Capítulo 8
Joan se despertó con la tenue luz del amanecer colándose por las rendijas de la persiana. Lo primero que hizo, incluso antes de desperezarse, fue alcanzar el móvil en la mesita de noche. Lo desbloqueó con un gesto automático, esperando ver una notificación, un mensaje, una respuesta.
Nada.
Ni una palabra de Alba desde la noche anterior.
El nudo en el estómago que había sentido al acostarse seguía allí, más apretado, más presente. Tecleó un mensaje breve:
«Buenos días, ¿estás bien? Nos vemos a las 9 en el taller».
Lo envió y se quedó mirando la pantalla unos segundos, como si esperara que la respuesta apareciera por arte de magia.
Se levantó, se calzó las zapatillas de andar por casa, se puso el albornoz y se dirigió a la cocina. El apetito no lo acompañaba, aun así, se preparó un café y una tostada untada con tomate, un chorro de aceite y sal.
Dio un par de mordiscos, masticó sin ganas. La cabeza estaba en otra parte.
Intentó distraerse abriendo el periódico online, se fue directo a la sección de deportes, como hacía cada mañana. Un par de titulares sobre el Girona FC, alguna noticia de fichajes y del último partido de Champions perdido. Nada que le importara realmente en ese momento. Cerró el portátil.
El café se lo bebió de un trago, caliente, amargo.
Se vistió con rapidez, cogió las llaves y salió a la calle.
El aire frío de diciembre le despejó un poco las ideas, pero no el mal presentimiento, sus pasos eran acelerados, sus piernas iban a una velocidad de la que él no era consciente, su mente deseaba llegar cuanto antes al taller.
Debido a su ritmo acelerado llegó antes al taller, eran las 8:45. Encendió las luces, se puso el delantal y se colocó frente a una de las esculturas que tenía a medio tallar.
Era una figura abstracta, en este proyecto Joan se dejaba llevar, y que sus manos lo guiaran hasta un resultado final diferente y sorprendente incluso para él, en ese momento se centró en plasmar una idea que le había venido la noche anterior, mientras paseaban entre columnas y capiteles.
Intentó concentrarse, dejar que las manos hicieran su trabajo, pero la mente no colaboraba.
A las 9:00 miró la puerta. Nada.
A las 9:15 volvió a mirar. Silencio.
A las 9:30 ya no podía fingir que todo estaba bien.
Dejó el cincel sobre la mesa, se quitó los guantes y cogió el móvil. Intentó llamar a Alba, pero en ese momento su móvil no emitía señal y saltó el contestador.
« Hola sóc l’Alba Sanz, ara mateix no et puc atendre, si é s important deixa un missatge i trucaré quan pugui. Gr àcies».
« Hola soy Alba Sanz, ahora mismo no puedo atenderte, si es importante deja un mensaje y llamaré cuando pueda. Gracias».
Acto seguido marcó el número de Clara.
—Buenos días —dijo ella, con voz tranquila—. ¿Cómo fue la cita de ayer?
—Bien… —respondió Joan, pero sin entusiasmo—. Muy bien, en realidad. Visitamos los baños árabes, cenamos en La Regolta… fue bonito.
—Me alegro. ¿Y Alba? ¿Está contigo?
Joan dudó un segundo.
—No. Por eso te llamo. ¿Has hablado con ella?
—La última vez fue ayer, sobre las cinco y media. Me llamó antes de que os fuerais a los baños. Hemos quedado hoy para tomar algo después del trabajo, en la plaza de la Independencia. ¿Por qué?
Joan tragó saliva.
—Porque no ha venido. Y Alba es puntual como un reloj suizo. Siempre está aquí a las nueve en punto. Le he mandado varios mensajes. No contesta. Y ahora la he llamado y salta el buzón de voz.
—¿Os fuisteis juntos de la cena?
—No, después de cenar, cada uno se fue por su lado. Me dijo que me escribiría al llegar a casa. Pero no lo hizo.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—Joan… —dijo Clara, con un tono que ya no era tranquilo—. ¿Estás diciendo que no sabes nada de ella desde anoche?
—Nada. Y no quiero ser alarmista, pero… algo no va bien. Lo noto.
Clara se quedó callada unos segundos más. Luego, su voz cambió. Se volvió firme.
—Voy para allá.
Clara llegó al taller a las 10:30. Joan la esperaba en la entrada, con el rostro tenso, los ojos inquietos. No hacía falta que dijera nada. Clara lo entendió al instante.
—Joan ponte la chaqueta, vamos al último sitio donde estuvisteis juntos, y a partir de ese punto trataremos de dirigirnos a su casa por la ruta más probable que hubiera escogido —dijo ella—.
Caminaron en silencio por las calles del casco antiguo.
El aire era frío, y el cielo, de un gris pálido que no prometía sol.
Clara iba con la mirada baja, escaneando cada palmo de suelo, cada esquina, cada portal.
Joan caminaba a su lado, con las manos en los bolsillos, como si intentara contener el temblor que empezaba a subirle por los brazos.
A medio camino, el teléfono de Clara vibró. Era Carles.
Lo miró. Dudó. Pero no lo cogió.
Tenía la mente concentrada en el recorrido, en captar cada detalle, cada posible pista. No quería distracciones. No ahora.
—¿No vas a contestar? —preguntó Joan.
—Luego. Ahora estamos siguiendo los pasos de Alba y no quiero que se me escape ningún detalle.
Llegaron a la altura de los baños árabes. El edificio se alzaba solemne entre las callejuelas, con sus muros de piedra y sus arcos románicos. Clara y Joan se detuvieron, sin saber que estaban justo en el mismo lugar donde Alba se había parado la noche anterior.
—Es un sitio especial —murmuró Joan—. Ayer nos quedamos aquí un rato. Ella hablaba de las columnas, de las formas…de las ideas que le venían a la mente.
Clara no respondió. Bajó la mirada. Y entonces lo vio.
Un botón verde.
Pequeño, redondo, con el hilo aún colgando. Se agachó con cuidado, sacó un pañuelo del bolsillo y lo recogió sin tocarlo directamente. Lo sostuvo frente a sus ojos.
—Tantas horas con la policía y ya empiezo a actuar como ellos —se dijo a sí misma en un murmullo inaudible.
—Es de su chaqueta —dijo en voz baja.
Joan se inclinó.
—¿Estás segura?
—Sí. Le he visto esta chaqueta alguna vez y reconozco los botones, son preciosos, siempre se lo digo.
Clara se quedó agachada, pensativa, escrutando el suelo. Y entonces, lo sintió.
Un olor.
Desvaído, casi imperceptible. Pero inconfundible.
Acercó la nariz al suelo, cerró los ojos, y dejó que la memoria hiciera su trabajo.
—Cloroformo —susurró.
Joan la miró, sin entender.
—¿Qué quieres decir?
Clara se incorporó lentamente, con el botón aún envuelto en el pañuelo.
—Quiero decir que es momento de llamar a Carles. Creo que han secuestrado a Alba.
Joan palideció al instante. Se quedó quieto, como si el cuerpo se le hubiera convertido en mármol. La respiración se le volvió superficial, los ojos abiertos como platos.
—No… no puede ser…—murmuró.
Clara ya tenía el móvil en la mano.
La tarde avanzaba con paso lento, como si el cielo se resistiera a oscurecer del todo. Clara y Joan seguían en la escena del posible secuestro, junto a los baños árabes, cuando escucharon el sonido de un coche acercándose. Era Carles. Pero no venía solo.
Del vehículo descendió también el comisario Martorell.
Clara se sorprendió. No era habitual verlo fuera del despacho. El comisario lo notó en su rostro, y antes de que ella pudiera decir nada, se adelantó:
—Necesitamos toda la ayuda posible —dijo con voz grave—. Tenemos dos chicas jóvenes asesinadas y ahora indicios de un posible secuestro. Soy demasiado viejo para creer en las casualidades. Debemos apremiarnos y averiguar algo lo antes posible.
Y para sus adentros, mientras observaba el rostro de Clara, pensó:
«Ya tengo suficiente con dos cadáveres, no quiero un tercero».
Martí y Sandra también se habían sumado al operativo. La zona fue acordonada y los agentes comenzaron a preguntar por los alrededores. Entraron en pequeños comercios, llamaron a timbres, mostraron una foto de Alba impresa en papel.
Pero nadie la reconocía.
Hasta que se toparon con una anciana que barría la entrada de su casa, envuelta en una chaqueta de lana y con un gorro de punto que le cubría las orejas.
—A ver si ponen un poco de orden aquí por las noches —dijo al verlos—. Que luego la gente bebe más de la cuenta y se la tienen que llevar en brazos.
Martí y Sandra se miraron de inmediato. ¿Y si sin saberlo esta mujer había sido testigo del secuestro?
Sandra se acercó con delicadeza.
—Buenos días, señora. Estamos investigando la desaparición de una chica, a eso de las 23:00 de la pasada noche por esta zona. ¿Podría decirnos exactamente qué vio ayer?
La mujer se apoyó en el palo de la escoba, pensativa.
—Eran sobre las once, vi a un hombre que cogía a una chica en brazos y la metía en un coche que los vino a buscar.
Pensé que sería alguna jovencita que se había pasado con la bebida y se la llevaban a casa ya que no vi alboroto ni signos de violencia en ningún momento.
Martí se inclinó ligeramente hacia ella.
—¿Entonces me está diciendo que vio a alguien cogiendo a una chica y que la metió en un coche?
La anciana asintió con firmeza, y añadió —la pobrecita no se tenía en pie.
—¿Vio la cara de alguien?
La mujer soltó una risa sarcástica.
—Mi vista ya no es la de antaño, jovencito. Aunque llevaba puestas las gafas, no vi las caras, pero sí vi el coche. Por suerte entiendo de coches. Era un Hyundai Tucson, negro o muy oscuro. No pude ver la matrícula.
Sandra sacó una libreta y anotó con rapidez.
—¿Sabe hacia dónde se dirigieron?
La anciana levantó el brazo y señaló con el dedo una calle estrecha que serpenteaba hacia el este.
—Por ahí, se fueron sin hacer ruido.
Los agentes le agradecieron el testimonio. Le dejaron una tarjeta por si recordaba algo más, y anotaron su dirección y teléfono por si debían llamarla en otro momento.
Mientras se alejaban, Martí murmuró:
—Puede que sin saberlo haya sido testigo de un secuestro.
Sandra asintió.
—Debemos buscar ese coche, vamos a tráfico a revisar las imágenes de las cámaras, por si podemos rastrearlo.
Martí cogió el teléfono, llamó al comisario y le explicó lo que habían descubierto.