El susurro del mármol Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Alba despertó en la oscuridad. No sabía cuánto tiempo había pasado. El aire era húmedo, denso, con olor a piedra mojada y polvo. Estaba atada, con las muñecas doloridas y los pies entumecidos. El frío le calaba los huesos. No había comida. No había agua. Solo silencio.

No se oían coches, ni voces, ni nada que la pudiera ayudar a hacerse alguna idea de dónde podía estar. Solo el crujido ocasional de la madera sobre su cabeza.

Y entonces, oyó los pasos en el piso superior.

Lentos. Firmes. Alba contuvo la respiración. La puerta del sótano se abrió con un chirrido metálico. Una luz amarilla se encendió, y la figura de un hombre apareció en el umbral.

Alba lo miró. Su rostro le resultaba familiar, pero no lograba ubicarlo.

—¿No me reconoces, Alba? —dijo el hombre, con un marcado acento italiano.

Pietro siguió bajando hasta que la luz reveló su rostro. Ella frunció el ceño y entonces, la memoria le devolvió una imagen. Un aula. Clara, más joven, concentrada en su trabajo. Y él, en la misma foto.

—Eres Pietro —susurró Alba, con la voz temblorosa—. El compañero de clase de Clara en la Academia de Roma.

Pietro asintió con una media sonrisa.

—Exactamente.

Alba se quedó en silencio unos segundos hasta que en su cabeza todo encajó y luego, la rabia le brotó como un torrente.

—Eres tú…el asesino del que todo el mundo habla, eres un monstruo —dijo, con los ojos encendidos.

No tuviste suficiente con lo que le hiciste a Clara.

¿Ahora también persigues a otras mujeres?

¿Las matas y las dejas como esculturas por diversión?

¿Qué pasa, Pietro? ¿Ya no tienes talento para esculpir?

¿Se te ha olvidado? Clara te da mil vueltas con su técnica. Siempre lo hizo.

La sonrisa de Pietro se desvaneció. Su rostro se tensó. Los ojos se oscurecieron.

El silencio volvió a instalarse en el sótano, pero esta vez, no era el silencio de la calma, era el silencio que precedía al horror.

Pietro se puso rojo de ira y le asestó un golpe con todas sus fuerzas en el rostro, Alba quedó abatida en el suelo.

Acto seguido se abalanzó sobre ella, empezó a tocarla, mientras le susurró al oído: «Te voy a hacer lo mismo que a tu amiguita».

Pietro le arrancó la camiseta, en un inicio Alba se resistió, pero recibió otro golpe que la dejó de nuevo boca abajo, tendida en el suelo.

Le bajó los pantalones y la penetró violentamente, descargando toda su ira en cada embestida, imaginando que era Clara a quien tenía delante y a quien le estaba infligiendo ese castigo, aunque sabía que Clara sufriría mucho más cuando encontrara el cuerpo de su amiga sin vida.

Eso le hizo sentir un placer indescriptible y eyaculó dentro de Alba.

En ese mismo instante, Pietro le dio la vuelta y la miró a los ojos, anegados en lágrimas, sabiendo que su destino estaba sellado.

Unas grandes manos le rodearon el cuello, y empezó a notar la presión, no podía respirar, Alba pataleaba para intentar quitárselo de encima, pero era demasiado fuerte, le apretó con tanta fuerza que le pareció que se le partiría el cuello, sus ojos se fueron cerrando y finalmente la oscuridad la atrapó para siempre.

La medianoche había caído sobre Girona como un telón pesado.

Las calles estaban vacías, el aire frío, y el silencio parecía más profundo que nunca.

Pietro Fiore conducía por las afueras de la ciudad, con las manos firmes sobre el volante del Hyundai Tucson.

En el asiento trasero, el cuerpo sin vida de Alba yacía envuelto en una manta oscura.

No había música. No había palabras. Solo el sonido del motor y los pensamientos que se agolpaban en la mente de Pietro.

Otra víctima. Otra postura. Otra revelación.

Mientras avanzaba por las calles estrechas del casco antiguo, imaginaba el rostro de Clara al descubrir la escena. El temblor en sus manos. El vacío en sus ojos. El dolor. Ese dolor que él consideraba parte de la obra. Parte del mensaje.

Llegó a los baños árabes. Aparcó en una esquina oscura, apagó las luces, y observó. No había nadie. Ni un alma. Solo el murmullo lejano de los clientes de un bar de la zona.

Bajó del coche, abrió el maletero, y cargó a Alba en brazos. Su cuerpo era liviano, frágil. Entró por el lateral del edificio, donde forzó la verja, y se dirigió al rincón que había elegido. Allí, entre columnas y sombras, preparó la escena.

Alba parecía dormida, pero su expresión estaba congelada en una mezcla de dolor y resignación. Pietro la colocó con precisión, como si tallara con las manos lo que no podía hacer con el cincel y le dejó los ojos abiertos.

Miró a su alrededor una vez más. Nadie.

Se giró, volvió al coche, y se marchó por donde había venido.

Al llegar a casa, se desnudó lentamente, dejó la ropa en el suelo, y se tumbó en la cama. El cuerpo le pedía descanso, pero la mente seguía despierta. Excitada. Agitada.

Pensaba en Clara. En su reacción. En su sufrimiento.

«Ahora sí sentirás lo que es el dolor».

Los párpados le pesaban. El cuerpo cedía. Y finalmente, rendido a la noche, se dejó caer en un sueño, poblado de esculturas, gritos ahogados y mármol que lloraba.

La mañana en la comisaría comenzó como tantas otras desde el primer crimen: con tensión, cafés humeando y rostros cansados. Todos estaban allí. Clara, Carles, Martorell, Martí y Sandra. Se reunieron en la sala de coordinación para poner en común los avances.

Martí tomó la palabra.

—Pudimos seguir el Hyundai a través de las cámaras de tráfico. Lo rastreamos hasta que salió de la ciudad por la zona de Pedret, dirección Sarrià de Ter. Pero la matrícula era falsa. No pudimos encontrar a quién estaba registrado el coche.

Sandra añadió que habían revisado los registros de vehículos similares, pero la lista era interminable y les llevaría días.

Carles y Clara no tenían novedades. Nadie más había visto nada. Y en la escena del secuestro, no habían encontrado ninguna pista más. Martorell se mantenía en silencio, con los brazos cruzados, la mandíbula apretada.

Y entonces, un teléfono empezó a sonar.

El encargado de los Baños Árabes llamaba para avisar del hallazgo de lo que parecía un cadáver justo al lado de las columnas centrales del Apoditerium, lo que hoy en día conocemos como vestuarios.

El silencio se apoderó de la sala. Todos se quedaron quietos, como esculturas inertes de mármol. El mensaje tardó unos segundos en asentarse. Luego, el ajetreo estalló.

Patrullas movilizadas. Ambulancia avisada. Carles y Clara salieron juntos en el mismo coche. Apenas cruzaron palabra. Clara temblaba. Estaba pálida. Miraba por la ventana sin ver nada. En su mente, solo una pregunta: ¿Es Alba?

El viaje se le pasó volando, atrapada en un recuerdo que se repetía en bucle. Una tarde de verano, en el taller. Clara le enseñaba a Alba cómo pulir una escultura con cera de abeja. Se reían. Clara le había dicho:

—La piedra también necesita cariño. Si la tratas bien, te lo devuelve.

Ese recuerdo se le clavaba como un puñal.

El coche se detuvo. Clara bajó sin esperar a Carles. Se dirigió al cordón policial que las patrullas que habían llegado antes habían levantado. Lo atravesó. Y entonces la vio.

Se desplomó de rodillas.

Era Alba.

Dispuesta como una escultura de mármol. Pero no como las otras. Esta vez, había golpes. Magulladuras. La cara azulada. El cuello morado, con marcas de manos. La ropa hecha girones. Se apreciaba que había sufrido.

Tenía los ojos abiertos. Y miraban a Clara directamente. Como si el asesino hubiera preparado el momento. Como si esos ojos sin vida se clavaran en los suyos.

Las lágrimas se derramaban sin control. Carles se agachó, le ofreció un pañuelo, y la rodeó con sus brazos. No dijo nada. No hacía falta.

Clara se recompuso. El contacto, aunque silencioso, la ayudó a incorporarse. Se miraron. Y ella dijo:

—Debo examinar la escena.

—No es necesario —respondió Carles—. Yo me ocuparé.

—No —dijo Clara, firme—. Es mi amiga. Y aunque sea doloroso, no quiero que se pase nada por alto. Debemos atrapar a ese asesino. Es algo personal. No descansaré hasta verlo muerto o entre rejas.

Carles asintió.

—De acuerdo.

La acompañó hasta la escena.

Clara observó. No tenía nada que ver con los otros crímenes. Aquí no había arte. No había sutileza. Aquí había rabia. Brutalidad.

Pero la postura… la postura sí hablaba.

Era la pose del David de Bernini. El momento previo al combate. El instante en que David observa a Goliat, aún sin lanzar la piedra. Clara lo entendió al instante.

En la mano izquierda de Alba, levantada casi tocando el hombro, había una nota.

Carles la recogió con guantes y se la entregó a Clara.

Ella la leyó. La letra era firme. Precisa.

«Ya estamos frente a frente.

El mármol ha elegido su campo de batalla.

17.6».

Clara cerró los ojos. Lo entendía. Esta escultura no era solo una víctima. Era un mensaje. Un desafío.

El combate iba a empezar.

El silencio en los Baños Árabes se rompió de golpe.

Joan apareció corriendo, atravesando el cordón policial como un vendaval.

Los agentes intentaron detenerlo, pero no pudieron alcanzarlo.

Se plantó frente a la escena, frente al cuerpo de Alba, y se echó las manos a la cara.

Un gemido brotó de lo más profundo de su alma, un lamento desgarrador que pareció sacudir los muros de piedra del edificio.

Clara lo vio. Y ese grito le atravesó el cuerpo como un rayo. Sintió que se partía en dos. Pero Joan, de pronto, cesó. Se quedó quieto. De pie. Mirando a Alba. Llorando por su amor. Por su amiga. Por su compañera. Por todo lo que no pudo ser.

Los agentes se acercaron para llevárselo, pero Carles hizo un gesto con la mano. Que lo dejaran en paz.

Clara se acercó. Lo abrazó. Un abrazo tierno, fuerte, sentido. Un abrazo de dolor infinito.

Joan, entre sollozos, le susurró al oído:

—Tienes que encontrar a quien le ha hecho esto, Clara. Por favor.

Ella lo sostuvo con firmeza.

—No descansaré hasta atraparlo. Y hacerle pagar todo el daño que ha causado.