Capítulo 7 #2
—Mi maletín —dijo Matteo—. El que me habéis confiscado durante la detención. No lo han abierto, ¿verdad?
Carles se giró hacia el cristal. Sandra, que observaba desde fuera, asintió y entró con el maletín. Lo colocó sobre la mesa, lo abrió, y sacó un cuaderno de bocetos casi idéntico al anterior. Mismo formato, mismas tapas negras, misma textura.
Clara lo tomó con cuidado. Lo abrió.
Los dibujos eran distintos. El trazo era similar, sí, pero las posturas no coincidían.
Algunas obras estaban inspiradas en escultores contemporáneos, otras eran estudios anatómicos sin referencia clara.
Solo una o dos tenían ecos de Bernini, pero no eran las mismas que aparecían en el cuaderno de la escena del crimen.
Matteo los observaba en silencio. Y entonces, con voz firme, dijo:
—Por eso el cuaderno que decís… no es mío.
Clara se quedó quieta. Pasó las páginas lentamente.
Reconocía el trazo. Pero también reconocía la diferencia.
El Matteo que ella conocía no copiaba. Interpretaba.
Exploraba. Y lo que había junto a Paula vistos los dos cuadernos de lado, el de la escena del crimen parecía una réplica, una imitación.
Precisa, sí. Pero una imitación, al fin y al cabo.
Carles cerró el cuaderno y lo colocó junto al otro.
—¿Entonces alguien está usando tus estudios como guía? ¿O es una coartada que te has preparado por si las cosas se torcían?
—No sé si alguien se está basando en mis estudios o no para asesinar, lo que puedo asegurar es que no soy el asesino y esto no es una burda coartada que me haya preparado, ¿Sino por qué mantendría el cuaderno en mi poder sabiendo que sería una prueba incriminatoria?
¿no hubiera sido más fácil deshacerme de él y únicamente negar que el cuaderno de la escena del crimen era mío? —respondió Matteo—.
Clara dudó, pero tenía sentido lo que decía, sabía que no teníamos nada firme en contra de él, excepto hipótesis.
En ese momento Clara sacó la postal encontrada en su habitación.
—¿Y esto? El éxtasis de Santa Teresa . La misma escultura que recrearon con la primera víctima. ¿La recibiste tú o la querías enviar a alguien?
Matteo la observó, frunciendo el ceño.
—No. No la recibí ni la quería enviar a nadie.
La encontré en la librería. Estaba dentro de un libro.
Me pareció una coincidencia inquietante, el número 17.
6 que se aparece continuamente y la frase «el arte exige sacrificio» me pareció un mensaje dirigido a mí, creo que des de hace un tiempo alguien me está siguiendo, así que la guardé para ver si podía averiguar algo más.
Pensé que alguien estaba jugando conmigo. O con Clara.
Clara se tensó.
—¿Por qué conmigo?
—Porque tú también conoces a Pietro Fiore —dijo Matteo, por primera vez con un tono más firme—. Porque él está aquí. Lo vi. En la Galería Ferrer. No me lo estoy inventando.
Carles se apoyó en la mesa.
—¿Y qué relación tienes con ese tal Pietro?
Matteo dudó. Bajó la mirada.
—Fue mi alumno en Roma. Como Clara, él también era brillante, intenso. Pero… oscuro. Después de lo que sucedió, desapareció. Yo lo busqué, para ver qué había pasado en su vida para comportarse como lo hizo.
—¿Y lo encontraste? —preguntó Clara, con la voz contenida.
—Sí. En Sevilla. Hace unos meses. Nos vimos. Hablamos. Intenté mostrarle un camino a seguir, le dije que el arte podía salvarlo que se refugiara en él, que lo abrazara de nuevo. No sé si me hizo caso....
Carles se cruzó de brazos.
—¿Le propusiste algo?
—No. Fue él quien me propuso colaborar en un proyecto nuevo. Pero yo me negué. Le dije que ya estaba mayor.
Clara lo observaba con atención. Había algo en su voz que parecía sincero. Pero también había huecos. Silencios.
—¿Por qué corriste en el hotel?
Matteo tragó saliva.
—Porque sabía que me estaban buscando. Porque sabía que todo apuntaba a mí. Y porque tengo miedo, alguien me acecha des de las sombras y tenía miedo de denunciarlo y que nadie me creyera.
Carles se levantó, caminó unos pasos, y volvió a sentarse.
—¿Dónde estabas el día del asesinato de Paula?
—En la galería. Con ella. Lo saben. Lo vieron en las cámaras que seguro revisaron. Pero después… me fui. Vi a Pietro, tengo mis sospechas de que es él quien me sigue. Me alteré. No sabía qué hacer. Me encerré en la librería. Busqué respuestas en Bernini. Pensé que todo era una locura.
Clara se inclinó hacia él.
—¿Y qué significa 17.6?
Matteo la miró, confundido.
—No lo sé. Lo he visto en diferentes sitios, lo vi en una nota en mi casa de Roma y en la librería. No sé qué significa. Pero estoy seguro de que Pietro lo sabe, creo que es algún tipo de pista o juego oscuro de él.
El silencio se instaló de nuevo. Clara y Carles se miraron. No tenían pruebas concluyentes. Pero tenían a Matteo. Y tenían miedo de que, si lo soltaban, desapareciera.
Carles cerró la carpeta.
—Por ahora, te quedas aquí. Hasta que sepamos más.
Matteo no protestó. Solo bajó la cabeza. Como si el peso de un bloque de mármol lo hubiera doblegado.
A las cinco de la tarde, Clara salió de la comisaría con el peso del día sobre los hombros. Necesitaba hablar con alguien que no fuera policía, ni sospechoso, ni víctima. Alguien que la conociera de verdad, una confidente, una mano amiga. Marcó el número de Alba.
—¿Estás libre esta tarde? —preguntó, intentando sonar casual.
—Me encantaría, pero… hoy no puedo —respondió Alba, con tono cálido—. He quedado con Joan. Ya sabes, mi compañero del taller. Hemos decidido ver si esto que sentimos puede ser algo más.
—¿Una cita?
—Sí. Vamos a visitar los baños árabes. Queremos inspirarnos en sus columnas, sus capiteles… hacer algo distinto alejados del taller. Llevamos meses trabajando juntos sin salir de la rutina. Después iremos a cenar a La Regolta, en el casco antiguo. Cerca de allí.
Clara sonrió, aunque por dentro sentía una punzada de inquietud.
—Me alegro mucho. Os lo merecéis.
Alba percibió el tono.
—¿Estás bien? ¿Pasa algo?
—No… puede esperar. Disfruta de tu cita. Mañana, después del trabajo, picamos algo en la plaza Independencia. Nos ponemos al día, y tú me cuentas las novedades con Joan.
—Hecho. Cuídate, Clara.
—Tú también.
A las cinco y media, Alba y Joan cerraban el taller. Afuera, la noche ya había caído, envolviendo Girona en un manto azul oscuro. Las calles del casco antiguo brillaban con la luz cálida de los faroles, y el aire olía a piedra húmeda y leña encendida.
Los baños árabes se alzaban como un templo silencioso entre las callejuelas.
El edificio, de origen románico con influencias islámicas, conservaba una atmósfera mística.
Al entrar, el sonido exterior se apagaba.
Las bóvedas de piedra, las columnas con capiteles corintios, el juego de luces y sombras…
todo parecía diseñado para invocar el recogimiento.
Caminaron por la sala fría, donde la luz de la luna se filtraba por pequeñas ventanas en lo alto. Luego pasaron a la sala templada, con su cúpula central sostenida por columnas robustas. Alba se detuvo frente a una de ellas, acariciando la piedra con los dedos.
—¿Te imaginas una escultura que naciera de esta forma? —susurró.
—Si tú lo crees posible encontrarás la manera de darle forma —respondió Joan.
Ambos se quedaron en silencio, observando. Inspirándose.
Después de la visita salieron del edificio y caminaron hasta La Regolta, un restaurante íntimo con paredes de piedra vista y velas encendidas en cada mesa.
Compartieron un plato de quesos manchegos y de cabra bien curados, maridados con una copa de vino tinto Ribera del Duero.
Joan pidió un entrecot poco hecho, y Alba medallones de rape ajoarriero.
Al finalizar se sentían llenos, pero aún tenían un hueco para un toque dulce, así que decidieron compartir el postre, un «xuxu» de crema a la brasa, crujiente por fuera, suave y templado por dentro.
La conversación fluyó con naturalidad. Rieron, recordaron anécdotas del taller, hablaron de proyectos, de viajes que querían hacer, de cómo sería compartir algo más que herramientas y encargos.
Los dos sentían nervios por empezar esta nueva aventura, la cual llevaban demasiado tiempo postergando y por fin habían decidido dar el paso.
Al terminar, se despidieron con un abrazo largo y un beso tímido en los labios. Aún no convivían y esta nueva situación se les hacía un poco extraña, aunque para nada desagradable, todo lo contrario, una semilla y un fuerte sentimiento estaba surgiendo entre ambos.
Alba caminaba sola por las calles del casco antiguo.
La noche era cerrada, y las farolas proyectaban sombras alargadas sobre los muros.
Al pasar de nuevo frente a los baños árabes, se detuvo.
El edificio parecía aún más solemne bajo la oscuridad.
Se quedó mirando las columnas, su mente cavilando formas, texturas, posibles esculturas que nacieran de esa geometría ancestral.
Y entonces, sintió una presencia.
Antes de poder girarse, una mano firme le cubrió la boca y la nariz con un paño húmedo. El olor penetrante del cloroformo la envolvió en segundos. Intentó resistirse, pero sus piernas cedieron. El mundo se volvió borroso y en un instante se fundió a negro.
Joan llegó a casa, se quitó los zapatos, y le mandó un mensaje a Alba:
«Ya he llegado a casa. Ha sido una noche preciosa, descansa, nos vemos mañana. Un beso».
Esperó unos minutos. Nada.
Le extrañó. Ella vivía más cerca. Debería haber llegado antes. Quizás se había olvidado. O estaba cansada.
No le dio más importancia y se acostó. Pero en el fondo, estaba preocupado y tuvo un sueño intranquilo.