Capítulo 8 #3
Finalmente, Joan se retiró. Se dejó guiar por los agentes. Clara y Carles se quedaron en la escena, buscando algo más. Algún mensaje. Alguna pieza de mármol. Pero no había nada. Solo el cadáver. Y la nota con el 17.6 , dirigida muy posiblemente a Clara.
El viaje de vuelta a la comisaría fue una ceremonia fúnebre. Nadie hablaba. Nadie respiraba con normalidad. Clara miraba por la ventana, con los ojos perdidos en un horizonte que ya no ofrecía consuelo.
Al llegar, se dirigieron al despacho de Carles. Mientras esperaban el informe forense, analizaron la nota. No había huellas. Nada físico que los acercara al asesino.
Y entonces, Carles se detuvo.
—Tenemos a Matteo detenido, por lo que no puede ser él. Ha estado en su celda. No ha salido.
Clara asintió, sin entusiasmo.
—Entonces debemos liberarlo.
—Sí —dijo Carles—. Pero antes, quiero que nos ayude con la nota. Quizás entre los tres consigamos algo.
En la sala de interrogatorios, Clara, Carles y Matteo se sentaron frente a la nota. El ambiente era tenso, pero distinto. Ya no había sospechas. Solo necesidad de respuestas.
Matteo la observó en silencio. Luego, murmuró:
—A ver… no sé si esto es muy sólido o no.
Pero no podía sacarme a Pietro de la cabeza mientras me habéis tenido encerrado, y he estado dando vueltas a todo lo sucedido.
Quizás es una coincidencia, pero… estaba pensando en si él podía ser el asesino.
Y de repente me vino a la cabeza algo de la Academia.
Clara lo miró, expectante.
—Cuando os pasaba lista en clase, decía siempre los nombres en voz alta. En este caso, Pietro Fiore. PF. Como abreviatura apuntaba yo en mi cuaderno de asistencias.
Se inclinó hacia la nota.
—Si nos basamos en el abecedario… la letra 17 es la P. La letra 6 es la F. Pietro Fiore.
Carles frunció el ceño.
—¿Estás diciendo que el asesino ha estado firmando con sus iniciales camufladas con este simple código?
—Podría ser, a veces tenemos las respuestas delante de nuestras narices, y la respuesta más obvia o fácil suele ser la correcta —respondió Matteo—.
Y si él es el asesino, nos ha ido dejando recordatorios en cada escena.
En mi domicilio de Roma. En la Librería Antiga Fontana, dentro del libro de Bernini.
Todo concuerda. Él era un apasionado de Bernini.
Los números coinciden con sus iniciales.
Ambos tenemos un pasado común. Y esta sucesión de asesinatos se está acercando cada vez más al lado personal.
Clara se quedó atónita. El aire se le escapó de los pulmones.
—¡Pietro es el asesino!
Carles levantó una mano, calmando los ánimos.
—Son solo elucubraciones. Todo parece encajar, sí. Pero no tenemos pruebas. Ningún juez pondría a nadie entre rejas con esto.
El silencio volvió a instalarse en la sala. Pero esta vez, no era vacío. Era el preludio de algo más grande, ahora sí parecía todo cobrar sentido, y sabían a quién debían buscar y qué debían hacer.
La noche había caído como un velo negro sobre la ciudad.
Las luces de la comisaría se apagaban una a una, y las sombras se alargaban por los pasillos.
Clara y Carles salieron juntos por la puerta principal.
Él torció a la derecha, rumbo a casa, con intención de caminar un poco. Clara, en cambio, tomó la izquierda.
Pero a los pocos pasos, se giró.
—¡Carles! —gritó, con una urgencia que no era física, sino emocional.
Él se detuvo. Clara se acercó, con los ojos cansados.
—¿Querrías venir a mi casa esta noche? Ha sido un día muy duro y me gustaría estar contigo.
Carles la miró. Y en ese instante, ambos se dieron cuenta de cuánto tiempo había pasado desde que compartieron algo fuera del trabajo. Una conversación sin cadáveres. Una sonrisa sin miedo.
—Por supuesto —respondió él—. Pero antes debería pasar por casa. Necesito recoger algunas cosas, ya sabes, cepillo de dientes, pijama, algo de ropa limpia para mañana y esas cosas.
—Te acompaño —dijo Clara—. Necesito que me toque el aire.
Caminaron juntos hasta casa de Carles. El silencio entre ellos no era incómodo. Era compartido. Cálido. Una tregua. Solo escuchando de fondo el viento y el río Onyar.
Una vez recogido lo necesario, se dirigieron a casa de Clara. Por el camino, pasaron frente a un restaurante que ofrecía comida para llevar. No querían cocinar, estaban demasiado agotados, así que decidieron parar y coger algo.
Pidieron unas patatas bravas con dos salsas: una de cuatro quesos, otra brava. Carles eligió un Frankfurt con queso mayonesa y kétchup. Clara, una hamburguesa con queso básica.
Al llegar a casa, cada uno se cambió por separado. Se pusieron los pijamas. Al encontrarse en el comedor, ambos soltaron una risita. No se habían visto nunca así. Clara se fijó en las gafas redondas y azules que Carles llevaba.
—No sabía que usabas gafas —dijo, con una sonrisa—. Nunca te había visto con ellas. Te quedan muy bien.
Carles se encogió de hombros, algo tímido.
—Solo las uso en casa. Durante el día uso lentillas.
Pusieron la mesa en la cocina. Se sirvieron una copa de vino tinto. Comieron sin mucho apetito. Las patatas desaparecieron, pero la hamburguesa y el frankfurt quedaron a medias.
Recogieron los platos y los dejaron en el fregadero. Luego se sentaron en el sofá ambos bajo el cobijo de una fina manta, donde el calor corporal era suficiente para no tener frío. Vieron algo en la tele, pero no prestaron atención. Finalmente, decidieron que era hora de dormir.
Carles dormiría en el sofá. Clara en su habitación.
—Te traigo un cojín —dijo ella—. En mi cama tengo dos. Así estarás más cómodo. También una manta un poco más gruesa por si tuvieras frío.
Buscó en el armario. Colocó el cojín sobre la manta y se dirigió al comedor. Carles la esperaba de pie. Clara estiró los brazos y él los puso por debajo para coger las cosas. Sus manos se tocaron.
La química seguía ahí.
Carles se agachó para dejar la manta en el sofá. Al incorporarse, Clara seguía frente a él. Lo miraba. Pensaba: Está muy guapo con el pijama y las gafas.
Se acercaron para despedirse. Se quedaron a centímetros. Mirándose a los ojos.
Y entonces, un beso.
Suave. Húmedo. Tierno. Como si tuvieran miedo de romperse el uno al otro, un beso infinito que no terminaba nunca, ni ellos querían que terminara.
Clara le susurró:
—¿Quieres venir conmigo a la cama?
Carles asintió y se dejó guiar hasta el dormitorio.
Entraron en la habitación. Solo la luz de la mesita de noche estaba encendida, creando un ambiente cálido, íntimo y acogedor.
Se metieron en la cama. Se besaron. Se abrazaron. Se recorrieron con las manos cada centímetro de la piel, con respeto, con suavidad, con deseo contenido. Exploraron. Se conocieron. Y por fin, esa noche, dejaron salir sus sentimientos ocultos.