Capítulo 6 #2
El coche avanzaba por las calles silenciosas de Girona, envuelto en la penumbra de una noche que parecía contener el aliento.
Las luces navideñas parpadeaban en las fachadas, reflejándose en los cristales del vehículo como estrellas temblorosas.
Dentro, el silencio entre Clara y Carles era denso, pero no incómodo.
Era el tipo de silencio que se instala cuando las palabras pesan demasiado.
Carles mantenía las manos en el volante, la mirada fija en la carretera, pero de vez en cuando lanzaba una mirada de reojo a Clara, que observaba el paisaje urbano sin realmente verlo.
—¿Estás bien? —preguntó finalmente, con voz suave.
Clara tardó en responder. Su mente seguía atrapada en la imagen del hombre rubio en la Galería Ferrer, en el escalofrío que le recorrió la espalda al ver aquella figura que parecía arrancada de un recuerdo.
—No lo sé —dijo al fin, con un suspiro—. Hoy ha sido… extraño. Ese hombre en la galería… no lo reconocí, pero algo en él… me removió cosas que creía enterradas.
Carles guardó silencio unos segundos, respetando el ritmo de sus pensamientos.
—¿De Roma? —preguntó, sin presionar.
Clara asintió, su voz apenas un susurro.
—Sí. De la academia. Hay… hay personas que marcaron mi paso por allí. No todas de forma positiva.
Carles giró ligeramente el rostro hacia ella, sin perder la atención en la conducción.
—¿Alguien en particular?
Clara dudó. El nombre le pesaba en la lengua como una piedra. Pero algo en la noche, en la calidez de la voz de Carles, le dio el valor para pronunciarlo.
—Pietro Fiore —dijo, y el nombre quedó suspendido en el aire como una nota disonante—. Fue… un compañero. Muy talentoso. Muy ambicioso. Matteo lo admiraba. Todos lo hacían.
Carles no dijo nada, pero su gesto se endureció ligeramente.
—¿Y tú?
Clara bajó la mirada, sus dedos jugando con el borde de su abrigo.
—Yo también. Al principio. Pero… las cosas cambiaron. No quiero hablar de eso ahora. Solo… cuando vi al hombre en la galería, algo en su postura, en sus facciones, aunque borrosas, me recordó a él. Y eso me ha tenido inquieta todo el día.
Carles asintió lentamente, sin insistir.
—Gracias por confiarme eso, Clara. Cuando quieras hablar, aquí estaré. No solo como compañero, sino como alguien que te aprecia mucho.
Clara lo miró, sus ojos brillando a la luz tenue del salpicadero.
—Gracias, Carles.
Hubo una pausa, y entonces Clara, con una mezcla de timidez y necesidad, preguntó:
—Ya que hablamos de figuras misteriosas, la mujer con la que comías el otro día… ¿quién era?
Carles sonrió, como si de repente se le hubiera revelado el motivo por el que Clara parecía haber estado molesta con él.
—Mi hermana, Anna. Vino a verme desde Barcelona. Estábamos poniéndonos al día. Nada más, dijo con una media sonrisa.
Clara te aprecio mucho, no soy el tipo de persona que intima o juega con alguien para hacerle daño.
Clara no respondió, pero su cuerpo se relajó ligeramente, como si una tensión invisible se hubiera disipado. El alivio fue interno, profundo, aunque no lo expresó con palabras.
Al llegar frente al piso de Clara, el coche se detuvo. El silencio se hizo más intenso, cargado de algo que ambos sabían que estaba ahí.
Carles se inclinó ligeramente hacia ella, y sus miradas se encontraron.
Fue un gesto lento, sin prisas, como si el tiempo se hubiera detenido.
Sus labios se encontraron, y el beso fue suave, sentido, agarrados con tal delicadeza, como el que sostiene una muñeca de porcelana con miedo a que se rompa si aprieta demasiado.
Al separarse, Carles la miró con ternura.
—¿Quieres que suba? Podemos preparar algo de cenar.
Clara dudó, su mirada perdida en la noche que envolvía el casco antiguo.
—Mejor no —dijo, con voz baja—. Hoy ha sido… un día extraño. Necesito estar sola. Pero gracias.
Carles asintió, sin insistir.
—Lo entiendo. Descansa, Riera.
Ella bajó del coche, y mientras subía las escaleras de su edificio, sintió que el beso había encendido algo en su interior. Pero también que el nombre de Pietro Fiore, pronunciado por primera vez en años, había abierto una grieta que no sabía si estaba lista para enfrentar.
La luz de la mañana se filtraba por las cortinas del estudio de Clara Riera con una suavidad casi líquida, tiñendo el mármol a medio tallar de tonos dorados.
El silencio era absoluto, roto solo por el murmullo lejano de la ciudad que despertaba lentamente.
Clara se desperezó con lentitud, como si su cuerpo aún estuviera atrapado en el sueño profundo que, por primera vez en días, no había sido interrumpido por pesadillas ni sobresaltos.
Se preparó un café con calma, dejando que el aroma llenara el aire, y colocó sobre una rebanada de pan crujiente un tomate maduro que frotó con delicadeza, como si pintara un lienzo.
Añadió unos taquitos de jamón, y se sentó junto a la ventana, observando cómo la ciudad despertaba bajo un cielo grisáceo y un frío glacial, que notó al abrir la ventana para calcular la temperatura exterior, cerró de inmediato con las manos ya heladas, con las que rodeó la taza de café humeante.
El desayuno era sencillo, pero reconfortante. Por unos minutos, se permitió no pensar en asesinatos, en mármol ensangrentado, en rostros borrosos. Solo en el sabor del café, en el crujido del pan y en el calor tenue que empezaban a emitir los radiadores al encenderse la calefacción.
Después, se dirigió al bloque de mármol que tenía en proceso.
La figura del rey Salomón empezaba a emerger de la piedra, guiada por un cuadro que reposaba sobre un atril cercano.
Clara se colocó los guantes, ajustó la luz, y tomó el cincel con firmeza.
Pero apenas dio unos golpes, su mente se desvió.
El rostro del hombre en la Galería Ferrer volvía a ella como una sombra persistente.
No podía concentrarse. El mármol parecía resistirse, como si supiera que no era el momento.
Suspiró, dejó el cincel sobre la mesa, y se quitó los guantes. No encontraría respuestas allí, encerrada entre sus herramientas. Necesitaba moverse, buscar, hablar. Cogió el móvil y llamó a Carles.
—¿Ya estás en la comisaría? —preguntó, con voz aún somnolienta.
—Todavía no. Me estoy vistiendo. ¿Te paso a buscar?
—Sí, por favor. En menos que canta un gallo estoy lista.
Veinte minutos después, el coche de Carles se detenía frente al portal. Clara subió, y durante el trayecto, la conversación fue ligera, casi banal, como si el día anterior no hubiera existido.
—¿Sabes qué película vi anoche? —dijo Carles, mientras giraba la calle—. Master and Commander . Me encantan las batallas históricas y épicas, la estrategia, y las vestimentas de época... Aunque reconozco que me dormí a la mitad.
—¿Otra vez Russell Crowe? —bromeó Clara—. ¿No te cansas de tanta batalla, sangre y muerte? ¿No tienes suficiente con el trabajo?
—Me evade de la realidad, me aleja de nuestra época y de nuestros problemas del siglo XXI. Aunque, si te soy sincero, prefiero salir a correr por la montaña para olvidarme del mundo, el cine es mi plan B cuando estoy demasiado cansado para salir.
—¿Y cuál es tu montaña favorita?
—El Puigmal. Me gusta porque es exigente, pero accesible, a parte que fue la primera montaña conocida a la que subí y le guardo un aprecio especial.
Y las vistas… parecen sacadas de un cuadro de Caspar David Friedrich, me sentí como si fuera el protagonista de su obra, «El caminante sobre el mar de nubes», deleitándome con el esplendoroso paisaje y a la vez empequeñecido ante la inmensidad de la naturaleza.
Clara sonrió. Le gustaba esa faceta de Carles, la que hablaba de montañas, sin mencionar cadáveres ni persecuciones, y verlo con esa pasión desbordante, le hacía recordar que había mucho más dentro de él que un mero inspector de policía.
Llegaron a la comisaría, y tras saludar a Sandra y recoger un par de informes, Clara se dirigió al despacho de Carles. Allí, sobre la mesa, reposaba el cuaderno de bocetos que habían encontrado junto al cuerpo de Paula García.
Clara lo abrió con cuidado, como si temiera que las páginas pudieran romperse.
Su intuición le decía que allí había algo más, algo que aún no habían visto.
Revisó cada uno de los cinco dibujos, comparándolos con obras que conocía.
Tras una hora de analizar los bocetos y buscar esculturas barrocas con idéntica forma, lo vio claro: todas eran esculturas de Gian Lorenzo Bernini.
Las cinco que Matteo había descubierto en la librería.
Las cinco que parecían formar parte de un patrón.
—Todas son de Bernini —dijo, pensativa.
Carles se acercó, observando los trazos.
—¿Crees que hay un orden?
—No lo sé. Pero si hay un patrón, quizás podamos anticiparnos.
Decidieron encerrarse en el despacho y hacer lo que tantas veces habían visto en películas.
Colgaron fotos de las víctimas y el sospechoso en una pizarra, trazaron líneas entre ubicaciones, anotaron las fechas de cada asesinato, en un mapa de Girona marcaron los lugares de los crímenes, buscando una lógica, una geometría oculta. Pero nada encajaba, estaban atascados.
—El único hilo que tenemos ahora mismo —dijo Carles, apoyándose en la mesa— es Matteo. Si lo encontramos, quizás podamos entender qué está pasando.
El tiempo se les había escurrido entre las manos, el reloj marcaba ya las 13:15. Clara se estiró, sintiendo el peso de la mañana en los hombros.
—¿Comemos algo? —propuso Carles—. Hay un sitio cerca que hacen unos canelones con bechamel gratinados al horno para morirse…bien quizá esta no era la mejor expresión dadas las circunstancias, pero me refiero a que son unos canelones que estoy segura te van a hacer llorar de buenos que están.
—Me apunto. Pero yo soy más de sushi.
—¿Sushi? ¿Pescado crudo? —bromeó él—. A mí me gustan las cosas que han pasado por el fuego —dijo con una sonrisa.
—Deberías probarlo, seguro que te encantaría. También soy amante del vino tinto, las películas lentas y los días nublados.