Capítulo 6 #3
—Entonces eres oficialmente incompatible con mi vida de montaña y cine bélico, aunque nunca digo que no a un buen Ribera del Duero.
Rieron, y durante la comida, hablaron de cosas pequeñas: libros, música, países visitados y otros que habían quedado pendientes. Pero como siempre, la conversación acabó derivando en el caso.
—¿Y si volvemos a la librería? —dijo Clara, mientras rebañaba el plato de canelones—. Ayer fuimos con prisas, quizás el librero recuerde algo más.
Carles asintió.
—Buena idea.
Regresaron a la Librería Antiga Fontana. El librero, al verlos, los recibió con una sonrisa cansada.
—Ayer vinimos con mucha prisa, ¿podría contarnos algo sobre lo que hizo Matteo en su librería?
—Sí, claro, aunque no creo que les sirva de mucha ayuda, él no pidió nada, solo preguntó por la sección de arte barroco.
—¿Pudo ver qué libro estuvo mirando? —preguntó Clara.
— Por supuesto, no me tengan por un cotilla, simplemente al marcharse dejó el libro sobre la mesa donde había estado.
Por lo que fui y lo guardé en su sitio. Sé exactamente cuál era.
Llevo más de treinta años aquí. Esta librería es como mi casa, a decir verdad, es mi casa, paso más horas en ella que en mi domicilio.
El librero se dirigió a una estantería alta, sacó un volumen encuadernado en cuero, y lo colocó sobre la mesa con delicadeza.
—Aquí lo tienen. Tómense su tiempo.
Los dejó solos. Clara abrió el libro, y al pasar las primeras páginas, encontró un hilo rojo, usado como punto de lectura. Estaba colocado justo en la obra La Verdad desvelada por el Tiempo .
Clara se quedó en silencio. Esa escultura aparecía en el cuaderno de bocetos que había revisado por la mañana. No podía ser una coincidencia.
—Carles… si esto es lo que estaba mirando Matteo… ¿y si está siguiendo un patrón? Puede que haya otro asesinato si no lo detenemos a tiempo, puede que tengamos otro cadáver en la ciudad en un abrir y cerrar de ojos y me atrevería a decir que sé en qué postura lo encontraremos.
Carles se tensó.
—Tenemos que encontrarlo. Ya.
Pero no sabían dónde estaba. Ni qué planeaba. Solo sabían que el tiempo corría en su contra.
Eran las seis de la tarde cuando Clara decidió dejarlo por hoy.
Volvió a su piso, encendió la chimenea y puso música suave —un piano lento, casi susurrado— que llenó el espacio con una calidez íntima.
Se colocó frente al bloque de mármol donde el rey Salomón, esta vez, sus manos fluyeron.
El cincel golpeaba con precisión, y la figura tomaba forma con una fuerza que parecía brotar de su interior.
Clara se evadió, se sumergió en la piedra, en el ritmo, en el silencio roto solo por los golpes acompasados.
Mientras tanto, Carles llegaba a su piso.
Se quitó la chaqueta, dejó las llaves sobre la encimera y, sin pensarlo demasiado, se cambió de ropa.
Mallas térmicas, camiseta técnica, cortavientos, y el frontal de luz que ajustó sobre su cabeza como si se preparara para una expedición.
Necesitaba correr. Respirar. Alejarse del caso, de la comisaría, de las preguntas sin respuesta.
Corría por los senderos que llevaban al Castell de Sant Miquel.
El aire frío le cortaba las mejillas, pero no le importaba.
No se cruzó con nadie. Solo el sonido de sus propias pisadas sobre la tierra húmeda, el ritmo de su respiración agitada, el latido constante en las sienes.
El frontal iluminaba el camino con un haz de luz atravesando la oscuridad.
Cada zancada lo alejaba un poco más del peso del día.
En lo alto del castillo, Carles se detuvo.
Subió a la torre y se quedó allí unos minutos, recuperando el aliento.
Las luces de Girona se extendían bajo él como motas de polvo suspendidas en la noche.
El silencio era absoluto. Solo el viento, y su pecho que subía y bajaba con cada bocanada de aire.
Pensó en Clara unos instantes. Al bajar, sacó el móvil. Dudó. Quería escribirle.
En ese momento, Clara, absorta en su escultura, no se dio cuenta del paso del tiempo.
Cuando levantó la vista, la noche ya se había instalado tras los cristales.
El fuego crepitaba, y el mármol brillaba con un resplandor cálido.
No había cenado. Decidió pedir sushi a domicilio, y mientras esperaba, se sirvió una copa de vino tinto y se sentó frente a la chimenea, dejando que el calor le acariciara las piernas y la música la envolviera como un manto cálido.
Clara, con la copa en la mano, se dejó caer suavemente en el sofá.
El vino le calentaba el pecho, y por primera vez en días, sentía una paz real.
Y entonces, recordó. La cena con Carles.
Sus risas, sus miradas, el beso suave, sus dedos cálidos acariciándola.
Se sorprendió deseando que él estuviera allí, sentado a su lado, compartiendo ese vino, ese silencio.
Tomó el móvil, impulsiva. Quería escribirle.
Pero al ver la hora en la pantalla, dudó.
No era momento de molestar. Aunque se muriera de ganas.
Finalmente, Carles llegó a casa, se duchó con agua caliente y preparó la cena con precisión casi ritual.
Una ensalada de lechuga fresca, cebolla, aceitunas, dados de queso de cabra y un poco de atún.
De segundo, una tostada de pan de payés con aguacate, rúcula, salmón ahumado y tiras de huevo duro, todo regado con un buen chorro de aceite de oliva.
Para terminar, un yogur natural con nueces y cuatro pepitas de chocolate negro 80%.
Mientras cenaba, en el silencio de su piso, Clara le asaltó de nuevo en sus pensamientos, recordó el beso que aún sentía como un eco cálido en sus labios.
Le habría gustado compartir esa cena con ella.
Hablar de cualquier cosa. Reírse de sus obsesiones culinarias. Pero no era el momento.
Después, se tumbó en el sofá y puso un capítulo de una de sus series favoritas.
Espadas, castillos, batallas épicas. El tipo de historia que lo hacía desconectar, pero a mitad del episodio, sus ojos empezaron a cerrarse, el cuerpo pedía descanso.
Apagó la televisión, se lavó los dientes, y se metió en la cama, solo con el silencio y Clara en sus pensamientos.
El timbre sonó en casa de Clara. El pedido había llegado. Se lo comió despacio, saboreando cada bocado como si fuera parte de un ritual. Al acabar, se lavó los dientes, separó los troncos ardientes de la chimenea para que se apagaran, y se metió en la cama. Durmió profundamente.