lo llevaban, con el corazón desgarrado entre miedo y rabia.
Pietro había salido a toda velocidad tras el tiroteo, el coche acelerando bajo la lluvia como una bestia desatada.
Durante los primeros kilómetros mantuvo la velocidad al límite, el motor forzado y las ruedas levantando agua en cada curva.
Pero pronto comprendió que esa huida frenética lo delataría; aminoró la marcha, ajustó el volante y se mezcló con el tráfico como un conductor cualquiera.
Sabía que debía deshacerse del coche o esconderlo en algún lugar hasta que todo se calmara.
No podía arriesgarse a que reconocieran la marca y modelo en algún control de carretera.
Entonces decidió dirigirse a la cabaña que había visto semanas atrás, el mismo día que alquiló la casa. Apenas visible entre la vegetación, se alzaba en lo alto de una colina, a unos quince o veinte minutos de distancia.
Aquel día había decidido investigarla: un camino de tierra lo conducía hasta allí, fácil al inicio, pero cada vez más complicado a medida que se adentraba en el bosque. Aun así, había logrado llegar.
La cabaña estaba vacía, sin signos de vida, más bien parecía un pequeño almacén abandonado.
Pensó que, al ser invierno, nadie la usaría por lo menos hasta la primavera.
Fue entonces cuando decidió convertirla en su escondite secreto: compró provisiones, comida, agua, mantas, algo de leña…
todo lo necesario para resistir unos días si las cosas se torcían.
Pietro entró y cerró la puerta de la cabaña tras de sí.
El silencio del bosque lo envolvía, apenas roto por el golpeteo de la lluvia sobre el tejado.
Encendió un fuego en una esquina, observó cómo las llamas crecían y llenaban la estancia de un calor áspero, y se sentó frente a ellas.
Comió un trozo de pan con una lata de atún, masticando despacio, como si cada bocado fuera parte de un ritual de supervivencia.
Luego se recostó sobre las mantas, con la mirada fija en el fuego, y dejó que el cansancio lo venciera.
Necesitaba desaparecer unos días. Necesitaba que el mundo creyera que se había esfumado.