El susurro del mármol Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

La víctima, identificada como Paula García, de unos 28 años, estaba dispuesta en una pose antinatural, el cuerpo arqueado, los brazos extendidos como en un gesto de súplica o lucha, las piernas dobladas en un ángulo que sugería movimiento interrumpido, y el rostro congelado en una expresión de terror que helaba la sangre.

Carles sintió un escalofrío al examinarla: la incisión fina y quirúrgica en el cuello era idéntica a la de Laia Martí, y la presencia de un fragmento de mármol junto al cuerpo, yaciendo en la hierba húmeda.

—Una cabeza de ángel tallada con la misma precisión exquisita que las alas encontradas en la casa de Matteo d’Alessandro y el pequeño ángel del primer crimen —reforzaba la sospecha.

En el suelo, un trozo de pergamino empapado mostraba el número «17.6» garabateado con tinta azul que se desvanecía bajo la lluvia.

Las similitudes eran innegables: la disposición ritual del cuerpo, la marca en el cuello, el mármol como firma, y los números que parecían un código recurrente. Carles supo que este crimen estaba conectado con el anterior, un hilo oscuro que los llevaba de vuelta a Matteo.

Mientras examinaba la escena, su mirada se posó en un objeto parcialmente oculto bajo unas hojas: un cuaderno de tapas desgastadas con el borde de sus páginas manchadas por la lluvia.

Lo recogió con guantes, abriéndolo con cuidado para revelar dibujos a carbón que parecían susurrar secretos desde el papel.

Los bocetos, trazados con una mano temblorosa pero precisa, mostraban esculturas de Bernini: El éxtasis de Santa Teresa con su mezcla de dolor y trascendencia, El rapto de Proserpina con su lucha inmortalizada, y otras como David en tensión, Apolo y Dafne en transformación, La verdad desvelada por el tiempo en su quietud eterna, entre otras muchas.

Cada dibujo estaba acompañado de anotaciones en italiano, medidas y ángulos que parecían instrucciones, y lo más inquietante, parecía como si el cuaderno fuera un manual.

Carles sintió un nudo en el estómago al comprender que el asesino podía estar planeando más crímenes, ¿quizás, cada uno basado en estas obras maestras del mármol?

Con el pulso acelerado, Carles marcó el número de Clara, su voz tensa cortando la quietud de la madrugada.

Clara, sumida en un sueño tranquilo tras la velada con Carles, despertó con un sobresalto al escuchar su voz al otro lado del teléfono.

—Riera, soy yo. Te necesito en los Jardines de los Alemanes, detrás de la Catedral. Es urgente, el caso se complica. —No dio más detalles.

La noche anterior —las risas compartidas, los roces de sus manos, la calidez que había aliviado el peso del caso— aún resonaba en su mente, pero las palabras de Carles la arrancaron de ese refugio, recordándole que la vida no les permitía tregua.

Se levantó de la cama, las manos temblorosas mientras se vestía, y el crujido leve de la madera bajo sus pasos parecía acompañar el eco inquieto de sus pensamientos.

Agarró las llaves de su coche y salió al frío de la madrugada, la niebla envolviéndola como un sudario mientras conducía hacia los Jardines de los Alemanes.

La lluvia caía sin cesar, derramando en su mente como un goteo constante: el ángel de mármol, «17.

6», Matteo, la academia de Roma, y ahora otra víctima.

Cada pensamiento era una gota que se acumulaba, formando un río de dudas y miedos que la arrastraba hacia la escena del crimen.

¿Era Matteo el cerebro detrás de esto? ¿O alguien más, usaba estas muertes para enviarle un mensaje?

Al llegar, aparcó el coche delante de la Caserna de los Alemanes y bajó del coche, no le costó mucho localizar la escena, las luces se proyectaban al aire rompiendo el cielo oscuro, el agua empapándole el cabello mientras se acercaba a Carles.

Sus miradas se cruzaron, un instante de complicidad y tensión tras la noche anterior, pero el horror de la escena los devolvió a la realidad.

Clara se acercó al cuerpo de Paula García, su expresión endureciéndose al presenciar la escena, el torso de la víctima arqueado en un gesto de resistencia desesperada, los brazos extendidos como si luchara contra un agarre invisible, las piernas dobladas en un movimiento de huida, y el rostro congelado en una expresión de terror eterno, como si la arrastraran al inframundo y cerca de ella, la cabeza del ángel, y el pergamino.

Carles le tendió el cuaderno, sus dedos se rozaron en un gesto que no emitió la calidez de la noche anterior, y que ambos pasaron por alto, duró un segundo de más, pero ninguno de ellos se percató en medio del caos.

Clara abrió las páginas con manos temblorosas, los bocetos a carbón parecían revelar un plan siniestro, ¿estaban ante un catálogo de muerte inspirado en Bernini? ¿Significaba esto que más víctimas estaban por venir?, las preguntas cortaban el aire de una noche helada y oscura como las tinieblas.

La vida, con su cruel ironía, les negaba cualquier respiro para explorar lo que había surgido entre ellos; el caso los reclamaba con una urgencia que no admitía pausas.

—Esto es un manifiesto, Pons —murmuró Clara, su voz quebrada por la intensidad del descubrimiento—. No solo mata... planea. Y nos está desafiando.

Carles asintió, su mirada fija en el cuaderno, consciente de que el asesino los arrastraba a un juego donde el arte y la muerte se entrelazaban como vetas en un bloque de mármol.

Conforme la luz del sol comenzaba a filtrarse a través de la niebla, el día se levantó con una lentitud perezosa, disipando la lluvia que había marcado la noche como un lamento interminable.

Los Jardines de los Alemanes, aún cargados con el eco del horror, parecieron exhalar un suspiro de alivio bajo los primeros rayos, mientras los agentes forenses recogían sus herramientas.

Carles, con el cuaderno de bocetos aún en las manos, protegido por una bolsa de plástico, con la esperanza de encontrar alguna huella reveladora en él, intercambió una mirada con Clara antes de dirigirse a la comisaría, donde esperaría el informe definitivo del forense y se reuniría con el comisario.

Su mente zumbaba con la posibilidad de un asesino en serie suelto en las calles de Girona, una amenaza que se alimentaba de la ciudad como un depredador silencioso, con sed de seguir matando.

En la comisaría, el comisario Martorell lo recibió con una expresión sombría, sus manos tamborileando sobre una mesa cubierta de informes. Carles dejó el cuaderno sobre la superficie y se dejó caer en una silla, el cansancio marcando surcos en su rostro.

—Pons, esto se está saliendo de control —dijo Martorell, ajustándose las gafas—. Dos asesinatos con un patrón claro: incisiones quirúrgicas, ángeles de mármol, los números «17.6» y ahora este cuaderno...que si es lo que dices que es, estamos ante alguien, que planea más asesinatos.

¿Un asesino en serie en Girona? No me lo puedo creer... — sus pensamientos escaparon por su boca como un susurro.

En ese instante, alguien llamó a la puerta del despacho, apareció el forense y sin mediar palabra ni romper el silencio cortante de la sala, dejó el informe sobre la mesa, antes de despedirse con un leve movimiento de cabeza, como asintiendo y confirmando las sospechas, se trataba del mismo asesino.

El informe detallaba que la incisión en el cuello era idéntica, hecha con un bisturí de escultor y el mármol era del mismo tipo, carrara puro.

Martorell miró a Carles, y le dijo, dirigiéndole una mirada punzante —Si no lo detenemos, seguirá matando, y la ciudad entrará en pánico.

Carles, frotándose las sienes, revisaba el informe forense y miró de reojo el cuaderno, aparentemente inofensivo, pero que en su interior se escondía un guion de terror.

—Pons, si no actuamos rápido, tendremos más víctimas. Hay que rastrear a Matteo y cualquier otra pista de la que podamos tirar, por ínfima que sea. Pero seamos discretos; no queremos alertar al asesino.

Mientras tanto, Clara regresó a su piso en el casco antiguo, el silencio del lugar contrastando con el tumulto de su mente.

Encendió la calefacción para ahuyentar el frío que se había colado en sus huesos y se sentó en una pequeña butaca, en su pequeña biblioteca rodeada de libros de arte, sus dedos hojeando páginas amarillentas en busca de respuestas.

La pose de Paula García la obsesionaba, un enigma que no encajaba de inmediato.

¿Era de Bernini, como el primero? ¿Tal vez de otro maestro, o simplemente una coincidencia que no significaba nada?

Esa era su esperanza: que no fuera parte de un patrón, que el «cuaderno de la muerte» fuera solo una ilusión.

Pasaron horas en un torbellino de imágenes y textos, hasta que, en un volumen desgastado sobre Bernini, encontró lo que buscaba: El rapto de Proserpina, con su pose de lucha desesperada, idénticamente reflejada en la posición del cuerpo de Paula García.

El corazón le dio un vuelco. Si la primera víctima había sido dispuesta como El éxtasis de Santa Teresa, y la segunda como El rapto de Proserpina, ¿cuál sería la siguiente?

La idea la reconcomía, un peso que se asentaba en su pecho como una piedra, y solo el recuerdo de Carles, su voz sarcástica y sus miradas cálidas, lograba sacarla de ese abismo mental, ofreciéndole un respiro fugaz.

Decidida, Clara tomó el libro y se dirigió a la comisaría, la luz del mediodía iluminando las calles empedradas.

Pero al llegar, su despacho estaba vacío, y un agente le informó que Carles no estaba.

Una punzada de decepción la atravesó, mezclada con una inquietud que no pudo nombrar.

Triste, se dirigió de nuevo a su casa, sus pasos pesados sobre el adoquín, preguntándose por qué Carles no contestaba sus llamadas ni sus mensajes.