El susurro del mármol Capítulo 5 #4
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Capítulo 5 #4

La conversación fluyó con naturalidad, Paula compartiendo anécdotas de sus estudios y preguntas técnicas sobre la escultura, Matteo respondiendo con sus explicaciones y conocimientos sobre el mármol.

Pere, incómodo por su falta de conocimiento en arte, se excusó para recorrer la galería solo, dejando a Paula y Matteo absortos en su diálogo.

La tarde pasó volando, el tiempo diluyéndose entre risas y debates apasionados, hasta que el sol comenzó a declinar y las sombras se alargaron en la sala.

Matteo, sin embargo, sintió un escalofrío.

Al girarse para despedirse, vio una figura al fondo de la galería: un hombre alto, con pelo rubio y ondulado con un sombrero en la mano, parecido al suyo, que lo observaba desde la puerta, su presencia intimidante como un eco de un recuerdo borroso, aun así, decidió dirigirse con paso firme hacia él, pero al llegar al otro lado de la sala, no había nadie, solo encontró un sombrero colgado del brazo de una escultura.

Lo cogió, y le temblaron las manos al ver bordado en él las siglas, «PF».

La inquietud lo invadió, un peso que le oprimía el pecho y que lo dejó sin aliento, volvió y se despidió apresuradamente de Paula, murmurando algo sobre una cita que no podía cancelar.

Ella lo miró con sorpresa, pero él se alejó, se calzó el sombrero, guardó el cuaderno en el maletín y lo apretó contra su costado, dejando la galería con el corazón latiéndole con tanta fuerza que parecía salírsele del pecho.

La figura rubia había desaparecido entre la multitud de la rambla, un mal presagio le invadió por dentro, ese hombre le resultaba familiar, su rostro, sus cabellos, pero no podía ubicarlo en sus recuerdos.

Al día siguiente Matteo d’Alessandro descendió al salón del Hotel Ultònia, donde el aroma a café recién molido y pan tostado flotaba en el aire, un bálsamo de tranquilidad contra la inquietud que lo había perseguido durante la noche.

Se sentó en una mesa apartada, junto a una ventana que daba a la calle, donde las primeras luces del día revelaban el ajetreo de la ciudad.

Pidió un desayuno sencillo —café con leche, un croissant y un periódico que apenas miró—, su mente aún atrapada en el laberinto de incertidumbre que lo envolvía, en las sombras que lo habían acorralado como dedos de mármol cerrándose alrededor de su garganta durante la persecución, y el hombre rubio misterioso de las galerías.

La televisión del salón, montada en la pared opuesta, emitía un murmullo bajo, un zumbido de noticias locales que Matteo ignoró al principio. Pero una palabra —«Asesinato»— lo hizo levantar la vista, el tenedor suspendido a medio camino de su boca.

La presentadora, con voz grave y profesional, relataba el hallazgo de una segunda víctima en los Jardines de los Alemanes, detrás de la Catedral.

Matteo dejó de dar cuenta de su desayuno, el croissant prácticamente intacto sobre el plato, y le hizo un gesto a la camarera, una mujer de rostro amable y delantal manchado.

—Disculpe, ¿podría subir el volumen? —pidió, su voz ronca por el sueño interrumpido.

La camarera obedeció, y el sonido se amplificó, llenando el salón con el tono urgente de la noticia.

Matteo escuchó con atención, sus ojos fijos en la pantalla, analizando cada imagen: el cordón policial, la lluvia cayendo sobre la hierba, el contorno borroso del cuerpo bajo la sábana en la madrugada.

La presentadora describía la escena con detalles escuetos —una mujer de 28 años, Paula García, encontrada asesinada esta madrugada en los Jardines de los Alemanes—, pero cuando el nombre de la víctima apareció en la pantalla, Matteo sintió que el mundo se detenía.

Paula García. La joven de la galería, la que había debatido con él sobre el busto de mármol, la que había brillado con la misma pasión que le recordó a Laia.

Quedó en estado de shock, el café enfriándose en su taza, el salón girando a su alrededor.

Otra víctima. Y ambas —Laia y Paula— habían estado durante las horas previas con él, conversaciones que ahora parecían malditas, ecos de un destino que lo arrastraba al abismo.

No era tonto. Sabía que la policía no tardaría en atar cabos: su reunión con Laia en Barcelona, su presencia en Girona, y ahora la muerte de Paula, una mujer que lo había conocido en una galería local.

¿Lo buscarían como sospechoso principal?

El pensamiento lo golpeó como un cincel, pagó la cuenta con manos temblorosas, dejando un billete sobre la mesa sin esperar cambio.

Salió del salón a toda prisa, el corazón latiéndole con fuerza, y se dirigió de vuelta a su habitación, el maletín apretado contra su costado como un escudo del que nunca se separaba.

En la privacidad de su habitación, se dejó caer en la cama, la lluvia volviendo a caer contra la ventana como un velo que ocultaba el mundo.

¿Quién era el hombre del pelo rubio? ¿Cómo podía ser que dos chicas con las que había tenido contacto en esos días, horas después, estuvieran muertas, y ambas como parte de unos asesinatos macabros?

La coincidencia era demasiado perfecta, demasiado cruel.

¿Era él el hilo común, o solo una pieza en un rompecabezas más grande?

Matteo se levantó, paseando por la habitación como un animal enjaulado, su mente un torbellino de dudas y miedos que no podía esculpir en palabras.