Capítulo 4 #3
Paralelamente, Carles había sido sorprendido esa mañana por una llamada de su hermana mayor, Anna Pons, que había viajado desde Barcelona para verlo.
«Necesito verte, hermanito. ¿Te va bien quedar hoy?
», había dicho Anna al teléfono, su voz cálida rompiendo la rutina de la comisaría.
Carles no se lo pensó: era justo lo que necesitaba, un refugio familiar para evadirse del trabajo, un respiro en medio de la tormenta.
Carles la recogió en la estación de tren, decidieron dar una vuelta por la ciudad, deteniéndose en una cafetería cerca del río Onyar para tomar un café caliente con vistas a las coloridas casas que lo escoltaban.
Hablaron de todo menos de trabajo: Anna contó anécdotas de su hijo Eduard, de 6 años, que no paraba de preguntar por su tío Carles, al que querría ver más a menudo, también hablaron de su matrimonio con Joan Roig, que no atravesaba su mejor momento.
«Joan es bueno, pero el día a día nos está desgastando», confesó Anna, con una sonrisa triste.
Carles, a su vez, mencionó que había conocido a alguien, una chica especial que le había despertado algo en su interior, algo que creía aletargado o muerto, pero aclaró que no había nada serio, que no había pasado nada entre ellos.
«Empiezo a sentir algo más profundo que amistad, pero no sé si es el momento», admitió, y Anna lo miró con una complicidad fraternal.
Más tarde, con el sol radiante bañando el casco antiguo a pesar del invierno, eligieron una terraza frente al Cul de la Lleona, donde las estufas creaban un oasis de calor.
Mientras compartían un plato de patatas bravas y unas hamburguesas, Anna bromeaba sobre la suerte que había tenido de no tener que ver cocinar a su hermanito, y él reía, se le notaba distendido y aliviado.
En ese momento, Clara, cabizbaja tras su infructuosa visita a la comisaría, caminaba de regreso a su casa. La soledad la envolvía, amplificada por la ausencia de Carles, cuyos mensajes ignorados la hacían sentir un vacío creciente.
Al pasar por la terraza, sus ojos se posaron en Carles y una bella mujer, ambos riendo y compartiendo un buen momento, con una complicidad que no se esperó, y que la atravesó como una aguja.
Un sentimiento nuevo y agudo anidó en su interior: celos.
¿Quién era esa mujer? ¿Por qué Carles no contestaba sus llamadas ni sus mensajes?
Ignorando de que se trataba de Anna, su hermana, Clara la vio como una intrusa que podía separarle de Carles, justo cuando más lo necesitaba.
Hasta ese instante, no había sentido nada tan visceral, y el descubrimiento de ese sentimiento la dejó desconcertada, atrapada entre la investigación y una emoción que no sabía cómo manejar.
La tarde se extendía sobre Girona con un sol que teñía las calles empedradas de un dorado suave, un contraste apacible tras la tormenta matutina. Carles acompañó a su hermana Anna hasta la estación de tren, cargando su mochila mientras charlaban sobre nimiedades, evitando el peso de la despedida.
Anna, con una sonrisa cálida, lo abrazó antes de subir al andén.
«Dale un beso a Eduard de mi parte cuando lo veas», dijo Carles, y ella asintió, prometiendo que volvería pronto con su pequeño.
Mientras el tren partía hacia Barcelona, Carles revisó su teléfono, advirtiendo varios mensajes sin respuesta, incluidas tres llamadas perdidas de Clara.
Frunció el ceño con extrañeza, había tenido el móvil en «no molestar» y no se percató de su insistencia, aun así, no le dio mayor importancia en ese momento.
Decidió caminar hacia la comisaría, marcando su número mientras avanzaba por las calles, pero nadie respondió al otro lado de la línea, probó de nuevo, con idéntico resultado y decidió no insistir más.
Al llegar a la comisaría, Carles se encerró en su despacho, el silencio roto solo por el zumbido de la lámpara y el crujir de los papeles que esparció sobre el escritorio.
Intentó recopilar todas las pistas: la incisión quirúrgica en el cuello de las víctimas, el mármol de carrara, el pergamino con «17.
6», las alas y la cabeza de ángel, y el cuaderno de bocetos que parecía un guion macabro.
Revisó cada detalle, buscando algo que hubieran pasado por alto, un hilo suelto que los llevara a Matteo o al asesino. Las horas se deslizaron como sombras, y cuando el reloj marcó las 20:00, Carles levantó la vista, consciente de que Clara no había contestado.
Una punzada de preocupación lo atravesó. Intentó llamarla de nuevo, pero esta vez ni siquiera dio señal; el teléfono parecía apagado o fuera de cobertura. El silencio al otro lado de la línea lo inquietó, y decidió actuar.
Salió de la comisaría, aprovechando el trayecto para comprar pan en una panadería cercana antes de que cerrara, el aroma llenaba el aire mientras pagaba.
Con la bolsa en la mano, caminó hacia el apartamento de Clara, el corazón latiéndole con una mezcla de ansiedad y alivio al acercarse.
Llamó al timbre, y tras unos instantes de espera, la puerta se abrió.
Clara apareció en el umbral, su rostro pálido y distante, como si la presencia de Carles le generara una incomodidad que no podía ocultar. Vestía una bata sencilla, el cabello desordenado, y sus ojos evitaban los de él, cargados de sentimientos encontrados.
Quería tenerlo cerca, sentir la calidez de su compañía tras la noche anterior, pero el recuerdo de la mujer con la que lo había visto en la terraza —esa risa compartida, esa intimidad— le dolía como una espina clavada, alimentando una mezcla de celos y confusión que no sabía cómo manejar.
—¿Estás bien, Riera? —preguntó Carles, su voz suave pero tensa, notando la frialdad en su postura.
—Sí, Pons… solo cansada —respondió ella, cruzándose de brazos—. ¿Y tú?
—Preocupado, no contestabas. Pensé que algo podía haber pasado —dijo él, ofreciendo una sonrisa tentativa, pero ella apenas la devolvió.
Hablaron unos instantes, un intercambio de palabras vacías forzado que carecía de la chispa de la velada anterior.
La tensión flotaba entre ellos, un abismo invisible que ninguno se atrevía a cruzar.
Finalmente, se despidieron con un gesto torpe, un adiós que contrastaba con la calidez de la noche pasada.
No hubo abrazos ni miradas prolongadas; solo un silencio frío que los dejó a ambos con un sabor amargo.
Carles bajó las escaleras del edificio, la bolsa de pan balanceándose en su mano, y se alejó, dirección a su casa.
El peso del caso y el desencuentro con Clara lo acompañaban, un eco de dudas y emociones no resueltas que lo sumían en el desconcierto.