Capítulo 7
La mañana comenzó como tantas otras desde que el caso había estallado.
Clara y Carles se encontraron en la comisaría, con rostros serios y gestos contenidos.
El café de máquina, tibio y amargo, acompañaba el repaso de las últimas notas.
Nada nuevo. Ninguna pista. Solo el peso del silencio que se instalaba entre ellos cada vez que el nombre de Matteo aparecía en los informes.
—¿Vamos al piso de Paula? —preguntó Carles, cerrando su libreta.
—Sí, buena idea. Las llaves están en la morgue, junto con sus pertenencias, como ya se han analizado y están limpias, las podemos usar y ver si allí encontramos algún hilo del que tirar.
Recogieron el llavero, aún etiquetado con el número de caso, y salieron hacia el barrio donde vivía Paula García.
El edificio era antiguo, de fachada desgastada, pero con cierto encanto.
Al subir las escaleras, Clara sintió una punzada en el estómago.
Entrar en el espacio íntimo de alguien sin permiso siempre tenía algo de profanación.
La puerta se abrió con un clic seco que resonó en el rellano.
El interior del piso los recibió con una calidez inesperada.
Era bonito, decorado con gusto, acogedor, los muebles eran más bien viejos, de madera maciza y marquetería, con detalles que hablaban de otra época.
Una lámpara de pie con pantalla de tela, un sofá de terciopelo verde, una radio antigua sobre una cómoda.
Todo parecía sacado de finales de los años ochenta o principios de los noventa.
—No parece el piso de una chica de 28 años —murmuró Clara, recorriendo el salón con la mirada.
—Es como si hubiera intentado reconstruir, aquí y ahora, el refugio emocional de su infancia —murmuró Carles—. Un espacio donde los problemas no existían… o al menos no los que trae consigo la vida adulta.
Revisaron papeles, agendas, cajones, armarios. Todo estaba en orden. No había notas extrañas, ni mensajes ocultos, ni objetos fuera de lugar. Solo la vida pausada de una joven que amaba el arte, que coleccionaba postales de museos, que guardaba entradas de exposiciones como si fueran un tesoro.
—No hay nada —dijo Clara, cerrando el último cajón.
Clara se quedó unos segundos mirando una fotografía enmarcada sobre la repisa: Paula y sus padres, sonrientes, delante de la iglesia de Santa María del Mar, en Barcelona.
Al salir del piso, el sol ya estaba alto. En la comisaría, Sandra les esperaba con una novedad.
—Hemos confirmado dónde se hospeda Matteo —dijo, entregando una hoja impresa—. Hotel Ultònia. Habitación 223.
Carles no dudó. Solicitó una orden de registro, que fue concedida con urgencia.
El juez, sintiendo la presión de la policía, la prensa y la falta de avances, no puso objeciones, no deseaba que hubiera más víctimas y había indicios suficientes para poder emitir la orden.
Solo quería poner fin a todo cuanto antes y devolver a la ciudad la calma que le había sido arrebatada.
Se dirigieron al hotel a toda prisa, un edificio elegante en pleno centro, con una recepción silenciosa y una moqueta antigua que amortiguaba los pasos. Carles se acercó al mostrador.
—Buenos días, Jordi, dijo Carles después de fijarse en la plaquita de la solapa de la americana del recepcionista. Necesito que me confirmes si un tal Matteo d’Alessandro se hospeda aquí, según nuestras investigaciones debe hallarse en este hotel.
El recepcionista, un hombre joven de gesto profesional, vaciló un momento, y con un hilo de voz, contestó que no podía dar información personal a nadie, ni si quiera a la policía; la protección de datos nos la tomamos muy enserio, aclaró el joven.
Acto seguido Carles, esperando que esa fuese la respuesta, le mostró la orden del juez al recepcionista.
Jordi consultó el sistema.
—Sí, habitación 223. Está registrada a ese nombre.
—¿Podría llamar a la habitación antes de subir?
El recepcionista asintió, marcó el número, y esperó, el tono sonó varias veces. Nadie respondió.
El recepcionista, llamó al encargado, y juntos subieron por el ascensor hasta la segunda planta.
El pasillo estaba en silencio, con puertas numeradas y moqueta roja cubriendo todo el piso.
Al llegar a la 223, el encargado sacó una tarjeta magnética, la deslizó por el lector, y tras el clic, abrió la puerta.
—Les dejo solos —dijo, retirándose con discreción.
Clara y Carles entraron. La habitación estaba en penumbra, con las cortinas entreabiertas. Todo parecía en orden. Demasiado en orden.
—Vamos a ver qué encontramos —dijo Carles, cerrando la puerta tras de sí.
La habitación 223 del Hotel Ultònia estaba en penumbra, con las cortinas entreabiertas y el aire cargado de un perfume masculino, seco y elegante, con notas de sándalo. Clara y Carles entraron con cautela, como si el espacio pudiera revelar secretos solo si se le hablaba en voz baja.
Todo parecía en orden. Demasiado en orden. La cama hecha, la maleta cerrada, la ropa doblada con precisión sobre una silla. Pero había algo en el ambiente que no encajaba. Una calma artificial. Un silencio que parecía contener algo más.
Clara comenzó a revisar los cajones del escritorio, mientras Carles inspeccionaba el armario. Tras unos minutos, Clara encontró una postal. Estaba colocada bajo una libreta, como si alguien la hubiera dejado allí sin intención de esconderla, pero tampoco con ánimo de dejarla a la vista.
La imagen era inconfundible: El éxtasis de Santa Teresa , la escultura de Bernini que había marcado el primer asesinato. Clara la sostuvo entre los dedos, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba. En el reverso, en el apartado del remitente. Solo una frase escrita con letra firme:
«El arte exige sacrificios».
Y, una cifra: 17.6
Clara se giró hacia Carles, que ya se acercaba al escritorio.
—¿Lo ves? —dijo ella, mostrando la postal—. Es la misma escultura. Y ese número… otra vez.
Carles la tomó, la observó en silencio. No sabían si Matteo la había recibido o si era suya.
Pero estaba allí. Eso bastaba para poder relacionarlo con los asesinatos y si lo encontraban, poder retenerlo durante 72 horas antes de ser pasado a disposición judicial siempre y cuando pudieran encontrar pruebas sólidas para condenarlo, en caso contrario quedaría libre de nuevo y quizás desaparecería para siempre.
Pasaron quince minutos revisando el resto de la habitación. Nada más parecía fuera de lugar. Pero la postal era suficiente para encender todas las alarmas.
Y entonces, se oyó el clic.
La puerta se abrió con un sonido seco, y ambos se giraron al instante. Allí, en el umbral, estaba Matteo d’Alessandro. Alto, con el abrigo aún puesto, la bufanda deshecha, el rostro pálido. Sus ojos se cruzaron con los de Clara, y por un instante, el tiempo pareció detenerse.
La escena se congeló. Nadie se movía. Nadie hablaba.
Clara sintió que el aire se volvía denso, como si el pasado, el miedo, la sospecha y la verdad se hubieran condensado en ese instante. Matteo la miraba con una mezcla de sorpresa y algo más difícil de descifrar. Culpa, quizás.
Y entonces, corrió.
Giró sobre sus talones y salió disparado por el pasillo. Carles reaccionó primero, seguido por Clara, que salió tras él mientras se guardaba la postal en el bolsillo de su chaqueta. La persecución fue rápida, tensa, con el eco de los pasos amortiguados por la moqueta y los muros del hotel.
Matteo bajó por las escaleras de emergencia, empujando la puerta metálica que daba acceso al parking subterráneo. Clara y Carles lo seguían de cerca, esquivando esquinas, bajando escalones de dos en dos y de tres en tres, sin perderlo de vista.
Finalmente, en el último tramo de la escalera, lo alcanzaron.
Carles lo sujetó por el brazo, lo empujó contra la pared, y Clara lo ayudó a inmovilizarlo. Matteo forcejeó unos segundos, pero luego se rindió. El sudor le perlaba la frente, la respiración agitada, los ojos clavados en el suelo.
Clara y Carles se miraron. No dijeron nada. No hacía falta. Ambos sabían lo que el otro pensaba:
«Después de tantos días, por fin lo tenemos».
Carles sacó las esposas, le ató las manos a la espalda, y le leyó sus derechos con voz firme pero contenida. Matteo no dijo nada. No protestó. No preguntó.
Lo condujeron hasta el coche, y en silencio, lo llevaron a la comisaría.
El cielo de Girona estaba gris, como si la ciudad también contuviera el aliento.
La sala de interrogatorios estaba en penumbra, iluminada por un fluorescente que zumbaba con insistencia.
Las paredes grises, el cristal opaco, la mesa metálica, todo parecía diseñado para incomodar.
Matteo d’Alessandro estaba sentado con las manos esposadas sobre la mesa, la mirada fija en un punto invisible.
Frente a él, Carles Pons y Clara Riera. Ambos en silencio. Ambos esperando.
Carles fue el primero en hablar.
—¿Sabes por qué estás aquí?
Matteo asintió lentamente.
—Imagino que, por los asesinatos del artista, como lo llaman en la televisión.
—¿Y qué tienes que ver con todo eso?
—Nada —respondió Matteo, sin levantar la voz—. No he matado a nadie. No soy un asesino. Soy inocente.
Clara se inclinó hacia él, con el cuaderno de bocetos en la mano.
—Este cuaderno estaba junto al cuerpo de Paula García. Te conozco y son dibujos tuyos, tu manera de dibujar a carbón, tus anotaciones. Las posturas coinciden con obras de Bernini. ¿Puedes explicarlo?
Matteo la miró, con una mezcla de tristeza y resignación.
— Matteo observó el cuaderno unos segundos. No lo tocó. No lo abrió.
—No —respondió con calma—. No es mío.
Clara frunció el ceño.
—Vamos, Matteo. Lo reconocí en cuanto lo vi. Es tu estilo. Tus trazos, tus anotaciones. Todo encaja y apunta hacia a ti.
—No lo es —repitió él, sin elevar la voz.
—¿Y cómo explicas que esté junto a una víctima con dibujos que coinciden sospechosamente con tu estilo y tu obsesión con Bernini? —insistió Carles.
Matteo se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Ese cuaderno no me pertenece. Y puedo demostrarlo.
Clara lo miró con escepticismo.
—¿Cómo?