El susurro del mármol Capítulo 4
23%

Capítulo 4

El casco antiguo de Girona estaba envuelto en una lluvia fina que tamborileaba contra las ventanas como una melodía relajante que adormecía los sentidos.

Clara Riera había invitado a Carles Pons a su piso, un espacio lleno de bloques de mármol a medio tallar y lienzos que parecía un santuario de creación interrumpida.

Fuera, las luces navideñas parpadeaban en las calles, un contraste festivo con la oscuridad del caso que los unía.

Carles entró quitándose la gabardina empapada, con una sonrisa que iluminaba su rostro fatigado. Clara lo recibió con un abrazo cálido, un gesto que duró un instante más de lo necesario, un silencio agradable que ninguno rompió de inmediato.

En el comedor, una mesa pequeña delante del sofá, puesta con simplicidad, un mantel a cuadros blancos y rojos, una botella de vino tinto recién descorchada, platos de embutidos y quesos locales y un aroma a pan recién tostado que provenía de la chimenea que tenían justo delante, tan cerca, que notaban el calor en la piel.

—Gracias por venir, Pons —dijo Clara, sirviendo el vino—.

Carles alzó la copa y brindaron tímidamente, sus dedos se rozaron, un toque casual que envió una chispa sutil a través de ambos.

Se sentaron en el sofá, y el fuego crepitante de la chimenea proyectaba sombras danzantes sobre las paredes, creando un ambiente íntimo que contrastaba con la frialdad de la investigación.

—Bien, Riera, empecemos por el principio —dijo Carles, inclinándose hacia Clara, su mirada fija en la de ella—.

El martes 26 de noviembre, Laia Martí es asesinada en la Catedral.

El cuerpo lo encontramos dispuesto como una escultura, El éxtasis de Santa Teresa de Bernini, hallamos una incisión hecha con precisión quirúrgica en el cuello de la víctima, en la escena encontramos un fragmento de mármol en forma de ángel, que parece haber sido tallado hace poco, y un pergamino con la numeración «17.

6». Tú llegas a la escena y en menos que canta un gallo ves la conexión artística de inmediato.

Clara asintió, tomando un sorbo de vino, sus ojos brillando a la luz del fuego.

—Sigamos. El miércoles, durante la cena con Alba, te explica el encargo del mármol de carrara en el taller, hecho por el hombre sospechoso con el rostro oculto bajo un sombrero marrón, y en la comisaría ese mismo día hablo con Martorell sobre el informe forense.

El jueves, abrimos la taquilla en la estación de tren de Girona y encontramos la agenda de Laia con la cita con Matteo el mismo día de su muerte.

Carles se recostó, su cuerpo casi rozó el de Clara, el acercamiento permitió que ella percibiera su agradable perfume y sus cuerpos se rozaron, pero ninguno se movió, notando ambos el calor corporal que desprendían, que parecían haber estado orbitándose hasta, al fin, colisionar, un silencio agradable instalándose entre ellos mientras sorbían un poco de vino.

La conversación siguió como si nada hubiera pasado —Viernes, nos dirigimos al MNAC e interrogamos a los compañeros de Laia, el técnico nos describe a un hombre que encaja con la descripción de Matteo —alto, canoso, bufanda oscura— y las cámaras lo confirman.

El sábado, hacemos un viaje relámpago a Roma, intentamos entrar en la academia de bellas artes, pero se encuentra cerrada y nos dirigimos a casa de Matteo, a la cual accedemos con una orden «Clara» —dijo Carles guiñándole un ojo, haciendo referencia a la mirada suplicante de ella para que forzara la entrada del piso, y al entrar nos encontramos las estancias revueltas, aparece una ala de un ángel y una nota escrita a mano, con caligrafía excelente, que ponía «Una vida por otra vida» y la numeración «17. 6».

El domingo, nos damos un merecido respiro, después de unos días de locura—Hizo una pausa, sus ojos encontrándose con los de Clara.

El lunes 2 de diciembre, vamos a visitar el taller de Alba y Joan, encontramos el boceto del ángel con la inicial «P» ,que no sabemos si era casualidad o estaba puesta allí con intenciones ocultas, y divagamos sobre las posibles connotaciones de los números «17.6».

El martes, descubrimos cómo fue el encuentro de Laia y Matteo en Barcelona y su marcha a Girona.

Y ayer, miércoles, lo perseguimos por el casco antiguo, pero se nos escapa.

Clara suspiró, sus dedos jugueteando con el borde de la copa, un silencio cómodo extendiéndose mientras el fuego crepitaba.

—Parece que todo gira alrededor de Matteo, él parece ser la clave.

No dejo de pensar en mi ángel de mármol, tengo un mal presentimiento, creo que esto no acaba aquí, Matteo es una pieza, pero tengo la sensación de que quizás no es la única. ¿Y si es una venganza personal? En Roma tuvimos una fuerte discusión que hizo que nos distanciáramos.

¿Qué ocurrió?

Quizás algún día me atreva a contarlo — Clara guardaba el recuerdo de su último año en la academia, bajo un manto espeso de tinieblas, donde ni ella se atrevía a entrar.

Carles se inclinó, y acercó su mano acariciando suavemente la mejilla de Clara, enrojecida por las llamas, ambos se miraron y se quedaron en silencio.

La conversación se fue alejando del terreno profesional y adentrándose, sin ambos darse cuenta, en el ámbito más personal, mientras la lluvia golpeaba las ventanas como un telón de fondo.

Carles habló de su infancia en Girona, de sus sueños y la llamada de la ley, mientras Clara compartía anécdotas de la Universidad de Girona con Alba y Joan, risas que llenaban el estudio.

Los silencios eran agradables, cargados de una atracción que flotaba en el aire, pero ambos sabían que eran compañeros, que cualquier paso en falso podría interferir en la investigación.

Para Clara el caso era demasiado personal y no estaba dispuesta a arriesgarlo por un sentimiento incipiente.

En el umbral de la puerta, se despidieron bajo las luces amarillentas del rellano que titilaban a causa del frenesí con que caía la lluvia en ese momento. Carles se inclinó ligeramente, se cogieron las manos en un gesto que duró un instante, sus miradas cruzándose con una tensión palpable.

—Buenas noches, Pons —dijo Clara, con el corazón acelerado y sintiendo que el umbral de la puerta había marcado una línea que ninguno estaba listo para cruzar.

—Buenas noches, Riera —dijo Carles, con una sonrisa que ocultaba el deseo de quedarse—. Mañana seguimos.

Se giró y bajó las escaleras, dejando tras de sí únicamente el eco de sus pasos.

La puerta del estudio de Clara Riera se cerró con un clic suave tras la partida de Carles Pons.

Clara se apoyó contra la puerta por un instante, el corazón aún acelerado por la calidez de la noche compartida.

Las horas pasadas con Carles —las risas, las miradas que se habían demorado demasiado, el roce accidental de sus manos y sus cuerpos— habían tejido un hilo de complicidad que la envolvía como un manto suave.

Se quitó el jersey húmedo de sudor por la tensión contenida y se puso una camiseta fina y una bata de lana, dejando que sus pensamientos vagaran hacia él: su sonrisa sarcástica, la forma en que su voz se suavizaba al hablar de su infancia, la chispa de atracción que ambos habían sentido pero que ninguno había nombrado.

Con un suspiro, se preparó para dormir, apagando las luces del estudio y dejando que la penumbra la envolviera.

Al acostarse, el aroma a leña de la chimenea y el perfume de Carles aún flotaba en el aire, y por primera vez en días, su sueño fue profundo y tranquilo, un refugio donde la sombra del caso de Laia Martí se desvanecía, reemplazada por el eco de la presencia de Carles.

A varios kilómetros, en su apartamento en el centro de Girona, Carles Pons entró y cerró la puerta tras de sí con un suspiro cansado pero satisfecho.

La gabardina empapada goteaba sobre el felpudo, se deshizo de los zapatos y se sirvió un vaso de agua, dejando que el recuerdo de la noche con Clara lo envolviera.

La cena había sido un interludio inesperado: la forma en que ella había hablado de su pasado, la intensidad de sus ojos al mirarlo, y esos momentos en que sus manos se habían rozado, enviando una corriente que lo había tomado por sorpresa.

Se quitó la camisa y se puso una camiseta, sintiendo el cansancio de la investigación, pero también una rara paz. Al acostarse, el rostro de Clara se dibujó en su mente, y por primera vez en semanas, su sueño fue un oasis de calma gracias a la compañía que habían compartido.

La madrugada del viernes 6 de diciembre se alzaba sobre Girona como un lienzo oscuro salpicado por la lluvia incesante des del día anterior, un susurro interminable que parecía no tener fin.

Carles Pons, aún inmerso en el eco placentero de la velada con Clara, yacía en su apartamento plácidamente dormido cuando el pitido agudo de su móvil lo arrancó de su sueño a las 4:08, como un martillo golpeando contra mármol.

El mensaje, breve y cortante, iluminó la pantalla: «Otro asesinato. Jardins dels Alemanys. Urgente. Presencia requerida».

Con el corazón latiendo con fuerza, se levantó de la cama, la calma de la noche anterior desvaneciéndose de un plumazo como niebla al amanecer. Decidió acudir solo al principio, sin avisar a Clara, incapaz de determinar si era obra del mismo asesino que había matado a Laia Martí o un caso distinto.

Se vistió con rapidez, la gabardina, aún húmeda, colgando de sus hombros como un peso invisible, y salió al frío cortante de la madrugada, bajo un cielo oscuro como el carbón y el sonido de la lluvia como compañero fiel e inseparable.

Llegó a los Jardins dels Alemanys, un rincón de Girona donde las ruinas medievales y la vegetación frondosa se entrelazaban en un silencio roto ahora por los focos policiales y el murmullo de los agentes.

El cuerpo de una mujer yacía en el centro, iluminado por la luz blanca que cortaba la oscuridad, su silueta inmóvil bajo la lluvia que empapaba la escena.

Carles se acercó con pasos cautelosos, el aliento visible en el aire frío, mientras el forense, un hombre de rostro curtido bajo la capucha de su impermeable, le ofrecía un informe preliminar.