El susurro del mármol Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—La agencia me dijo que habían alquilado una casita rústica con terreno en Sant Julià de Ramis.

El contrato está a nombre de un tal Pedro Fernández.

Le pedí una descripción básica y… podría encajar con Pietro.

Le pregunté si iba acompañado, pero me dijeron que no.

Lo curioso es que, aunque el nombre era muy común y español, su acento no lo era.

Sonaba extraño, una mezcla entre italiano y andaluz.

Eso me alertó. Les pregunté si disponían de la documentación del cliente, y me dijeron que sí la tenían, pero que necesitaríamos una orden para revisarla ya que no pueden entregar información privada por la ley de protección de datos.

Carles la escuchó con atención, y al terminar, miró a Clara. Ambos se levantaron de golpe, como si la silla les quemara.

—¿Dónde está esa inmobiliaria? —preguntó con voz seca.

—Calle Migdia, número 25 —respondió Sandra.

Mientras salían del despacho como un vendaval, Carles le gritó por encima del hombro:

—¡Ves pidiendo una orden de registro!

El coche patrulla rugió bajo la lluvia, atravesando las calles con velocidad.

Dentro, el silencio era denso, cargado de pensamientos.

Clara miraba por la ventana, viendo cómo las gotas se estrellaban contra el cristal, y en su interior se repetía una pregunta que la atormentaba: ¿Qué haré cuando vea a Pietro?

¿Lo dejaré en manos de la justicia… o acabaré con él, aunque eso me cueste la libertad?

Carles, al volante, no decía nada. Pero su mandíbula apretada hablaba por él.

Al llegar a la inmobiliaria, entraron con paso firme. Carles mostró su identificación de policía y explicó brevemente la situación. Dos trabajadores estaban en la oficina: un chico y una chica. Fue ella quien levantó la mano mientras colgaba el teléfono.

—Ha hablado conmigo —dijo—. Soy Ariadna. Pueden sentarse.

Carles intentó persuadirla, explicándole que se trataba del asesino de mujeres que ya aparecía en los telediarios bajo el nombre de El Escultor .

Ariadna se quedó pálida, consciente de que podría haber estado cara a cara con el posible asesino el día que le enseñó la casa.

Pero, aun así, se mantuvo firme: no podía dar información privada sin la orden y sin avisar al gerente.

—Lo siento —dijo con voz temblorosa—. No puedo ayudarles. Pero llamaré a mi jefe.

Pocos segundos después apareció Francisco, un hombre corpulento y alto, con gesto serio. Carles lo puso en antecedentes, y él respondió con un tono grave:

—Les animo a que lo atrapen cuanto antes. Pero sin la orden, no puedo darles nada.

Hizo una pausa, y luego añadió, bajando la voz:

—Aunque… si por casualidad los tres —Ariadna, el otro chico y yo— estuviéramos reunidos en mi despacho con la puerta cerrada, podría suceder que no nos diéramos cuenta de que alguien ha entrado en la oficina, y quizá ese alguien encontrara un ordenador encendido y con acceso disponible.

Francisco guiñó un ojo a Carles, y los tres se retiraron discretamente.

Carles se sentó frente al ordenador de Ariadna.

Buscó en el sistema y, en cuestión de segundos, encontró la carpeta con el nombre de Pedro Fernández.

Abrió el contrato y anotó la dirección de la casa en su libreta.

Luego accedió al documento de identidad.

La foto mostraba a un hombre con gafas y bigote.

Clara, observando por encima de su hombro, sintió un escalofrío.

—Es él —susurró.

Carles asintió, con el rostro endurecido.

—Tienes razón. Es Pietro.

No había duda, pese al tímido camuflaje usado para generar la documentación falsa.

Guardaron la información sin decir nada más y salieron de la inmobiliaria. El aire frío les golpeaba el rostro, pero dentro de ellos ardía un fuego distinto: la certeza de que estaban cada vez más cerca.

Se dirigieron directamente hacia la finca de Sant Julià de Ramis.

La tarde acechaba y las luces del día poco a poco se desvanecían bajo la tempranera noche de diciembre.

La finca parecía dormida bajo la lluvia persistente, con el aire impregnado de humedad y silencio.

Clara y Carles, al llegar, avisaron a la comisaría: pidieron refuerzos y una ambulancia, por si dentro se encontraba alguna víctima retenida.

Pero la impaciencia los devoraba. Sabían que Pietro podía estar allí, y la idea de esperar resultaba insoportable. No podían arriesgarse a que escapara.

Avanzaron con cautela, inspeccionando el perímetro.

El terreno estaba encharcado, el porche mostraba un coche estacionado, vacío, y cada rincón parecía tranquilo, demasiado tranquilo.

Fueron cerrando el cerco hasta la casa, comprobando ventanas, buscando algún movimiento, pero nada se revelaba.

La puerta principal estaba cerrada con llave, y el silencio del interior era absoluto.

En el desván, Pietro había escuchado el motor del coche acercarse.

No esperaba visitas. Desde la pequeña ventana vio a Clara y Carles salir del vehículo.

Su respiración se aceleró, no por miedo, sino por excitación.

¿Y si podía acabar con el inspector y quedarse con Clara?

La idea lo estremecía. Se apartó de la ventana, sacó el cargador de su pistola para comprobar la munición y se colocó el arma en la parte posterior de la cintura.

No pensaba rehuir el cuerpo a cuerpo si era necesario.

Carles miró a Clara, con la rabia contenida en la voz:

—Ha matado a demasiada gente… ¡joder! ¡No podemos esperar a los refuerzos!

Acto seguido forzó la entrada como ya había hecho en Roma, días atrás, en el apartamento de Matteo.

La puerta cedió y comenzaron a registrar la casa.

La planta baja estaba despejada, todo en orden.

Subieron al segundo piso, revisaron las habitaciones y el baño, pero tampoco hallaron nada.

Pietro seguía oculto en el desván, invisible.