Capítulo 5
La mañana del sábado se desplegaba sobre Girona con una luz suave que se filtraba entre las calles estrechas del casco antiguo, mientras el aire fresco traía consigo el murmullo de la ciudad despertando.
En la comisaría, Carles Pons y el comisario Martorell analizaban las pistas, pero un informe urgente del forense interrumpió la reunión, convocando a Carles a la morgue para un reexamen del cuerpo de Paula García.
La luz fría de las lámparas fluorescentes bañaba la sala de autopsias, donde el forense, un hombre de rostro afilado y manos firmes, aguardaba junto a la mesa de acero.
Carles se acercó, el olor a antiséptico y sangre coagulada llenando sus pulmones, mientras el forense apartaba la sábana que cubría el cuerpo.
Bajo la piel pálida de Paula, ahora revelada tras un análisis más detallado y gracias al tiempo transcurrido, emergieron manchas oscuras: hematomas extensos y profundos, ocultos en la primera inspección debido a la reciente muerte, la ropa empapada de lluvia y el retraso en la coagulación de la sangre.
Los morados se extendían por los brazos, el torso y las piernas, como un mapa de ira grabado en su carne, la sangre coagulada formando patrones irregulares que contaban una historia de violencia descontrolada.
—Inspector, esto no era evidente en la escena —dijo el forense, señalando un hematoma particularmente grande en el antebrazo, donde los dedos parecían haberla sujetado con fuerza—.
Son golpes múltiples, administrados con dureza antes de la incisión.
La sangre coagulada sugiere que luchó, que el asesino descargó una rabia visceral sobre ella.
No fue solo un ritual; esto apunta más bien a un acto pasional.
Carles sintió un nudo en el estómago, sus ojos siguiendo las marcas oscuras.
—¿Podría ser personal? ¿Un novio, tal vez?
—No hay registros iniciales de una pareja —respondió el forense, ajustando sus guantes—. Pero estos hematomas, combinados con la precisión quirúrgica del cuello, sugieren una mezcla de pasión y cálculo. Alguien quería hacerle daño, y no solo escenificar el cadáver.
De vuelta en la comisaría, Carles compartió el hallazgo con Martorell, quien tamborileaba los dedos sobre la mesa como de costumbre, su mirada perdida en las fotos del cuerpo.
—Si es un crimen pasional, un posible novio podría ser un sospechoso. Pero no sabemos si tenía pareja. Investiga su vida, Pons. Averigua con quién se relacionaba.
Carles comenzó revisando las redes sociales de Paula García, desplazándose por publicaciones que mostraban su vida vibrante: fotos de exposiciones, viajes y noches con amigas.
En una imagen tomada en un parque meses atrás, apareció un chico de rostro anguloso y mirada esquiva, su brazo rozando el de Paula en un gesto íntimo. No había etiquetas, ningún nombre.
Contactó a la familia, y tras una conversación con el padre de Paula, un hombre de voz quebrada por el dolor no pudo confirmar que tuviera pareja. «Siempre fue reservada con su vida amorosa», dijo el padre, limpiándose una lágrima.
Martorell insistió.
—Ese rostro en las fotos podría ser clave, Pons. Encuentra a ese chico, sea quien sea. Es tu prioridad, ahora mismo.
Carles llamó al padre de Paula de nuevo para concertar una visita, quedando en encontrarse en su casa esa tarde.
El hombre lo recibió en un salón modesto, junto a una chimenea que crepitaba tímidamente, el calor contrastando con el frío de su mirada perdida.
Carles le preguntó sobre las amistades de su hija, explicando que necesitaba localizarlas para interrogarlas.
—Necesito encontrar a sus amistades, señor García. ¿Sabe dónde podría dar con ellos? —preguntó Carles, manteniendo un tono respetuoso.
El padre negó con la cabeza, pero tras un silencio, su rostro se iluminó con un recuerdo.
—Los fines de semana, Paula solía hablar de un bar de copas, el Alter Ego. Decía que se reunía allí con sus amigas. No sé más.
El padre le mostró una foto que tenía junto a la chimenea, donde se podía ver a Paula y a sus amigas en un viaje.
—Si le sirve de algo esta foto, es todo lo que tengo, dijo el padre
Decidió actuar de inmediato. Marcó el número de Clara, su voz recuperando esa picardía habitual.
—Riera, ¿te apetece un sábado noche de fiesta como en los viejos tiempos? —bromeó, con su voz teñida de humor—. Bueno, en serio, he hablado con el padre de Paula. Debo ir a un bar de copas llamado Alter Ego a buscar a sus amigas. ¿Te apuntas? Motivo estrictamente profesional, te lo prometo.
Clara suspiró, aceptando a regañadientes.
—Está bien, Pons.
El inspector, de nuevo haciendo gala de su típico humor, le deslizó, tranquila, estarás en casa antes de las 00:00 te lo prometo.
Ella, entornando los ojos mientras pensaba: Este hombre es irremediable, siempre con sus bromas inoportunas y que no tienen gracia, y colgó el teléfono.
Esa noche, Carles pasó a recogerla, y juntos se dirigieron al Alter Ego, un bar de copas en el corazón del casco antiguo, con luces tenues y música que llenaba el aire.
Para no desentonar, pidieron una cerveza cada uno y se sentaron en una mesa apartada, charlando con una ligereza fingida que recordaba sus días universitarios.
Carles bromeó sobre anécdotas de sus noches de golferías, y por fin logró arrancarle a Clara una sonrisa tímida, un destello de la conexión que habían perdido.
Al cabo de un rato, un grupo de amigos y amigas entró en el bar, sus rostros marcados por la tristeza. Carles reconoció algunos rostros de la foto que el padre de Paula le había mostrado encima de la chimenea.
Tras un tiempo prudencial, se acercaron.
Las miradas de las amigas delataban dolor, confirmando que eran las personas que buscaban.
Carles y Clara se presentaron con tacto, explicando su propósito, y tras una conversación cargada de emociones, una de las amigas, con voz temblorosa, dejó caer un nombre:
—Pere Fernández… era alguien cercano a ella. No sé más.
Clara y Carles intercambiaron una mirada, el nombre resonando como una nueva pieza en el rompecabezas, un posible vínculo que podría desentrañar el misterio.
La noche en el Alter Ego se desvanecía lentamente, las luces tenues del bar apagándose como estrellas agotadas, mientras Carles y Clara se despedían del grupo de amigas de Paula con un nudo de emociones en el pecho.
El nombre de Pere Fernández resonaba en sus mentes como un eco que prometía respuestas, pero también más preguntas.
Sin mediar palabra, abandonaron el bar, el aire frío de la madrugada golpeándoles el rostro mientras caminaban hacia el coche de Carles.
El silencio entre ellos era denso, un manto que los envolvía sin necesidad de explicaciones, roto solo por el crujir de sus zapatos con los adoquines bajo sus pies.
Carles abrió la puerta del conductor, el chirrido metálico cortando la quietud, y Clara se acomodó en el asiento del copiloto, ajustándose el abrigo con un movimiento mecánico.
Encendió el motor, pero dejó la radio apagada, un silencio voluntario que llenó el habitáculo con sus propios pensamientos.
Carles mantenía las manos firmes en el volante, su mente girando en torno a Pere Fernández, los hematomas en el cuerpo de Paula, y la conexión aún elusiva con el cuaderno de bocetos.
A su lado, Clara miraba por la ventana, las luces navideñas difuminándose en un borrón de colores mientras el coche serpenteaba por las calles de la ciudad.
Aunque jamás lo admitiría, un resquicio de celos aún ardía en su interior, alimentado por la imagen de Carles riendo con Anna, un recuerdo que se negaba a desvanecerse por completo.
Sus dedos nerviosos en el regazo y su respiración acelerada pero apenas audible, un intento de contener las emociones que pugnaban por salir.
El trayecto hasta el estudio de Clara fue breve, pero se sintió eterno. Al detenerse frente a su puerta, Carles apagó el motor, el silencio ahora era absoluto salvo por el leve zumbido del motor enfriándose. Se giró hacia ella, su voz baja rompiendo la quietud.
—Riera, mañana seguimos con esto. Centrémonos en Pere Fernández. ¿Te viene bien a primera hora en la comisaría?
Clara asintió, su mirada esquiva.
—Sí, Pons. A primera hora. Buenas noches.
—Buenas noches —respondió él, con un leve asentimiento que no logró disimular la tensión entre ellos. Clara salió del coche, el portazo resonando en la noche, y Carles la observó hasta que desapareció tras la puerta del portal, antes de emprender el camino a su propia casa.
El domingo 8 de diciembre amaneció con un sol radiante, las calles del casco antiguo brillando como si el invierno hubiera decidido tomarse un respiro.
A pesar de ser festivo, allí estaban ambos en la comisaría, reflejando la determinación de quienes no podían permitirse un día de descanso.
Carles y Clara se encontraron en la sala de operaciones a primera hora, el café humeante en sus manos el único indicio de calidez en un ambiente dominado por expedientes y pantallas parpadeantes.
Sin perder tiempo, se sentaron frente a un ordenador, sus dedos danzando sobre los teclados mientras accedían a la base de datos policial. El nombre de Pere Fernández era el eje central de su búsqueda, una pista frágil pero prometedora que podían rastrear.
Carles tecleó con rapidez, buscando antecedentes penales, direcciones registradas, matrículas de vehículos asociadas, cualquier hilo que los llevara a localizarlo para un interrogatorio.
La pantalla arrojó resultados parciales: un Pere Fernández de 30 años con un historial limpio, sin condenas, con dirección en las afueras de Girona y un vehículo registrado a su nombre, un Volkswagen Golf blanco con matrícula 4753FYM.
Sin embargo, no había datos recientes, y las actualizaciones parecían estancadas.
—Nada serio en su historial —murmuró Carles—. Pero esa dirección es un comienzo. ¿Qué opinas, Riera?
Clara, con la mirada fija en la pantalla, asintió lentamente.