Capítulo 5 #3
Desde el día de la persecución, tras el asesinato de Laia, Matteo había navegado por Girona como un fantasma, buscando refugio en sus rincones más íntimos.
Tras huir de los jardines de la Catedral, se había refugiado en el Hotel Ultònia, un edificio elegante en el centro de la ciudad, con sus salones de madera oscura y el murmullo de huéspedes que parecían ajenos a su tormenta interna.
Había pasado la tarde en su habitación, el maletín abierto sobre la cama, revisando papeles que hablaban de su legado en la academia de bellas artes de Roma, pero su mente volvía una y otra vez a Laia, a su sonrisa nerviosa en el Oval Café, a la promesa de un futuro que ahora se desvanecía como humo.
La inquietud lo carcomía: ¿por qué lo seguían?
No lo sabía, pero la presencia de esas sombras lo hacía mirar por encima del hombro, el corazón latiéndole con un ritmo irregular.
Matteo decidió salir, necesitando el bálsamo de la ciudad para calmar su mente. Paseó por el casco antiguo, sus calles empedradas resonando bajo sus pasos, el aroma a pan recién horneado mezclándose con el de la lluvia que había cesado por fin y el murmullo de los turistas y transeúntes.
Entró en el Museo de Historia de la Ciudad, donde las vitrinas de artefactos antiguos le recordaban la eternidad del arte, un contraste con la fragilidad de la vida.
Se detuvo frente a una escultura medieval, su superficie pulida reflejando su rostro cansado, y por un instante, sintió que Laia estaría allí, discutiendo la técnica con él.
Pero la ilusión se rompió cuando notó una figura al fondo de la sala, un hombre con sombrero marrón, lo observaba desde las sombras.
¿Era él? Parecía una copia de sí mismo, ¿o su paranoia le estaba jugando una mala pasada? Matteo salió apresuradamente del local con el corazón acelerado.
Una vez calmado, decidió visitar el Museo de Arte para ocupar la mente, donde las obras de artistas catalanes le recordaban su juventud, pero ni la belleza de las pinturas logró disipar por completo el temor que ardía en su interior.
Al salir, atisbó en la distancia, entre los peatones, un sombrero que le resultaba familiar, un hombre que se camuflaba entre la multitud, con movimientos felinos.
¿Quién era? ¿Por qué lo seguía? Matteo estaba al borde de un ataque de pánico y de repente se encontró enfrente de las Galeries Ferrer, una pequeña galería cerca del río Onyar que había visto unos días antes y le había parecido interesante, decidió entrar, en un intento de escapar y buscar refugio.
El sol se filtraba a través de las altas vidrieras de Galeries Ferrer, tiñendo de oro el mármol blanco del busto que dominaba el centro de la sala.
Era una escultura anónima, un rostro severo de un noble olvidado, con ojos tallados que parecían juzgar a los visitantes desde la eternidad de la piedra.
Matteo d’Alessandro se detuvo delante, quedándose en silencio, su mirada analizando la obra: los trazos sutiles del cincel, el juego de luces y sombras en la superficie pulida, los detalles que hacían cobrar vida a la materia inerte, como si el mármol guardara un susurro del alma del artista.
En ese momento, Paula García y su acompañante, Pere Fernández, entraron en la galería y ambos se detuvieron delante del busto, sus siluetas recortadas contra la luz que se derramaba como miel desde las ventanas.
Matteo se percató de que no estaba solo, y su atención se fijó en la joven.
Paula, con el cabello recogido en un moño desordenado y los ojos brillantes de curiosidad, observaba la escultura con una pasión que le recordó a Laia Martí: esa mezcla de reverencia y hambre por el arte, como si cada línea de mármol contara una historia que solo ella podía descifrar.
Sin pensarlo dos veces, Matteo decidió romper el silencio, su voz grave resonando en la sala como un eco parecido al de las aulas de la Academia de Bellas Artes de Roma.
—Un busto como este no es solo piedra —dijo, con un tono que mezclaba autoridad y nostalgia—. Es un retrato del tiempo, de lo que se pierde en cada golpe del cincel. ¿Qué ve usted en él?
Paula se giró, sorprendida pero intrigada, sus ojos encontrándose con los de Matteo.
Pere, a su lado, frunció el ceño ligeramente, pero ella sonrió, ignorando su incomodidad.
—Veo un rostro que guarda secretos —respondió, su voz suave pero firme—.
Los ojos parecen acusar, como si el noble supiera que su legado se desvanecería en el olvido.
El mármol de Carrara le da esa pureza fría, pero los detalles en la mandíbula, los ojos, esa tensión...
es como si estuviera a punto de hablar, de revelar algo que nadie quiere oír.
Matteo inclinó la cabeza, impresionado por su intuición.
—Exacto. El Carrara no perdona errores; es como el arte mismo, implacable. Yo soy Matteo d’Alessandro, profesor en la Academia de Bellas Artes de Roma. ¿Y usted?
—Paula García, estudiante de arte en la ciudad —dijo ella, extendiendo la mano un poco intimidada por el cargo que ostentaba el profesor—. Este es Pere, mi… amigo.
Pere saludó con un gesto seco, su expresión tensa, pero Matteo lo ignoró, centrado en Paula.
Hablaron de la escultura, de las técnicas renacentistas que el busto evocaba, de cómo el mármol de carrara había sido el lienzo de genios como Bernini.