Capítulo 6
Clara Riera caminaba junto a Carles Pons por las calles empedradas, rumbo a las Galeries Ferrer bajo un cielo despejado, con el eco de la conversación con Pere Fernández aún resonando en su mente.
La galería, enclavada cerca del río Onyar, se alzaba como un templo silencioso consagrado al arte.
Las vidrieras altas filtraban la luz en haces dorados que acariciaban las esculturas expuestas, y el mármol parecía respirar bajo el murmullo de los visitantes.
Al entrar, Clara sintió una punzada en el estómago, como si el aire mismo estuviera cargado de presagios.
Fueron recibidos por una mujer de rostro afable y voz suave, la encargada de la galería, quien los condujo a una pequeña sala de seguridad donde se almacenaban las grabaciones de las cámaras.
Carles, con su tono firme pero cordial, explicó la situación, y tras unos minutos de gestiones, comenzaron a revisar las imágenes del día en que Paula García había visitado la exposición.
En la pantalla, la figura de Matteo d’Alessandro apareció con nitidez: alto, elegante, con su abrigo largo, su bufanda oscura y su maletín.
Caminaba junto a Paula, que irradiaba entusiasmo mientras señalaba esculturas y comentaba detalles con gestos animados.
Matteo sonreía, su expresión más relajada que en días recientes, como si por un momento hubiera encontrado paz en medio del caos.
Pero entonces, algo cambió.
En una de las tomas, Matteo se detuvo bruscamente.
Su cuerpo se tensó, su mirada se clavó en una figura al fondo de la sala: un hombre rubio, de estatura media, con un sombrero parecido al suyo en la mano.
La imagen era borrosa, pero su postura, su forma de moverse, tenía algo inquietante.
Matteo se dirigió hacia él con paso decidido, pero al llegar al lugar donde lo había visto, no había nadie.
Solo una escultura donde se hallaba colgado el sombrero del visitante anónimo, momento en el que Matteo inspeccionó el sombrero lo que le provocó un sobresalto, que hizo que volviera con la cara descompuesta como un cuadro de Dalí, y se despidiera apresuradamente de Paula.
Clara se inclinó hacia la pantalla, sus ojos fijos en la figura fugaz.
No lo reconocía, pero algo en su fisonomía —la forma de los hombros, el perfil apenas visible de la cara— le provocó un escalofrío.
Un recuerdo enterrado, una sombra del pasado que se removía como polvo bajo el cincel afloró y explotó como un volcán en su interior.
—¿Estás bien? —preguntó Carles, notando su expresión.
Clara asintió, pero su voz era apenas un susurro.
—Sí…, solo pudo contestar.
Pasaron el resto de la mañana revisando las grabaciones por si encontraban algo sospechoso, quizás la figura misteriosa hubiera estado antes en la galería, hablaron con el personal, buscaron testigos.
Nadie recordaba al hombre rubio. Nadie había notado nada extraño, hasta que en un momento dado mientras Clara y Carles revisaban las grabaciones de seguridad, un joven vigilante de la galería, de rostro anguloso y uniforme impecable, se acercó con cierta timidez.
—Disculpen —dijo, con voz baja—. No sé si será relevante, pero el día que vino esa chica… la que fue asesinada… hubo algo extraño.
Carles se giró, atento.
—¿A qué te refieres?
—Un hombre rubio, de estatura media, que había estado allí, me pareció que había olvidado su sombrero, y justo cuando cruzaba la puerta lo detuve para advertirle de su olvido.
—¿Y qué te dijo? —preguntó Clara, con el pulso acelerado.
—Que no era suyo. Que lo había encontrado en la galería y que lo había dejado en la escultura. Lo dijo con un acento muy marcado… italiano. Me llamó la atención. Parecía nervioso, pero educado. Se marchó enseguida.
Justo en ese momento, el profesor, ese tal Matteo del que habláis, lo vi con el sombrero en la mano, lo revisó, lo dejó de nuevo donde lo había encontrado y salió de la galería, parecía alterado. Caminaba rápido, como si buscara a alguien.
Clara y Carles intercambiaron una mirada. El acento, el sombrero, la figura que había alterado a Matteo… todo encajaba.
—¿Recuerdas su rostro? —insistió Carles.
El vigilante dudó.
—No del todo. Pero tenía una mirada intensa. Como si estuviera observando algo más allá de las esculturas.
Clara sintió un escalofrío. No lo reconocía, pero algo en la descripción le removía el estómago, una grieta que se abría lentamente en su memoria.
Mientras tanto, en una vieja librería del casco antiguo, Matteo d’Alessandro hojeaba con manos temblorosas un volumen encuadernado en cuero sobre la obra de Gian Lorenzo Bernini. El aire olía a papel viejo y madera encerada, y el silencio era absoluto, roto solo por el aire al pasar las páginas.
En una página marcada con una cinta roja, encontró lo que buscaba: una cronología de las últimas obras de Bernini. Sus ojos se clavaron en una lista:
David.
Apolo y Dafne.
La Verdad desvelada por el Tiempo.
El rapto de Proserpina.
El éxtasis de Santa Teresa.
Matteo se quedó helado. Si el asesino seguía esa lista, ya había recreado la 5ª y 4ª. Quedaban tres. Tres cuerpos. Tres posturas. Tres muertes, un asesino en serie en toda regla.
Cerró el libro con un golpe seco, el corazón latiéndole con fuerza.
¿Era todo esto una galería macabra del siglo XXI?
¿Una exposición de muerte inspirada en el arte?
¿Debía acudir a la policía tras este posible hallazgo?
¿Si lo hacía, lo detendrían? Un sinfín de preguntas le arrasaron la mente como un torrente desbordado.
En ese momento, el teléfono de Carles vibró. Era Sandra.
—Inspector, acaban de informar que Matteo ha sido visto en una librería del casco antiguo. El librero lo ha reconocido por una foto en el periódico, dice que ha preguntado por libros sobre Bernini.
Carles se incorporó de inmediato.
—¿Nombre de la librería?
—Librería Antigua Fontana. Calle del Pou Rodó.
—Vamos para allá —dijo Carles, colgando y mirando a Clara.
Llegaron a la librería en menos de treinta minutos, gracias a que ese día la ciudad respiraba sin agobios y el tráfico era fluido.
El local estaba en penumbra, con estanterías que se alzaban como columnas de una catedral de papel.
El librero, un hombre mayor con gafas gruesas, los recibió con gesto amable.
—¿Matteo d’Alessandro? Sí, estuvo aquí. Buscaba libros sobre Bernini. Se marchó hará unos 10 minutos. Parecía… inquieto.
Carles maldijo en voz baja — ¿Sabe en qué dirección se fue?
El librero se encogió de hombros negando con la cabeza.
Clara, sin perder tiempo, decidió tomar otro rumbo.
—Voy a la biblioteca de la universidad. Quizás encuentre algo más sobre Bernini. O sobre él.
Carles asintió.
—Yo tengo que ver a Martorell. Nos vemos luego en la comisaría.
La biblioteca de la Universidad de Girona estaba casi vacía. Clara caminó entre los pasillos silenciosos, buscando volúmenes sobre Bernini. Pero fue en una pared lateral, donde colgaban fotos de antiguos alumnos internacionales, donde se detuvo en seco.
Allí, entre los rostros de estudiantes que habían pasado por la universidad, estaba él.
Pietro Fiore.
El nombre estaba escrito en una placa dorada bajo la foto. El rostro, más joven, pero inconfundible: cabello rubio, mirada intensa, sonrisa apenas esbozada.
Clara sintió que el aire se volvía denso. Un flash breve, como una chispa en la oscuridad, la golpeó: Pietro en Roma, en el taller, acercándose demasiado, sus manos, su voz, el miedo.
Se apoyó en la pared, cerrando los ojos. El pasado no solo había regresado. Estaba aquí. En Girona.
En la comisaría, el comisario Martorell tamborileaba los dedos sobre la mesa, su rostro tenso.
—Pons, esto se nos escapa. Dos víctimas, un patrón artístico, y aún no tenemos al sospechoso principal. ¿Dónde está Matteo?
Carles, con el cuaderno de bocetos en la mano, respondió con firmeza.
—Está en Girona. Lo sabemos. Pero hay algo más. Alguien lo está manipulando, siguiendo o intimidando, sus movimientos últimamente están siendo erráticos.
Martorell se levantó, ajustándose las gafas.
—Si hay una tercera víctima, la prensa nos va a devorar y nos van a colgar a nosotros. Encuentra a ese hombre, Pons. Y hazlo ya.
La tarde comenzaba a desvanecerse cuando Clara cruzó las puertas de la comisaría.
El aire del vestíbulo, cargado de café recalentado y papeles húmedos por la lluvia, la envolvió como un muro de realidad tras la sacudida emocional vivida en la biblioteca.
Caminó con paso firme, aunque por dentro aún sentía el temblor de la imagen que había encontrado: el rostro de Pietro Fiore, congelado en una fotografía de juventud, colgado en la pared como un trofeo olvidado.
Al fondo del pasillo, Carles salía del despacho del comisario Martorell, con el ceño fruncido y los hombros tensos. Al verla, su expresión se suavizó apenas, pero no dijo nada. Clara se acercó, intentando recomponerse.
—¿Alguna novedad? —preguntó ella, con voz más serena de lo que esperaba.
Carles negó con la cabeza.
—Nada útil. Martorell está presionando. Quiere resultados. Quiere a Matteo.
Clara bajó la mirada, asintiendo en silencio. No se atrevió a contarle lo que había visto. No aún. El nombre de Pietro seguía latiendo en su pecho como una herida mal cerrada.
—¿Y tú? —preguntó Carles, con suavidad—. ¿Encontraste algo?
Clara dudó un instante, luego negó.
—No. Solo… recuerdos.
Carles la observó un segundo más, como si intuyera que había algo más detrás de sus palabras. Pero no insistió.
—Vámonos —dijo finalmente, con un suspiro—. Este día ya ha sido bastante largo.
Clara asintió, y juntos salieron de la comisaría, envueltos por el aire frío de la noche que caía sobre Girona como un telón de terciopelo. El murmullo lejano del río Onyar acompañaba sus pasos hasta el coche, donde el silencio se instaló de nuevo, cargado de todo lo que aún no se habían dicho.