El susurro del mármol Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

En las paredes colgaban cuadros curiosos, fotografías de viajes, y pequeños objetos que hablaban de lugares lejanos. Clara se sintió acogida. Como si ese lugar, sin haberlo pisado nunca, ya le resultara familiar.

Se dirigieron a la habitación, se pusieron los pijamas y luego, fueron al comedor.

Carles encendió la chimenea, mientras Clara curioseaba los cuadros.

Uno llamó su atención: un coche antiguo, de los años veinte, hecho con piezas mecánicas.

—¿Este? —preguntó, señalándolo—. ¿Es un Ford T?

—Se le parece, ¿verdad? Lo compré en un anticuario, en un pueblecito cerca de Segovia.

Está hecho con piezas de una radio antigua.

Me dijeron que antes funcionaba, pero des de que lo compré no he conseguido hacerla funcionar ni sintonizar ninguna emisora.

Me gustó la idea de que una radio se pudiera descomponer para crear un coche y plasmarlo todo en un cuadro, no había visto nada parecido hasta entonces y no pude resistirme y lo compré.

Lo tuve que acarrear todas las vacaciones.

¿Pero, a que queda fenomenal? Dijo con una mirada pícara.

Clara sonrió. Siguió observando. Se sorprendía de todos los lugares que Carles había visitado. Y por un instante, se permitió imaginar un viaje juntos. Cuando todo esto terminara.

Prepararon la cena. A pesar del día, tenían hambre.

Cortaron lechuga, canónigos, añadieron pasas, frutos secos, queso de cabra, aliñaron con aceite de oliva virgen extra y vinagre de Módena y dejaron la ensalada lista sobre la mesa.

De segundo, prepararon tostadas con aguacate, salmón, rúcula y unos huevos poché cuya yema se derramaba al cortarlo por la mitad. Sirvieron dos copas de vino.

La conversación fue tranquila. Sin prisas. Sin urgencias. Hablaron de viajes, de libros, de música y cine. De todo lo que les alejara del recuerdo de las muertes y las persecuciones, se avecinaban días peligrosos y querían aprovechar cada momento de distracción para evadirse.

Recogieron los platos. Los fregaron juntos. Y luego, sin decir mucho, se dirigieron a la habitación.

Esa noche no hubo pasión. No hubo sexo. Solo caricias. Besos suaves. Brazos que se buscaban en la oscuridad. El día había sido demasiado duro. Sobre todo, para Clara.

Se durmieron abrazados, con el crepitar de la chimenea aún resonando en el comedor. Por fin el día había terminado.

La lluvia golpeaba con suavidad los cristales, como si el cielo también hubiera decidido no levantar la voz.

En la habitación aún reinaba la penumbra; una luz tenue se filtraba por la rendija de la cortina, pero no era suficiente para romper del todo la oscuridad.

Clara y Carles seguían tumbados, envueltos en el calor compartido de las sábanas, sin necesidad de moverse, sin prisa por encender ninguna luz.

El mundo exterior parecía lejano, suspendido en un letargo gris, y la ciudad aún no había despertado.

Permanecieron así, medio adormilados, sintiendo el roce de la piel contra la piel, el ritmo acompasado de sus respiraciones, el silencio cómodo de quienes no necesitan hablar para sentirse cerca. Fue Carles quien rompió esa quietud con una voz suave, apenas un susurro:

—¿Has dormido bien?

Clara, con los ojos aún cerrados, sonrió levemente antes de responder:

—Sorprendentemente bien. No he escuchado nada. He dormido del tirón… hacía tiempo que no me pasaba.

Intercambiaron algunas palabras más, pequeñas frases que flotaban entre ellos como hojas en un estanque tranquilo. Y entonces, Carles se giró hacia ella, con una seriedad que no era grave, pero sí íntima, y le dijo:

—Clara… hay algo que quiero preguntarte desde hace tiempo. Quizás es demasiado personal, y si no quieres responder, lo entenderé.

Ella lo miró, sin miedo, y asintió con la cabeza.

—¿Qué pasó con Pietro Fiore? —preguntó él, con cuidado—. Sé que algo malo ocurrió. Siempre que sale su nombre te tensas. No sé si me estoy metiendo donde no me llaman, pero quiero saber de ti. Quiero conocer tu pasado, lo que te ha hecho ser quién eres… la persona de la que estoy enamorado.

Era la primera vez que Carles pronunciaba esas palabras. Clara le cogió la mano por debajo de la sábana, la apretó con suavidad y lo miró a los ojos. Su voz tembló apenas al responder:

—Yo también estoy enamorada de ti… quizás desde hace más tiempo del que me gustaría reconocer.

Se hizo un silencio breve, cargado de significado. Luego, Clara inspiró hondo, y su expresión cambió. Se volvió más seria, más contenida. Y comenzó a hablar.

Le contó cómo conoció a Pietro en la Academia de Roma, cuando ambos eran estudiantes de escultura.

Al principio, él le pareció brillante, magnético, con una sensibilidad artística que desbordaba los márgenes de lo académico.

Compartieron clases, cafés, conversaciones de madrugada sobre Bernini, sobre la forma, la materia, el alma de la piedra.

Pietro era intenso, apasionado, y durante un tiempo, Clara creyó que esa intensidad era solo artística.

Pero pronto empezó a notar cosas. Miradas que se alargaban demasiado. Comentarios que rozaban lo inapropiado. Una vez, en el taller, él se acercó demasiado. Ella se apartó, incómoda, pero no dijo nada. No quería problemas. No quería parecer exagerada.

Hasta que una noche, después de una exposición, Pietro la acompañó a casa.

Ella no quería, pero él insistió. Al llegar al portal, la conversación se volvió tensa.

Él le reprochó que lo evitara, que no valorara lo que él sentía.

Clara intentó calmarlo, pero él se volvió agresivo.

La empujó dentro del edificio, la arrinconó en la escalera, y allí, entre sombras y mármol, la violó.

Clara no gritó. No pudo. Se quedó paralizada.

Cuando todo terminó, él se marchó como si nada.

Ella se quedó allí, rota, sin saber qué hacer.

Al principio no lo denunció. Y en el fondo, sentía una vergüenza que no le correspondía, pero que la devoraba por dentro, hasta que decidió contárselo a Matteo antes de denunciar, pero el profesor no quería que ningún escándalo salpicara la academia, y menos a su clase y a sus dos alumnos más brillantes, así que intentó persuadir a Clara para que no denunciara y le aconsejó que cuanto antes lo olvidara, antes podría volver a su vida, en el fondo Matteo no quería una mancha en su reputación, en su aula, su espacio sagrado de creación.

Carles escuchó en silencio, con el rostro tenso, los ojos húmedos. Cuando Clara terminó, él no dijo nada. Solo se inclinó hacia ella y le dio un beso en los labios, un beso lento, tierno, sin lujuria. Un beso que decía: Estoy aquí. Yo no te haré daño.

Clara lo sintió. Lo entendió. Y le susurró:

—Por eso el otro día me sentí tan bien contigo. Hacía mucho que no tenía relaciones, y tú… tú fuiste encantador. No forzaste nada. Me hiciste sentir segura y por ello te doy las gracias.

Se quedaron un rato más en la cama, en silencio, cada uno procesando lo que se habían dicho, lo que habían compartido. Afuera, la luz se hacía más clara, y empezaba a adivinarse algo de movimiento en la calle. La ciudad, poco a poco, despertaba.

Después de un desayuno tranquilo, se vistieron y salieron a dar un paseo por Girona, paraguas en mano. La lluvia seguía cayendo, fina y constante, pero no les importó. Caminaron por la ciudad como si la conocieran por primera vez, redescubriendo sus rincones bajo el gris del cielo.

En plaza Catalunya se detuvieron en un mercadillo de libros.

Clara hojeó un ejemplar antiguo de poesía catalana, mientras Carles se entretenía con una edición ilustrada de La Divina Comedia .

Luego pasearon por el casco antiguo, cruzando callejuelas empedradas, dejando que el sonido de sus pasos se mezclara con el murmullo de la lluvia.

Entraron en un pequeño bar escondido, alejado de los sitios turísticos. El café estaba caliente, el ambiente era acogedor, íntimo y tranquilo, por un rato se permitieron olvidar todo lo demás.

Más tarde, decidieron acercarse al centro comercial.

La campaña de Navidad ya había comenzado, y aunque no estaban de humor festivo, les apetecía dar una vuelta para ver qué regalar a sus seres queridos, gestos pequeños que pudieran traer algo de luz.

Comieron allí mismo, sin prisas, y por la tarde fueron al cine.

Una película de comedia para intentar subir los ánimos y dejarse llevar.

Cuando el día terminó, cada uno volvió a su casa. Clara no tenía ropa para el lunes, y aunque le habría gustado quedarse, decidió dormir en su cama. Hablaron un rato por teléfono, con las voces suaves, como si no quisieran romper el hechizo del día.

Después, cada uno se dispuso a cenar. Clara leyó un poco antes de dormir. Carles, fiel a su ritual, se puso una de sus series medievales. Afuera, la lluvia seguía cayendo. Pero dentro, por primera vez en mucho tiempo, había algo parecido a paz.

Como venía siendo habitual ese mes de diciembre, la lluvia seguía cayendo sobre Girona con una monotonía que parecía no tener fin, como si el cielo se hubiera propuesto no dar tregua.

Clara y Carles estaban en la comisaría desde primera hora, revisando una y otra vez las grabaciones de las cámaras de tráfico.

Pasaban las horas frente al monitor, avanzando y retrocediendo, buscando un reflejo en un escaparate, un detalle en la matrícula mal disimulada, cualquier detalle que pudiera darles una pista.

Pero nada aparecía. El tiempo se deslizaba como agua entre los dedos, y la frustración se acumulaba en el ambiente.

Fue entonces cuando Sandra irrumpió en el despacho del inspector, con el rostro iluminado por una chispa de esperanza. Tras innumerables llamadas a agencias inmobiliarias, parecía haber encontrado algo. Reprodujo la conversación telefónica con voz firme, aunque aún incrédula: