El susurro del mármol Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Podría ser un punto de partida. Si está limpio, tal vez no sea el asesino, pero su cercanía con Paula podría darnos algo. Revisemos las redes otra vez, a ver si encontramos más fotos o menciones.

Juntos, profundizaron en las publicaciones de Paula, ampliando la búsqueda a perfiles de sus amigas del Alter Ego.

Una foto en Instagram mostraba a Pere en un parque, con una sonrisa tensa que contrastaba con la calidez de Paula a su lado.

Sin etiquetas, sin comentarios, pero suficiente para confirmar que había sido parte de su círculo.

Carles anotó la matrícula y la dirección, su mente trazando un plan para visitarlo más tarde, mientras Clara sentía un leve alivio al estar en ese momento junto al inspector, trabajando codo con codo y sin distracciones.

Por fin su cabeza se vació de esos pensamientos negativos que la habían perseguido esos últimos días y volvió a disfrutar de la compañía de Pons.

Frente a la terminal, revisaban una vez más las redes sociales de Paula García, sus dedos deslizándose por pantallas llenas de recuerdos congelados.

Las fotos con Pere Fernández seguían siendo escasas, pero cada imagen ofrecía un destello de intimidad que alimentaba sus sospechas.

Clara, con el ceño fruncido, levantó la vista hacia Carles, una idea tomando forma en su mente.

—Pons, ¿y si voy sola a la dirección de Pere? —propuso con voz firme, pero con un matiz calculador—. Una presencia femenina podría suavizar la situación. No nos engañemos, una mujer bonita como yo puede hacer hablar a un hombre, aunque no quiera.

Carles arqueó una ceja, una sonrisa torcida asomando en su rostro.

—Vaya, Riera, ¿jugando la carta de la seducción? Ten cuidado, no quiero que me robes el protagonismo. Pero sí, tiene sentido. Ve, pero mantente en contacto.

Clara asintió, recogiendo su abrigo y las llaves del coche, un destello de determinación en sus ojos. Se despidió con un gesto rápido y salió hacia su vehículo, el motor ronroneando mientras se dirigía a las afueras de Girona.

Al llegar, aparcó frente a una casa modesta de fachada desgastada, las persianas entreabiertas dejando entrever una luz tenue.

Tocó el timbre, y tras unos instantes de espera, la puerta se abrió con un chirrido.

Allí estaba él: un hombre idéntico al de la foto del Instagram de Paula, rostro anguloso, mirada esquiva, sin lugar a duda era Pere Fernández.

Llevaba una camiseta arrugada y el cabello despeinado, como si acabara de levantarse, sus ojos somnolientos cargados de una melancolía que no podía ocultar.

—Hola, soy Clara Riera, ayudante de la policía —se presentó con una sonrisa amable—. ¿Puedo pasar un momento? Es sobre la investigación de Paula García.

Pere la observó en silencio, su expresión tensa, pero finalmente asintió y se apartó para dejarla entrar.

El interior era sencillo, con muebles desordenados y un olor a café rancio flotando en el aire.

Se sentaron en un sofá raído, y Clara notó cómo él cruzaba los brazos, como si quisiera protegerse de algo.

—¿Qué quieres saber? —preguntó Pere, su voz apagada, apenas un murmullo.

Clara se inclinó ligeramente hacia adelante, adoptando un tono cálido pero profesional.

—Empecemos por el principio. ¿Cómo conociste a Paula?

Pere suspiró, pasándose una mano por el rostro.

—Fue por Instagram, hace unos cinco o seis meses.

Me escribió un mensaje tras un comentario que hice en una foto de arte, algo sobre una exposición que ella había organizado.

Me pareció interesante, así que seguimos hablando.

Al principio, todo fue casual. Quedamos para tomar un café, luego un paseo por la ciudad.

Era simpática, siempre con esa energía suya, hablando de esculturas y colores.

Pero después… empezó a querer más y yo no estaba seguro, así que iba actuando sobre la marcha.

Clara anotó mentalmente, manteniendo la voz suave.

—¿Qué tipo de cosas planeaba? ¿Algo específico que recuerdes?

Pere dudó, sus dedos tamborileando en el brazo del sofá.

—Una vez sugirió ir a un taller de cerámica en Figueres, dijo que sería divertido aprender juntos. Yo me excusé, dije que estaba ocupado con el trabajo.

—¿Y cómo evolucionó esa relación? —insistió Clara, notando cómo sus hombros se tensaban—. ¿Hubo algún momento de conflicto?

Pere bajó la mirada, su voz tornándose más baja.

—Sí, hubo un par de discusiones. Ella quería que definiera qué éramos, y yo le dije que aún no lo sabía. Se enfadó, me acusó de jugar con ella. La última vez que hablamos, hace unos días, estaba distante, pero no pensé que… sería la última vez que la vería.

Se interrumpió, tragando saliva. Clara inclinó la cabeza, suavizando su tono.

—¿Notaste algo sospechoso o fuera de lo habitual estando con Paula? ¿Algo en su grupo de amigos, en su comportamiento, que pudiera hacer pensar que alguien quisiera hacerle daño?

Pere negó con la cabeza, su voz firme por primera vez.

—No, nada. Todo era normal. Paula tenía el típico grupo de amigos de siempre, gente de exposiciones o de la universidad. Nada sospechoso, nada fuera de lo común que me hiciera pensar que alguien querría matarla.

Clara asintió, pero antes de que pudiera seguir, Pere frunció el ceño, como si un recuerdo emergiera de las sombras.

—Espere…el día del crimen tuvimos otra discusión, en una exposición de esculturas de mármol, pasó algo raro.

Estábamos juntos, y se le acercó un tipo un tanto extraño.

Llevaba un sombrero viejo y un cuaderno antiguo bajo el brazo, lo recuerdo porque era el único que vestía así, como de otra época.

Estuvieron hablando mucho rato, casi como si se conocieran.

Yo no entendía de arte, así que decidí recorrer la exposición solo.

Me cansé rápido y me senté en un banco fuera a esperarla. Salió sola después de un buen rato.

Clara se inclinó hacia adelante, su interés creciendo.

—¿Qué pasó cuando salió? ¿Cómo estaba ella?

Pere se removió incómodo.

—Estábamos un poco tensos. Discutimos, no de forma efusiva, pero yo estaba molesto.

Ella me había pedido que la acompañara a esa exposición, aunque no entiendo nada de mármol, y luego me dejó de lado con ese tipo.

Al final, Paula reconoció que se equivocó, que no debió ignorarme.

Me explicó que ese hombre sabía mucho de arte, en especial del mármol de carrara.

Decía que era casi obsesivo con el tema, pero que en un momento dado se despidió deprisa y se marchó sin más.

Clara palideció al escuchar lo del mármol de carrara y lo del hombre extraño con sombrero, un escalofrío recorrió su cuerpo. Podría ser la conexión que buscaba.

—¿Recuerdas si Paula te dijo cómo se llamaba?

—No, no lo mencionó, ni yo le pregunté.

—¿Recuerdas el nombre de la galería? —preguntó, su voz tensa.

Pere pensó un momento, rascándose la nuca.

—Sí, era Galeries Ferrer, aquí en Girona. Una de esas galerías pequeñas cerca del río.

Clara tomó nota, su mente acelerándose, aunque quería irse directa a esa galería debía acabar el interrogatorio.

—¿Dónde estabas el día del crimen, Pere? El viernes pasado, por la noche.

El cuerpo de Pere se puso rígido, sus ojos clavándose en los de ella con una mezcla de alarma y desafío.

—¿Soy sospechoso? ¿Por eso estás aquí?

—No, no lo eres —respondió Clara con calma, levantando las manos en un gesto conciliador—. Solo estamos contactando a las personas cercanas a ella. Necesitamos saber qué pasó.

Pere relajó los hombros ligeramente, aunque su mirada seguía esquiva.

—Estaba aquí, durmiendo. Esa tarde había tenido un partido de tenis con unos amigos en el club de las afueras.

Llegué agotado, cené algo rápido y me acosté temprano, sobre las nueve.

Paula me escribió antes, diciendo que iba a cenar, pero no me dijo con quién.

Pensé que estaría con sus amigas, como siempre.

Clara tomó nota, su instinto captando la pausa tras mencionar la cena.

—¿Te pareció extraño que no dijera con quién iba?

Se encogió de hombros, evitando su mirada.

—No, no era raro. A veces salía con gente del trabajo o de sus exposiciones.

—¿Alguna vez te habló de alguien que pudiera haberle querido hacer daño? —preguntó Clara, inclinándose un poco más.

Él frunció el ceño.

—No, nadie, no creo que sea la típica persona a la que alguien quiera hacer daño, era una persona muy amable con todo el mundo.

Tras unos minutos más, decidió acabar el interrogatorio y no forzar la situación. Si era inocente, no quería asustarlo; si era culpable, no quería alertarlo más.

—Gracias por tu tiempo, Pere —dijo Clara, levantándose con una sonrisa educada—. Si recuerdas algo más, no dudes en contactarme.

Pere asintió en silencio, acompañándola a la puerta con pasos pesados. Clara salió al sol de la tarde, el aire fresco golpeándole el rostro mientras procesaba la conversación.

El chico no parecía ser el sospechoso, aunque su sexto sentido le decía que no había contado todo lo que sabía.

Sin embargo, Clara sentía la imperiosa necesidad de salir corriendo a las Galeries Ferrer, debía averiguar quién era el hombre misterioso que abordó a Paula en la exposición, sus sospechas de nuevo se precipitaban como una tormenta sobre el nombre de Matteo.

Matteo d’Alessandro se encontraba en su habitación del Hotel Ultònia, el sol filtrándose por las cortinas a medio cerrar, proyectando rayas de luz sobre el maletín que reposaba en la silla.

Su mente haciendo un esfuerzo por mantenerse en el presente, pero esta, sin su permiso regresaba al pasado una y otra vez recreando todos los acontecimientos en un bucle incesante.

La muerte de Laia Martí en la Catedral, confirmada por las noticias, era un golpe que lo había dejado tambaleante.

¿Quién era el responsable? ¿Y quiénes eran esas dos figuras que lo habían perseguido aquella tarde?