Capítulo 9
Clara y Carles se despertaron juntos. La noche anterior había sido un refugio, un espacio donde por fin se quitaron las máscaras, los tabúes, y se dejaron llevar.
No fue una explosión de amor, sino una rendición compartida.
Un reconocimiento mutuo de que la vida es breve, frágil, y puede cambiar en un segundo.
Todo lo planeado se evapora, y el mundo se derrumba sin previo aviso.
El grito desgarrador de Joan aún resonaba en sus cabezas.
El día amaneció radiante, pese a ser invierno. El temporal de frío polar anunciado en las noticias parecía dar una tregua, y las temperaturas se elevaban tímidamente. En la cocina, Clara y Carles preparaban café. Unos rayos de sol se filtraban por la ventana, como no lo hacían desde hacía días.
Clara se colocó frente al cristal, absorta en sus pensamientos, con la taza humeante entre las manos. El calor del sol le acariciaba la piel incluso a través del pijama. Por un instante, se olvidó de que Carles estaba allí.
Cuando volvió al presente, lo vio sentado en un taburete, con su taza, observándola con una ternura que la hizo estremecer.
Se acercó a él, se inclinó y le susurró al oído:
—Gracias por esta noche. Ha significado mucho para mí.
No era una declaración de amor. Era una confesión. Desde lo de Pietro, Clara no había vuelto a intimar con nadie. Ni física ni emocionalmente.
Se besaron. Se miraron en silencio. Y se dirigieron al dormitorio para vestirse. Ninguno de los dos hubiera querido salir de esa habitación jamás. Pero la realidad los esperaba.
Salieron a la calle. Caminaron juntos hacia la comisaría. No hablaban. No hacía falta. Entre ellos, los silencios no eran incómodos.
La felicidad que habían sentido contrastaba con el horror del día anterior.
El mundo de otras personas se había desmoronado y el suyo parecía construirse piedra a piedra, aunque Clara sentía que podría explotar de felicidad, también podría sucumbir en la oscuridad, un torrente de sentimientos encontrados la abordaban por todas partes.
Al llegar, lo primero que hicieron fue preguntar por el informe del forense. Pero como de costumbre, aún no había noticias. Decidieron ir al depósito.
Allí, preguntaron por Alba Sanz. Carles mostró su placa y el trabajador, un joven de pelo castaño y alborotado, les indicó la dirección con el dedo, —sala 3, creo que aún están con la autopsia, les dijo mientras seguían caminando.
Llegaron a la puerta. Carles se disponía a entrar, pero Clara se detuvo. No estaba lista para ver a su amiga, en esa habitación fría, bañada por los focos de luz blanca, y el cuerpo sobre esa mesa metálica.
Carles lo comprendió. Entró solo.
El forense acababa de cubrir el cuerpo con la sábana blanca.
—¿Qué tenemos? —preguntó Carles.
El forense se acercó, con el rostro serio.
—Tal como se vio en la escena, Alba fue golpeada brutalmente y narcotizada.
Encontramos rastros de cloroformo en las fosas nasales.
Fue atada. Hay marcas en ambas muñecas. Sufrió golpes en diferentes partes del cuerpo, incluida una fractura importante en la nariz.
Y… —hizo una pausa— hubo agresión sexual.
Hemos hallado restos de fluidos corporales masculinos en su interior.
Carles se quedó blanco. Solo de pensar en lo que supondría esto para Clara.
La conversación transcurrió con el cadáver de Alba entre ambos, tapado. No hacía falta descubrirla más.
Carles agradeció al forense y pidió el informe definitivo. El forense prometió enviarlo en menos de una hora.
Al salir, Clara vio el rostro de Carles. Supo que algo no iba bien.
—Clara… —dijo él, sin rodeos—. Alba fue violada por el asesino. Lo siento.
Las lágrimas se derramaron sin hallar consuelo. Clara sabía lo que eso significaba. Lo había vivido. Lo había sentido. Y ahora, su amiga también.
Algo estalló en su interior. Un fuego devastador. Una ira implacable dirigida a Pietro. Ya no quería justicia. Quería venganza. Quería acabar con él.
Carles intentó abrazarla. Pero ella lo esquivó. Salió al exterior. Le faltaba el aire.
Una vez recompuesta, fue en busca de Carles y volvieron a la comisaría.
La investigación se reactivó. Empezaron a llamar a agencias inmobiliarias, buscando si alguien había alquilado una vivienda a nombre de Pietro Fiore. En tiempos de escasez de alquiler, albergaban esperanzas de encontrar algo.
Sandra, por su parte, llamó a hoteles, albergues, moteles. Pero Martorell la detuvo.
—Déjalo correr —dijo—. Si el asesino ha secuestrado a la víctima y hemos visto el coche salir de la ciudad, no se habría arriesgado a llevarla a un sitio público. Ni siquiera a un motel de carretera.
La búsqueda había empezado. Pero el mármol aún no había empezado a tomar forma.
El tanatorio de Girona se alzaba sobrio y silencioso bajo un cielo despejado, una brisa suave recorría los cipreses del jardín exterior, como si el invierno hubiera decidido dar una tregua para despedir a Alba.
Dentro, la sala de velatorio estaba vestida de blanco y gris. Flores blancas rodeaban el féretro cerrado, y una fotografía de Alba presidía el espacio: una imagen serena, con una sonrisa leve, tomada en el taller, con las manos manchadas de polvo de mármol. Clara la había elegido personalmente.
Los asistentes llegaban en silencio. Carles acompañaba a Clara, siempre a su lado, sin invadir, pero presente. Joan llegó poco después, con los ojos perdidos, como si caminara por inercia. Parecía no ver a nadie. Su mundo era Alba. Y Alba ya no estaba.
Los padres de Alba estaban destrozados. La madre no soltaba la mano del padre, que apenas podía mantenerse en pie.
Algunos familiares que Clara no conocía se acercaban con discreción, saludaban con un gesto, y se retiraban a un rincón.
También llegaron algunos amigos de la universidad, compañeros del taller, rostros jóvenes marcados por la incredulidad.
El silencio era denso. Solo se rompía por algún sollozo, algún susurro. Clara se acercó al féretro. Apoyó la mano sobre la madera. Cerró los ojos. No dijo nada. No hacía falta.
La misa se celebró en la capilla del tanatorio. Los bancos estaban llenos. El sacerdote habló con voz pausada, sin estridencias, recordando la luz que Alba había traído a quienes la conocieron. Luego, invitó a Clara a decir las palabras que tenía preparadas.
Clara se levantó. Caminó hacia el atril con pasos lentos. Carles la miraba desde el banco, con el corazón en un puño.
Tomó aire. Miró a los presentes. Y comenzó:
—Alba… —la voz se le quebró al primer intento. Tragó saliva, volvió a intentarlo—. Alba era… era muchas cosas. Era luz. Era fuerza. Era arte.
Pausa.
—Nos conocimos en la universidad. Y desde entonces, no ha habido un solo día en que no me haya enseñado algo. A mirar distinto. A apreciar el arte con el alma. A reír cuando todo parecía gris. Pese a los años y la distancia, su presencia siempre me acompañaba.
Otra pausa. Clara bajó la mirada. Las lágrimas empezaban a caer.
—No sé cómo seguir sin ti. No sé cómo volver al taller y no verte. No sé cómo mirar el mármol sin pensar en tus manos y en tu sonrisa tan pura e inocente.
Se detuvo. Respiró hondo.
—Pero sí sé una cosa. Te prometo que tu arte… tu arte seguirá vivo en cada pieza que toque. Te quiero y te echaré mucho de menos.
La voz se le quebró del todo. Bajó del atril. Carles se levantó y la sostuvo. El sacerdote cerró la ceremonia con una oración breve.
La comitiva se dirigió al cementerio de Girona. El sol seguía brillando, pero nadie lo sentía. El camino era lento, como si cada paso pesara el doble.
El féretro fue colocado en la tumba, mucho antes de lo que cualquier padre debería vivir. Los padres de Alba se abrazaban, rotos. Joan estaba quieto, en trance. No hablaba. No lloraba. Solo miraba el féretro, como si esperara que Alba saliera de él.
Clara se mantuvo cerca de Carles. No hablaban. Solo compartían el dolor.
Uno a uno, los asistentes se acercaron a la tumba. Dejaron flores. Tocaron la lápida. Se despidieron.
Cuando todos se retiraron, Clara se quedó un momento más. Se agachó. Tocó la tierra recién removida.
—Te lo prometo —susurró—. No descansaré hasta que sepa con certeza quién te hizo esto.
Carles la ayudó a levantarse. Y juntos, caminaron hacia la salida del cementerio.
La tarde había ya caído sobre Girona, tiñendo los tejados de cobre y las fachadas de ocre.
Tras el entierro, Clara y Carles subieron al coche en silencio.
El motor arrancó con suavidad, y mientras avanzaban hacia el centro de la ciudad, Carles rompió el silencio con una pregunta sencilla, pero cargada de intención:
—¿Te gustaría venir a dormir a casa esta noche?
Clara lo miró. Asintió sin dudar. En realidad, había estado esperando la proposición. No importaba dónde fueran. Lo importante era estar juntos.
Pasaron primero por casa de Clara. Subió a recoger algo de ropa, su cepillo de dientes, y un par de cosas más. Mientras lo hacía, se dio cuenta de que nunca había estado en casa de Carles. Se preguntó cómo sería. ¿Ordenada? ¿Caótica? ¿Llena de libros? ¿Vacía? ¿Sucia?
Bajó de nuevo al coche. Carles la esperaba aparcado, con la mirada perdida en el retrovisor. Al verla, sonrió levemente. Reanudaron el trayecto.
Aparcaron en el sótano de un edificio relativamente moderno, cerca del casco antiguo. Subieron en ascensor hasta la quinta planta. Al abrirse las puertas, Clara sintió una ráfaga de aire cálido y olor a madera.
Entraron en el piso. Clara se quedó quieta unos segundos, observando.
Era un ático con terraza, y desde el ventanal se veían el río Onyar y, a lo lejos, la silueta de la Basílica de San Félix recortada contra el cielo crepuscular.
El interior era una mezcla perfecta de lo rústico y lo moderno: suelos de parqué, paredes de piedra vista, muebles antiguos restaurados con mimo, una chimenea abierta, grandes ventanales…
y una cocina moderna, funcional, impecable.
—Tienes muy buen gusto —dijo Clara, casi sin darse cuenta.
Carles sonrió.
—Gracias.